Tema del Mes

JUNIO 2015

Merriweather Post Pavillion (Animal Collective, 2009)

07 / 06 / 2015 - Por José Bellas

Cuando Animal Collective se presentó en Buenos Aires, nadie sabía que era la previa de su álbum más exitoso y accesible. Genealogía de un “biotipo musical que descarta la adultez como ingrediente”.

“Pinta muñequitos en un papelito, con un lápiz que le regalé (eso está bien)/ Cuando se le acaba ese papelito, sigue dibujando en la pared (no está tan bien)”. Los Animal Collective estaban naciendo a la vida cuando el tema “Tengo un hermanito chiquitito (como bolita)” era incluido en el compilado Cantaniño 3, un concurso televisivo de nuevas voces infantiles. Por cierto, un sapo cantor era la imagen de uno de estos discos, obedeciendo a la antropomorfización de anfibios en la música popular argentina desde el hit folclórico “Sapo cancionero” hasta estos días del “Sapo Pepe”.
Hacia 1980, la “del hermanito chiquitito” era el hit más grande que podía escucharse en Argentina con su estigmatización de las pinturas rupestres en las paredes de los hogares. Más o menos liberales fueran los padres, tutores o encargados, hayan sido el lienzo paredes de yeso o empapelados floreados, la acción de realizar arte urbano indoors era aquí reprimida. Apenas se glamorizaba en la tarea a Guille, el hermano menor de Mafalda en la historieta de Quino, siempre horrorizando a los progenitores. Vean: pared y padre forman un anagrama.
En tanto, en Canadá, un profesor de música de 24 años llamado Hans Louis Fenger empezó a dar cursos de su materia en los tres colegios de la zona rural de Langley. Su método, prescindente de teoría musical o técnica profesional alguna, fue enfrentar a sus alumnos (de 9 a 12 años) con un repertorio de canciones contemporáneas, armar rapsodias y arreglos con lo que se tenía a mano, y simplemente cantarlas. Fenger era (es) discípulo del compositor alemán Carl Orff, que desarrolló una idea muy explícita sobre la educación: “Desde el principio de los tiempos, a los niños no les ha gustado el estudio. Prefieren jugar, pero si uno puede atraerles el corazón, ellos permiten que les puedas enseñar”. Siguiendo la idea de Phil Spector y su idea del pop como “sinfonías para niños”, y escogiendo principalmente entre Brian Wilson (“God Only Knows”, “Good Vibrations”, “I Get Around”, “You’re So Good to Me”, “In My Room”, “Help Me Rhonda”) y Paul McCartney (“Venus and Mars”, “The Long and Winding Road”, “Band on the Run”), pero también David Bowie (“Space Oddity”), Fleetwood Mac (“Rhiannon”) y los Bay City Rollers (“Saturday Night”), estas piezas se dejaron grabar y editar en pequeñas ediciones regionales cuya venta estaba destinada a sostener económicamente a los colegios.
Un cuarto de siglo después, compiladas en Innocence & Despair- The Langley Schools Music Project (2001), esas candorosas interpretaciones corales a corazón abierto se transformaron en uno de los grandes discos de la historia del pop. Esa suerte de cantos gregorianos infantiles, sin culpa ni sumisión, grabados en dos canales, interpretan y desatan con total frescura el aura adulta de esas canciones, en muchos casos apenas rebatidas por algún timbal o platillo. Puede o no ser casual que un año más tarde de la edición de Innocence & Despair…, The Flaming Lips incluyera el aniñado y soñador hit “Do You Realize??” en su gran Yoshimi Battles the Pink Robots (2002) o que los Animal Collective grabaran Campfire Songs (luego editado en 2003), su primer disco más o menos oficial, que alude en su traducción a “canciones de fogón”. Lo que no es casual es que estos cuatro amigos que conforman el colectivo animal, educados bajo el sistema Waldorf en Baltimore (Maryland, USA) hayan desarrollado un biotipo musical que directamente