Tema del Mes

AGOSTO 2015

La Masía es un invento

01 / 08 / 2015 - Por Ramiro Martín

La escuela del Barça es el modelo más admirado y copiado por el resto de clubes. Casi 40 años de promoción de jugadores avalan un sistema que en 2014 se vio salpicado por una sanción de la FIFA a causa de la contratación irregular de jugadores menores de edad. El caso dio alas a las voces escépticas que hablan de una simple moda creada al calor de la ‘Generación Messi’. El Barça aceptó errores, pero defiende la esencia de un sistema que continúa siendo la luz del fútbol base.

El plantel del Barça tiene un Messi que es el orgullo de su escuela de fútbol, la famosa Masía. A menudo los educadores de la residencia lo utilizan como espejo en el que sus 68 inquilinos –imberbes promesas deportivas– deben mirarse para luchar por su sueño. Porque este Messi triunfó. Porque hizo realidad su deseo. Es un Messi, pero no es Lionel. Se llama Jordi Mesalles, se formó en La Masía y compartió habitación con Andrés Iniesta. Pero no llegó al equipo profesional como futbolista, sino a través de la carrera que estudió durante su residencia, mientras se desvivía por llegar al Camp Nou: forma parte del cuerpo técnico de Luis Enrique como fisioterapeuta. “También es un triunfador”, defiende el director de La Masía.

La Masía es un invento creado para multiplicar los panes y los Messi. Un invento milagroso.

Carles Folguera es el director de La Masía desde 2001. Me recibe en su despacho blandiendo la historia de Mesalles como quien revela una fórmula secreta, convencido de que sintetiza el espíritu de la casa. Folguera tiene La Masía en la cabeza; su historia y su sustancia. Cuando se habla del fútbol base del Barça, el relato más extendido suele arrancar en la década del 70, con la llegada de Vic Buckingham y Rinus Michels, evangelizadores del Ajax. Son los padres de un método modernizador que parió célebres discípulos, desde Johan Cruyff hasta Pep Guardiola. Pero si pudieron aplicarlo con libertad fue porque en el Barça sedimentó tempranamente la idea de un vivero de jóvenes. Se diría que el legado ajacied es estilístico, pues dotó al club de una identidad futbolera que pervive, pero no estructural. La base estaba. Desde hacía años.
 
Así lo comprobé durante una visita al Camp Nou. En las entrañas del estadio reposa, justo detrás del modernísimo Museu, la memoria azulgrana, su imponente archivo. Entre centenares de miles de documentos destaca una figura olvidada pero clave para comprender el apego del Barça por la formación de jóvenes: Lluís d’Ossó. Bastaría con leer el informe del guardián del archivo culé, Manel Tomás. Este documentalista da cuenta de que, ya en 1902, sólo tres años después de la fundación del club, Ossó expuso ante la flamante junta directiva, que él mismo integraba, la necesidad de contar con un cuadro filial que pudiera abastecer al equipo profesional cuando fuese necesario. El Barça fue en 1918 el primer club dotado de una estructura moderna de fútbol base: al Barça B –la reserva– le agregó las categorías de juveniles e infantiles, lo que disparó el número de niños federados hasta superar los mil, una cifra extraordinaria para la época.

Tales antecedentes ayudan a contextualizar la creación de La Masía. El Barça ha tenido la virtud de adelantarse a su tiempo en materia de fútbol formativo. Foguear a sus jóvenes se convirtió rápidamente en una prioridad. “Me enviaron a entrenarme a solas con Kubala”, recuerda Ferran Olivella, quien a los 18 años se vio obligado a compaginar el entrenamiento con el servicio militar. Para ello el club estableció un sistema inusual en esa época: involucrar a sus estrellas profesionales en la formación de perlas de la cantera como este defensa central, emblema azulgrana de los años sesenta. “Nadie me enseñó tanto como él. Me explicaba cómo patear más fuerte, ensayábamos poniendo latas sobre el travesaño, que en ese tiempo eran de madera y cuadrados. La puntería de Laszi era infalible. Creo que técnicamente no hubo otro más grande. Fue como un curso intensivo y privilegiado que marcó mi formación”.

