Tema del Mes

AGOSTO 2015

Back to Black (Amy Winehouse, 2006)

22 / 08 / 2015 - Por Pablo Plotkin

Su voz atraviesa las barreras del tiempo donde quedó su cuerpo breve.

Veamos a la heroína trágica de Back to Black, una estructura humana pequeña y enclenque. Se peina como una de las Ronettes, o una secretaria de Mad Men un año antes del lanzamiento de la serie; su cabeza es un panal de avispas a punto de desprenderse de un árbol enano. Tiene la cara oblonga, un gesto firme aunque extraviado, levemente corrido por efecto de alguna píldora o un par de vasos de whisky. Tiene el escote compacto, los labios como churrascos, la nariz huesuda y vertical, el piercing clavado en la zona del lunar-Monroe y los ojos verdes delineados con pinceladas gruesas. Es piel, huesos y tatuajes. Está maquillada como una princesa judía de los 80 para su fiesta de 15.

Delante de la imagen está la voz de Amy Winehouse, que es un milagro o una paradoja temporal para una era en que la música se obsesionó con el pasado. Los productores Mark Ronson y Salaam Remi, expertos en el área, fundieron los discos de los girl groups de los cincuenta y sesenta y modelaron las carcazas cromadas para estas tremendas canciones de amor y de abandono. Winehouse ya había soltado la guitarra con la que salía a cantar en la primera etapa de su obra, cuando se reveló como una niña prodigio del jazz en el álbum Frank (2003). Ahora el plan era reinventarse como diva retro y para eso convocó a los Dap-Kings, la banda de la neoyorquina Sharon Jones. Si las influencias más directas del sonido de Black están en los sesenta (The Ronettes, las Shangri-Las y todo el catálogo de Motown y Stax), hay algo que trasciende cualquier referencia y es la voz de Winehouse, que sencillamente no tiene tiempo. Amy canta acá como si decidiera cada sílaba. Las inflexiones marcan el charme y el drama del álbum, que no es otra cosa que el relato de una caída, un alarde de fragilidad y dependencia de una mujer demasiado joven para haber sufrido tanto (lo grabó cuando tenía 22 años), para transmitir tanto desamparo y a la vez tanto carácter.

La voz de Amy es sustancia volátil. A veces da la sensación de que acumulara saliva a un costado de la boca, como una blusera que masca tabaco. En muchos momentos parece ebria, y de repente canta con una sonrisa de resignación. Los ecos de Billie Holiday, Sarah Vaughn y Dinah Washington se superponen a la manera de las cantantes hologramáticas de Inolvidables veladas, nouvelle futurista de Marcelo Cohen. Sin embargo, Amy es una intérprete que creció marcada por el rap y el brit-pop. No importa cuán antiguas sean sus inspiraciones y las de sus productores, hay una frescura no del todo explicable en este paquete de grabaciones de género. Para Mark Ronson tal vez eran experimentos estéticos, pero para Winehouse eran las crónicas de una supervivencia dificultosa, su triste historia de amor. Y lo que se oye es el ronroneo de una chica sedada en una bañera, mientras el agua se enfría lentamente.   

“Rehab”, la apertura y el primer gran hit del disco, marcaba un punto de ruptura. La orquestación pesada y soulera que sostiene el tono autoparódico despide a la Amy del jazz melancólico. Es el tema que también la propulsa como personaje excluyente de su obra, convirtiendo sus adicciones y su carácter indómito en ejes de una comedia negra moderna. En parte puede ser el tema de Black que peor envejeció, porque el tono jactancioso de esa joven que se negaba a entrar en rehabilitación hoy es una profecía deprimente y medio frívola. Pero el tándem inicial que arman “Rehab” y “You Know I’m No Good” es devastador. Winehouse canta como una Bessie Smith de la era del éxtasis. La banda es una tromba que de pronto la deja flotando en el vacío.  

