Tema del Mes

JUNIO 2015

El gobierno del hincha versus el gobierno de los ídolos

28 / 06 / 2015 - Por Alejandro Wall

Más allá del mito romántico ¿qué verdaderas ausencias, qué vacíos hacen que el hincha se convierta en el protagonista del fútbol? Y en ese protagonismo ¿qué distancia separa los loables actos de resistencia colectiva al hábito de la auto-idolatría como coartada del fracaso?

Desde algún momento, tal vez desde Discépolo para acá, quedó la idea de que los clubes son los hinchas, el alma de los colores, lo mejor que tiene el fútbol, los que lo dan todo sin esperar nada, y toda la línea del guion que recita el Ñato, esa versión romántica del hombre de la tribuna, que como en las caricaturas todavía usaba el pañuelo con los cuatro nudos en la cabeza y comía los ravioles con su madre los domingos al mediodía, un hincha que ya no existe.
Saquemos a los barras, a ese colectivo rentado, que es parte de otro asunto. Vamos al hincha, a nosotros mismos, al que paga la entrada o la cuota, y que va a la cancha con el hijo, con el hermano, con los amigos, o con la novia. Porque las novias, las mujeres, también van a la cancha, y van mucho a la cancha aunque el relato conservador del fútbol insista en mostrarlas como algo marginal o, mucho peor, como señoras que sólo esperan en casa a que vuelva el marido. No es así. Hay mujeres que van a la cancha y hay otras que no van, como hay hombres que no van, hinchas de la televisión, hinchas de Twitter, hinchas que en Facebook le ponen me gusta a la página oficial del club. Esas hinchas, esos hinchas que son muchos y diferentes hinchas, vendrían a ser el alma de los colores. Sin el hincha, dice Discépolo, sin nosotros, el club sería una bolsa vacía.
Un sujeto como el Ñato, el personaje de Discépolo, pertenece al pasado, se quedó en los cuarenta, en los cincuenta, pero el hincha siguió en la misma, creyéndose que no hay nada más que él y que sólo él sabe lo que le pasa al club, y lo que necesita el club, porque él es el club. Ni los jugadores, ni los dirigentes, ni los técnicos: todos pasan y el hincha queda. Esa idea se reprodujo cada vez más con el tiempo. Nació el hincha del hincha, los hinchas de la hinchada, los hinchas de la barra, y se agudizó el patrón, el capanga, el que se siente en derecho de putear jugadores porque paga la entrada, porque paga la cuota, porque va a todos lados, porque ustedes trabajan para mí, porque para eso cobran; un hincha que exige en la medida de lo que da, y también siempre algo más, la extracción de plusvalía en el fútbol. Es la versión más odiosa del hincha.
Es cierto que hubo hinchas que no sólo se quedaron en la tribuna. En los noventa, nacieron nuevas estructuras de militantes futboleros, como llama el historiador Julio Frydenberg a los jóvenes de sectores populares, mezcla de jugadores y dirigentes, que fundaron clubes en los principios de siglo pasado. Fueron también militantes futboleros los que resistieron los vaciamientos casi cien años después. Fue un grupo de hinchas de San Lorenzo el que frenó en el 2000 la privatización del club a manos de ISL, la empresa que un tiempo después quebraría y terminaría involucrada en un escándalo de coimas con la FIFA. Por eso, el 30 de noviembre se celebra el Día del Hincha de San Lorenzo. Y fueron hinchas de Racing los que, aunque no pudieron impedir el gerenciamiento, levantaron el predio Tita Mattiussi en el que ahora se entrenan los juveniles.
Si a principios del siglo veinte los pibes salieron a buscar canchas para jugar al fútbol, tierras que ya tenían dueños, y lucharon para conseguirlas, los hinchas de Racing salieron en busca de un lugar para los chicos de las divisiones inferiores, aunque lo simbólico del Tita haya sido que se convirtió en un refugio contra Blanquiceleste. Esos hinchas hicieron propio un pedazo del Conurbano que se dividieron con un club de rugby. Y ese predio, tan cerca del Cilindro, fue durante ese tiempo el espacio más genuino de los socios. Pero el Día del Hincha de Racing no celebra al predio sino que se festeja el 7 de marzo, una fecha que recuerda que se llenó la cancha cuando el equipo no podía jugar por la quiebra. Ese día se convirtió en el éxtasis del aguante, y también en el mayor de los sacrificios, una exhibición simbólica en la que no se iba a ver fútbol sino a demostrar que se llenaban las tribunas y que, entonces, el club no podía cerrar.
El hinchismo se transformó en algo corriente en buena parte de los clubes cada vez que el fútbol retrocedió y dejó vacío su espacio. Con tres décadas y media sin títulos, en Racing no quedó otra que resistir en la tribuna. Los héroes en ese tiempo no tenían pantalones cortos –o muy pocos lo tenían- sino que llevaban la bandera a todos lados. Eran los hinchas. Les pasó en algún momento a casi todos los equipos que atravesaron la desgracia de la derrota. Los de San Lorenzo llenaron canchas en la B después de que les arrancaran el Viejo Gasómetro, los de River llegaron a frenar un partido cuando el descenso parecía inevitable, los de Independiente se mostraron pacientes y resignados, llorando y aplaudiendo al equipo mientras se caía de la Primera, una imagen que se expandió como prenda de orgullo. Los de Boca explotaron bengalas para cerrar un 2014 en el que el equipo no ganó nada y en el que tampoco tuvieron a Riquelme para adorar.