La temprana conciencia de formar jóvenes preparó el terreno para el advenimiento de La Masía, a finales de la década de 1970.

“Lo que el Barça buscó con La Masía fue ejercer el control”, me explica Folguera. “La idea de tener doscientos jóvenes desperdigados en departamentos del centro de Barcelona no encajaba con las intensiones del club”. Albergarlos en una residencia propia permitía controlar el descanso, las comidas y, fundamentalmente, ganarse la confianza de los padres de los jóvenes que irían llegando desde todos los rincones de España y, más tarde, del planeta.

Fue Johan Cruyff en 1978 quien dio la idea de la residencia al flamante presidente José Luis Núñez, que puso en marcha el proyecto inaugurado al cabo de un año. La Masía de Can Planes es un casco de estancia construido en 1702 y declarado de interés cultural por el gobierno catalán. Pasó a ser propiedad del Barça cuando se cerró la compra de los terrenos donde el club levantó el Camp Nou, hace medio siglo. Originalmente se utilizaba como espacio de oficinas. Pero Núñez y su junta entendieron que era el lugar idóneo para albergar jóvenes, como le había aconsejado Cruyff. Desde sus ventanas, las promesas en ciernes del club verían el Camp Nou, su meta.

Pero una mera decisión edilicia no puede cambiar por sí sola el rumbo histórico de un club. Ayudó a un éxito que, en rigor, encuentra sus razones a partir de sus maestros, del material humano. A la satisfecha necesidad de control se le añadió la sapiencia del gurú de ojeadores, Oriol Tort, que ya dirigía el fútbol base azulgrana cuando se inauguró la residencia. Tort es una figura esencial. Un futbolero sabio y astuto cuyo gran conocimiento fijó parámetros de captación aun vigentes. “Fue un hombre muy importante para el fútbol base de toda España”, le homenajeó Vicente del Bosque, reconocido madridista, en la Gala del FIFA Balón de Oro de 2010. “Era de esos personajes anónimos, nada populares, pero que lo son todo para el club”. 

Con el espíritu atávico de formación de jóvenes, engendrado por Ossó en los albores del siglo pasado, y el liderazgo de Tort en la captación, la inauguración de la residencia de La Masía completó en 1979 el corpus filosófico que define hoy al Barça. A tal combinación debe sumarse la presencia de otro elemento pre-Ajax, el santanderino Laureano Ruiz, maestro de entrenadores cuyo método basado en el toque y la predominancia de la técnica sobre el físico se acabó por fundir con los holandeses. A tal punto que, injustamente, la historia le ha relegado a un segundo plano, detrás de la pompa mediática provocada por la cultura ‘oranje’.

En todo caso, algo grande se puso en marcha con La Masía. “Había una idea de formación, pero no estaba muy clara”, me explica Jordi Vinyals, miembro de la primera generación criada en la residencia. “Lo que sí sabia el club era hacia dónde quería ir. Todo era más silvestre que ahora, que ves que el método está mecanizado y muy profesionalizado. Pero la meta fue siempre la misma: una intención de continuidad. Trabajar para que los chicos lleguen un día al Camp Nou”. Vinyals es hoy el entrenador del Juvenil A, único equipo profesional de las inferiores y antesala del Barça B. Su nombramiento tiene que ver con sus capacidades, pero su pasado como jugador de la casa es un plus que el club valora y busca.