Es notable lo espeso que suena hoy Back to Black. Las referencias musicales que manejan Ronson y Remi son variadas, aun cuando correspondan a una época acotada. En las letras, Amy mezcla citas fuera de timing con rasgos de la Londres callejera contemporánea; los “chips and pitta” que se clava alguien en el bajón de una noche y el aire casi shakesperiano de su impotencia romántica. “Me & Mr. Jones” refleja el juego anacrónico del disco. El título reversiona el clásico philly (el sonido 70 de Filadelfia) “Me and Mrs. Jones”, balada melosa y marihuanera de Billy Paul. “¿Qué clase de mierda es esta? Me hiciste perder el show de Slick Rick”, canta Amy metiendo en escena a una leyenda del rap británico de los ochenta. Después, menciona al pasar a Sammy Davis Jr., emblema de ese imaginario pre-rock al que Winehouse le debe casi todo.

“Just Friends” la certifica como gran cantante de reggae y dancehall. Acá se proyecta el trasfondo argumental del disco: el personaje de Amy es el de la relación transitiva para un chico que está en pleno receso de su noviazgo real. Ese rol de sustituta adquiere características épicas y fatales en el tema “Back to Black”, cumbre musical del álbum y una marcha fúnebre en honor a las recaídas sentimentales. La primera línea parece un punchline de hip-hop (“He left no time to regret/ kept his dick wet” ), pero a medida que avanza, la letra se hunde en la oscuridad de una separación asimétrica, en la que el caballero se queda desde luego con la parte del león. Escrito a cuatro manos con Ronson, “Back to Black” es una sinfonía soul levantada entre una pared de sonido y la voz de Amy como un barco fantasma condenado a recrear infinitamente su naufragio. “You go back to her and I go back to… us. You go back to her and I go back to… black”. Ese volver a nosotros, ese fundido a negro que representa la soledad, la depresión, la bebida, el encierro.  

Después, Amy recupera la veta del jazz cool en “Love Is a Losing Game”, para cantar en hoteles cinco estrellas o para musicalizar publicidades de cigarrillos. Al disco le queda todavía un hit etiqueta negra –“My Tears Dry on Their Own”, con sample instrumental de Marvin Gaye–, una balada soul –“Wake Up Alone”–, más crónicas de sufrimiento y rendición  –“Some Unholy War”–, los aires calipseros de “He Can Only Hold Her” –el único tema del disco en el que canta una historia en tercera persona– y el cierre agogó de “Addicted”, una objeción a los tipos que le fuman su porro (“yo pego la mía y vos pegá la tuya”, es la moraleja simple después de tanto dolor).

Amy Winehouse, una retorcida Edith Piaf de Camden Town, nunca pareció demasiado cómoda arriba de un escenario. Aun en las apariciones de su primera época profesional, con la guitarra acústica como escudo, giraba los ojos buscando nerviosa e inútilmente algún punto de equilibrio. El éxito fenomenal de Back in Black y la profundización de sus trastornos personales hicieron que, a partir de entonces, y mientras su público crecía semana a semana, sus performances fueran cada vez más erráticas. Mientras cantaba frente a una multitud, Amy se acomodaba el panal capilar, se frotaba las manos por el cuerpo, trataba de acomodarse la ropa… Le costaba focalizar en la interpretación. Ese espiral terminó en el desastre de su último show en Belgrado, un mes antes de morir, completamente intoxicada, donde fue incapaz de tomar una decisión por sí misma. En los videos en YouTube se la ve desesperada por escapar de esa pesadilla en la que se había convertido todo. En cambio, tanto Back to Black como las ediciones póstumas (incluyendo el dueto con Tony Bennett del clásico “Body and Soul”) la confirman como una perfeccionista del estudio de grabación. En ese espacio cerrado donde se captura lo invisible, Amy dejó registro de su magia, el sonido ancestral de una voz puesta a comunicar tragedias cotidianas.