Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2015

Enigmas en la AFA: Grondona, Clarín, 2041 y el próximo ministro del fútbol

26 / 09 / 2015 - Por Julio Marini

En el inicio, luego del Mundial 78, el reinado de Grondona se presentaba como un oasis democrático en medio del Terrorismo de Estado. A la larga, conformó la dictadura vitalicia más longeva de la historia argentina. ¿Cuál será el futuro de la AFA? Ajeno a las predicciones catastróficas de quienes prefieren un tumor silencioso al oleaje que trae todo cambio, Julio Marini deja abierta la respuesta.

Los años ayudan a completar el archivo. O el archivo permite que los años no alteren el desarrollo de la película. Cuando al principio de la década de los años 60 la AFA comenzó a ser un ministerio de fútbol hecho y derecho, pocos imaginaron que ese sitio burocrático terminaría dándole reinado y palacio a la dictadura más sólida, longeva y vigente de la Argentina (además de inédita, si se la compara con cualquier otro lugar del mundo). Y la referencia a los 60 no es casual ni arbitraria ya que, antes de esos tiempos, las oficinas del fútbol argentino eran los despachos de los presidentes de River, Boca y, en menor medida, de los otros tres clubes grandes.
Imperfecto, en un mundo armándose imperfecto, en un país con un desarrollo político más imperfecto aún, pero con todo por construir, ese cierre de la década de los años 50 fue una bisagra. Una década que, como la anterior, había mostrado el mayor desarrollo en el deporte de los argentinos pero sin grandes logros a nivel internacional con la selección. Esa paradoja de alto nivel sin coronación se debió, en los años 40, por obra y desgracia de la Segunda Guerra Mundial. Y luego, en los 50, por las decisiones erradas del poder del fútbol y del gobierno de Juan Domingo Perón de no asistir a las Copas de Brasil 1950 y Suiza 1954.
El fútbol dejó de ser lo que había sido en el campo y en el juego. No fue casual que la confusión teórica, técnica y práctica que dejó el Mundial de Suecia 58 se fusionara con el fin del fútbol de la belleza y efectividad de River, casi punta de lanza de un estilo de juego identificatorio por estas tierras (en 1957 ganó su último torneo hasta que recién quebraría su noche de 18 años en 1975). A ello, además, se sumó la cada vez mayor injerencia política en el entretenimiento mayor de los argentinos.
Por aquellos tiempos la AFA osciló más visiblemente entre los interventores y los presidentes electos por voto calificado. Claro que parecían más efectivos los que la comandaban en épocas de uniformados en Balcarce 50. El orden y lo impuesto por la fuerza tienen el raro embrujo y convencimiento en mucha gente que, atendiendo a su (entendible) componente burgués y a su indispensable y recurrente “no hagan olas” (a ver si alguien se ahoga, o en realidad, a ver si me ahogo yo), termina convalidando procesos que nacen y viven enfermos en sus órganos vitales. Propios y de la sociedad.
El líder de esos tiempos de la AFA, génesis de lo que Julio Grondona convertiría luego en patriarcado, fue un hábil dirigente de Banfied, Valentín Suárez. Colaborador directo de Evita en la Fundación Eva Perón durante la segunda mitad de los 40, Suárez fue comisionado por el gobierno para empezar a poner orden en la AFA en los finales de esa década. Del sur del Gran Buenos Aires, de un club chico, pero con apoyo poderoso y mucha inteligencia, se dio hasta el lujo de incidir en la confección de planteles de la selección nacional y hasta de quedar como el héroe en las sombras, como pasó en la Copa de las Naciones del 64, en Brasil, cuando Argentina venció a Portugal 2-0, a Brasil 3-0 y a Inglaterra 1-0. Suárez era la muestra del dirigente intuitivo, rápido de reflejos. Y manipulador. No era él quien debía contar que Suárez también podía incidir en el armado de una selección. Para eso estaban y estarán siempre muchos periodistas.
