Tema del Mes

JULIO 2015

"La patota" de Santiago Mitre

11 / 07 / 2015 - Por Emanuel Rivero, Federica Torres y Rafael Bea

Los tres críticos de cine cuyos diálogos nutrieron nuestros dossiers sobre BAFICI 2014 y 2015, vuelven a reunirse. Esta vez, para discutir una remake y evaluar las distancias entre dos directores, dos personajes femeninos y dos épocas, sobre temas candentes como la militancia, la violencia de género, y la relación entre crimen y castigo en la moral cristiana y la justicia real.

Emanuel: Otra vez reunidos, esta vez para discutir La Patota de Santiago Mitre, que es una remake de la película homónima de Daniel Tinayre, de 1960.

Rafael: La historia es conocida: Paulina Vidal (interpretada por una luminosa Dolores Fonzi) decide ir, contra la voluntad paterna, a enseñar en una escuela rural de Misiones. Su padre (Oscar Martínez), que había sido militante en los setenta y ahora es juez, discute con ella y le dice que sería mucho mejor que intentara cambiar el mundo desde su lugar como abogada (recibida con honores). Paulina sostiene su elección de militante, pero con tan mala suerte que en el pueblo al que va en la provincia de Misiones es violada por una patota. Disculpen el spoiler pero la trama consiste en que ella opta por no acudir a la justicia y por tener el bebé.

Federica: Como con toda remake, es inevitable la comparación. En la película de Tinayre la protagonista (Mirtha Legrand) también perdona y también decide tener el hijo (aunque lo pierde en la intervención médica que le realizan después de un accidente). No es abogada sino profesora de filosofía, y sus clases (más verosímiles que las de la película de Mitre) son sobre filosofía y psicología. “Vamos a estudiar y a conocer lo que es la conciencia”: el conductismo aparece como la solución para tratar a los delincuentes. Otra diferencia importante es que la Paulina de Tinayre no es militante sino católica (hay una escena en la iglesia) y esto justifica en parte su decisión (además de la época, claro). De hecho, la película comienza con una cita del Evangelio según San Mateo: "Señor, ¿cuántas veces deberé perdonar a mi hermano cuando pecare contra mí? ¿Hasta siete veces? -No te digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete, o cuantas veces te ofendiera". También El rufián, de 1962, comienza con una cita bíblica (“Aquel que cava su fosa, en ella caerá”, frase tomada del Eclesiastés) y es una película que de un modo sutil, como también otra de Tinayre, Extraña ternura de 1964, enfoca el tema de la homosexualidad. En Bajo un mismo rostro, una de las hermanas Legrand interpreta a una monja y la otra a una prostituta de cabaret (el cabaret es el lugar más frecuentado en las películas de Tinayre). El guión de La patota pertenece a Eduardo Borrás, un exiliado republicano que participó en muchas películas de Hugo del Carril. Según mi amiga Ana Amado, no es la única violación en las historias de Borrás, también constituye el episodio más dramático de Las aguas bajan turbias. La violación a la mujer es la mezcla anarquista perfecta de folletín y denuncia social.

Emanuel: Tinayre se centra más en la culpa de los violadores y en su redención, algo que no es central en la película de Mitre, quien hace girar la trama alrededor del castigo como forma de la justicia. En la actualidad, es un tema fundamental porque se convirtió en un lugar común que el castigo es igual a la justicia. Como si el castigo fuera su acto reflejo. En una sociedad en la que la juridización de los modos de vida es tan desmesurada (se quiere convertir en cosa jurídica hasta el piropo), resulta fascinante seguir las reflexiones de Paulina sobre cómo debería reaccionar frente a sus agresores. La venganza, que suele ser una pasión que usada apropiadamente lleva a la justicia, no existe en Paulina.

Federica: Si todos fuéramos como Paulina, los violadores serían padres potenciales. No se quiere legislar el piropo; te confundís, lindo. Lo que se quiere legislar es la violencia verbal del mismo modo en que se hizo con la discriminación racial. Lo que Judith Butler llama “palabras que hieren”, es decir cuando las palabras tienen un carácter performativo, son violentas y por lo tanto prometen una acción. Si te dicen “te voy a secuestrar”, podés pedir custodia. Pero si te dicen “te voy a chupar toda”, ¿qué se supone que debes hacer?

