Tema del Mes

MAYO 2015

El spin-off de Milito

24 / 05 / 2015 - Por Alejandro Wall

No es la baraja coyuntural del fracaso o el éxito, sino una verdadera revolución en la propia identidad racinguista lo que Alejandro Wall resume en una metáfora artística: Milito es quien dio por terminada la gran pintura del Guernica, quien enmarcó y colgó en la pared ese drama en blanco y negro que inmortaliza bombardeos del pasado, y comenzó a pintar, en colores, a lo Dalí, una nueva tela, en la que lo más presente y familiar de pronto se transmuta anunciando futuros impredecibles.

Milito volvió para rescatarnos de un secuestro. Porque aunque ya habíamos sido campeones, aunque ya nos habíamos sacado de encima al gerenciamiento, todavía quedaba liberarse de un pasado que nos sometía. Aunque ya no fuera tan así, vivíamos anclados en un mundo en blanco y negro, que fue maravilloso y que habrá que reivindicar por siempre, pero que nos recordaba todo el tiempo nuestro presente de desdicha. Había que ser agradecido con ese pasado, ponerlo en un marco y pedirle que nos soltara de una buena vez. Había que sacrificarlo, aunque resultara doloroso. Quererlo, pero despedirlo.
El equipo de Mostaza sepultó los treinta y cinco años sin campeonatos, apretó el delete de nuestra desgracia y nos eliminó el virus, pero nunca terminó de instalar el software para nuestra nueva vida. Faltaba reiniciar la máquina. Y no lo hicimos. En el fondo, vamos a confesarlo, queríamos seguir siendo los mismos que éramos antes de ser campeones, antes de que se fuera la empresa. Pero ya no éramos los mismos, aunque siguiéramos cantando nuestras canciones de la resistencia, aunque siguiéramos creyendo que nos tiraban piedras desde el cielo.
El contexto del país no ayudó, nos hizo a la idea de que Racing sólo podía ser campeón en medio de un naufragio o como producto de una insurgencia. Habíamos ganado lo nuestro en un país con represión, treinta y ocho muertos, una huida en helicóptero, cinco presidentes en una semana, cacerolazos a toda hora, el club del trueque, y asambleas populares en las plazas. Sonaban tres utensilios en los balcones y alguien decía que entonces Racing estaba a punto de ser campeón. Porque Racing campeón era todavía una consecuencia de la anormalidad, un hecho excepcional parido por una convulsión. Si no era porque esperaba treinta y cinco, era porque cuando lo hacía el mundo se venía abajo. Todavía quedaba sacarse ese traje.
Mostaza nos pintó el Guernica, una obra maravillosa pero que nos seguía poniendo de frente a la tragedia. Ahora necesitábamos que alguien viniera a pintar un cuadro de Dalí. Necesitábamos a Milito. Cuando un día nos confirmaron que estaba de vuelta, hubo muchos que no le dieron crédito. No vale ahora levantar la mano del que dijo que venía a romperla y señalar al que dijo que llegaba a matar el tiempo en la enfermería. Ya no es momento de andar contándonos las costillas entre compañeros. Digamos que es posible que fuera una incógnita, pero era nuestra incógnita. Era lo que veíamos y lo que no veíamos, pero también, y sobre todo, lo que sentíamos: un asunto de pertenencia. Era uno de los nuestros que volvía. Lo que se canta en la cancha: Milito es de Racing, de Racing de verdad.

