Tema del Mes

MAYO 2015

La trama cultural de los femicidios. Entrevista a Marta Dillon.

31 / 05 / 2015 - Por Laura A. Arnés

Si el reclamo de Aparición con vida cifra la perversión que reviste a la figura del “desaparecido”, el lema Ni una muerta más distingue de la muerte que iguala a los humanos a las víctimas del femicidio, a cada cadáver femenino aceptado como desecho corporal admonitorio de una sociedad donde el dominio violento del varón se ha convertido en sentido común. La marcha del 3 de junio nos invita a querer otra forma de vivir juntos.

Llegaba tarde y el bar en el que Marta Dillon me había citado no estaba en la intersección esperada. Llovía. Dudé (no habíamos intercambiado teléfonos). Dejé de lado las indicaciones que había recibido y cambié el recorrido. Sin quererlo estábamos haciendo una performance de la desorientación que todo encuentro feminista y disidente implica. Finalmente, a puro instinto y con sólo algunos minutos de retraso, comenzó la entrevista. Marta me miró aliviada, entre rulos y con el celular en la mano: “Uy, qué suerte… lo encontraste.”
Periodista y editora del suplemento “Las12” del periódico Página 12, Dillon fue editora y fundadora del suplemento “Soy” que sale, semanalmente, desde 2008, en el mismo diario. También allí escribió la columna “Convivir con virus” (1995-2004) donde relataba de qué se trata(ba) ser mujer, vivir con VIH y reclamar una sexualidad placentera, activa y no vergonzante. Fue militante de H.I.J.O.S, constante activista del movimiento de mujeres y de lesbianas y, en este momento, es miembro de la organización que convoca a Ni una menos, la movilización que se realizará el martes 3 de junio contra los femicidios.
Pido un café y Marta me regala su novela auto-ficcional recién publicada. En la tapa, la foto de su madre desaparecida bajo el titulo Aparecida. El libro queda sobre la mesa, iluminando una entrevista que trata un poco sobre eso pero no. Al lado, el grabador encendido.

- ¿Qué es la violencia de género?

- Yo prefiero llamarla violencia machista. Es la violencia ejercida como dispositivo de disciplinamiento o punitivo, contra las mujeres y otras identidades femeninas, con la función de sostener o hacer manifiestos los privilegios que los varones tienen sobre ellas o que se consideran, culturalmente, suyos. Es, entonces, la violencia que se ejerce contra las mujeres por ser mujeres o contras los cuerpos femeninos por ser femeninos y que se manifiesta de diferentes formas: acoso callejero (“piropos”), subestimaciones, violaciones y golpes pero también se puede ver en la no legalización del derecho al aborto, en las diferencias salariales, en diversas violencias institucionales, en el trabajo doméstico no remunerado ni reconocido, en los modos de la división sexual del trabajo…

- Entonces violencia machista antes que violencia de género…

- Decir “violencia de género” creo que oculta el lugar hegemónico de las masculinidades dominantes, porque la violencia no se da en los dos sentidos del mismo modo. Es una forma más académica y menos agresiva, más escuchable, de decir lo mismo. De dar cuenta de una violencia diferencial que está totalmente naturalizada, que es parte de la matriz cultural, pilar fundamental de nuestro sistema cis hetero-patriarcal y capitalista.

- ¿Qué quiere decir que el sistema es “cis hetero-patriarcal”?

- Quiere decir que es un sistema opresivo en el que los privilegios todavía los detentan los varones que se identifican con el sexo asignado al nacer y que se organiza alrededor de la heterosexualidad, sostenida sobre la división genérica varón-mujer. Por supuesto, esta primera división hay que atravesarla con otras variables como la edad, la raza y la clase. Aunque en el patriarcado los varones siempre tienen mayor legitimidad y hacen mayor uso de la violencia, más allá de la clase.

- ¿Estarías de acuerdo con la afirmación de que el género es violencia?

- Si, ese es el problema. El género y todas las diferencias que implica (estereotipos, funciones, dispositivos educativos, deseos, derechos y obligaciones) es una máquina de violencia que opera incluso desde antes del nacimiento. Hay que preguntarse ¿por qué esa importancia suprema en si alguien es nena o nene?

