Tema del Mes

OCTUBRE 2015

Hello, Goodbye Lenin

11 / 10 / 2015 - Por Nicolás Mavrakis

En el modelo lacaniano el Nombre del Padre es el significante que habilita a la sexualidad humana. En términos simples, sin Ley no hay transgresión posible y sin el artificio de la igualdad no hay lugar para las atracciones asimétricas del erotismo. Un análisis libidinal de la nostalgia contemporánea en la era del capitalismo post-paternalista.

Al principio de su biografía de Eduard Limónov, Emmanuel Carrère le atribuye al ex KGB y presidente ruso Vladímir Vladímirovich Putin la frase de que “quien quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza, mientras que el que no lo eche de menos no tiene corazón”. Es probable que nadie excepto quien haya vivido bajo la dictadura del proletariado pueda asimilar in extenso las dos partes de ese enunciado (como es probable que nadie excepto quien haya vivido en la Rusia de Putin pueda percibir la sombra de su sarcasmo). Y aun así, entre las críticas y las admiraciones, e incluso entre las parodias irónicas de críticas y las parodias irónicas de admiraciones ‒como las que despierta Putin entre muchos populistas nacidos después de la extinción de la URSS con base ideológica permanente en Twitter‒, sin dudas acierta al ubicar al comunismo soviético en la esfera políticamente limitada de la nostalgia. Ese es el paso marcado por el tiempo ‒el comunismo de los soviéticos ya no es el mismo comunismo de los chinos, ni el comunismo dialoguista de los cubanos, ni el comunismo lisérgico de los norcoreanos‒, y también es el rumbo marcado por su clásico rival, el capitalismo.
 
Por su lado, la Ostalgie ‒el término alemán para la nostalgia de la vida en la Deutsche Demokratische Republik‒ dejó de ser hace ya bastante una curiosidad que los turistas atentos pueden descubrir incluso en esos semáforos berlineses donde el viejo Ampelmännchen indica cómo circular. De hecho, instituciones privadas como el DDR Museum permite desde 2006 recorrer por cuatro euros ‒y en dos amplias salas desde 2010, gracias al éxito de la primera‒ una exhibición permanente con ropa, vehículos, arquitectura, arte y los más variados objetos cotidianos de la vida comunista ‒sala de interrogatorios de la Stasi incluida‒, dispuestos tal como se veían y funcionaban en la época del Politburó (aunque, por supuesto, en este punto el observador argentino podría percibir que la historia del comunismo y la historia del capitalismo entran en el vórtex sensual de la periferia: un living en cualquier Plattenbau de los años setenta no tiene casi nada que envidiar a un living de los años alfonsinistas, y en tal caso aquel chiste socialista que decía que “todo es accesible pero no siempre, y no en todos lados y, con certeza, no cuando vaya a necesitarlo” podría disputarse entre viejos comunistas rusos y viejos radicales argentinos con buen humor).
 
¿Pero cuál es el sentido profundo de la Ostalgie, y por qué irradia en realidad más que los ecos de una batalla entre ‒para decirlo como los ideólogos de aquella época‒ dos formas de vida distintas? Tal vez la clave esté ‒para terminar ahora con el comunismo‒ en Good Bye, Lenin! (Wolfgang Becker, 2003), una película sobre el frágil mundo de silencios, simulacros y falsedades de un hogar sin padre. Y esta cuestión, la cuestión del patriarcado y su crisis, es mucho más tangible y contemporánea que el estatus de cualquier método de distribución material. Nostálgico a su manera del socialismo eslavo, Slavoj Žižek describe el problema con precisión: “En lo que se concentra el psicoanálisis, lo que constituye su objeto de estudio predilecto, son las consecuencias inesperadas de la desintegración de las estructuras tradicionales que regulan la vida libidinal: el psicoanálisis procura entender por qué el debilitamiento de la autoridad patriarcal y la desestabilización de los roles sociales y sexuales genera nuevas angustias y no da paso a un Brave New World”.
 
II.
¿No es este el verdadero cambio de planteamiento a través del cual percibimos el mundo y nos relacionamos con él? ¿No ilumina adecuadamente nuestro aparente mundo pospatriarcal del presente ‒tolerante y horizontalista, contemplativo e inclusivo‒ el sentido de toda esa añoranza? Autoritario y totalitario, saturniano en la línea filicida de Francisco de Goya, el comunismo cumplió para millones ‒como para la delatora compulsiva Nikolaenko, una bolchevique responsable de más de ocho mil muertes por supuesta traición contra el Partido‒ el rol protector, proveedor y previsor de un padre ‒“un Padre de grandiosa envergadura”, como Dios en El malestar en la cultura‒, un padre cuya posterior ausencia no desencadenó necesariamente felicidad. ¿Pero es un mal padre preferible a ningún padre? O, para volver al tema, ¿es preferible extrañar las previsiones y las seguridades del pasado antes que planificar y construir certezas en el presente? Con toda seguridad, la única posición inútil es la posición neutral.