Rafael: ¿No quieren escribir una columna de política? Podría llamarse “Federica y Emanuel te hablan de cómo portarse en la vida”. Estamos acá para hablar de cine, y como cineasta Mitre tiene un talento increíble. Ya en El estudiante había logrado que nos parecieran seductoras las aulas de la facultad de Sociales. En la primera escena, vuelve a exhibir su pericia: se trata de un diálogo de dos personas inteligentes, algo que no abundaba en el cine argentino, donde siempre el espectador era más inteligente que los personajes. Padre e hija exponen sus posiciones y sus puntos de vista con la precisión de un guión y la espontaneidad de una buena actuación. Como en El estudiante, las posiciones se aplican a casos particulares pero mantienen un nivel de generalidad que hace que la discusión sea –aunque menos precisa– más estimulante. El padre es el militante de los setenta que ahora, como juez, se decidió a cambiar las cosas desde su lugar. La hija es la militante actual que quiere probar y probarse que puede hacer algo por los demás dando clases de teoría política en el interior de Misiones, provincia en la que viven. Las dos posiciones están bien sustentadas y no tenemos que elegir una u otra sino elaborar nuestra propia postura.

Emanuel: No hay diferencias entre cine y pensamiento, más en una película tan especulativa como La patota en la  que es difícil no percibir el juego de los puntos de vista de Mitre y su coguionista, Mariano Llinás. Las decisiones de no castigar a los culpables y de tener el hijo pese a todo, que toma el personaje de Fonzi, ya están en la primera versión. Dos revelaciones tiene la Paulina Vidal del film de Tinayre: cuando va a la ronda de reconocimiento de los sospechosos, dice: “Fue una violencia ir al departamento de policía a cumplir con los trámites de la justicia. Me di cuenta entonces de que no todo es justo en la justicia”. Una observación aguda que en la película de Mitre no se aplica tanto a la justicia como institución humana sino al hecho de que los policías cometen atrocidades y torturas a los sospechosos. La otra revelación se produce cuando Paulina discute con su novio y le confiesa lo que siente: “no sé si tengo derecho a culpar a nadie”, “tengo una culpa: la del orgullo”, “no quiero tener vergüenza de volver a mirar mi cuerpo”. Hay un pudor propio de la época que lleva a la profesora a ponerse  anteojos negros porque uno de los temas de Tinayre es la mirada de los otros como la conciencia de uno mismo (sobre eso justamente son sus clases de filosofía en el colegio). En el caso de la película de Mitre no se entiende muy bien por qué toma la decisión de tener el hijo, aunque parece que se trata de algo que escapa a la racionalidad. En un momento Paulina dice que en un mundo tan miserable ella siente que tiene que cargar con la culpa de vivir en él (no quiere castigar a los otros pero no duda en castigarse a sí misma, aunque ahí no media ninguna institución de poder).

Federica: El problema de la decisión es que Paulina Vidal es más inteligente que esos argumentos. Si había alguna duda sobre en qué franja milita el personaje, su decisión sobre el embarazo no deja dudas: si fuera una militante de izquierda, hubiese abortado sin duda. ¿Pero qué pasa ahí? ¿Hay ecos del catolicismo? ¿O como me dijo Gabriel Giorgi, el autor de Formas comunes, es la sacralidad de la vida que, inesperadamente, aparece en un militante? Algo no cierra en el personaje: hasta ese momento era audaz e inteligente, a partir de esa decisión pasa a ser una testaruda dispuesta a arruinar su vida y la de los demás. Hasta su nueva amiga misionera (la siempre genial Laura López Moyano) le advierte que ya no la acompañará más.

Rafael: Yo no sé si iría tan lejos: creo que la oposición que plantearon los guionistas desde un principio entre el padre y la hija es uno de los principios de composición: los personajes deben tomar decisiones que incomoden al espectador, no debe haber posiciones fáciles o correctas a priori. Este punto de partida los impulsa a extremar una actitud de Paulina que no se condice con su inteligencia ni con su posición política. Y no creo que pueda sostenerse que la situación la nubló porque ella hace todo un argumento sobre el sufrimiento del mundo que la lleva a mantener el embarazo y que justificaría bañarse con agua fría en invierno porque hay gente que no tiene gas natural. La discusión que cierra el film se corresponde con la del comienzo (ambas son discusiones con el padre) y revela una estructura narrativa muy compleja que también estaba en La patota de 1960, pero que Mitre maneja con mucha más soltura. Se trata de poner en escena diversos puntos de vista, todos con una fuerte lógica interna que comprendemos por la mirada sociológica del director, pero que se encuentran con un límite en la postura final de Paulina: si se tratara de Bresson, interpretaría que es el absurdo de la creencia y del amor. Pero me cuesta aplicarlo a La patota.