La ausencia de fútbol, que puede ser la ausencia de triunfos pero también de buen juego, la ausencia de ver algo que nos guste y genere satisfacción adentro de la cancha, ayuda a subir la fiebre de los hinchas, poniéndolos en otro lugar, colocándolos en muchos casos como protagonistas. Lo mismo sucede cuando lo que faltan son ídolos de largo plazo, ídolos en serio, cuando lo que no hay es una identificación profunda con un jugador, o cuando al menos no se tiene al crack que salió del club ahí abajo. Si ese crack no está, otra consecuencia de la Ley Bosman, se hace todo más difícil. En general, cuando a un equipo le toca el declive, los referentes son los que corren, los que se tiran al piso, los que les muestran el escudo a la hinchada rival, como Almeyda contra Boca, que es una forma de ser hinchas adentro de la cancha. Es el hinchismo por otra vía. Sin jugadores, la tribuna se idolatra a sí misma y lo que se intenta es ser mejores que los de al lado y más aguantadores que los de enfrente. Y los hinchas se sienten, por supuesto, partícipes necesarios de los triunfos cuando hay triunfos, porque también se gana con la hinchada. 
Unos días después de que Racing fuera campeón, el amigo Juan Carlos Tejedor escribió en un comentario de Facebook: “Me parece improcedente felicitar a un tipo porque su equipo salió campeón. No es que sea yo un fundamentalista del asunto, ocasionalmente se me escapa algún ‘enhorabuena’, pero no creo que valga nada. Al hincha del campeón no le agrega nada la felicitación del compañero de escritorio, no conozco a ninguno que en el momento en que termina el último partido piense ‘qué bueno, cómo me van a felicitar los muchachos’. Y tampoco es que él ha hecho mérito. Hizo exactamente lo mismo que los hinchas del equipo que salió séptimo, la única diferencia es que el equipo suyo ganó el campeonato. Es casi como felicitar al tipo que se sacó la grande en la lotería, con la salvedad de que en este caso sí tiene sentido una felicitación porque a lo mejor ligás unos mangos”.
Y no, felicitamos muchas veces por cortesía, para complacer al otro y hacerle saber que conocemos de su alegría, pero los hinchas del equipo campeón no hacen más que los hinchas del equipo que no salió campeón. Hasta puede ocurrir, según la medida que se tome -digamos que un parámetro podría ser la cantidad de gente que va a los partidos, las recaudaciones, aunque habría que ver también la intensidad- que la competencia entre hinchas le dé favorable al subcampeón o al tercero. Pero eso no cambia nada. Actúa, en todo caso, como un antídoto contra la derrota, una suerte de consuelo. Nos acordamos con alegría del “Brasil, decime qué se siente” y de la invasión a Copacabana para ocultar la tristeza del gol que se perdió Palacio.
Para la historia de los clubes, sin embargo, hay pocas cosas tan importantes como los jugadores. Las estructuras de los clubes se sostienen –sin hacer juicios de valor sobre cada actuación- en los hinchas, los socios, los dirigentes, el utilero, los profesores de los deportes amateurs, el bañero de la pileta, el cobrador de la cuota social, el trabajador de Utedyc que abre la cancha, y toda la cadena que permite funcionar a un club. Pero la carta de presentación, el poster en la pared, lo entregan los jugadores, los buenos jugadores, el comandante en jefe adentro de la cancha.
Boca es Rojitas. Racing es Corbatta. Independiente es Bochini. River es Labruna. San Lorenzo es Sanfilippo. Pongan el nombre que quieran, a gusto personal, según la memoria emotiva de cada uno. Jugadores que llenaron canchas, atrajeron nuevos hinchas, ganaron militantes, consiguieron títulos y copas, y hasta construyeron tribunas con sus pases, aunque casi ningún estadio lleve nombre de futbolista. Independiente le puso Libertadores de América basándose en una encuesta. Racing homenajeó a Juan Domingo Perón. River y Boca bautizaron los suyos Antonio V. Liberti y Alberto J. Armando, sus dos ex presidentes respectivamente. San Lorenzo anunció que cuando vuelva a Boedo le pondrá Papa Francisco, porque también están los hinchas famosos, las celebridades y los mediáticos.
