Tema del Mes

JULIO 2015

Cuando enmudecieron las palabras

19 / 07 / 2015 - Por Marcelo Pacheco

Borrar las evidencias de la historia y desactivar el poder significante de la palabra son los dos mecanismos que condenan a la sociedad argentina a un puro presente inaprehensible.

No se trata de quedar mudo frente a la realidad, tampoco de no tener nada qué decir, es una mezcla extraña entre sentirse desorientado y, al mismo tiempo, percibir el sonido de vocales y consonantes que no llegan a construir palabras, que no alcanzan a nombrar al mundo, que nublan los ecos de la audición, dejando todo en un suspenso más incómodo que confortable, desconcertante y sin terreno para anclar. Significados y significantes corren acelerados sin ton ni son sobre un territorio resbaladizo que impide cualquier conexión; sólo quedan los ecos sonoros de las palabras, una muy leve sensación de comprensión antigua que llega entrecortada y aleatoria, sin razón. Se trata de “Alicia en el país de las maravillas” con sus paradojas actuando en uno y otro sentido a la vez. El sentido común no ayuda. Se perciben las confusiones que provocan los intentos de intercambio de palabras entre multitudes perdidas, en un sinfín de oraciones que sólo son huecos mudos y vacíos. No son hombres y mujeres viviendo en la Torre de Babel, no es un ovillo de idiomas distintos, convocar buenos traductores sería inútil.

De tanto en tanto, durante unos pocos segundos, una idea resuena en la cabeza y, desde cierta lejanía, regresan los verbos y los sustantivos, los adjetivos y los adverbios. Regresan los sonidos que nombran a las cosas y que relatan historias. La visión pronto se desvanece y la confusión vuelve a imponerse. Entre el antes y el después de la iluminación, las dudas desaparecen. En esta parte del mundo las palabras están vacías, han perdido su significación. Un fuerte y largo proceso dominado por los dobles discursos, por el uso invertido de las palabras, por la contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, y por la sobreabundancia y el desborde del habla, las palabras comenzaron a gastarse y a perder sentido. Puede decirse cualquier cosa, puede abusarse de la incontinencia verbal sin que nadie reaccione ni pida silencio. El mundo del revés se convierte en algo real y todos escuchan frases que ya no sirven para comunicarse, para entenderse o negociar o debatir con el otro. Existen tantas realidades como oraciones se pronuncien o se escriban. No hay posibilidad de entenderse porque cada uno habla desde su propio y único aislamiento y escucha lo opuesto a lo que le están comunicando. Se fueron las palabras, todos hablan sin parar, sin que haya un momento de silencio, la multitud no se entiende. No se saben bien los porcentajes, pero para el 30% de la población todo está fantástico, mientras un 40% se queja sin cesar; para algunos la crisis energética es grave, para otros no hay de qué preocuparse; la verdadera historia del terrorismo de Estado sigue siendo dudosa para muchos de los ciudadanos, no hubo desaparecidos, ni campos de concentración, ni robos de bebés, ni tortura, ni vuelos de la muerte; el “corralito” de Cavallo en el 2001, que confiscó los depósitos la gente en los bancos, fue declarado constitucional por la Corte Suprema de la Nación.

Claro que el problema de las versiones y las opiniones y lo inútil de los documentos no son situaciones inéditas para la Argentina, pero las palabras invirtiendo la realidad y convertidas en cataratas desbordantes hasta quedar vacías de sentido es una experiencia nueva. La gravedad del problema es considerable teniendo en cuenta que, desde hace más de un siglo, la Argentina practica un interesante mecanismo de supervivencia. Los enfrentamientos constantes, las guerras civiles, reales o latentes, la violencia facciosa, que atraviesan a la sociedad, son realidades que la memoria histórica local no registra. La destrucción sistemática de los documentos y fuentes históricas, el abandono de archivos y bibliotecas, la indiferencia por conservar registros de época, apuntalan con fuerza la capacidad de olvido colectivo. Vivir en un presente sin fin evita asumir fracasos y diluye responsabilidades. Borrar la historia y anular la palabra son dos cualidades que ponen en duda la posibilidad de que la nación pueda funcionar, pueda constituir una comunidad, la buena convivencia de hombres y mujeres en un mismo territorio, solidarios con el destino del otro, generosos con el destino de todos. Un simple ejemplo del área del arte: el archivo de Eduardo Schiaffino, fundador y director de la institución hasta 1910, que se conserva en el Museo Nacional de Bellas Artes, aún permanece sin ser clasificado. Schiaffino murió en 1935. Otra parte de sus papeles están en el Archivo General de la Nación.