Ese carácter ‘silvestre’ de los primeros tiempos, al que alude Vinyals, se advierte tanto en la vida en La Masía como en la relación de las inferiores con el primer equipo. Los primeros inquilinos de la residencia acudían por su cuenta al Colegio León XIII, con quien el Barça continua teniendo convenio, pero el seguimiento de su curso escolar no era tan celoso como en el sistema actual. Y en el fútbol, el Camp Nou parecía demasiado lejano para esos chicos. “Los diferentes entrenadores que llegaban al club no contemplaban La Masía a la hora de reforzar al equipo. Querían fichajes”, recuerda Vinyals. “Pero todo cambió cuando llegó Cruyff en el ‘88. Fue el primero en mirar sin complejos hacia La Masía y confiar ciegamente en los jóvenes”.

“El mejor entrenador de inferiores siempre será el del primer equipo”, me dice Laureano Ruiz por teléfono desde Santander. “Porque de su valentía depende que esos chicos tengan una oportunidad. Si él cierra la puerta, no hay nada que hacer. Por eso Johan y luego Guardiola fueron tan importantes como entrenadores. Cruyff estaba seguro de lo que quería y no le importaba arriesgar. No tenía ese miedo típico del entrenador que necesita de resultados inmediatos”. Ya en la década de los ‘90, Cruyff trufó su Dream Team de jugadores-símbolo de La Masía como los jóvenes Guillermo Amor y Pep Guardiola. Y luego diseñó aquel proyecto inacabado de ‘La Quinta del Mini’, liderado por Iván de la Peña, y que contaba con figuras en ciernes como Celades, Velamazán, Roger, Javi Moreno y Quique Álvarez, además del propio hijo de Johan, el rubio Jordi.

Al margen de los éxitos y los fracasos, La Masía se elevó con el holandés a símbolo de identidad, cultural y futbolística, capaz de definir por sí sola al Barça.

Andrés Iniesta fichó por el Barça y no por el Real Madrid gracias a las instalaciones de La Masía. Pese a no superar la oferta económica de los blancos, el club catalán ofreció a los padres del pequeño talento albaceteño un espacio de contención que el Real era incapaz de garantizarles. Alejado de los conceptos de laboratorio que hoy tiñen el mundo del scouting, Joaquim Rifé, ex director del fútbol base y emblema de una especie de vieja guardia de formadores, me resume a su modo el secreto de La Masía: “Es simple: encontramos la fórmula para que los chicos salieran adelante en la vida y en el fútbol sin vivir con sus padres”. Así fue con Iniesta. “Lloró mucho al principio”, recuerda su descubridor, Albert Benaiges. “Pero salió adelante. Se hizo fuerte”. Iniesta representa el producto más logrado de La Masía. Acaso más que Messi, quien si bien comía y tenía algunas clases de apoyo en la residencia, no dormía allí. Lo hacía a unas cuadras, con su padre, en un departamento alquilado por el club.

Cuando descubrió a Iniesta en un torneo infantil, Benaiges era uno de los soldados de captación del equipo de Tort. Todos los caminos conducen a Tort cuando se trata de la caza de talentos en el Barça: la gigantesca red de scouting que ostenta hoy el club –se elaboran detallados informes de unos 11.000 chicos cada año– es una imitación a escala planetaria de aquello que montó Tort desde la diminuta oficina que compartía con Joan Martínez Vilaseca, en un rincón escondido de las instalaciones del club. Eran cinco metros cuadrados, un teléfono, dos sillas y la máquina de escribir que parió informes de promesas como Pep Guardiola, Iniesta, Carles Puyol, Cesc Fàbregas, Xavi Hernández y Víctor Valdés, entre muchos otros.

La eclosión del modelo se cristalizó en una frase que pareció un brindis al sol y fue objeto de numerosas burlas. Pero a Louis Van Gaal no le importó. “Tenemos que pensar en la misma idea. Es muy importante que, al final, el Barça gane la Champions con once futbolistas criados en La Masía”. La dijo en 1998. Once años después, en Roma, ocho de los once azulgrana campeones de Europa habían crecido en la escuela del Barça. A excepción de Messi y Busquets, todos había debutado en el primer equipo con Van Gaal.

