Tema del Mes

MAYO 2015

Somos mucho, poquito, nada.

24 / 05 / 2015 - Por Marcelo Pacheco

En una pocas décadas, la población hispana será la primera minoría dentro de la potencia más grande del mundo. Cuando ingrese en el campo de toma de decisiones, lo hará a través de una elite ya asimilada al modelo dominante. ¿Bajo qué formas persistirá entonces la confrontación entre una cultura latina americanizada y aquellas que resisten en su alteridad y disonancia?

Entre las noticias que el mundo debe tener en cuenta para programar sus próximas décadas, una de las importantes viene de la demografía, de la demografía de Estados Unidos, único país cuyas decisiones hacen temblar al globo o lo mantienen en un horizonte de flotación más o menos estable si se logra permanecer ajeno a la realidad. La vejez de los países europeos, y no es una referencia a sus años de historia, sólo les permite comentarios aislados, notas a pie de página, comportamientos llenos de tics que acompañan al gigante de ultramar o ayudan a declarar su abstinencia por causa de una senilidad precoz aún de diagnóstico incierto. Europa prende una vela por cada problema sin solución que ni el avance de la presbicia le impide ver en la lontananza, y que jaquea el único interés que ha tenido siempre, su propio bienestar y la visión de sí misma, el planisferio en clave colonial o neocolonial para vivir lo mejor posible. Qué puede esperar sino la cuna de la civilización, agotada después de tantos descubrimientos, conquistas y misiones que ha cumplido en nombre, obviamente, de la civilización, su civilización que, desde tempranito, para muchos protagonistas resultó impensable sin el muy adherido cristianismo de tono obligatorio en lo terrenal para asegurar lo celestial, o por las dudas o por mera conveniencia. Alguna que otra cruzada o guerra santa centenaria y de mala memoria para Occidente, completaron el modo de relación que el “viejo” continente supo y sabe establecer con el resto de la humanidad, salvo que se trate del país del Halloween. Recién ahora los poderes del Vaticano parecen haberse agotado, un imperialismo menos cuyo ocaso quedó demostrado con la elección de un Sumo Pontífice de origen argentino. El férreo control de las sucesiones al trono de San Pedro en el siglo XX, mostraron siempre sus juegos y posiciones en el campo de poder internacional, sobre todo para manejar situaciones extremas como las guerras mundiales, el tercermundismo, el Banco del Vaticano, la caída del comunismo. El mal paso de Juan Pablo I sigue siendo misterioso dentro de una estructura de mando asimilable a cualquier nación imperialista, no considerada como tal por la falsa lectura que ve su relación con los poderes y bienes atemporales como cuestiones sagradas y de fe, sin medir su fuerza de dominio material y la acumulación de beneficios políticos y económicos. La Iglesia, hasta hace unas décadas, era el tutelaje más extenso y potente conocido por el mundo, el ejercicio de un imperialismo supranacional y con sus particularidades para ocupar y anexar territorios a través de la conquista de las almas o las especulaciones y necesidades de clases sociales alta, media y baja, interviniendo en gobiernos y políticas de Estado, y siempre con tendencia dirigida a la ocupación de nuevos territorios, sin respetar otros credos o las libertades de ateos y agnósticos. Un imperialismo heredado de Roma y su concepción del imperio como la continua extensión de Roma: la romanidad conquistó el mundo multiplicando la idea del “ser romano” sobre todas las tierras conocidas, una creencia, un estilo de vida, el culto al emperador, los trazados urbanos, las legislaciones, el orgullo y el compromiso de sentirse partícipe de la ciudad centro de todo lo conocido. Por eso el Mediterráneo en sus mapas aparecía como “mare nostrum”. 