Valentín Suárez fue titular de la AFA de 1950 a 1953 y luego reapareció como interventor entre 1967 y 1968, iniciando una rutina de interventores que duró hasta 1974. Es muy interesante repasar la nómina de quienes calentaron el sillón mayor de la AFA porque se verá que los presidente por voto especial, o los interventores, no pasaron más de un año, o año y fracción en el cargo. La excepción que quebró la regla fue Raúl Colombo, conductor entre 1957 y 1965, obviamente con gobierno de facto a cargo del Poder Ejecutivo en casi todo su mandato. La no democracia en el fútbol era la misma que había en el país.
¿Se venía un nuevo fútbol argentino entonces, en los comienzos de los 60? ¿La selección rápidamente se recuperaba de Suecia 58 y de la confusión táctica, técnica y futbolística que quedó después de ese terremoto? No. Se venían los nuevos tiempos del fútbol argentino, que no necesariamente incluían a un nuevo fútbol argentino. Se vio primero en el Mundial de Chile ’62 (dos años antes de esa Copa de las Naciones de Brasil 64 ganada por Argentina bajo el hábil “armado” de Valentín Suárez). Luego llegó el espejismo del Mundial de Inglaterra 66. Y, finalmente, el nefasto balance se cerró con la frustración de la ausencia en el Mundial de México 70. Fue la primera y última gran fiesta del espectáculo en el juego de los Mundiales en la que Argentina, como consecuencia del desorden en el fútbol local y en medio de una historia de confusiones sociales y políticas, estuvo ausente y apenas viéndolo por TV. ¿Qué es el fútbol por aquí sino un reflejo de esas circunstancias? Lo que algunos años más tarde, con la conquista de la Copa del Mundo del 78, penosamente se denominó la Fiesta de Todos, había sido en esos 70 la fiesta de otros. Por supuesto, Argentina abstenerse.
Pero como luego se sabría que todo pasa, en los finales de los 70 se supo que todo cambia. Tras el Mundial 78 ingresa tímidamente a la presidencia de Viamonte 1366 un dirigente de Arsenal, el equipo más joven y uno de los más chicos de los directamente afiliados a la AFA, Julio Humberto Grondona (aunque entre 1976 y 1979 fue presidente de Independiente). Al país lo manejaba la más cruel dictadura de su historia. Al fútbol llegaba la democracia. Se terminaban los votos calificados. Se aumentaban los dirigentes que representaban a todos, las asambleas mayúsculas con discusiones y decisiones en las que todos tenían participación. El mayor maquillaje nunca imaginado para tapar cualquier expresión negativa o de dolor.
Con Julio Grondona cambiaba el fútbol argentino. Grondona hizo y deshizo desde sus “despachos” en la ferretería familiar primero, la estación de servicio luego y, ya oficialmente, desde Viamonte al 1300. Esa democracia que se instalaba en la AFA logró las unanimidades más resonantes con brazos en alto, pero obviamente sin puños cerrados. ¿Qué mejor democracia que la que decide todo por unanimidad? ¿Qué democracia más justa que la que hace que todos los feligreses se vayan felices del despacho tras besar el anillo? Grondona conseguía que todos los poderes del poder se rindieran ante él y lo consultaran. Gobiernos militares, dirigentes políticos del radicalismo, del peronismo, de alianzas. Cuando había que definir qué hacer con la organización del circo y cómo amasar el pan, invariablemente recurrían a él.
Le acercaron el gran negocio del fútbol televisado y lo vio enseguida. Y muy rápido armó un contrato eterno con TyC y Clarín. En una reunión de fin de año en diciembre de 1998 le dijo públicamente a un importante periodista de la redacción de Clarín: “El contrato del fútbol se lo firmo a Clarín hasta el 2041”. Invirtió los últimos dos dígitos ya que el contrato reafirmado en 1996 era hasta 2014 (por supuesto eternamente renovable, pero también por supuesto cancelable, como ocurrió en 2009).
Grondona era irascible y de mal carácter si le preguntaban lo que no quería oír ni responder, pero también un tipo interesante para entrevistar y hasta para compartir una larga sobremesa. Conocía todos los mecanismos de la conducción, del poder y de cómo manejar a la gente, fuera quien fuese. Sin instrucción política era un político, sin manejo de idiomas era el vicepresidente de la FIFA y mayor controlador de federaciones a la hora de votar en el “parlamento” del fútbol mundial.