Un club sin hinchas nos resultaría vacío -¡cómo va a haber un club sin hinchas!- y no importa de cuántos hinchas hablemos, sin chicanas, desde el más poderoso hasta el más chico, aunque se trate de equipos de barrio. Todos tienen hinchas. Pero son los jugadores los que vuelven al rescate cuando las cosas están mal con la pelota, los que regresan para acomodar el cuadro. Juan Sebastián Verón volvió a Estudiantes ya no sólo para jugar sino también para ser presidente, un regreso como jugador y como hincha, como ídolo y como militante. Juan Román Riquelme terminó de convertirse en tótem de Boca –si algo le faltaba- con la Copa Libertadores 2007, como pasó con Leandro Romagnoli en San Lorenzo durante 2014. Fernando Cavenaghi llegó como bombero a River para conseguir el ascenso. Gabriel Milito, Daniel Montenegro y Federico Insúa aparecieron, en distintos momentos, entre los escombros de Independiente. Diego Milito resignificó la vida de Racing cuando otra vez el intento por ser campeón se convertía en un trastorno. Y pasó con otros. Newell’s fue un caso colectivo: Lucas Bernardi, Gabriel Heinze, el Tata Martino como técnico y, sobre todo, Maxi Rodríguez construyeron un equipo que jugó como pocos.
Cada uno tuvo –o tiene- más o menos predominio en sus clubes, no todos son ídolos. Y no todos influyeron sobre la estructura o sobre lo simbólico. Verón lo hace ahora como dirigente. El Milito de Independiente ayuda a la construcción de un complejo deportivo con el Kun Agüero. El Milito de Racing es la oportunidad para cambiar un estigma derrotista, para entregarle al club un nuevo paradigma. Romagnoli condujo a San Lorenzo hacia la Copa Libertadores, el trofeo imposible. Maxi Rodríguez y Martino regresaron los mejores tiempos a Newell’s. Y no contamos en todo esto a los pibes, a los jugadores que se van y dejan la fortuna de un pase, y que después hacen goles afuera. Desde lejos, y con otra camiseta, también generan identidad: se los puede ver en la televisión, en You Tube o en un bucle de Vine, y ahí se sabe que, de algún modo, el club está presente.
El River de Marcelo Gallardo le devolvió a sus hinchas la posibilidad de disfrutar. Cuando juega Pisculichi qué carajo importa lo que haga la tribuna. Ahí es donde actúa el fútbol. Pero el fútbol desaparece, cuando no juega Pisculichi, o cuando no jugaba, ahí es donde la tribuna, los hinchas entran en estado de vitalidad. Como pasó con Diego Milito en Racing, donde al fin los chicos pudieron tener a un ídolo en colores y de carne y hueso siendo campeón. En los dos casos –aunque más significativo con Racing- los hinchas ya no tuvieron que ser los protagonistas de la historia sino apenas los espectadores, los que miraron desde afuera, el cargo jerárquico que les toca cuando se juega a la pelota. Esa conjunción entre hinchas y equipo, y también el reparto de los roles, se dio con el #RacingPositivo que se instaló en las redes sociales y diferentes medios antes del título 2014, una filosofía que además de intentar terminar con el pesimismo y el victimismo también puso las cosas en su lugar: el destino del club, lo importante, lo juegan los jugadores. Y hagamos la salvedad: el hincha, el socio, construye desde otro lugar, tiene un rol vital, que va desde lo más básico, como votar cada una determinada cantidad de años, hasta la acción directa, como arremangarse para pintar paredes un fin de semana.
Ser hincha debe ser eso o algo más o menos parecido: un sujeto que busca la felicidad desde la tribuna y que, en todo caso, se dedica a construir su club durante la semana, a ponerle manos, cuerpo y cabeza, también a alentar los días de partido, a entregarse a ese ritual que también genera por sí mismo un estado de felicidad, y nadie le va a sacar la prerrogativa de la puteada, como nadie le sacará el sufrimiento en el empate sobre el final. Pero en la división futbolera del trabajo a la tribuna le toca producir un bien simbólico, la nota de color, lo que tanto nos gusta mirar –porque es mirarnos a nosotros mismos- pero que tan poco importa cuando empieza el partido.
Unos días después de que San Lorenzo perdiera con el Real Madrid, los hinchas cuervos todavía celebraban que habían metido catorce mil personas en Marruecos. Leandro, que había viajado hasta Makarrech, me comentó por esos días que eso demostraba que eran la hinchada más grande del mundo y que eran la envidia del fútbol argentino. Le dije que sí, claro, que los que habían viajado no sólo eran la envidia del fútbol argentino sino sobre todo de los hinchas de San Lorenzo que no habían podido pegar un viajecito así, con semejante erogación. La cosa, insistió Leandro, es que Boca metió ocho mil hinchas en el 2000 y Vélez metió siete mil en 1994, y todos en el uno a uno. Eso demostraba que San Lorenzo, sus hinchas, eran más grandes. Ya no importaba que Boca y que Vélez habían ganado la Copa Intercontinental. Y que San Lorenzo había perdido al hermano de ese trofeo, el Mundial de Clubes. Sin herir susceptibilidades, se lo intenté explicar, que qué valía más, entonces, meter más gente o traer el título, pero Leandro me frenó, y me entregó un argumento imposible de refutar, una confesión descarnada que terminaba con cualquier discusión: “Nos rompieron el orto, algo tenemos que decir, Wall”.