- Hoy leí una nota sobre Jesica Muñoz, una adolescente correntina, violada repetidas veces, golpeada y asfixiada por tres jóvenes que un año atrás habían tenido una gran pelea con su novio. El mensaje parecería ser para él: el cuerpo invadido sexualmente era el de ella pero el objetivo no era sexual. Y recordé la insistencia de Segato, cuando analiza los casos de Ciudad Juárez, en que no sólo todos los crímenes del patriarcado son crímenes de poder sino que, además, en algunos casos, la destrucción del cuerpo de las mujeres es la desmoralización, no tanto de aquéllas sino, de los varones que deberían ser capaces de tenerla bajo su tutela, de protegerla. ¿Qué significa entonces “femicidio”? ¿Hay diferentes tipos?

- Lo que estamos llamando “femicidio”, en la Argentina, son crímenes contra mujeres cometidos por varones, en general, de su círculo cercano. Tienden a ser crímenes aleccionadores porque el poder se restaura a través de ellos. Pero también tiene otro sentido, el término “femicidio”, más ligado a la idea de crimen de odio, en el que predomina la sensación de revancha contra cuerpos desconocidos y descartables. Pero, básicamente, es el asesinato (y la tortura) de una mujer por su condición de mujer; sería el paroxismo de esa otra violencia cotidiana, inherente a la diferencia genérica, que tiene sus formas más o menos naturalizadas. Es un modo extremo de mantener el orden patriarcal. En fin, los femicidios son el extremo de una matriz cultural en la que estamos todos inmersos, en el que los cuerpos de las mujeres son territorios en disputa y sobre los cuales se disputan luchas también ajenas. Desde hace ya algún tiempo, en la Argentina, se está registrando, aproximadamente, un femicidio cada treinta horas…

- ¿Los asesinatos de travestis también son femicidios?

- Sí, aunque estos asesinatos, por diversas razones, no están incluidos en la suma de los femicidios. Pero estas muertes creo que pueden asociarse más al segundo sentido de “femicidio”: son descargas de violencia sobre cuerpos femeninos subalternizados que, en la voz del agresor, traicionaron “a su género natural” o sobre los que se descarga la impotencia por los deseos que provocan. En estos casos, es también interesante el accionar de los medios: en un gesto sumamente patriarcal y de gran violencia las noticias suelen reponerles el género y el nombre adjudicado en su nacimiento.

- Cierto, morboso y vengativo…. - ¿Y los asesinatos de lesbianas, como el de Pepa Gaitán?

- Ahí habría que pensarlo un poco más. Porque lo que suele encontrarse como motor de estos crímenes es la revancha por la usurpación de los privilegios masculinos. Las lesbianas, probablemente más aquellas identificadas como masculinas, presentan una amenaza porque interrumpen la “circulación” de las mujeres, desafían el dominio del varón en cuestión sobre las mujeres que le “pertenecen”. En todo caso, lo que habría que pensar son las problemáticas que ponen a circular las masculinidades no hegemónicas.

-Estamos en un momento de apertura hacia problemáticas de género y de apertura hacia la “diversidad”, se han sancionado leyes, tan dispares, como la ley de matrimonio entre personas de un mismo sexo o la de identidad de género, la ley de trata o la jubilación para amas de casa y, sin embargo, da miedo cómo a veces los discursos libertarios se usan para los fines contrarios ¿no? Estoy pensando, por ejemplo, en el reciente fallo de los jueces Sal Llargués y Piombo.

- En ese caso hay muchos discursos que habría que rastrear, por ejemplo, la lógica jurídica que presume de actuar por fuera de la lógica social. O los modos en que son apropiados los discursos acerca de las diferencias sexuales para el uso productivo del patriarcado: ¿Cómo es posible que la ley le adjudique un modo de sexualidad y una identidad sexual a un niño de 6 años y use eso como atenuante del delito? Es una cuestión de complicidades institucionales, todas expresiones del patriarcado. Y, por supuesto, la función de los medios y su capacidad para presentar vidas que merecen ser vividas y otros cuerpos como ‘vidas desnudas’. Pero el punto es que el sistema hetero-patriarcal se reacomoda permanentemente, absorbe todo. Ninguno de sus mecanismos son inocentes y los mediáticos son particularmente fundamentales en su (re)producción. Lo interesante es que, en general, funcionan sin aparente conciencia de quienes producen y editan los materiales. Por ejemplo: en  un noticiero a la nota sobre el crimen de Chiara, la adolescente santafesina embarazada asesinada, la sigue la de un partido de fútbol femenino entre Boca y River: “Como se dan las chicas”, un clip de un minuto mostrando las patadas que se pegan. Este tipo de montajes es, sin duda, aleccionador. Pero, además, las mismas escenas morbosas se repiten una y otra vez a lo largo de días. Se espectacularizan las muertes hasta lo banal.