La mala conciencia y la violencia fueron carcomiendo la posibilidad de armar, conformar y conservar una memoria histórica colectiva, de construir un ser comunitario cuya historicidad diera cuenta de una o varias identidades nacionales, identidades tribales, identidades de minorías. La Argentina es un país extraño de presente permanente donde no existen los recuerdos de un pasado en común vivido como nación. El hoy es el único tiempo en que se reconoce el país y tiene dos posibilidades: el presente de los desbordes y las ficciones, la Argentina pasajera de la euforia, y el presente de las crisis, del estallido social, de más pobres y “parias sociales”. Es el eterno presente de las crisis cíclicas y los resurgimientos milagrosos. Las muchas memorias de guerras civiles; el gusto del siglo XIX, que se proyectó en parte del siglo XX, por el combate cuerpo a cuerpo con facón y pase a degüello del enemigo; la violencia social que nunca puede, ni siquiera intenta, conciliar posiciones sino que abre todo el tiempo brechas nuevas, sostenidas en nuevos enfrentamientos; la xenofobia hacia adentro y hacia fuera del cuerpo ciudadano; el odio por la diferencia que lleva al castigo y a la vergüenza pública; los fanatismos descontrolados que surgen frente a ideas distintas, estilos de vida singulares, creencias minoritarias; la clausura de las libertades civiles y religiosas, políticas y culturales; la segregación de los que están por debajo; los autoritarismos aplicados y vividos, alimentados y fomentados por supuestas amenazas o para conservar mezquinos nichos de decisiones y de privilegios; una solidaridad fingida que calma voces que reconocen la indiferencia, incluso el maltrato, por el que está al lado, por la pobreza, la enfermedad y el dolor ajenos; el egocentrismo, la vanidad y la farolería, la invención de historias inexistentes; la ausencia del respeto por la institucionalidad, por las normas que organizan la convivencia gregaria y permiten la creación de las naciones; el gusto por lo ilegal y su práctica que en la Argentina se remonta a las primeras elites criollas enriquecidas por el contrabando colonial; la prepotencia de la opinión y la coexistencia de tantas verdades como protagonistas de cada historia hay involucrados; los sueños de grandeza, el deseo de ser otro y el miedo al ridículo, son algunas de las tantas cualidades en las que la Argentina debería reconocerse, no como estigmas sino como construcciones sociales.
Se trata de comportamientos colectivos que distintos acontecimientos fueron conformando como parte de una comunidad convertida en islotes aislados entre sí, en una nación que se siente superior pero fracasa en su destino de éxitos y reconocimientos por constantes conspiraciones internas y externas, y con un Estado, creado antes que la Nación, desproporcionado, dador de prebendas, confundido en sus usos partidarios y propiedad personal de los funcionarios de turno, estructura al servicio de la dirigencia política y la dirigencia económico social.

Aquellos registros de la historia, aquellos documentos que, interrogados de manera adecuada, dejan ver los proyectos, compromisos e intencionalidades puestas en juego son victimas de la destrucción o la negligencia sistemáticas de que son objeto archivos y bibliotecas. Esta falta de memoria, incluso de la más inmediata, es un recurso construido lentamente, pero de modo consistente, por la sociedad local para seguir negando la continua violencia y los continuos enfrentamientos ocurridos en su historia: criollos-españoles, revolucionarios-realistas, unitarios-federales, nacionalistas-liberales, católicos-laicos, autonomistas-conservadores, democráticos-golpistas, radicales-peronistas, peronistas-antiperonistas, alfonsinistas-menemistas, kirchneristas-antiK. Mecanismo que sirve también para borrar la responsabilidad individual y colectiva frente a los sucesivos errores y fracasos. Se trata de un problema con la Verdad, un absoluto que todos creen tener y administrar. La sociedad se vuelve fundamentalista, las confrontaciones son facciosas, por eso perduran las rupturas y las luchas, y el otro es siempre una amenaza que debe ser exterminada.