En el panorama mundial las regiones de Alá son petroleras y aliadas o petroleras y amenazas nucleares, ejes del mal y milicias fanáticas medievales. Para América Latina quedan reservados adjetivos y nominalismos viejos y renovados que van desde el sudaca hasta el patio trasero, desde el Tercer Mundo hasta la corrupción, el atraso y las repúblicas bananeras, territorios que vale la pena seguir de cerca porque tienen capacidades casi ilimitadas para proveer al norte en muchas de sus necesidades de supervivencia, de vicios y adicciones innegables, de utilidades impostergables, claro que no deja de ser el lugar del desconcierto, colonizada y auto-colonizada, expoliada y auto-expoliada, en venta y vendida, identidad profunda y extranjería bipolar, conciencia y solidaridad panamericana y desconfianzas y disputas por 200 años. África subsiste usada, saqueada, beligerante, secreta, tomada, con brillos minerales, profundidades de ébano, migraciones interminables en pies ensangrentados, destierros y ultrajes, dimensiones míticas y de lo sagrado, sistemas productivos ajenos y atemporales, anacrónica y moderna, heroica y derrotada, sumisa y aguerrida, hambrunas y epidemias, tierra de solidaridades, del “corazón para afuera”, de sobras de fortunas estelares o de veladas elegantes y safaris sofisticados clamando ayuda, todo en un cóctel donde la esclavitud, los exterminios, los trofeos y robos del pasado, el presente y el seguro futuro, parecen no haber ocurrido y que no estuvieran sucediendo ni fueran ineludibles en los “recuerdos del futuro”. Y quedan tierras de promisión como Oceanía y mosaicos de pueblos y religiones como Asia con sus fantasmas de millones de habitantes en la India y China, puntos globales en universos paralelos como Taiwán, Japón y sus oscuras sombras desde una cultura que no olvida los relatos de sus regiones insulares, su honor y sus rituales, sus múltiples maneras de la violencia, y que Borges añoró en sus cervatillos de los bosques de Nara, la primera sede del imperio.

Pero entre tanto mundo conocido o casi conocido, los índices demográficos de Estados Unidos muestran, en una clara e indiscutible aceleración y acción, que en una pocas décadas, la población hispana será la primera minoría dentro de la potencia más grande del mundo. Para el 2059 las población blanca anglosajona será un 49.9 por ciento. El castellano será su segundo idioma y familias arraigadas desde que México perdió, en 1848, más de la mitad del país arrebatada por Estados Unidos, cuando Puerto Rico no era una estrella más en la bandera del Capitán América, y los latinos del Caribe y de América Central y de los países al sur del Río Grande, estarán en una impensable posición para mover el peso de las decisiones. La historia es de larga memoria familiar junto a los inmigrantes ilegales de toda América hacinados en una marea sin fin en busca de trabajo, que se multiplicaron en sus hijos hoy sentados en las escuelas norteamericanas como ciudadanos del coloso. Los hombres desde México hasta los del “paísito” rioplatense llamado Uruguay, llegaron para poder sobrevivir, para mantener a sus familias, para pensar en un futuro mejor, vidas partidas al medio entre aquí y allá y, en realidad, en ninguna parte, las cocinas de los restaurantes lujosos de New Jersey llenas de lavaplatos, mozos y ayudantes de meseros y de servicios en el ritmo voraz de una noche a pleno de reservaciones puntuales, comenzando a las 5:00 de la tarde, torres de babel hispanas, lenguas y dialectos, y hasta modismos indígenas o voces lugareñas que la Real Academia Española no registra y un inglés que muestra sonidos polifónicos y significados por aproximaciones y que sigue siendo generoso para los extranjeros o los inmigrantes transitorios que pueden articular vocablos y gramática en un cambalache de situaciones entre la calle, la supervivencia doméstica y los “laburos” arreglando jardines, manteniendo casas, aparcando carros, seguridad nocturna de fábricas, mandaderos, empleados del mes en las firmas de comidas rápidas, empleadas domésticas.
Los mexicanos que se quedaron en Estados Unidos en el momento de la usurpación del siglo XIX, fue una población reconocida como hispana dentro del dominio anglosajón. Hispanos que se nutrieron luego de los millones de inmigrantes ilegales que cruzaron la frontera y ya llevan una generación nacida en Estados Unidos. Hispanos reconocidos como chicanos, una identidad cultural entre el origen mexicano y las contaminaciones de lo norteamericano. Chicano que pronto sumó otro pliegue, no racial sino étnico: latinos, los latinoamericanos viviendo en Estados Unidos y los millones de latinoamericanos migrantes que llegaron desde el subcontinente, en especial al comenzar las grandes interferencias del gigante sobre la naciones regionales. En el censo del 2000, entre los 281 millones de habitantes, Estados Unidos tenía poco más de 35 millones que eran tipificados como hispanos. El uso del término “latino” complicó más la escena porque pone en juego a los matrimonios interraciales, el término atraviesa a blancos, negros, indígenas, mestizos, etcétera. La primera minoría de origen hispano es hoy un mosaico heterogéneo: hispanos, latinos, latinoamericanos, chicanos, que, unidos a los cubanos, portorriqueños, dominicanos y caribeños, todos son los nuevos ciudadanos americanos: dos de cada tres son inmigrantes o hijos de inmigrantes.