- Parecería que se normalizan los asesinatos en la repetición, ¿no? ¿Qué tipo de opinión pública creés que están generando los medios de comunicación en los casos de violencia de género?

- En el caso de los femicidios, lo primero que hay que analizar es el modo en que los medios tienden a construir cada asesinato de mujeres como casos aislados, hechos estancos que se encuentran por fuera de los discursos en torno a la seguridad y por fuera de la reflexión relativa a las problemáticas de género. Por otro lado, los perpetradores son construidos usualmente como monstruosos –diferentes al resto de los hombres- aunque, sin embargo, siempre se les adjudican razones. Y los medios no solo abundan en ellas sino que además le dan voz a los femicidas: tapa de “Noticias” con los golpeadores, reportajes a Mangieri y Tolosa, entre otros. Es más, se busca la voz del perpetrador. La pregunta es ¿Por qué? ¿Puro voyeurismo? ¿Placer morboso? No. Es una forma de empoderamiento masculino, un reconocimiento de sus privilegios incluso en situaciones extremas; diferente a lo que pasa con las asesinadas, se busca la empatía de la opinión pública. Porque, como explica Rita Segato, estos crímenes no le hablan solamente a las mujeres para disciplinarlas sino que también emite mensajes a la comunidad masculina. Y a esto hay que sumarle que el sistema judicial no está actuando imparcialmente: en los casos de violencia de género son las mujeres que se defienden las que tienden a ser juzgadas con mayor celeridad y sobre quienes, además, no se suele aplicar la caratula de emoción violenta. Hay una gran cantidad de femicidas que quedan libres, incluso, ante la presencia de pruebas.

- En este mismo sentido, ¿podría decirse que los medios construyen a las mujeres y a lo femenino permanentemente bajo sospecha…?

- Exactamente: las mujeres suelen ser vistas, producto de las jerarquías genéricas, en términos de las oportunidades que ofrecen, como cuerpos en disponibilidad y como culposas. En palabras coloquiales: “se la buscó”. Por eso los medios, frente a los crímenes, tienden a centrarse, discutir y juzgar sus estilos de vida: la ropa que usaban, si estaban embarazadas, si había bebido o salía sola, si tenía novio estable, si iba al colegio; se emiten juicios sobre su belleza (no sólo cuestión de clase sino herramienta feroz de disciplinamiento de los cuerpos) y sus modos de circular en la vía pública –basta recordar el video de Melina, repetido hasta el hartazgo, caminando sola en la puerta de la discoteca.

- Esto también se ve en las fotos que los medios levantan de las víctimas: copas en las manos, bocas de pato, ropa ajustada.

- Claro. Es que ahí resulta clara la ideología de género y el ansia disciplinadora y punitiva: “La culpa no es de los hombres: la imagen prueba que las mujeres habilitaron lo que les sucedió.” Pero hay una instancia en el que este tipo de representación suele cambiar: cuando la víctima pertenece a la clase media blanca –como Ángeles o Lola- y el asesino a una clase subalterna. Por supuesto, la reacción social también cambia: la indignación se despierta más rápido y las exigencias sobre la justicia son mayores. Pero, además, en estos casos se tienden a liberar de culpas al entorno familiar, mientras que en los otros –cuando la figura femenina se presenta como más abyecta- todos son implicados por los medios y la ley. Los relatos que se ponen en escena reproducen claramente la lógica capitalista y sexista de nuestro sistema. La clase y el género no se pueden separar cuando se analizan los conflictos y opresiones sociales.

- ¿Crees que es efectivo el discurso de los derechos humanos al momento de garantizarle “protección” a las mujeres?

- El tema de los femicidios y la violencia de género no está instalado como un tema de derechos humanos. En general lo que se asocia a este término son las violencias institucionales y, acá, en Argentina, está muy anclado a la experiencia de los setenta, época en la que además “feminismo” era doblemente mala palabra. Pensemos que recién ahora se está empezando a pensar la doble carga que tenían las mujeres guerrilleras: afuera de los “campos” cuidando a los niños y, adentro, víctimas de torturas que incluían violencias sexuales. Por otro lado, lo que sucede con la violencia machista es que atraviesa a todas las instancias que le dan cuerpo a nuestra cultura: las responsabilidades no están por fuera.

