Tema del Mes

JULIO 2015

K-Pop. La Guerra de Corea por otros medios.

25 / 07 / 2015 - Por Damián Damore

Al ascenso del pop surcoreano como industria capitalista, el norte comunista responde con su versión de propaganda de Estado. Las diferencias de estilo son notorias, pero en el terreno de la disciplina y la explotación laboral no lo son tanto.

A medida que la economía surcoreana trepó en la escala mundial (hoy se ubica décima entre las potencias), su producción cultural encontró un espacio propio.  El hallyu, es decir la nueva ola, se desarrolló tanto fuera de Corea del Sur que hoy ya no se discute si se trató de una moda pasajera. Es un hecho: su crecimiento ganó un lugar en la industria del entretenimiento.  Las series de televisión, las soap-operas (telenovelas), el cine y la música, dominados por las caras jóvenes del K-pop, pusieron en alta consideración a una cultura que antes de la década de los noventa era lo más parecido a una Salada del continente: productos de bajo costo que emulaban a los de Japón o Estados Unidos.
El reto del K-pop fue encontrar un código propio dentro de esa nueva ola. Lanzado a partir de 1991 con el surgimiento del grupo Seo Taiji and Boys, tuvo dos décadas después un consumo cultural de rápida expansión con un sinfín de bandboys y bandgirls que traspasaron las fronteras de Asia llevando a sus artistas a captar fans por el todo el mundo. La receta del éxito surgió en las antípodas de la originalidad, transformando cualquier influencia en un signo ineludible de estilo personal, ya que nadie puede renunciar a la copia si quiere reproducirse. Pero ¿qué es lo específico de toda esta suma?
Algo característico del K-pop son las monerías, resumidas en el término aegyo, propio de la cultura pop coreana, que designa cierta impunidad para ser aniñado en situaciones que otras culturas impuganrían por su fatal infantilismo. Este rasgo es tan característico de Corea como el kawaii lo es de los japoneses, que tienen el hábito de utilizar la ternura (lo que en Inglaterra y EE.UU llamarían “cute”) en una gran variedad de casos y situaciones adultas (publicaciones gubernamentales, avisos del servicio público, publicidad militar, etc). Es el caso, por ejemplo, de la sobreexplotación de íconos como Hello Kitty.
El K-pop produce la misma sensación de los caramelos granulados Pop-Rocks, ¿Los recuerdan?, famosos por lo indomables. Tenían gusto, pero la verdadera experiencia era el estallido que producían en la boca. El K-pop, pues, es explosión continua. Los grupos de chicas, como las Girl's Generation o SNSD, parecen provenir de un sueño de Willy Wonka, vestidas con los colores del chupetín Pico Dulce sonando con la velocidad de una reproducción en vinilo a 78 rpm. Otro gancho son las coreografías, aunque la música también va imprimiendo su marca, inspirada por sonidos del hip-hop, letras en general optimistas y estribillos pegadizos.
El secreto de la espectacularidad de los bailes y la plasticidad de esos cuerpos se trabaja en la cantera, detrás de bambalinas. Las inferiores del K-pop son tan duras como las de un club de fútbol hasta llegar a primera. Las compañías de entretenimiento que fogonean el negocio crearon un sistema llamado “In the House”. Sí, como un Gran Hermano de la música y el baile. Los aspirantes a estrellas pop se someten a una reclusión que incluye un entrenamiento exigente en canto, baile y actuación desde muy temprana edad y el aprendizaje y el perfeccionamiento de cuatro lenguas: inglés, mandarín, coreano y japonés. Mientras aún son adolescentes, se los hace debutar dentro de un grupo con otros aprendices, con los que además deben vivir.
                                                                 *** 
El K-pop es una de las cosas que más odian en Corea del Norte, la dictadura comunista conocida como República Popular Democrática que gobierna Kim-Jung-Un.
La llamada de atención se produjo en 2010  tras un episodio que parecía quebrar el armisticio firmado por los dos estados en 1953 luego de la guerra iniciada en 1951. Seúl acusó a Pyongyang, capital de Norcorea, del hundimiento de un buque de patrulla con cien tripulantes que fue alcanzado por un torpedo en el Mar Amarillo. Pocas horas más tarde, Seúl retiró las acusaciones formales, pero respondió al supuesto ataque emitiendo un programa de radio contra Corea del Norte musicalizado con el nuevo sonido. La apertura fue con 4Minute, grupo de cinco chicas bautizadas así porque sus creadores ya tenían planeada de antemano la duración de sus canciones,  uno de los tantos símbolos de la pujanza del entretenimiento surcoreano. La provocación terminó con la instalación de enormes altavoces a lo largo de la frontera. Una muralla formada por tantas cajas de sonido que levantarían las aguas de la Península de Corea sólo con la primera nota. Norcorea amenazó con bombardear las posiciones y convertir la zona en un mar de fuego.
Para Corea del Norte fue tener a la nueva bomba nuclear enfrente. Una cantidad de masa convertida en energía. Para colmo de males, el hit global “Gangnam Style” de Psy (referido al estilo in del barrio Gangnam, el Palermo Soho del sudeste de Seúl) reunía cada vez más clics en Youtube (fue visto por unas 80 millones de personas y desplazó de los más vistos a “Baby”, de Justin Bieber con más de 220 millones de views) calentando más las aguas. Si bien se corre de las características estilísticas del K-pop, el baile del caballo no deja de representar para el norte el avance de su vecino. Para medir su magnitud: lo bailó Novak Djokovic tras obtener un torneo de tenis en Dubai.
