Tema del Mes

NOVIEMBRE 2012

Diagnóstico y profecías sobre la lengua italiana: el debate Pasolini-Calvino

08 / 11 / 2012 - Por Claudia Fernández

El debate lingüístico que protagonizaron Pier Paolo Pasolini e Italo Calvino en la década del 60 es un hito fundamental de la cultura italiana del siglo XX. Para comprender sus implicaciones políticas y el alcance que adquiriría en la tradición futura, es necesario recordar brevemente algunos elementos de la historia del italiano, que la vuelven excepcional en el panorama de la evolución de las lenguas occidentales.

Por lo general, las lenguas nacionales modernas tienen su origen en el dialecto de una región que, por razones políticas o religiosas, se impuso sobre los dialectos de las demás regiones. El italiano, que tiene origen en el dialecto florentino del siglo XIV, se impuso en cambio por motivos literarios y académicos. Luego de un debate intelectual acerca de cuál de todos los dialectos debía ser la lengua literaria (debate nacido en el siglo XVI, llamado Questione della lingua), al unirse políticamente la nación italiana en 1870 -muy tardíamente respecto de las otras naciones europeas-, entre todas las lenguas regionales de comunicación se elige precisamente la de los grandes autores medievales, Dante, Petrarca y Boccaccio. La decisión responde a que era la única que tenía una tradición escrita prestigiosa y que, a partir del modelo “clásico”, había sido usada por intelectuales de distintas regiones en paralelo con el uso oral de los distintos dialectos.

A pesar de que el nuevo Estado italiano promovió la difusión del florentino como lengua nacional a través de distintas medidas políticas y educativas, la enorme tasa de analfabetismo impidió de hecho la unificación lingüística hasta después la segunda posguerra: sólo en los años 50, a causa de la presencia masiva de la radio y la televisión en los hogares, los italianos comienzan a comprender, y luego a hablar, el italiano. Como es de imaginar, esta reciente unificación lingüística, que en los demás países europeos sucedió hace siglos, implica en el caso de Italia la novedad de algunos fenómenos llamativos: la convivencia actual de la lengua y los distintos dialectos, y la consecuente diversidad de pronunciación y léxico del italiano hablado en cada región; la reciente relación entre oralidad y escritura, hasta hace poquísimo tiempo correspondientes a sistemas lingüísticos diferentes; la presencia, por primera vez en una tradición literaria de tantos siglos, de un público masivo para los escritores; la reciente y veloz evolución, en un brevísimo período, de una lengua que, habiendo sido durante siglos sólo escrita, se había mantenido desde la Edad Media relativamente estable, sin sufrir las modificaciones que el uso oral generó en demás lenguas europeas y en los dialectos italianos. El debate de Pasolini y Calvino es así la consecuencia de dos miradas privilegiadas de un hecho nuevo: por primera vez los italianos hablan, leen y escriben en italiano.

A fines de 1964, en pleno boom económico, Pasolini publica en la revista Rinascita un artículo titulado “Nuove questioni linguistiche” (“Nuevas cuestiones lingüísticas”, hoy en el libro Empirimo eretico), en el que sostiene que, contrariamente a cuanto había afirmado años atrás, existe una lengua italiana hablada: está naciendo el “italiano tecnológico”, ligado al eje industrial del norte (Turín-Génova-Milán), y vinculado por lo tanto con el carácter utilitario del nuevo sistema económico italiano. Según Pasolini, a diferencia de la situación lingüística anterior, caracterizada por la riqueza de sinónimos y la expresividad de los distintos dialectos, en esta nueva lengua prevalece la función informativa, lo que implica un notable empobrecimiento. Se trata de un diagnóstico pesimista (la metáfora médica es explícita), y de una profecía análoga a su visión política: la Italia pobre pero digna y auténtica de la entreguerra está siendo reemplazada por una Italia consumista y sin valores; la variedad rica y genuina de los dialectos, que convivía con el italiano lírico y expresivo de los escritores, será reemplazada por la homogeneidad empobrecedora del intercambio capitalista.

El artículo de Pasolini provocó respuestas de distintos escritores (Vittorio Sereni, Elio Vittorini, Franco Fortini); la más célebre fue la de Italo Calvino que, como Pasolini, había participado (y participaría) activamente en todos los debates culturales de su siglo. En relación con las observaciones de Pasolini, Calvino publica dos artículos en la misma revista Rinascita: en enero de 1965, “L`italiano, una lingua tra le altre lingue” (“El italiano, una lengua entre las otras lenguas”); en febrero del mismo año, “L´antilingua” (“La antilengua”; ambos artículos se encuentran hoy en Una pietra sopra, traducido como Punto y aparte).