Tort falleció en 1999. De su modus operandi sólo queda la memoria viva de Vilaseca, su mano derecha. “Era un sabio riguroso pero con una manera muy clara de trabajar. Descubrir a Xavi, por ejemplo, fue tan simple y tan complejo como que el señor Carmona, un colaborador, nos llamó para decirnos que había un niño pequeño pero muy bueno en Terrassa, un pueblo en las afueras de Barcelona. Era Xavi. Tort confiaba mucho en la primera impresión. Si le gustaba el juego del chico, le invitábamos a entrenarse unos días en el club. Lo probábamos en partidos de una o dos categorías más grandes, para ver cómo respondía. Luego tomábamos la decisión. Nunca se fichaba porque sí. Teníamos colaboradores en toda España. Gente de buen ojo que nos avisaba y allá íbamos. A ver qué tal”.

La desaparición de Tort coincidió con el inicio de una nueva época. Así se advierte en estos caminos paralelos que desandan la estructura de la residencia y la del fútbol propiamente dicho. Dos caminos que, a partir de la modernización del método, comenzaron a integrarse hasta formar el engranaje actual.

La irrupción de Folguera produjo el gran cambio en la vida de La Masía. Laureado arquero de hockey sobre patines del Barça y la selección española, su formación pedagógica atrajo al club, que le ofreció la dirección de la residencia en 2001. Bajo su gestión, los inquilinos de La Masía experimentaron enormes cambios de funcionamiento interno. “Cuando llegué, el club tenía un plan para que los residentes estudiasen cursos a distancia. Pero me negué. Abogué por la normalidad. Entendía que el hecho de compartir clase con otros chicos era saludable. Me opuse a la idea de gueto”.

Folguera me lo explica en su despacho de la nueva Masía, donde la figura de Tort sigue siendo el hilo conductor: cuando abandonó en 2010 la casona rústica y se trasladó a la nueva residencia, el Barça no dudó en bautizarla como Centro de Tecnificación – Oriol Tort. El nombre del gran maestro no podía perderse en la mudanza.

De los 255 jugadores que integran los 16 equipos de las inferiores del Barça –incluyendo Juvenil A y Barça B, los únicos profesionales– 45 viven en La Masía. Comparten residencia con 23 jóvenes de otros deportes del club. En total, 68 y proceden de 13 países entre los que no figura Argentina. El último argentino residente fue Maximiliano Rolón, que continúa en el club pero ya no reside en La Masía. Rolón, extremo surgido del fugaz proyecto de La Masía Argentina –el FC Barcelona Luján– es uno de los únicos tres argentinos que residieron en la casa del Barça. Los otros dos fueron el hoy controvertido delantero del Inter Mauro Icardi y el basquetbolista santafesino Nicolás D’Arrigo.  

Folguera diseñó un protocolo que comprende entrevistas previas con los padres, tests psicológicos y un seguimiento al detalle de la evolución educativa de cada chico. “El triángulo es Masía-Familia-Ciudad Deportiva. Y la convicción de una formación integral. La clave es que desde las 7 de la mañana hasta que se van a dormir hay referentes educativos que hacen seguimiento. No son guardias de seguridad, sino gente preparada, que genera información, básicamente sobre cómo se relacionan los chicos con sus superiores, con sus iguales y con la gente que trabaja en La Masía”.
 
El Barça puede descartar a un joven futbolista de un año para otro. Tres temporadas atrás hubo una criba durísima: se fueron 85 y llegaron 90. Pero los residentes en La Masía se quedan en el club un mínimo de dos años. “Hay que darles un margen. Vienen de lejos y deben adaptarse”. Para ello Folguera montó un equipo formado por un psicólogo, tres educadores sociales, un educador de tiempo libre y tres responsables de sección profesionales. Además de los colaboradores externos: el profesorado de refuerzo escolar, un coaching de ámbito educativo y una responsable del Club de lectura. Todos los residentes asisten al Colegio León XIII, especializado en educar jóvenes deportistas de alta competencia, a excepción de los más grandes, los del Juvenil y del Barça B. Desde hace cuatro años, La Masía es la primera estructura deportiva de España con licencia del Departamento de Educación para impartir clases en sus instalaciones. Folguera saca pecho: “Desde entonces, todos los residentes, sin excepción, aprobaron la selectividad”, como se denomina el examen para entrar a la Universidad.