Para narrar la historia, los historiadores cuentan con la evidencia documental, o sea con los registros de los acontecimientos y, por otro lado, con la evidencia conceptual, que es el relato de cómo vieron su época los contemporáneos, una historia del presente. Esta última es estimulante y valiosa para generar hipótesis de trabajo, pero la evidencia documental debe ser siempre mayor que la conceptual. Los documentos son los que afirman o desechan las hipótesis que el historiador ha estado trabajando como parte de su mecánica profesional. La evidencia conceptual es aquello dicho por los propios actores de la época, son los significados aplicados a los acontecimientos por sus mismos contemporáneos y sus construcciones de comprensión. Su funcionamiento presupone que las instituciones y las condiciones en que ocurren los sucesos son siempre iguales, son ajenos a la línea de tiempo. Sin embargo, lo significativo en el pasado no es por analogía significativo en el presente. La historia no es cosa del pasado sino del futuro, son las conexiones con otros hechos las que hacen que lo acontecido tenga importancia. Los acontecimientos sólo adquieren significado histórico gracias a su relación con acontecimientos posteriores, a los que el historiador concede relevancia en función de sus intereses presentes. No hay historia del presente porque el futuro está abierto. De acuerdo al relato en que se sitúen, los acontecimientos tendrán diferentes significaciones.

La falta de interés por conservar los documentos de época ponen a la historia argentina en un continuo presente. Sin embargo, Arthur Danto afirma que no hay historia del presente y argumenta en esta dirección de manera contundente. El giro argentino es peculiar. El dominio de las evidencias conceptuales elimina la historia del presente porque se desconoce el futuro. La lectura que se propone es complemento. Se vive sólo en un presente que nunca cambia porque sus narraciones dependen menos de las evidencias de registro, de las fuentes históricas que en su mayoría son destruidas, que de las evidencias conceptuales, o sea de los significados aplicados a los acontecimientos por sus mismos contemporáneos y sus construcciones de comprensión, evidencias a las que contribuyen todos por la incontinencia verbal de la población que llena de opiniones y versiones de lo que está sucediendo. El país planta su historia permanente de crisis y celebraciones. La desaparición de los testimonios y su manipulación dejan la historia siempre en el mismo presente, positivo o negativo, pero siempre igual. Es un modelo que combina la presencia privilegiada de una historia oficial, con una historia de evidencias conceptuales que domina el campo y lo satura, y una narración histórica con sus evidencias documentales donde es imposible distinguir entre lo real y lo ilusorio, entre lo que es veraz y lo que es falso.

Para estudiar e investigar los diferentes planes de acción comprometidos con la realidad se cuenta con más evidencia conceptual que con fuentes de época, quedando así determinada y limitada la comprensión de sus significaciones. Por eso se repite una historia oficial que se trasmite de generación en generación y las narraciones de los historiadores dejan de explicar y no van más allá de lo dado. Sin la evidencia como registro se vive por completo en el presente y no se nos ocurrirá que el pasado hubiera sido o podría haber sido diferente (1).