Su intuición superaba todo. Una vez, en los comienzos de los años 90, le dijo a este periodista que él podía llegar de Sarandí al centro en Mercedes Benz, o vestirse con trajes de alta marca, pero que prefería el perfil bajo en esos rubros. “Tengo con qué, pero para qué mostrarlo”, definió. Paradójico, usaba el estilo de tomar champán francés a escondidas en la misma época en que el menemismo lo hacía con las ventanas abiertas a la calle y con todas las luces encendidas. Pero los años pasaron y modificó ese concepto. Tal vez por eso dejó Sarandí y se instaló en Puerto Madero, sintetizando los nuevos tiempos.
Los años no le hicieron perder la chispa. Por eso, cuando vio que ya no era socio en el negocio de la TV, como durante 30 años, entregó al fútbol y su control sin problemas. Debilidad ante la presión pero notable capacidad para entender lo que se venía políticamente y lo bien que le haría a la gente tener el fútbol gratis y por TV abierta. Él, al que no le había importado tener los goles guardados en un cajón hasta las 24 de cada domingo, saludaba asintiendo con la cabeza cuando la presidenta Fernández de Kirchner anunció la apertura de las cárceles futboleras de las imágenes, en una amplia y popular amnistía. Luego, cuánto le costaría al presupuesto nacional o de qué forma afectaría su economía, no era materia de su competencia según su manual de ética. Como estuvo preparado para pedir y pedir dinero al socio anterior, estaba listo para hacer lo mismo con el nuevo patrón.
Finalmente cansado, algo enfermo, y golpeado por la muerte de su mujer, estaba más encerrado y rodeado por su entorno, que expuesto y dominante, como había sido durante más de tres décadas.
El sistema de conducción y control que inventó para la AFA y el que construyó en la FIFA no logró su despedida del fútbol con lo que más quería: otro título mundial de la selección. Brasil 2014 fue su última gran apuesta y su tristeza final en lo deportivo. Como en cada proceso mundialista anterior durante su reinado, aportó lo suyo desde el proscenio. Pero no alcanzó para anotar invisiblemente la paternidad del gran éxito final.
Y llegó el post…
Hay interesantes teorías que indican que, sin Grondona, el fútbol argentino se caerá indefectiblemente. Hay otras que señalan que se volverá a los complicados 60. Algunos ven supuestos delfines de quien, como sucede con muchos líderes poderosos, no dejó herencia ni quiso hacerlo. Aunque por sí solos estos “sucesores” no muestren muñeca ni oído siquiera para afinar el instrumento político de la pelota del fútbol argentino. El estilo y la continuidad de Grondona impidieron saber si, con otro sistema, nuestro fútbol habría crecido más y mejor. Tan imposible es saberlo como asegurar ahora qué podrá pasar en el fútbol. Quienes dicen que todo se derrumbará no aportan mayores fundamentos. Lo cierto es que quienes creen ver que este desorden actual es inédito tal vez no analizan que es lo mismo de siempre. Solo falta en la escena El Jefe. No quien lo resolvía de la mejor manera, sino quien decía que era lo que había que hacer. Padre, tutor y encargado. Y punto.
Es muy difícil definir qué salió bien o mal de lo que no se discute, analiza y consensua democráticamente. Como sale, se ejecuta. Así fue durante décadas en la AFA.
Lo cierto es que en el fútbol argentino hay una gran cantidad de dirigentes jóvenes y con formación profesional, teórica y de campo, en sus clubes de origen, que dejan abierta una puerta tan interesante y amplia como el interrogante que señala si les dará el cuero o si ese palacio de Viamonte al 1300 estará libre de intrigas y abierto a los nuevos aires. Con la experiencia de las últimas décadas, cuando el poder quiso controlar totalmente al fútbol y nunca pudo hacerlo del todo, se supone que este o cualquier otro Gobierno no dejará al Ministerio del Fútbol sin un ministro “propio” en su sillón principal. Quien tenga esa respuesta certera debería cerrar esta nota. De otro modo quedará tan abierta como cerradas e inviolables son aún las puertas del despacho principal del edificio de Viamonte entre Uruguay y Talcahuano.