No cumplir con las rigurosas normas de convivencia tiene consecuencias deportivas. “Trabajamos en sintonía con la parcela deportiva. Es fundamental que los chicos sepan que un acto de indisciplina en la residencia les afectará deportivamente. Nos reunimos cada semana con los directores deportivos de la escuela para tratar casos puntuales. El que no cumple las normas seguramente no irá convocado al siguiente partido. Si la indisciplina persiste, tocará hablar con los padres”. Folguera es el dique pedagógico que mantiene a raya la ansiedad de los padres. “Si le quieres hacer un favor a tu hijo, acompáñalo, no le exijas”, suele ser la frase de cabecera ante ese tipo de progenitor que está convencido de que su hijo debe ser siempre titular.

La estructura integral de La Masía, cuidada al detalle, no olvida una máxima: los chicos llegan, se quedan o se van por una decisión deportiva. Pero ser un ‘descarte’ del Barça no significa el fin de la carrera. Hoy, 58 futbolistas formados en el club catalán juegan en Primera división española y en los equipos que disputan la Champions. Ningún otro club exporta tanto talento. Los que siguen en el club saben que, al final de cada temporada, su evolución marcará su destino. No es fácil mantenerse, pero tampoco lo es llegar. El Barça los suma a su proyecto tras numerosas pruebas deportivas.

Desde 2010 se utiliza un sistema informático denominado COR (Conocimiento, organización y rendimiento). Cor, además, quiere decir corazón en catalán. Se trata de un sistema informático de creación propia que se desplegará en su totalidad en 2016, pero hoy ya sirve para registrar cada informe de promesas o fichajes para el primer equipo. El departamento de metodología registra los entrenamientos, establece patrones de captación y busca reducir a la mínima expresión el riesgo de equivocarse en la toma de decisiones. Para abordar hoy un fichaje, el Barça cuenta con un mínimo de tres informes de partidos vistos in situ por sus técnicos y cuatro dossiers de completa información sobre el futbolista. Es el no va más de los sistemas de scouting. Sin embargo, detrás de la vanguardia pervive la intuición de Tort y su máxima: “para jugar en el Barça, el chico debe ser inteligente, rápido, técnico y con mucho carácter”. Nada más; nada menos.

Uno de esos “chicos” que atrajo la mirada de Tort fue Pep Guardiola. Talentoso mediocampista, el catalán volvió en 2008 al primer equipo del Barça como entrenador, luego de una temporada en que ascendió al Barça B, que a su llegada estaba hundido en la Tercera División. El emblemático Pep supuso el último empujón a la estructura deportiva del club. Exigió a los ejecutivos la rápida puesta en marcha de la Ciudad Deportiva, una elemento clave para estar a la altura de grandes instituciones que como el Real Madrid (Valdebebas), Milan (Milanello) o Inter (La Pinettina) ya contaban con un ‘bunker’ propio, donde controlar detalles como las comidas, los seguimientos médicos y contar con amplios recursos en una instalación modélica y amplísima.