Estados Unidos habla en español, enseña el español en sus escuelas, trata de pensar en español; las comunidades hispanas ya ensayan en el gran teatro de la política, los poderes públicos, entre republicanos y demócratas, en universidades, fundaciones millonarias, puestos en la enseñanza superior, reconocidos y mascullados como un dato de la realidad, preparando el terreno. La cultura hispana intenta rescatarse a sí misma en el campo de la literatura, desde diarios y revistas hasta novelas ignotas, y en el mundo de las artes visuales con artistas con experiencias callejeras y arte popular o artistas infiltrados en el circuito culto como Daniel Martínez y Luis Jiménez, o el ubicuo y práctico Félix González Torres que, ya muerto, llegó a la Bienal Internacional de Venecia como representante oficial del envío de Estados Unidos, a pesar de ser considerado por la historiografía como un artista latinoamericano, no un latino americanizado.
Los funcionarios hispanos se multiplican en los sectores privados y del Estado, en las industrias, finanzas, comercio, cultura. El Museo del Barrio en Nueva York adquiere una nueva personalidad, renueva su perfil, con más artistas y más artistas latinos exitosos, novedosa visibilidad, donaciones y presupuesto y ciertas capacidades de jerarquización. El MoMA descubre o redescubre su colección de arte latinoamericano y la expone, eso sí, en el mismo Museo del Barrio, no en su sede patriarcal de tez blanca y tradición anglicana que sostiene como bastión de la verdad, la sabiduría y las riquezas del arte del siglo XX en pleno Manhattan.

Los latinos y chicanos hace ya varias décadas vienen peleando dentro de la estructura artística y de poder del medio norteamericano por espacios de reconocimiento, visibilidad, legitimación y carta de ciudadanía. Comenzaron en los años 60, en simultáneo con las luchas por los derechos civiles, el reconocimiento de “poder negro”, las minorías feministas y el derecho de gays y lesbianas. En los últimos 20 años ha habido inversiones millonarias para rescatar, por ejemplo, la literatura periódica producida en español desde fines del siglo XIX en diarios y folletines de la comunidad. Intelectuales de la importancia y la lucidez de Shifra Goldman y Tomás Ybarra-Frausto adquirieron resonancia dentro del campo de las artes visuales y la cultura latinas y chicanas, y los inicios del revisionismos de lo latino y su uso dentro de la historiografía del arte norteamericano. Miami se transformó en una década en un nuevo fenómeno latino desbordante de inversiones, muchas de ellas de fortunas latinoamericanas, y con un circuito artístico que se mundializó a través de Art Basel Miami Beach y su patrocinador el banco UBS y colecciones globalizadas resonantes, museos y distritos de arte que se multiplican al mismo ritmo que los artistas cubanos y de América Latina que llegan para producir desde los barrios que rodean islas con lujosas torres residenciales con pisos divididos en metros cuadrados que se pagan millones de dólares. Con lucidez, Peter Marzio había planteado ya en 1989, desde el Museum of Fine Arts of Houston (MFAH), un proyecto de exposición histórica del arte del Río de la Plata. El intento fracasó pero, en 2001, redobló su apuesta creando el cargo de Curador de Arte Latinoamericano y el International Center for the Arts of the Americas (ICAA), con Mari Carmen Ramírez como protagonista y fundadora de los nuevos espacios. “Arte de las Américas”, arte latino, hispano, chicano, latinoamericano en Norteamérica, latinoamericana del subcontinente. La visión era compleja y las partes se movían en uno y otro sentido a la vez.  Los libros y las muestras de arte y de artistas chicanos comenzaron a verse en museos y librerías, el boom por el arte latinoamericano comenzado a fines de los 80 continuaba, ya el MoMA en 1993 había hecho su polémica y burocrática exposición Artistas latinoamericanos del siglo XX.