descarta la adultez como ingrediente. Uno de ellos, Josh Dibb, alias Deakin, tuvo como madre a una sanadora holística, que aún lo influye: “Siempre me hizo creer en la idea de que podía encontrar la belleza en cualquier lado. Y creía que teníamos la posibilidad de experimentar a Dios a través de nuestras mascotas”. Podríamos, a partir de este textual, aplicar el botón de fast forward hasta desgranar mascotas-sonidos, Pet Sounds (Beach Boys), y hacer el festín del significante. Incluso sigue siendo curioso que las dos bandas que sintetizan (Beach Boys y Kraftwerk) manejen la idea de lo interminable en los respectivos títulos de su compilado más clásico (Endless Summer) y de uno de su temas más populares (“Europe Endless”). Pero, epa, este inaugural Campfire Songs no sonaba tanto a los Beach Boys sino a lo que un empleado de disquería le refirió con precisión al crítico Simon Reynolds: “This Heat meets Incredible String Band” (“el encuentro entre This Heat e Incredible String Band”), concordando en la misma oración al más progresivo y experimental de los nombres del post-punk con el extraordinario dúo escocés de folk hobbit.
Con la aparición de los sucesivos Here Comes The Indian (2003) y Sung Tones (2004), el último con influencias asumidas de Gas, el proyecto de Mike Ink, y los compilados de pop ambient del sello alemán Kompact, fueron asumiéndose como cabezas visibles de la folktrónica y moldes de un nuevo hipsterismo indie que empezaba a afincarse en un, hasta entonces, oscuro lugar de Brooklyn llamado Williamsburg, un nuevo Soho para artistas en desarrollo que huían de los prohibitivos precios de alquiler en Manhattan.
A medida que sus estudios/trabajos/becas/relaciones sentimentales lo iban requiriendo, los cuatro músicos fueron dispersándose entre diferentes geografías. Noah Lennox (alias Panda Bear) llegó a Lisboa (Portugal), donde en 2007 construyó un monumento Gaudí de buena vibra, fantasmagoría dub, melodías vocales inmensas y ruidos de la calle en el titulado Person Pitch. Decorado con un arte de tapa que antecede a la estética de Ang Lee en la película Life of Pi (niños compartiendo una pileta con gatos, gorilas, tigres y, obvio, un oso panda), no sólo fue el disco mejor recibido del clan de Baltimore hasta ese momento, sino que vislumbraba un camino de clarificación de su música. Panda Bear acercaba la idea de que una síntesis estaba al llegar.
¿“In the Flowers” empieza con el mismo velo de nubes eléctricas de “Axis: Bold as Love” de Jimi Hendrix y luego rezuma una fanfarria que suena a gaitas? ¿Son grillos o unos Kraftwerk de miniatura los que introducen “My Girls”, una armonía vocal que los Beach Boys nos deben desde “Love You” (1977)? ¿“Summertime Clothes” es un electro-malambo en homenaje a XTC? ¿“Daily Routine” tiene a Tony Banks (Genesis) tocando a 120 rpm? Ninguna de estas preguntas nos las estábamos haciendo los 500 que asistimos en La Trastienda a su único show en Buenos Aires (9/11/2008), porque esas canciones estaban siendo estrenadas en nuestras propias narices y oídos. Así es: testearon en vivo los temas de un disco (Merriweather Post Pavillion) que publicarían dos meses después y que terminaría siendo, en una escala muy indie, su Nevermind. Esa noche, mientras en la recepción todavía vendían el anterior (Strawberry Jam), expusieron su campechano tecno-regocijo mientras, desde Gustavo Cerati hasta los de la barra, todos pretendíamos estar familiarizados con los sonidos que proporcionaban. Salmos electrónicos. Cyber-gospel. Himnos a la alegría: Waldorf de los Ríos. Era la avant-premiere de su obra más exitosa, pero nadie nos lo estaba anunciando. Lo mismo que dicen sobre la verdadera felicidad: nunca llegamos a detectarla cuando realmente nos alcanza.