- Quizás podría pensarse a los femicidios como genocidios de género, como exterminio instrumentado a largo plazo ¿no? ... -Marta no está muy segura, no está segura de la eficacia simbólica y legal que podría tener-. Entonces, ¿cuál debería ser la función del Estado ante la violencia de género y los femicidios?

- No sirve reclamar al Estado que sea más punitivo, aunque sí que la ley no se ejerza de modo diferencial. También tiene la obligación de educar, de empezar a desmantelar estás problemáticas con leyes como la de educación sexual integral (en las escuelas, para todas las fuerzas y efectores de la justicia) o como la fantástica Ley de protección integral a las mujeres (26485). Hay que demandar más herramientas para la asistencia de víctimas, herramientas que las habiliten a salir de las situaciones de violencia en las que se encuentran inmersas y, también, hay que exigir la protección de las víctimas de violencia. El problema es que todos estos serían grandes instrumentos si los efectores no se encontrasen también bajo la ideología hetero-patriarcal. Por eso es muy importante, también, pensar en construir alternativas de resistencia por fuera de la demanda al Estado: formación de redes y la generación de acciones más colectivas. Porque las heridas que implican o portan los cuerpos que la sociedad lee como “de mujer” o como “femeninos” sólo pueden ser suturados en su relación con otras. Habrá que ver si es posible construir comunidades que no le den lugar al patriarcado.

NI UNA MUERTA MÁS

-¿Qué es y cómo surgió Ni una menos?

- Ni una menos es un grupo muy ecléctico de periodistas, escritoras e investigadoras. Nos juntamos el año pasado en el Museo de la Lengua y el Libro para hacer una maratón de lecturas a favor del derecho al aborto. Estuvo muy bueno, a pesar del peligro de endogamia que una actividad  de este tipo conlleva.

- Cierto, pero la necesidad de hacer moviliza distintos tipos de acciones y no todas pueden ser marchas…

- Claro. Entonces, este año, después de que se hizo pública una seguidilla de femicidios, decidimos repetir el evento pero, esta vez, como manifestación en contra de los asesinatos de mujeres. Le pusimos el nombre, citando a una poeta muerta en México. Ella decía o, mejor dicho, había escrito: “Ni una mujer menos, ni una muerta más”.
La poeta se llamaba Susana Chávez (1974-2011), era juarense y como tantas otras, fue torturada y asesinada por ser mujer. “Su muerte no tiene relación con su papel de activista para esclarecer los crímenes de Ciudad Juárez”, dijo el fiscal de Chihuahua. Su cuerpo estaba mutilado y su cabeza envuelta en una bolsa negra: la mataron como a las mujeres que ella defendía.
- Entonces, organizamos esta lectura en el Museo del libro y de la lengua -en la que participaron más de cuarenta escritoras, performers y periodistas- y surgió la idea de seguir en contacto y hacer acciones. A partir de uno de los últimos femicidios, parte del grupo empezó twittear #Niunamenos. Supongo que así empezó a masificarse la consigna de la concentración que vamos a realizar el 3 de junio.

- ¿A las y los ilustradores que están adhiriendo a la acción y cuyas obras ya generaron mucha polémica dentro del feminismo los convocaron ustedes? (Estoy pensando, por ejemplo, en la Gaturra (Nik) que acompaña al texto “Ni una menos”: patas larguísimas, maquillaje, minifalda y la bombacha asomando. Lo femenino será objeto sexual o no será nada, parece decir. Y también en una viñeta de Tute en la que un hombre, persiguiendo a una mujer, le dice: “no le digo un piropo sólo porque soy feminista”).

- Ufff. Un horror. Algunos se ofrecieron, como Liniers. A otros les pedimos. Yo, por ejemplo, se lo pedí a Maitena para contrarrestar el efecto de la nenita con ojitos cerrados, manito alzada, osito y florcita de Liniers, que los medios estaban levantando con tanta liviandad. Es llamativo: las ilustraciones y algunas frases que están circulando están poniendo muy en evidencia la ideología del sistema: parecería que tuviéramos que pedir perdón por estar enojadas, por manifestarnos; parecería que nuestros reclamos, nuestra indignación, sólo puede ser escuchada y apoyada si nos mantenemos bellas, cariñosas y sumisas; si antes que nada cuidamos susceptibilidades; si cuando hablamos limamos las aristas que pueden lastimar a los varones o señalarlos como culpables de algo. Nos están matando pero, antes que nada, sigamos agradando y que nadie se sienta acusado.