La aldea Santa María de los Buenos Ayres, ubicada en el confín del mundo y olvidada por el Imperio continental de los Austrias españoles, durante los siglos XVII y XVIII fue un centro de contrabando que entre el comercio de esclavos, el desvío del oro de Chile y las minas de plata de Potosí crecía de manera inusual, una ciudad próspera y rica con una población criolla y con familias procedentes de Lima y el Alto Perú que hicieron grandes fortunas. Las relaciones con los portugueses eran ambiguas y los comerciantes dedicados al contrabando se mudaban a Buenos Aires, insertándose con rapidez en la sociedad criolla mediante casamientos múltiples y reconocidos por la corona en Madrid a cambio de cierta entrega de moneda en plata para el propio rey. La llegada del Virreinato en 1776 no hizo más que multiplicar la riqueza acumulada en el puerto a orillas del Río de la Plata. En 1778, la corte de los Borbones asumió la situación y abrió el puerto local al comercio, aunque reglamentado. La ilegalidad de las fortunas criollas y de los demás miembros del estamento superior porteño, puede ser una posible explicación para la atracción por las conductas ilegales que atraviesa a la sociedad local. Las imágenes de la Buenos Aires de los lodazales y pantanos, de las casas de adobe y construcciones bajas, sólo mira un lado de la ciudad y no a su rica burguesía comercial, sus ganaderos y funcionarios y militares enriquecidos, tal como lo documentan los testamentos, las listas de embargo, los detalles de las dotes de casamiento.

Las principales familias remontaban su antigüedad hasta el siglo XVII o XVIII; el Virreinato agregó nuevos apellidos, en general, recién llegados de la corte madrileña, y los héroes del siglo XIX y sus familias, fueron completando el escenario de una burguesía y una clase alta porteñas con sus acciones militares durante las guerras de la independencia y las posteriores guerras civiles y regionales. La primera mitad del siglo XIX estuvo marcada por los enfrentamientos permanentes entre unitarios y federales, entre Buenos Aires y los caudillos de las provincias, por la presencia nacional y popular de Rosas y su modelo de federalismo, por las luchas entre la Confederación Argentina y Buenos Aires como dos estados independientes. Las batallas de ambos bandos terminaban en el degüello de los enemigos cuyas cabezas eran exhibidas en picotas o en las rejas de los atrios de las iglesias. Las campañas contra los indios comenzaron en 1833 y se prolongaron hasta 1879 con el exterminio del enemigo, bautizando el plan militar con el singular nombre de “conquista del desierto”, como si la incorporación de millones de hectáreas de la pampa –no el desierto sino las mejores tierras del país- al sistema de producción económico no hubiera sido la variable que aceleró el proceso de formación de una elite ruralista ubicada en la cima de lo social y con inmensos recursos económicos, que afirmó y modernizó un modelo agroexportador que convirtió a la Argentina en la séptima economía del mundo. Millones de hectáreas repartidas entre un centenar de familias criollas que formarían la elite ruralista de la pampa. Alvear, Anchorena, Pacheco, Costa, Güiraldes, Guerrico, Pereyra, Elortondo, Lezica, Bemberg, Ocampo, Pradère, inmigrantes recientes como Luro y Santamarina y las familias inglesas que habían llegado al país a mediados del siglo como Amstrong, Hale, Maguire, Thompson.

Al mismo tiempo que treinta y tres campañas del desierto aseguraron la incorporación al sistema de producción de la nación lo necesario para convertir al país en uno de los mayores proveedores de materias primas de la época, otros temas de la agenda política de la dirigencia nacional, y con menor énfasis de los ruralistas, se fueron implementando desde mediados del siglo XIX. La Guerra de la Triple Alianza fue usada como el principal mecanismo de limpieza étnica formando batallones de negros y mulatos como avanzada en los campos de batalla. La sobrevaloración de las virtudes de la lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo, destacando la presencia del cuchillo y prolongando en el imaginario local una relación directa con la vida salvaje y sangrienta de las tareas rurales, desde la yerra hasta la matanza vacuna, fijaron en la mentalidad criolla la presencia de una violencia singular en sus métodos y en sus valores relacionados con la patria y la hombría. El degüello y el desollar, las mutilaciones y la necrofilia, son conductas y prácticas comunes en la historia de los combates y los enfrentamientos revolucionarios y políticos argentinos.

Una historia que es siempre del presente significa para la Argentina la crisis casi permanente, pero así evita afrontar su memoria histórica con sus componentes de disolución o de fracaso colectivo. La violencia parece menor y las luchas entre las facciones enfrentadas se sienten menos agresivas y profundas.