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Milito fue el líder del equipo. Pero su lugarteniente fue Saja. Por eso cuando levantó la copa, llamó al arquero para que lo hicieran juntos, una imagen que el fútbol entrega pocas veces. Milito hizo que ser hincha dejara de ser un sacrificio para que se convirtiera en un placer. Durante cuatro décadas los hinchas de Racing entendimos que éramos nosotros los que teníamos que entregarnos por el equipo. No íbamos a la cancha a disfrutar, sino a sufrir. Milito, que asumió su liderazgo en un club que hasta hacía unos meses estaba fracturado por dentro, fue además una prenda de consenso. Racing era la España del postfranquismo pero sin Moncloa. Desde el retorno de la democracia, el fin de la empresa, se sucedieron peleas internas, equipos desguazados, entrenadores eyectados en pocos partidos, y promesas que volaron demasiado rápido. Y lo peor, un asesinato en la sede. En todo ese camino faltó un referente para encolumnarse a sus espaldas, un líder carismático que nos marcara el futuro, el club que queríamos. Nos faltó alguien así hasta que llegó Milito.
Cuando ya éramos campeones y lo festejábamos en la tribuna, en medio de la irracionalidad que entregan esos instantes, le dije a Camilo que había salvado sus años futboleros de escuela. Un hombre que estaba al lado nuestro me señaló a su hijo para decirme que tenía dieciséis años y que ya lo había visto dos veces campeón. Un lujo. Aunque festejaba y estaba feliz, Camilo no entendía por qué ser campeones nos parecía todavía una extravagancia. A los siete años -pongamos que unos tres años de conciencia futbolística- acababa de ver a su equipo dar la vuelta olímpica, algo completamente normal, un tiempo prudencial de espera y celebración. Se trata de una generación de racinguistas que puede sentir que el triunfo es una de las tantas variantes del fútbol y no un hecho imposible, como lo sentimos durante tanto tiempo muchos de nosotros.
Y después están los otros, los adolescentes, los que lo vieron campeón dos veces; los que salvaron la primaria y la secundaria. Todos ellos, los que tienen de veinte años para abajo, pongamos, son los que pueden modificar nuestro paradigma derrotista, los que pueden terminar con el hinchismo y con la idea de que ser hincha de Racing es sobre todo un sacrificio. Cuentan con un aliado, nuestro Dalí, Diego Milito. Tuvieron al ídolo jugando en la cancha, tuvieron al ídolo campeón, un privilegio que hacía mucho no podía jactarse un hincha de Racing.
Desde chicos crecemos adorando semidioses de pantalones cortos, seres a los que vemos enormes e inalcanzables. Queremos ser como ellos cuando seamos grandes, nos imaginamos saltando a la cancha como ellos, usando la misma camiseta que ellos usan, con el mismo número, haciendo los mismos gestos y las mismas proezas. De grandes, son muchos los que cambian a sus héroes del fútbol para idolatrar a líderes políticos, revolucionarios, o músicos. Sin embargo, los ídolos de la infancia siempre quedan, aunque sea por un recuerdo. En Racing, durante muchos años, los ídolos eran un pasado en blanco y negro. O simplemente un pasado. Nadie había superado a Rubén Paz en este tiempo. O a Gustavo Costas. O elija cada uno el que quiera. También es cierto que la identificación de los futbolistas con una camiseta cuesta cada vez mucho más.
Nadie va a descolgar el poster de Ruben Paz, nadie dejará de amar a Costas, porque nadie borra las alegrías de la infancia, aunque fueran pocas. En el medio tuvimos a jugadores que admiramos, a los que les entregamos nuestro cariño, a los que siempre recordaremos, pero a los que no alcanzamos a poner en un cuadro. Y tuvimos a Mostaza, que nos sacó de las tinieblas pero afuera de la cancha. Milito, en cambio, pintó el Dalí que nos faltaba desde adentro -su obra, que es él mismo- y reordenó la galería de próceres. No sólo porque consiguió como jugador dos títulos en trece años, sino porque se convirtió en presente, en el jugador al que se va a ver a la cancha.
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Como nuestros padres y abuelos nos hablaron de Corbatta y nos hablaron de Maschio, nosotros les hablaremos de Milito, lo mejor que nos pasó en las últimas cuatro décadas. Y ojalá otros puedan hablar de los suyos porque eso sería entender que hay un futuro. Mi hijo, con siete años, y los hijos de ustedes, y el adolescente que vio a Racing dos veces campeón, y todos los adolescentes, pudieron ver a su ídolo en colores. Desterremos la idea de una estatua para Milito. El bronce convierte a los hombres en un recuerdo. Milito, a esta hora, es un jugador de carne y hueso, un hombre que lleva en sus espaldas la 22, una camiseta que está viva. Incluso si en un futuro más o menos cercano esto se termina, y en algún momento va a pasar, hay que convertir a Milito en una idea, en un concepto, en el molde de un club. Para que vengan otros, para no volvernos a quedar en el pasado. Festejar el título, disfrutarlo, y soltarlo. Ir por otra cosa.
Mostaza Merlo hizo lo que tenía que hacer en un momento determinado, un recorte de la historia que reclamaba un tipo de esfuerzo. Lo hizo bien. Todo lo demás quedaba en nosotros, los hinchas, los socios, los dirigentes, en cambiar una mentalidad que se enmarcó, incluso después de haber sido campeones, en la épica de la derrota. Por eso la acción viral de #RacingPositivo, el hashtag racinguista de 2014, más que una guía de autoayuda o la palabra de un pastor es el intento por romper una cultura, una batalla contra nosotros mismos. Milito abrió una chance que sólo se aprovechará si se toma dimensión. Hacerse a la idea de que no podemos guardar todos los diarios cada vez que salgamos campeones porque eso supondría acumular demasiado papel.
El título de 2014, el spin off de Milito, la saga que convierte a su nombre en leyenda, es la oportunidad para superar nuestro pasado.

Extracto del capítulo dedicado al último título en la reedición ampliada del libro ¡Academia, carajo!