- Efectivamente, que perdamos nuestra “feminidad” parece ser una amenaza. Entonces aparecen esos apoyos que en realidad buscan reubicarnos en el género que se nos asignó, vuelven a encasillarnos en los roles más tradicionales…

- Cierto. Pero hay un dibujo genial que está circulando: La Nelly de Langer, furiosa, con una motosierra. Lo interesante, me parece, es que en esta misma tensión que las imágenes ponen en evidencia también se están movilizando los discursos en torno de los femicidios y la violencia machista. Por un lado: “no nos peguen ni nos maten porque somos tus hijas, tus hermanas, tu madre”. Discurso conservador que nos reubica en relación con nuestros vínculos parentales, en la pertenencia a un varón. Y por otro lado, la discursividad más feminista: “Si tocan a una nos tocan a todas”. Es decir, “No nos provoquen porque vamos a contestar”. A mí me interesa esta reapropiación de la capacidad de gritar y de defendernos que, por siglos, nos fue negada; este reconocimiento de la capacidad de reunirnos con otras y de resistir. Pero, además, la contraviolencia es un derecho que tenemos que poder reservarnos para defendernos. En realidad, lo que toda esta movilización social está poniendo en evidencia es la profundidad del cambio que resta por realizar. Y la tensión y las contradicciones aparecieron, incluso, hacia adentro de la comisión: la palabra “feminista” sigue provocando mucho escozor. En algún punto sigue siendo una palabra prohibida. La letra “F” sigue generando rechazo.

- Y ahora, además, nos dicen “feminazis”…

- Sí. En algún momento el gesto fue reivindicarme como tal. Pero no es correcto. Lo que sí reivindico es el lugar de la feminista indignada o malhumorada. Es necesario sostener la rabia. Como escribimos con Virginia Cano para la maratón de lecturas: “Nosotras no somos las mujeres que ya no están. Pero todas ellas nos atraviesan. Nos duele su ausencia. Activa en nuestros cuerpos la memoria de las propias heridas. Nosotras, con lágrimas en los ojos y el cuerpo en situación de guerra, decimos "basta". Que la herida alimente nuestra rabia feminista, tortillera, trans, contestataria. Y que la rabia se haga palabra, arma y refugio frente a la hostilidad hetero-cis-normativa. Porque nosotras no queremos ni una menos. No queremos ser ni temer ser una más en la lista de las que van a parar a la bolsa de desechos corporales del patriarcardo. Desde la rabia, enlacemos el nosotras-otro que sea la alquimia del dolor y la muerte, la resistencia al amparo de la ternura y la amorosidad.”

- Sí, me acuerdo de ese texto, fue muy intenso…. Y sobre la concentración del 3 de junio, ¿qué expectativas hay?

-Pareciera que la marcha va a ser muy masiva. Por eso es importante poner ahí el cuerpo y la palabra. Sobre todo para evitar que termine siendo una marcha como la de Bloomberg…

-Nooo…

- Y… ese es el riesgo cuando las cosas se masifican. Se pierde el control. Se empieza a perder la palabra en pos de imágenes como las que ya están circulando y se apropian de la consigna personas misóginas como Dady Brieva o Marcelo Tinelli y la banalizan. Porque esa gente construye cotidianamente la cultura machista y sostener el cartel no los despega del hecho de ser grandes (re)productores del sexismo. Sin embargo, la masividad va a hacer que pasen muchas cosas en la calle y eso va a ser interesante. La importancia de lo que está pasando tiene que ver con la visibilización de la violencia, la afirmación masiva de que nos importa, que lo que le pasa a las otras nos importa, que no están solas. Y, además, parecería que finalmente el tema “género” se está instalando: empieza a aparecer en las agendas políticas pero, además, empezamos a ser más conscientes de las contradicciones y los discursos tremendamente retrógrados que siguen funcionando como parte del sentido común. Así, decir algunas cosas en la arena pública– pienso, por ejemplo, en lo que Mirtha Legrand le dijo a Laura Miller o en las afirmaciones misóginas de Brieva sobre las travestis- empieza a tener, finalmente, costos más altos. Veremos qué pasa después de la marcha.

- Sí, esperemos que este impulso no desaparezca.

* Un especial agradecimiento a Lucía De Leone.