Emanuel: La resolución de La patota de Tinayre es mucho más elegante y con connotaciones bastante fuertes para la época: el médico se ve obligado a interrumpirle el embarazo para salvarle la vida a la maestra. Es una actitud que no aceptan los católicos y que tampoco aceptaría Paulina que, a diferencia de lo que sucede en la de Mitre, es católica y en su desesperación, acude a una iglesia. De todos modos, es interesante confrontar en este punto la remake de Mitre con la actitud de la protagonista Alicia de La historia oficial de Luis Puenzo. Allí Alicia (Norma Aleandro) dice que busca la verdad, entre otras cosas, porque no quiere arruinarle la vida a su hija. Paulina nunca piensa en el bebé que va a tener: sale de la militancia política para entrar en el sacrificio religioso. La vida como un via crucis por culpa de unos depravados a los que no se puede justificar. Eso no quiere decir que haya que torturarlos ni degollarlos, pero por ahora el castigo jurídico es una institución que goza de cierto consenso, más allá de sus defectos. Y el aborto, más allá de las creencias, resulta más que justificado.

Federica: Pero en la versión de Tinayre el catolicismo la lleva a justificar tener el bebé en una época en la que las luchas por la legalización del aborto no habían salido a la luz. Además, yo no juzgo creencias sino actos. Entiendo que un católico pueda estar en contra de la legalización del aborto, pero me rebelo cuando mantiene la misma posición al morir una chica violada o una adolescente desprevenida.

Rafael: Mitre vuelve al cine argentino pre-Solanas que utilizaba el eufemismo para hablar de la política: de ahí las referencias a Torre Nilsson, Fernando Ayala y José Martínez Suárez que hay en El estudiante (sobre todo en la figura de Lisandro de la Torre) y este sorprendente retorno al Tinayre de los años sesenta. Claro que no se trata de un eufemismo por imposibilidad sino que está usado estratégica y narrativamente. La película de Daniel Tinayre es de 1960, un momento clave en el cine argentino  sobre la relación entre la mujer y el cine. Unos años antes se había estrenado La casa del ángel de Leopoldo Torre Nilsson y había allí un nuevo tipo de mujer, muy diferente a las divas de la época de oro. Elsa Daniel podía ser lo que se llama en inglés girl next door, y con ella llegaron un montón de actrices nuevas, más jóvenes y autónomas que ya no eran simple reflejo de la imaginación masculina: Graciela Borges, Dora Baret, la Picchio, Marcela López Rey, Bárbara Mujica, Virginia Lago (que hace un pequeño papel en La patota) y muchas otras. La cantidad de películas sobre chicas jóvenes que protagonizaban su propio destino es un indicio de que se estaba produciendo un gran cambio en las relaciones de género. Mirtha Legrand pertenecía al cine de la divas, pero ella y Tinayre, que siempre estuvieron muy atentos a los cambios epocales y a los humores del público, decidieron hacer una película con una Mirtha que luce más joven que nunca, un poco más moderna y más terrenal. Ya no es una vendedora de fantasías sino una profesora que enseña filosofía y psicología.

Federica: La patota también llega en un momento muy particular porque su estreno casi coincide con la marcha #niunamenos. La película tiene varios apuntes sobre la cultura machista en los miembros de la patota, en el novio interpretado por Lamothe y hasta en el padre. Y yo entiendo que la virtud del cine de Mitre es que no admite una lectura automática, simplista y en clave puramente política (ya pasaba eso en El estudiante). Me parece bien que se vea la importancia de la puesta en escena, de la narración, de la ficción, y me encanta que deje como un intervalo entre el mundo ficcional y lo real. Pero eso no debe impedir lecturas políticas que la misma película alienta. Y a mí, qué quieren que les diga, cuando Paulina opta por tener el hijo me pareció que no correspondía al personaje inteligente y audaz que se había presentado al principio del film sino a un personaje construido según el narcisismo de los guionistas y sus ganas de sorprender. En la película de Tinayre, Paulina es el personaje más moderno; en la adaptación de Mitre, termina siendo retrógrado.

Emanuel: A mí me encantó que la película pusiera un interrogante sobre la noción de castigo como justicia que está tan naturalizada. También me gustaron sus incursiones visuales en tierras misioneras. En cuanto a Paulina, ella decidió quedarse sola. Aunque sé que es un personaje de ficción, me dieron ganas de abrazarla y acompañarla en una decisión tan difícil.



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(*) Los diálogos sobre cine anteriormente publicados han versado sobre Citizen Four y el Estado de vigilancia, P´tit Quinquin y la comedia como tragedia más tiempo, la inefable o incómoda genialidad de Miguel Gomes y, con ríspidas resonancias aquí, la versión de Lav Díaz de Crimen y castigo.