Tema del Mes

JUNIO 2015

I'm a bird now (Antony & The Johnsons, 2005)

29 / 06 / 2015 - Por Hernán Ferreirós

El disco es Antony. Su persona ocupa el centro de cada canción y su voz domina sobre todo lo demás; ese cuerpo-voz que vuelve líquido lo incongruente y que, desde el interregno de la androginia, “interpela con más fuerza que casi cualquier otra cosa que pueda encontrarse hoy en un disco pop”.

Antony Hegarty mide 1.95. Tiene la contextura de un boxeador retirado con la cara lunar y lampiña de un ángel de Rafael Sanzio. La primera vez que lo vi en un escenario, en el final de Berlin -el documental de Julian Schnabel que registra uno de los shows de 2006 en que Lou Reed tocó ese disco completo-, pensé que era un gigante autista que sólo podía comunicarse a través de la música: se movía como en un episodio convulsivo, demasiado agitado para las notas comatosas de la canción que estaba por cantar. Cuando arrancaba, la disociación era todavía mayor: resultaba incomprensible que una voz tan controlada, tan calma, con tanta autoridad sobre la melodía saliera de ese cuerpo ondulante. Parecía un pésimo lip-sync. Como había escuchado sus discos, sabía que esperar: una voz sin asperezas ni rigidez, líquida y poderosa, un poco Elvis y un poco Nina Simone, amablemente andrógina. Pero conectada a ese cuerpo dejaba de ser amable, y sin perder nada de su belleza, se ponía incómoda, desconcertante.
La canción que cantaba era “Candy Says”, en la que quizás sea la mejor versión de un tema muy versionado (la de Beth Gibbons también es extraordinaria). Cuando termina, logra algo nunca visto: Lou Reed, el hombre de hierro, el músico de la adustez legendaria, parece estar conteniendo el llanto. Yo ni sabía que tenía lagrimales. El tema habla de otro cuerpo díscolo (el primer verso dice “Candy says I've come to hate my body”), el de la transformista Candy Darling, una de las “superestrellas” de Andy Warhol y diva del under neoyorkino que Reed retrata en “Walk on the wild side” (donde también le dedica un verso).
La elección de la canción no fue azarosa sino que hay una evidente afinidad entre la protagonista y el propio Hegarty. Antony se refiere a sí como una persona trans. Su cuerpo voluminoso, que él (o ella, aunque el pronombre masculino va mejor con su nombre de varón) llama “voluptuoso”, tiene una geometría que no es femenina pero, a la vez, muestra una vulnerabilidad que no se asocia habitualmente con la masculinidad. Como su voz, está en el interregno de la androginia, no tiene un género fijo, identificable, permanece en un lugar de tránsito. A diferencia de Candy, Antony no es una drag queen, aunque hace propios los sentimientos de inadecuación y no pertenencia expresados en la canción.
Un año antes del show junto a Reed, Antony había seleccionado una imagen de Candy Darling para ilustrar la tapa de I'm a bird now, su segundo álbum. La foto es célebre y hasta tiene título: “Candy Darling in her deathbed”. En ella se la ve en una habitación de hospital, con peluca y maquillaje inmaculados y como flotando en el río de sábanas del que efectivamente sería su lecho de muerte (falleció de leucemia en 1973). La tapa es un nodo de referencias: refleja el desconsuelo de la canción de Reed, nos remite a la Nueva York de la revolución sexual y artística de los años sesenta y hasta deja resonando, en la imagen de esa travesti terminal, las venideras muertes del SIDA. Aunque Antony no vivió el período (nació en la ciudad inglesa de Chichester, West Sussex, en 1971, se mudó con su familia a California en 1980 y recién llegó a Nueva York en 1990, atraído por la escena underground de la ciudad) obviamente se siente identificado con él, con la libertad sexual, la explosión de creatividad y la aceptación de la diferencia del momento: de pronto, ser raro tenía un valor. Fúnebre y amarga, la portada contiene el germen de la transformación vital: celebra a un transformista que, ante el fin de su vida, se afirma en su identidad femenina; en su lecho de muerte Candy Darling es una mujer.
