Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2015

White Blood Cells (White Stripes, 2001)

13 / 09 / 2015 - Por Pablo Strozza

Los White Stripes justo antes del éxito global, en el disco contemporáneo al derrumbe de las Torres Gemelas.

La víspera del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos parecía tranquila salvo por un anuncio trascendental para el pueblo rockero: ese día salía al mercado Love and Theft, el trigésimo primer disco de estudio de Bob Dylan y sucesor de Time Out Of Mind, uno de sus discos más sorprendentes. La colisión, por la mañana de ese día, de dos aviones de línea contra el World Trade Center de Nueva York puso patas para arriba a toda la sociedad estadounidense, y la cultura pop no fue la excepción. Desde declaraciones desafortunadas como las de Karlheinz Stockhausen (“Los atentados fueron la obra de arte más grande de la historia”) hasta la prohibición de emisiones de canciones de la banda Anthrax (recordar la paranoia por un posible ataque químico) pasando por el concierto a beneficio de los bomberos neoyorquinos en el Madison Square Garden liderado por Sir Paul McCartney.

En ese contexto, al que hay que sumarle la ruptura de la burbuja económica de las empresas punto com el año anterior, tanto en la Gran Manzana como en Detroit (Rock City) dos bandas picaban en punta dentro del retro rock de aquel entonces: The Strokes y White Stripes, respectivamente. Pero, mientras que la propuesta de los Strokes era una puesta al día sexy de Velvet Underground y Television (con el agregado de la excepcional voz del heredero fashionista Julian Casablancas), los White Stripes iban más allá y buceaban en una tradición menos revisitada: el punk blues. Incluso en la vestimenta de ambos grupos se notaba la postura. El uso de las viejas y queridas All Star Chuck Taylor por parte de los Strokes hasta posicionarlas como un objeto cool difería por completo de la elección de un calzado económico y cómodo que hacían los Ramones en sus años del CBGB. Y la vestimenta roja, blanca y negra de los White Stripes (“La combinación más poderosa de todos los tiempos, utilizada tanto en una lata de Coca Cola como en la bandera nazi”, según le explicó Jack White a Rolling Stone) no dejaba de tener una metáfora de encierro, de no poder ni querer escapar de un designio religioso y hasta apocalíptico como el que plantean en el Cordón Cristiano de los Estados Unidos. Y todo esto se daba  con la debida complicidad de la prensa británica, desde John Peel (quien no dudaba en comparar a Jack y Meg White nada menos que con Jimi Hendrix) al New Musical Express, con esas tapas hiperbólicas de los Strokes. En una época en la que el futuro pintaba más que incierto, los nuevos referentes del rock avanzaban un casillero y retrocedían dos. El hip hop y el neo soul, en cambio, se embarcaba en nuevas aventuras musicales sin hacerle asco al avant garde desde el mismo mainstream. Allí estaban The Blueprint de Jay Z, los N.E.R.D. (y su alter ego productor The Neptunes) y Miss (E)... So Addictive de Missy Elliot (con el productor Timbaland detrás de la consola) para demostrarlo.

El punk blues, más allá de los precursores del Delta de Chicago, tiene su Hora Cero en los años ’80, de la mano de Birthday Party, The Gun Club y The Cramps, seguidos en los 90 por la Jon Spencer Blues Explosion. Todas formas de representar la tradición en el contexto pos new wave. Los Cramps ofrecieron rockabilly y psicosis. Para Nick Cave y compañía, el amor insular por el blues y el country & western fueron el punto de partida para desarrollar la fase más salvaje y agresiva del pos punk. The Gun Club, en cambio, expandía la paleta sonora coqueteando con el free jazz (recordar su versión de “The Creator Has a Masterplan” de Pharaoah Sanders). El álbum The Fire Of Love fue  una influencia decisiva para Jon Spencer que primero versionó enterito el Exile on Main St. de los Rolling Stones (con los Pussy Galore) y luego con su Blues Explosion y su formación de power trio sin bajo (dos guitarras y batería) incorporó elementos del hip hop y del techno rock más rabioso y tomó, siguiendo a Brian Eno, al estudio de grabación como un instrumento más. Su huida era hacia adelante, había intenciones de progreso en su apropiación del estilo.

White Blood Cells, el tercer disco de White Stripes, llevó esa tradición underground al umbral del millón de discos vendidos, resignificándola desde un lugar “más primitivista que primitivo” (según afirmaba Jon Pareles, crítico musical del New York Times). Jack y Meg White toman prestado de Jon Spencer el modelo de instrumentación sin bajo y le restan una guitarra. Jack quiere utilizar el alarido de la misma forma que Cave pero lo hace de manera contenida y aplica su erudición blusera de la misma forma que Jeffrey Lee Pierce pero sin su desparpajo new wave (el líder de Gun Club fue presidente del club de fans de Blondie) y con una seriedad inusitada. Terminaron como una versión 00 de Led Zeppelin y Cream antes que del punk blues insinuado en cierto aroma arty que con el EP de covers de Captain Beefheart que publicaron en 2000 por el sello Sub Pop. En la vidriera masiva, los White Stripes se ubicaban tan lejos de la ironía de Beck como del pastiche de Lenny Kravitz, como explicó alguna vez Pablo Schanton en Clarín. “Nuestro objetivo es intentar no progresar nunca”, decía Jack por aquel entonces, y vaya si era honesto en sus declaraciones.

“Fell in Love with a Girl” es el tema clave del disco. Pero no la toma original, sino el cover a lo Motown que Joss Stone realizó dos años después para su debut discográfico, acompañada por la crema de sesionistas de soul de Miami en los seventies y retitulada como “Feel in Love with a Boy”. Producida por Questlove, líder del combo de hip hop The Roots, la canción exuda una sensualidad y una elegancia de la que carece el original. Tanto fue así, que desde su publicación el arreglo de “Fell in Love…” que tocaba el dúo en vivo era más deudor de la Stone que de la versión propia. La Stone dotó de actualidad la pose retro de la canción y, al mismo tiempo, a su álbum, al privilegiar a esta tonada contemporánea dentro de un álbum de clásicos de antaño.

Tras White…, los White Stripes alcanzaron el éxito global con Elephant, de la mano del imbatible “Seven Nation Army” (quizás EL tema de la década 00 junto a “Crazy” de Gnarls Barkley) y asumieron esa deuda con Led Zeppelin que al principio escondían. El suceso generó grupos olvidables que se supieron cobijar bajo su ala para luego ser defenestrados (Vön Bondies); otros copistas que supieron generar su propia futilidad tras el hype inicial de la mano de un directo intrascendente (The Black Keys) y la inevitable next big thing inglesa (Royal Blood, dúo de bajo distorsionado y batería). Por eso está bueno recordarlos en 2001, cuando allá y acá se caía el mundo, cuando todos (allá y acá) éramos concientes que la tapa de Jessico de Babasónicos era más gráfica que un soundtrack, repitiendo la iconografía anal de Superficies de placer de Virus en la previa de la hiperinflación de Alfonsín.