El arte popular y callejero de diferentes orígenes hispanos se multiplicaba con nombre y firma o anónimo y colectivo. El imaginario y las iconografías de los recuerdos familiares y de generaciones de ciudadanos de segunda viviendo sus propios rituales de lo cotidiano, de aquello que en lo doméstico es bastardo y de mal gusto, de aquello que -extremo en su anclaje familiar- brinda a las producciones hispanas climas que el arte culto sólo comenzó a tolerar diluidos y mediatizados por los aparatos teóricos postmodernos, con ideas y conceptos actualizados sobre el kitsch, que dejaron ingresar al territorio la sensiblería, lo dulzón, lo folklórico, oropeles y cartón pintado, maneras de ser y de hacer repletas de signos equivocados, de fruncidos desaliñados, de combinaciones cromáticas despojadas de la tradición de Occidente y reconocibles en mantos de plumas o de telares de viejos antepasados indios desde la quebrada de Humahuaca hasta las llanuras del oeste norteamericano; maneras de lo lindo conviviendo con furias chillonas de formas, figuras y tonos en adornos y ornamentos de comedores, dormitorios, álbumes de fotografías desplegando generaciones de aquella manera cotidiana de estar en los bordes de algo que no se puede definir sino como modos de la visión y del hacer entregados a lo que se descarrila, desentona, desborda para caer en pliegues, cuántos pliegues en las imágenes latinas, cuántos repliegues en los faldones chicanos, y la repostería a flor de piel, la novela rosa y la literatura de luces domingueras y de violencias truculentas, violencias en pieles cobrizas y melenas oscuras.
Cómo civilizar ésta manera de estar bajo las estrellas, cómo nombrar tantos desarreglos para que el arte occidental pueda absorber lo que no son excesos expresivos, simbólicos ni de salvajes o ingenuos estudiados y traspasados al desarrollo del arte culto como había ocurrido, por ejemplo, con Gauguin, Van Gogh, los simbolistas y Rousseau el Aduanero, sino abundancias de gustos, condimentos, cocinas, bordados, mantillas, cortinas, vestimentas, fiestas, antepasados, habitaciones, aperos, aves de corral, señales rurales y campesinas, dibujos urbanos y barriales, restos escolares y luces de bailes callejeros, fantasmas de celebraciones animistas con máscaras y disfraces, adornos de altares privados y lo bonito, lo cursi, lo menor, las maravillas y lo milagroso, vírgenes y pesebres, crucifixiones y Niños Jesús, muchas estampitas de la Virgen de Guadalupe. 

Esta primera minoría latina que Estados Unidos ya siente en su conformación como una presencia real y creciente, y que ya determina parte de las decisiones del país en esferas muy variadas, no es una dimensión cultural homogénea, ni un grupo que refleje situaciones y ubicaciones sociales y económicas similares. Se trata de una diversidad que le agrega al componente hispano estilos de vida, maneras de pensar, definiciones culturales, poderes y mentalidades diversas y hasta contradictorias, o contrapuestas en sus visiones del mundo, en anhelos y expectativas, compromisos e intencionalidades que han convivido durante generaciones: existe lo latino norteamericano en su existencia bifronte de lo popular y el abrazo alrededor de lo propio, y lo latino norteamericano asimilado al sistema y luchando por la legitimidad de su historia a la manera americana. Doble faz, de hispanos y chicanos, que se complica aún más cuando se incluye la tercera posición latina: los latinoamericanos afincados en el país y los inmigrantes ilegales convertidos o no en ciudadanos, con sus hijos jurando a la bandera estrellada, fenómeno imparable desde las crisis económicas y políticas de los países del sur del continente, y que se agregó a los migrantes latinos de los 50 procedentes del Caribe, Puerto Rico, República Dominicana, Cuba, etcétera.