El título del disco refuerza la idea de la transformación: “I'm a bird now” puede traducirse tanto como “ahora soy un ave” o, siguiendo al slang británico, “ahora soy una chica”, una ambigüedad que concurre con muchas otras. Esta bien podría ser una característica de la obra del cantante: los sentidos, como el género, no están petrificados, son volátiles, abiertos, por lo menos duales.
Si hay un tópico en este disco es, justamente, ése, la transformación, la floración de lo masculino en femenino. El track que más abiertamente lo expresa es “For today I'm a boy”: “Un día creceré y seré una mujer hermosa...  Pero por hoy soy un niño”.  “Man is the baby” repasa la misma metáfora, mientras que “Bird Gehrl” equipara la feminidad con la liberación: quien canta recibe alas que lo convierten en una niña que puede volar. “Hope there's someone” reenvía a la portada con un lamento ante la soledad: “Espero que haya alguien que se ocupe de mí cuando muera”, canta Antony en los primeros versos. Es un poco como si el disco fuera un objeto mágico, un talismán con el poder de volver realidad los deseos que se nombran en él.
Lou Reed, a quien Antony considera su mentor, participa del track más soul, “Fistfull of love”, que como “The Cripple and The Starfish” de su primer disco, bien podría referirse a una sexualidad masoquista (“Y siento tus puños y sé que es por amor. Y siento el látigo y sé que es por amor”) o bien al dolor como componente inexorable de cualquier relación. Mi voto va por que no le disgustan los moretones. Devendra Banhart aporta su frágil tenor a “Spiralling” que retoma un lamento, a esta altura, familiar: “Nací gastado. No una niña. No una gema”. En “What can I do?” Rufus Wainwraight canta sobre pájaros muertos en un texto que, como mucho en este disco, roza el sentimentalismo kitsch. Pero, a pesar de que las letras se recuestan en metáforas trilladas y melodramáticas acerca del dolor y la muerte, subrayadas por cuerdas, las canciones se salvan por las voces y las melodías que, con una alquimia generosa, convierten la sobrecarga de autoconmiseración en exquisita melancolía.
El track más difundido fue “You are my sister”, un dueto con Boy George en el que el ex Culture Club ofrece bienvenidas palabras de consuelo (“Eres mi hermana y te amo. Que todos tus sueños se hagan realidad”) mientras Antony vuelve a recitar sus temores y su soledad. Cuando crecía como un chico introvertido en California, fue el encuentro con la tapa de Kissing to be Clever (que muestra un primer plano de Boy George como una suerte de Mona Lisa trans, con maquillaje, peinado de chica, mirada provocativa y una media sonrisa que indica “¿y qué?”) aquello que le indicó que su vida podía ser distinta, que la identidad era un artificio, un juego en el que podía cambiar las reglas si se animaba. Boy George hizo que creyera que podía volverse un cantante y, quizás, también una chica. Luego vendrían otras influencias, aunque no muy distintas, como Alison Moyet, Marc Almond, Kate Bush y también Nina Simone y Otis Redding.
Unos años después, otra tapa de disco, la del single “Torch” de Soft Cell en la que se ve el dibujo de  una drag queen con un vestido colorido pero calva, terminaría de delinear su persona: cuando llegó a Nueva York, a los 19 años, caminaba por la ciudad con borceguíes, una pollera de seda negra y la cabeza rapada, con las palabras “Fuck Off” escritas en la frente como un cartel luminoso. Este histrionismo punk también se manifestaba en la extravagante troupe teatral Blacklips (“eramos un grupo de mutantes e híbridos sexuales que podía tirarle un hígado sangriento a la audiencia”, recuerda) que fundó y para la que empezó a componer las canciones que integrarían su primer disco.
Antony & The Johnsons fue  grabado de manera independiente en 1998 y editado en 2000 por el sello Dutro del líder de Current 93, David Tibet. El nombre del grupo, The Johnsons, es una referencia a Martha P. Johnson, una activista negra y transgénero, que fue una figura tanto de la noche como de la lucha por los derechos civiles de Nueva York en los años 60 y 70. Johnson apareció muerta, flotando en el río Hudson, en 1992. Antony compuso el tema “River of sorrow” y le dio su nombre al grupo como homenajes. Ese muy buen primer disco pasó más o menos desapercibido hasta que una copia llegó a manos de Lou Reed. “Cuando lo escuché, supe que estaba ante un ángel”, expresó. Reed lo convocó como vocalista para la grabación y la gira de The Raven, su disco de 2003, en el que Antony interpreta “Perfect Day”. Esto le dio visibilidad y pavimentó la vía para para este segundo disco, ya grabado bajo el amparo del sello indie Secretly Canadian.