En el primero, Calvino analiza las relaciones entre el italiano y las demás lenguas europeas, deteniéndose en los problemas de la traducibilidad y la claridad: el escritor italiano debería preocuparse, según él, por ambos aspectos, comprometiéndose a expresarse de manera precisa, unívoca, traducible. Estos ideales “neo-iluministas”, que en el caso de Calvino son al mismo tiempo éticos y estéticos, son centrales no sólo en sus ensayos sino también en sus ficciones: a diferencia de Pasolini, que idealiza a la Italia dialectal de los ragazzi di vita, Calvino ve en el “italiano tecnológico” la posibilidad de nombrar las cosas (y no sólo las ideas y los sentimientos) con la exactitud que hasta hace poco tenían sólo los dialectos y no la lengua, tradicionalmente limitada a disquisiciones filosóficas y poesía lírica.

La “antilengua”, es decir el fenómeno del lenguaje burocrático que da nombre al segundo artículo, es para Calvino el verdadero peligro para la comunicación y para el pensamiento: la complicación innecesaria, el “terror semántico”, entendido como alejamiento afectivo de las ideas y las cosas a las que la lengua debería adherir de la manera más concisa posible. Si para Pasolini el italiano estaba naciendo (y su nuevo rostro le disgustaba), para Calvino estaba muriendo, contagiado de antilengua. La predicción de Calvino es, como la de Pasolini, alarmante: el italiano se salvará sólo si logra liberarse de la ambigüedad inútil, la torpe aproximación, la vaguedad indiferente, la oscuridad sin profundidad de la lengua burocrática.

Con su intervención polémica, Pasolini había abierto nuevamente una discusión que se consideraba clausurada en el siglo XIX con la elección del florentino como lengua nacional. Nuevos aspectos de la comunicación lingüística merecían ser debatidos, estudiados, tal vez modificados. Queda inaugurada, a partir de este debate, una nueva Questione della lingua, y con ésta los elementos de la discusión actual, que se exponen brevemente a continuación.

1) La relación entre el italiano y las lenguas extranjeras, en particular el inglés: la creciente introducción de anglicismos y la construcción de calcos en la lengua periodística y en la oralidad informal es vista por algunos como la inevitable consecuencia de la globalización y la preferencia contemporánea de la brevedad que ofrece el inglés respecto del italiano; para otros, es producto de pereza mental y snobismo, particularmente evidentes en el uso de palabras inglesas que tienen base latina, y como tal merecería ser controlado por medidas de protección lingüística que limitaran el fenómeno a campos específicos como la tecnología o la informática.

2) La relación entre lengua y dialecto: aunque en algunas zonas de Italia el dialecto mantiene una notable vitalidad, y ha recobrado un uso prestigioso por parte de clases indudablemente alfabetizadas que desean “distinguirse” de los hablantes de otras regiones, se asiste en general a una disminución de los ámbitos de comunicación dialectal, y a la progresiva desaparición de variantes que cuentan con pocos hablantes. También en este caso, el fenómeno es visto por algunos como un efecto colateral e inevitable de la unificación lingüística, y por otros como una pérdida cultural que podría detenerse con medidas políticas como el estudio del dialecto local en la escuela pública.

3) La relación entre lengua de la comunicación cotidiana y lengua burocrática: reconociendo que la brecha excesiva entre ambos registros impedía la comprensión de documentos a gran parte de la población, en la década del 90 tuvo lugar una campaña oficial de simplificación de la lengua de la administración pública en cuyas medidas participaron también lingüistas. En este caso, la advertencia de Calvino parece haber tenido, en los hechos, consecuencias particularmente evidentes.

4) La relación entre lengua escrita y lengua oral: mientras que tradicionalmente la literatura italiana se había nutrido, durante siglos, de literatura, los escritores contemporáneos (los que Pasolini y Calvino veían nacer) comparten por primera vez el material de su escritura con el habla del pueblo y los estudios de televisión. En la literatura italiana actual se distinguen claramente, de hecho, dos vertientes distintas: la más tradicional, hecha de palabras que arrastran siglos de uso y evocación de mundos escritos, y la que se muestra como mímesis de la oralidad cotidiana. Ambas vertientes son objeto de encendidos debates.

5) La caracterización técnica y sistemática del nuevo italiano, aquel que entre temores y anhelos, con nostalgia y esperanza, Pasolini y Calvino habían profetizado: más allá de los juicios de valor que la lengua y el mundo que ésta expresa siguen suscitando, la lingüística italiana tiene un nuevo objeto de estudio, que ha llamado “neo-standard” o “italiano dell`uso medio”, cuyos rasgos son la simplificación morfosintáctica y el desplazamiento de las formas aceptadas sólo en la oralidad hacia géneros de mayor prestigio.

Pero tal vez la mayor herencia del debate de los años 60 sea la conciencia renovada de que, como dice (o grita) Nanni Moretti en Palombella rossa, “le parole sono importanti”: las palabras son importantes. La seriedad y la pasión con que Pasolini y Calvino se ocuparon de la lengua, los une a pesar de sus diferencias en una enseñanza que parece irreversible: para ambos, hablar de lengua era hablar de identidad, de política, de un modo de estar en el mundo.