Esta particular manera de supervivencia social y de anulación de la memoria histórica adquirió, en los últimos años de democracia, otra cualidad singular que, con potencia similar, define a la nación y a las maneras de relación que establecen los ciudadanos locales. En la década del 90, durante diez años, el presidente de la república fue el peronista Carlos Saúl Menem. Su régimen de gobierno mantuvo polarizada a la población durante todo su mandato. Desde su asunción como presidente, la principal característica del riojano fue el uso inverso del discurso, la disociación entre la realidad y sus relatos. Desde el presidente y recorriendo toda la pirámide del poder menemista cada denuncia de corrupción, cada acto ilegal, todas las acusaciones contra su gobierno producían la misma reacción: la narración de una versión opuesta a la realizada y documentada. Así comenzó un juego de idas y vueltas, de entredichos, que iban cubriendo el delito señalado hasta perder todo contacto con la realidad. La metástasis de los discursos iba vaciando de sentido a las palabras hasta dejarlas mudas, hasta convertirlas en signos que sólo señalaban la existencia de una discusión, una confrontación, pero sobre la cual ya no se sabía nada, ni siquiera se podía recordar algo, el ovillo de sonidos sin significados había estrangulado el habla del discurso, su capacidad de explicación, descripción, interpretación.

Contestar a borbotones y sin un sentido preciso, sino más bien uno vago y flotante, era una táctica efectiva que dejaba a los contrincantes congelados en su propia referencialidad: sin oposición real, el tema se diluía, y lo mismo le pasaba a sus diferentes enunciaciones. Esto sucedió con los delitos y las denuncias que entre 1989 y 1999, durante sus dos presidencias, tuvieron mayor resonancia. Por ejemplo, el lavado de dinero en el caso de las valijas transportadas por Amira Yoma, una de las hermanas de hasta entonces la Primera Dama y las denuncias de corrupción en todos los procesos de las privatizaciones (las irregularidades y los escándalos no dejaron de aparecer en cada caso: teléfonos, Aerolíneas, canales de televisión, gas, agua, YPF, la red vial y las redes ferroviarias). En 1989, en plena hiperinflación, el Estado confiscó los plazos fijos de la ciudadanía, que fueron reemplazados por bonos; la deuda externa de cuarenta y cinco mil millones de dólares en la época de Alfonsín llegó en el 2000 a ciento cuarenta y cinco mil millones; la desocupación histórica del 8% llegó al 14%. Hubo empresas internacionales que denunciaron haber sido presionados para el pago de coimas o la exigencia de sobornos (dos casos resonantes fueron la norteamericana Swift y la alemana Siemens A.G.). Por decreto Menem indultó a los jefes militares de la última dictadura enjuiciados durante la presidencia de Alfonsín y sentenciados por crímenes de lesa humanidad. Menem fue acusado del contrabando ilegal de armas a Croacia y Ecuador. Durante su gobierno se produjeron el atentado contra la Embajada de Israel, en 1992, y contra la AMIA, en 1997; a pesar de que la investigación marcaba a Irán como responsable de ambas acciones terroristas, organizadas a través de sectores fundamentalistas islámicos, Menem desvío la atención hacia un grupo de oficiales de la policía de la provincia de Buenos Aires a través del soborno de uno de los inculpados, información que el Jefe de Inteligencia del Estado confirmó ante un juez federal. Estos fueron algunos de los hechos más relevantes ocurridos durante sus presidencias. Las acusaciones más graves sobre el primer mandatario y todos sus correligionarios, junto a sus evidencias documentales, se diluían en juegos verbales disparados, donde todos opinaban de todo y con las hipótesis más descabelladas. La sociedad lentamente se encontró envuelta por cientos de discursos que, superpuestos, cruzados y multiplicados, no decían nada. Por el lado de la oposición pasaba lo mismo. Ambos grupos fomentaron el juego de la denuncia permanente y de la mentira, todo un instrumento de negación y de afirmación que se plegaba y replegaba.