El universo es dispar y sus tensiones no sólo evidentes sino constitutivas. La conformación de una primera minoría latina supone la presencia determinante de una diferencia dentro del modo de vida y del “sueño americano” y de sus expansiones mundializadas. Estados Unidos hoy enfrenta en su futuro más cercano el interrogatorio sobre sus posiciones dominantes y sus decisiones contra el planeta. En su interior una voz de origen distinto y considerada hasta ahora menor y parte de aquellos objetos de uso que han sido históricamente dominados, tomados, controlados y desechados por los norteamericanos, asegura en las estadísticas alcanzar una posición de poder, un espacio posible para las preguntas y para la enunciación de tesis sobre el orden del mundo y sobre las cualidades de la civilización hasta ahora impuestas sin planteos de dudas o fisuras para la negativa o la negociación.
Lugares comunes y simplificaciones, pero no por eso menos veraces, las oposiciones entre lo hispano y lo anglosajón son evidentes e innegables, así como la convivencia de dos modelos de lo latino que la misma comunidad hispana ve diferentes y una tercera posición directamente latinoamericana. Oposiciones firmes empezando por cuestiones fundamentales y fundantes como las visiones de mundo, las relaciones con los universos del conocimiento, de lo emocional, de la imaginación, de lo religioso. Nociones objetivas como las de familia, nación, legalidad, solidaridad, Estado, ciudadanía, sociedad, riqueza, comunidad; diferencias en las concepciones de lo virtuoso, lo ilegal, el bien, lo saludable, lo sagrado, lo bello, lo perfecto, el orden, la naturaleza, maternidad y paternidad y tantos etcéteras que abarcan probablemente todo el diccionario de la Real Academia Española y el Webster y sus intentos de traducciones del castellano al inglés y sus respectivas derivaciones y variantes, y del otro lado del espejo los juegos de abalorios invertidos.
Claro que cuando se habla de la minoría latina en Estados Unidos el modelo que ya muestra esa minoría y que se ve en acción y que, todo hace suponer, será la minoría dominante dentro de la minoría en cuestión, es un ejemplar sumamente particular en su mestizaje. Su etnicidad es indiscutible, su habitual habilidad bilingüe muestra un español con el que no se siente cómodo, por pérdida de la naturalidad y la familiaridad de una lengua que ya dejó de ser la palabra primera, porque es obvio que el prejuicio se impone y necesita demostrar el manejo del inglés como idioma también propio. Nombrar al mundo en castellano es un acto que incluso desapareció de muchos hispanos, en tanto crece la valoración incuestionable de credenciales sociales obtenidas a través de cumplir con niveles de superación de cargos, puestos, estudios y capacitaciones formales, en las que el intelectual aparece ligado, casi sin excepción, a una posición académica, creyendo a la manera americana que el marco institucional asegura la excelencia, cuando podría pensarse como instancia relacionada con la constancia dentro de una burocracia administrativa. En el mundo latino la valoración de los intelectuales independientes de estructuras formales es una nota distintiva. La oposición entre la tradición y la fuerza de la democracia norteamericana frente a las inestabilidades de las democracias de América Latina es un subrayado constante que se nutre de pruebas históricas que están a la vista y que la minoría hispana señala como virtud ciudadana y civil que los diferencia de las dictaduras y golpes de estado latinoamericanos. Sin embargo, no se piensa en su propio mecanismo de intervención en el sistema democrático a través del magnicidio o, en la década pasada, del Poder Judicial. La corrupción convierte a todos los países de América Latina en repúblicas bananeras, pero el caso Enron y de los falsos balances de gran parte de las compañías más ricas y confiables del norte se olvidan rápido, como el escándalo y la especulación de la llamada “burbuja inmobiliaria”, casos de corrupción que en más de una oportunidad, como en Latinoamérica, han tocado al Poder Ejecutivo tan de cerca como al propio presidente. Los escándalos financieros son cada vez más frecuentes dentro de su poderosa economía, las contracciones de los bancos privados grandes y pequeños en la última década dio como resultado fusiones y ventas de entidades con ahorristas usados y vaciados, y la intervención de la Reserva Federal para evitar la estampida general. La