Sorpresivamente, el álbum ganó en 2005 el prestigioso Mercury Prize, otorgado al artista inglés más innovador del año, y el nombre de Antony pasó, en un instante, de la cultura nocturna a la diurna. No faltó la polémica dado que los músicos y colaboradores de la grabación son mayoritariamente norteamericanos. Sin embargo, el disco es Antony. Su persona ocupa el centro de cada canción y su voz domina sobre todo lo demás: instrumentación, arreglos, estrellas invitadas. En las palabras de Roland Barthes, la suya es una voz “con grano” (“el cuerpo en la voz que canta”), una voz que lleva las marcas de su experiencia y que refleja las laceraciones de su cuerpo inadecuado. Como Billie Holiday, Antony revela la herida en cada nota que interpreta. 
Desde la perspectiva de las etiquetas, hay que contradecir al jurado del premio Mercury: el disco no es muy original, se encuadra perfecto en lo que se llama pop barroco, lo mismo que venían haciendo The Divine Comedy, Tindersticks o The Aluminum Group (o si se quiere ir más atrás, Nick Drake, Scott Walker o Van Dyke Parks por nombrar los primeros que vienen a la cabeza) desde hacía años. Pero también es cierto que los arreglos de Antony son más lóbregos y también más delicados que los de casi cualquiera de ellos: la instrumentación suena abierta, parece crear un espacio dentro de la canción en el que la voz puede existir y expandirse. La voz es aquí la fuerza de gravedad que mantiene unido al resto. La originalidad está allí, en su ambigüedad, en la indefinición entre masculino/femenino que pronto deja de ser personal para volverse política. Su desesperanza y anhelo de femenidad no sólo es un estado de ánimo íntimo sino un programa ideológico que comenzó en este disco y se fue perfeccionando y expandiendo en los siguientes. Antony ya no desea invocar lo femenino de sí, sino del mundo entero.
Su última grabación editada, Cut the world (2012), un concierto grabado en Copenhague junto a la Orquesta Nacional de Dinamarca, incluye dos nuevos tracks: el que da título al álbum y “Future Feminism”. Este segundo es spoken word: se trata de una proclama política directa que combina feminismo y ecologismo en la certeza de que “a menos que nos movamos hacia un sistema femenino de gobierno este planeta no tiene ninguna chance”. Por el contrario, el otro track, “Cut the world” (compuesto originalmente para la ópera “The life and death of Marina Abramovic”), tiene una letra opaca, que recién se vuelve transparente en el clip que la ilustra. Este muestra a una mujer (Carice Van Houten) que degüella a su jefe (Willem Dafoe): no es un acto de venganza o resentimiento, sino uno llevado a cabo con la resignación de lo inevitable. Sobre el final del clip esta mujer, manchada con la sangre de su víctima, sale a la calle, donde sólo hay otras mujeres también manchadas de sangre.
Aunque se podría argumentar que la violencia como vía de acceso al poder es precisamente uno de los estigmas del patriarcado, tal vez el clip no deba ser tomado tan literalmente, sino más bien como un ejemplo extremo y polémico de la militancia de Antony por que todos vivamos bajo el signo de lo femenino. Su postura es, desde luego, controvertida: no es el reclamo incuestionable de igualdad sino, como retruca en “Future Feminism”, la lucha en favor de la instauración de un matriarcado. Estas ideas pueden parecen visionarias o delirantes pero sin duda interpelan con mucha más fuerza que casi cualquier otra cosa que pueda encontrarse hoy en un disco pop. Es difícil permanecer indiferente, en mi caso, quedarme en el molde sin discutir en un debate interior con los tapones de punta. I'm a bird now es el disco que inició este camino de descubrimiento y que nos reveló a Antony, crooner y sirena, feminista del futuro y artista del presente, todo a la vez.