La impunidad discursiva del poder fue constante y los mayores actos ilusionistas convirtieron a la realidad en un juego de ficciones que cubrían al presidente sin rozarlo ni provocarlo. Todo era posible, nada sucedía, y los reclamos se esfumaban en dilaciones orales y escritas hasta perderse en “el país de no me acuerdo”. ¿Cómo proteger las redes de conexión dentro de la comunidad cuando ya no hay palabra que nombre los actos y gestos, las cosas y los procesos cotidianos e históricos? Cuando la realidad sobrepasa la ficción y se convierte en una parodia constante de sí misma, ingresando al terreno de lo dudoso, lo posible, lo indemostrable, lo anecdótico, lo que podría haber ocurrido, de aquellas cosas que pudieron haber sido pero casi no fueron, en ese punto preciso se clausura la posibilidad de toda narración histórica, al menos de la existencia de sus evidencias conceptuales, los relatos comienzan a fallar y sus relaciones con el mundo se confunden y diversifican hasta perderse en la maleza de dichos y entredichos que cortan la unión entre significantes y significados, los ecos sonoros de las palabras enmudecen y el sentido pierde su capacidad relacional. Aún sobreviviendo algunos testimonios y documentos, la narración histórica es débil frente al permanente movimiento sinuoso y de arenas movedizas de las versiones, frente a la inestabilidad y lo reversible de las palabras, frente al hecho reiterado de la negación del valor de lo investigado y registrado, la puesta en juicio, la puesta en duda generalizada que enfrentan los relatos y los documentos sobre lo acontecido.

La anulación de la memoria histórica y el vaciamiento de la palabra deja a la comunidad frente al dilema de una realidad que se parece más a un espejismo o una ilusión que a una sucesión de puntos que condensan sentidos posibles de ser interrogados y de ser desechados o verificados en su potencial como registro-de-historia. Las divisiones, las oposiciones, las luchas y enfrentamientos constantes dentro de la sociedad argentina no pueden resolverse mientras las narraciones históricas se mantengan ausentes y sean las opiniones, los supuestos, lo escuchado, y no las fuentes sobre las cuales deben construirse los acontecimientos y esa historia en común que permite reconocer identidades y vínculos comunitarios y que supone una nación que renueva constantemente sus compromisos y cuya dirigencia política crea proyectos y planes de acción que mantienen o modifican la realidad. Existe entonces un campo de poder donde las intencionalidades de las posiciones de lo social, lo político y lo económico luchan por obtener la legitimación suficiente de sus proyectos para privilegiar su propio discurso, sus tesis y acciones que definen el orden del mundo.


Los mecanismos del “país del no me acuerdo” y del “mundo del revés” protegen a la sociedad de sí misma. Qué se puede decir en una realidad donde domina el disparate y cada uno vive en su propia revelación. El poder usa las palabras en un sentido, la oposición en otro, el debate de familias y bares proponen una tercera versión; muchas ya dejaron de intentar hablar, conscientes de la situación. El proceso existe cada vez con mayor potencia porque va agregando el abuso de la palabra ya no sólo en la TV, la radio y los medios gráficos, sino también en las redes sociales. La dirigencia se ha lanzado a la conquista del ciberespacio, lo que agrega otro nivel de destrucción para la palabra inserta en ese nuevo dialecto donde la escritura se va acortando y quebrando y desechando más diccionarios y reglas gramaticales y sílabas completas desaparecen. Quizás en el ingreso de este nuevo lenguaje, al menos en la escritura, las palabras regresen con sus significados. Por ahora es fuerte la debilidad para sostener y descifrar simples murmullos y relatos desbocados. Si aprendiéramos a hablar menos, si hubiera menos palabras flotando en esta geografía del Río de la Plata, podríamos quizás sentir que se aleja el agobio de adivinar si lo que nos están diciendo es así o todo lo contrario. Sería un buen comienzo.

1)    Arthur Danto. Historia y narración. Barcelona, Paidós, 1989, los conceptos sobre historia, narración y acontecimientos históricos corresponden a las idea de Danto, en especial, desarrolladas en éste libro cuya primera edición data de 1965.