situación de empresarios ricos y empresas en bancarrota no es una situación de violencia social y falla del sistema jurídico exclusiva del sur; los latinos norteamericanos repiten y ensayan el credo del triunfo, del éxito de “ser el mejor”, “the best” es una palabra constante aplicada a los campos más diversos. Viven montados sobre un sistema extraordinario e insuperable que desde los años 60 creó una sociedad de consumo, un circuito insaciable e inevitable generador de apetencias innecesarias y de nociones de útiles descartables junto al valor jerárquico de lo nuevo, que llega a millones de consumidores por todos los medios de comunicación y con la potencia de nociones como “oportunidad”, “ahorro”, “oferta”, “crédito”, “descuentos”, “financiación”, “barata”, “atención personalizada” y “envío a domicilio”, tele marketing, “cupones”, “sale”, “rebajas”, todo tipo de productos desde los más sofisticados y cultos hasta los más populares y masivos tienen una estructura que fomenta y logra el consumo de millones de cosas en la “América” actuando en conjunto la TV, los diarios, las revistas, los teléfonos, los afiches, los volantes, el cable, la propaganda callejera. Desde casas y autos hasta electrodomésticos, todo, todo, todo es posible de ser adquirido, debe ser adquirido para tener una vida confortable, feliz y perfecta, cuanto más mejor, y siempre lo último, lo mejor y más nuevo, todo tiene que ser desechable y descartable aceleradamente para que la rueda no se detenga nunca. La tentación del instrumental que ofrece la financiación es fundamental, es eje del sistema, todo en cuotas y luego vivir para pagar las cuotas que son siempre interminables como el consumo mismo. Inventar para vender, encontrar nuevos productos para introducir en el mercado, localizar un nuevo segmento de compradores posible de ser arrastrado hasta la vida del consumo ilimitado son tareas fundamentales de empresas y compañías y un desafío para la publicidad, sostén fundamental del sistema. Todo se ofrece hoy, ahora, en este instante, ya… las compras son urgentes, de entrega inmediata, ¿cómo puede usted vivir sin tener en su casa o en su vida tal o cual producto tal o cual deseo? La globalización ha derramado en los últimos 10 años el modelo televisivo por cable para el consumo instantáneo a toda América Latina y sus economías fluctuantes, pero por momentos emergentes y con mercados por conquistar. Y algo similar ha pasado con la transformación de los centimetrajes y la visualidad de la publicidad en los medios gráficos, y la presencia en la calle, en la vida cotidiana de millones de cosas que se ofrecen a diario, lo mismo que se ve en los funcionamientos de proveedores como los bancos, los préstamos y tarjetas de crédito que llegan por decenas semanales pre-asignadas, sin haber sido nunca solicitados; y siguen la radio, los teléfonos y ahora, obviamente, lo infinito de las redes para el consumo en el ciber espacio. En el consumo, el chicano americanizado se muestra distante frente a la avalancha de la oferta, mientras los latinos y latinoamericanos son protagonistas importantes en varios de los segmentos ofrecidos.

Para cuando la minoría hispana ocupe su posición jerárquica en la sociedad norteamericana, los líderes selectos y de posición fuertes serán, en su mayoría, protagonistas de una derecha incluso más radical que la republicana porque tendrán la necesidad de afirmar constantemente su patriotismo y su compromiso con las ideas fundantes de la nación más poderosa del mundo y que ejerce el monopolio de saqueos, guerras, ocupaciones, policía, fuerzas de seguridad, modos de vida, principios morales, espacios de las libertades civiles y creación de enemigos. El control de la economía será completo gracias a la posesión de la reserva más grande en el mundo de gas de petróleo. Desaparecido el problema energético y reordenadas las relaciones con las naciones árabes, Estados Unidos hará foco en otros temas como las reservas naturales, el acceso al agua, la superpoblación, la inmigración ilegal, las patentes farmacéuticas, y seguir mandando sobre el consumo de drogas, el mercado de armas, el comercio y el valor del arte, o mejor, los valores del arte. Y seguirá comprando cientos de miles de hectáreas en la Patagonia y asegurando posiciones en el Amazonas, y ocupará el continente Antártico, directa o indirectamente, sin reconocer soberanías ni tratados ni historia previas ni derechos ni la Corte Internacional de La Haya.