Ultramoderno y admirado, el fútbol base del Barça fue premiado en numerosas ocasiones. La nueva Masía de Folguera y el COR hablan de una especie de paraíso del fútbol formativo. Tal estructura no pudo impedir, sin embargo, la sanción del Comité de disciplina de la FIFA por no cumplir con las reglas de fichajes de jugadores extranjeros menores de 18 años. Fue en noviembre de 2013, tres años después de que la propia FIFA homenajeara a La Masía como modelo de éxito ternando a Messi, Iniesta y Xavi como aspirantes al Ballon d’Or 2010. Nunca antes habían llegado a esta instancia tres futbolistas criados en la misma escuela de fútbol. La sanción resultó un mazazo de impacto planetario. Quienes miraban con escepticismo el boom de La Masía y lo tachaban de una mera generación espontánea, fruto del azar, encontraron argumentos para darle un acento peyorativo a la frase La Masía es un invento.

Una denuncia anónima presentada en la sede suiza de FIFA encendió la mecha de una investigación que dejó mal parado al Barça. El caso-denuncia tocó la última joya de la escuela del Barça, el surcoreano Lee Seung Woo. Se asegura en los pasillos del club que este ‘10’ “lo tiene todo para ser el nuevo Messi”. No es habitual: en La Masía están habituados a tratar con grandes talentos. La experiencia aconseja una prudencia que el genio de Lee logra desatar. Ante la denuncia, la reacción de la directiva del Barça no fue contundente: se entregó al victimismo denunciando una “mano negra”. Sin embargo, meses después reconoció “errores que se están corrigiendo”. Desde entonces, Lee y nueve compañeros no pueden jugar partidos oficiales. La inconsistencia de la reacción de la Junta abonó el desengaño.

La apelación del club no fue sólo judicial. Por motu proppio pidió a FIFA que le escuchara. Un grupo de técnicos y educadores de La Masía expusieron en la sede de Zurich las bondades de un modelo “con más de 35 años de éxitos”. La respuesta de FIFA fue contundente. No estaba en entredicho el modelo de La Masía, que la propia FIFA había premiado en repetidas ocasiones, sino que se sancionaba la negligencia de la directiva en los trámites de regularización de los fichajes.

El Barça despidió el año 2014 encajando un golpe histórico: el Tribunal de Arbitraje del Deporte (TAS) desestimó su apelación y confirmó la sanción impuesta por FIFA: un año sin poder fichar jugadores para el primer equipo. El castigo no tiene precedentes entre los grandes clubes europeos. En los despachos del club resulta incomprensible la saña de la multa, ya que el primer equipo no sacó ventaja deportiva alguna de la irregularidad administrativa que se le imputa. El Barça dejó abierta una puerta de apelación, la última: el Tribunal Federal de Suiza. Pero la esperanza es mínima. Los antecedentes, explican desde el TAS, no invitan a la esperanza. De cien casos que reciben en este Tribunal, sólo uno se salva de ser desestimado.

Desde cualquier mirada –también la peyorativa y escéptica– el hecho de que, justamente, sea el Barça, el club de La Masía, el que no pueda fichar, parece una oportunidad más para que la ya aceitada promoción de juveniles encuentre una nueva puerta, en este caso obligada, a que bisoños talentos ocupen el espacio de los productos de mercada, vedados por un año. Pero en el Barça no ocultan que se trata de una dificultad. En este club lo saben acaso mejor que en ningún otro: la cocción de los genios es lenta. Las urgencias son enemigas del Gran Caracol que es La Masía.

En todo caso, el daño ya está hecho, pero no es irreparable si quien realmente desea informarse estudia con detalle una situación de la que el modelo en sí sale indemne. La afición y la opinión pública y publicada de Barcelona castigó duramente a la Junta. Jugó con fuego con el objeto más preciado del club.

Cinco meses después de la sanción, el portal británico especializado en fútbol base Purely Football premió a La Masía como la mejor escuela de fútbol de Europa, por delante de Ajax y Bayern Munich. Pese al affaire FIFA y luego de un arduo estudio y la opinión de los expertos más destacados del continente en la materia, La Masía volvió a sonreír.

Parece un vago consuelo. Pero no lo es. De alguna manera, el premio confirma el éxito de un modelo único. El invento capaz de multiplicar los panes y los Messi sigue en marcha.