En Pyongyang asimilaron que la música, como la guerra, también necesita de un ejército para cruzar fronteras. Kim-Jung-Un comenzó a pergeñar su comando de música pop para ponerse a resguardo. Pero su fanatismo por la música no es una acto reflejo contra el sur de la península. Sus compañeros en uno de los internados suizos en los que pasó su juventud aseguran que su canción favorita era “Brother Louie”, de Modern Talking.
La creación de Moranbong Band en 2012 es, además de su respuesta al K-pop, el ejercicio pleno de sus influencias. Creada por él mismo, tal vez quede en la historia por ser el primer grupo oficial de pop Juché (nombre de la doctrina de la revolución de masas de Norcorea). Como melómano y, atento a las conquistas del K-pop en las listas de éxitos occidentales, el tercero de la dinastía Kim, la única dictadura hereditaria del mundo, reunió el colorido de las bandas femeninas más famosas de sus vecinos, como SNSD o Kara, con el repertorio de una orquesta de music-hall, una de las formas del pop antes del pop. Las Moranbong hacen música ligera y suenan un poco como unas Modern Talking sinfónicas, con arreglos jazzeros que parecen salidos del arsenal de (nuestro) Horacio Malvicino. En su debut, en 2012, la banda ofreció la imaginería de la cultura occidental. Personajes de Disney como Mickey, Minnie Mouse y Blancanieves fueron parte del show, mezclando canciones de Sinatra y una selección de música country. El evento permitió hacer alarde de la apertura de Corea del Norte, aunque su presidente prometió “no hacer los cambios de política tan esperados por los países enemigos”, refiriéndose a Corea del Sur, Japón y Estados Unidos.
The Wang Je San Light Music Band es otra de las bandas creadas por el régimen de Norcorea. Estas Girls’ Generation de Corea del Norte (tan famosas como las imitadoras de las Spice de Seúl) son de la factoría de su padre, Kim Jong-Il, que fundó al grupo en 2011, antes de su muerte. Ko Young-hee, su tercera mujer, fallecida en 2004, madre del actual presidente de Corea del Norte, fue actriz y bailarina. El arte era tema de familia. Y la leyenda cuenta que Kim Jong Il era fan de Elizabeth Taylor y James Bond y que le encantaba el cine. Las chicas seleccionadas debían cumplir con requisitos tales como buen estatus social y buena altura, entre otros aspectos.
Ahora se cree que Ri Sol-ju, la esposa del actual líder norcoreano, es miembro del grupo, ya que entre las integrantes hay una chica de cabello negro y rostro fresco muy parecida a ella. El régimen es muy hermético y la información se guarda como secreto de Estado: el dato no se divulga. No sería la primera vez que Kim-Jung-Un se enamora de una cantante. Antes de que su padre pusiera fin a la relación, había trabado romance con la artista Hyon Song-wol, vocalista norcoreana del grupo Pochonbo Electronic Ensemble.
                                                                  ***
Las similitudes de una y otra música se pueden observar en los contratos de los artistas. En el K-pop no son pocas las quejas que manifiestan explotación: agendas copadas con eventos y jornadas laborales extremadamente largas para los artistas.
El negocio es un pulpo que incluye la venta publicitaria porque, si son exitosos, sus rostros podrán ser las caras de las marcas más representativas de Corea del Sur en el mundo. Los vínculos comerciales suelen extenderse por una década como mínimo. Con tanta exigencia, los ídolos K-Pop deben sentir que se trata de una eternidad.
El gobierno de Corea del Sur calcula que por cada dólar que exporta la cultura coreana, genera otros cinco en los ingresos de parte de los consumidores que compran más Samsung, LG, Hyundai y Kia. Traducido a objetos, más televisores, teléfonos, computadoras y automóviles. La cara oscura de la economía de libre mercado es padecida por los artistas, que consideran muy bajo el porcentaje de sus ganancias, sobre todo si las bandas tienen, como sucede con la gran mayoría, tantos integrantes.
Luhan y Kris, ex integrantes de origen chino de EXO, una de las boybands más populares en Corea del Sur y Asia, formada originalmente por doce jóvenes, pusieron en foco el malestar de la factoría pop. La controversia nació en mayo de 2014, cuando Kris (Wu Yi Fan es su nombre real) sorprendió a la opinión pública al interponer una demanda ante la justicia coreana pidiendo anular su contrato por considerar que su empresa había violado sus derechos decidiendo toda su agenda sin consultarle nunca y forzándolo a continuar con sus actividades aún estando enfermo. Abandonó el grupo y actualmente se encuentra en China realizando actividades como solista, pero su fama se difuminó completamente y se convirtió en un paria musical.
La censura también tiñe y oscurece el rosa chicle del pop coreano. “You Got Some Nerve”, canción de los Brave Brothers, un trío de hip-hop, fue mutilada con pitidos por la KBS, la cadena pública radial, porque en una parte se refería de modo despectivo a las mujeres que van a bailar a las discos. En Norcorea, los contratos de las artistas del Juché llegan al extremo del rigor. A las seleccionadas no se le permite abandonar la orquesta por seguridad hacia del líder de Corea del Norte: podrían revelar secretos de Estado. Imaginénlo.