Mientras tanto, el mundo del arte seguirá sus fiestas de precios récords, de museos millonarios y del campo artístico mundializado. El territorio de lo latino o lo hispano va a profundizar diferencias y lejanías y enfrentamientos en relación con los latinoamericanos de América Latina, tal como ya se han visto en algunos terrenos en los que se encontraron o proyectos en los que se sentaron en la misma mesa de discusiones. El arte hispano mantiene una posición periférica en relación con los espacios de visibilidad, circulación y legitimación de la historia del arte dominante en Occidente. Su sistema artístico tiene otras reglas y su campo artístico, aunque pelea posiciones dentro del territorio norteamericano, hace décadas que optó por construir su propia narrativa y su propia institucionalidad. Salvo excepciones como las ya mencionadas de Jiménez proyectándose más allá de la zona de Texas. Porque  el cubano Félix González Torres y, también de la isla vecina, Ana Mendieta, son figuras consideradas latinoamericanas viviendo en Nueva York pero no perteneciendo a los inmigrantes latinos afincados en Estados Unidos, forman parte de ese islote que actúa en el ámbito de “sudacas” reconocidos y asimilados por Estados Unidos, adoptados. Con sus visibles aristas regionales y sus temperaturas caribeñas, son casos donde se mantiene claro el modelo de mezcla propio del arte latinoamericano desde los inicios de la modernidad. Participan de un gueto, pero no es el chicano ni el hispano. Los cruces entre las producciones dentro del campo específico chicano ni recibe la atención de las instituciones líderes, mientras el arte latinoamericano, aunque siempre puesto en un lugar de derivativo y provinciano, está integrado a la tradición del arte culto occidental. Mientras el arte latino es ninguneado y se mantiene dentro de su propia comunidad, el arte latinoamericano intenta ser colonizado y ante el fracaso, no siempre pero en la mayoría de los casos, se le reserva el lugar del segundón.
Ante un proyecto de convivencia entre ambos sectores como el planteado por Mari Carmen Ramírez en el ICAA, las conversaciones y los cuestionamientos hispanos sobre la presencia de los modelos culturales latinoamericanos y las credenciales de sus intelectuales independientes y no profesores de carreras universitarias y la diversidad de los socios, fueron motivos de más de una observación por los chicanos. Las renegociaciones de Ramírez con la comunidad intelectual hispana fue constante, aunque no más complejas que las discusiones con las países de América Latina, pero la oposición o, al menos, las diferencias entre chicanos, hispanos, latinos americanos y latinoamericanos en Norteamérica y los latinoamericanos en sus países de origen, se hicieron evidentes con rapidez.
Las posiciones de curadores de arte latinoamericano que han aparecido en diversos museos del norte, como el MFAH, el MoMA y, recientemente, el Metropolitan de Nueva York siempre coinciden en su recorte cultural: se trata del arte de la región al sur del río Grande y no del mosaico latino viviendo y formado, por varias razones, en Estados Unidos. En el caso de una institución como Americas Society, financiada por los Rockefeller desde sus inicios, mantuvo la marca distintiva de muestras de artistas de América Latina, la amplitud de “las Américas”  se dirigió a la diversidad del sur del continente y no al mosaico de lo hispano en el propio territorio de Estados Unidos. Cuando los museos líderes de la nación hablan de arte latino se sabe que la referencia es a la presencia o las colaboraciones con museos e instituciones fuera del país.
La situación que se genera es por demás extraña y, sin duda, aunque de eso no se hable, será determinante en el momento en que la minoría latina ocupe parte de los puestos fundamentales en la toma de decisiones de la gran súper potencia. Una elite dentro de una minoría, que ya está asimilada al nacionalismo y el patriotismo que domina mediante el miedo a la mayoría del americano medio, no muestra alternativas a lo que viene ocurriendo desde el 2001 y que se confirma de manera visible en cada movimiento y decisión políticas de los republicanos y demócratas, y que llega con resonancias al territorio del arte. Es predecible la persistencia de una confrontación que la minoría hispana no dejará de leer y de sentir entre dos culturas de lo latino, una americanizada y la otra con su sistema de modelos de mezclas y renovaciones que seguirán marcando huellas distintas para el poder que será, aún en manos hispanas, blanco, culto y global, con la seguridad de llevar una pelea que palmo a palmo ha ido tomando posiciones de lucha y ha conseguido triunfos inesperados, y cuya capacidad de generar una historiografía propia y mestizajes artísticos con contextos fuertes de anclaje y de proyecciones imposibles de adivinar, lo sostienen dentro del juego y de los cambios de distribución de la normativa que hoy sostiene el dominio del campo cultural.