Cuando la nostalgia por el pasado tiene menos de estupidez hípster o fetichismo comercial que de manía ‒¿y no es la acumulación compulsiva o hoarding una forma de nostalgia omnicomprensiva?‒, lo regresivo no tarda mucho en volverse reaccionario, algo que a su vez no tarda casi nada en volverse ridículo. Determinados usos cotidianos de la tecnología digital pueden ser interesantes al respecto. El más interesante, el más nostálgico y ridículo, es precisamente el uso que se las arregla para prescindir de la tecnología digital (y tal vez los veganos no influyan en el aumento del precio de ciertas verduras, pero los neoluditas sí son culpables de que un Nokia 1100, un teléfono que lleva siete años fuera de producción, cueste hasta seiscientos pesos en Mercado Libre). ¿A salvo de exactamente qué queda alguien que decide rechazar las posibilidades cada vez más urgentes del mercado tecnológico? Pero antes, otra pregunta: ¿de qué hablamos cuando hablamos de tecnología? Para distinguir entre los vendedores de licuadoras de Frávega o los publicistas de Apple en Twitter: la tecnología no se trata de equipos físicos ni redes sociales ‒los menonitas también hacen precisiones: no están en contra de cualquier tecnología, sino nada más que de la que se inventó después del siglo XVII‒, y ni siquiera de máquinas, sino de una actitud esencial ‒que Heidegger llamaba Gestell‒ hacia la realidad que asumimos cuando nos involucramos en las actividades de la tecnología. La tecnología, por lo tanto, es un marco para la realidad. Y en los últimos años la idea de que esa realidad redujo a los hombres nada más que a objetos que manipulan tecnología ‒con las consecuentes fantasías de extinción y afasia vinculadas a esa idea, el miedo a un mundo de hikikomoris‒ provocó distintas tecnofobias.
 
Es otra vez Žižek el que explica la relación engañosa entre lo que parece una resistencia espiritual a la tecnología y lo que termina funcionando como una colaboración con la peor parte de su lógica mercantil, y lo hace cuando analiza la moda del budismo. Ante el shock del futuro que impone el desarrollo tecnológico y los cambios sociales que lo acompañan ‒¿quién no se sintió algo harto de esos raids verbales sobre los últimos smartphones que se vomitan sobre cualquier mesa familiar; quién no sintió la fatiga de reemplazar un dispositivo al que recién terminaba de acostumbrarse?‒, “el recurso al taoísmo o al budismo proporciona una salida que da mejores resultados que las huidas desesperadas a las viejas tradiciones: en lugar de intentar lidiar con el ritmo acelerado del progreso tecnológico y social ‒escribe Žižek en Acontecimiento‒, mejor sería que renunciáramos a esforzarnos por mantener el control sobre lo que sucede, rechazándolo por tratarse de la expresión de la lógica moderna de la dominación”. Esa posición escapista ante la época ‒una época postpatriarcal sin recorridos preestablecidos, sin pautas rígidas, sin jerarquías de valor que separen lo necesario de lo trivial‒ es, por supuesto, “el complemento ideológico perfecto del capitalismo”.
 
III.
En tal caso, no es casual que la Ostalgie sea también una categoría de comercialización de productos con más de 25.000 ítems distintos en eBay (un cochecito para bebé al estilo de la DDR, con babero comunista y todo, puede comprarse por 750 euros). Pero mientras la voluntad nostálgica de vivir en el pasado en un tándem de adoración emotiva y provecho comercial hace latir la última vena no del todo necrotizada del espectro paternal de la URSS, la pregunta final podría ser acerca de ese corazón al que se refiere Putin cuando habla del comunismo. Julius Groucho Marx decía que no tenía sentido preocuparse por la posteridad ‒“¿qué ha hecho la posteridad por mí?”‒ así que, ¿qué hizo el pasado por el corazón? En principio, lo que hizo fue simple: avanzar hacia el presente. “Ahora todos somos feministas”, escribe Steven Pinker en su colosal Los ángeles que llevamos dentro, un ensayo sobre el declive de la violencia y sus implicancias. “El punto de vista por defecto de la cultura occidental es cada vez más unisex. La universalización de la perspectiva del ciudadano genérico, impulsada por la analogía y la razón, fue un instrumento de progreso moral durante la revolución humanitaria del siglo XVIII y reanudó ese impulso en las revoluciones por los derechos del siglo XX”.
 
Esa es una parte del asunto; una ante la que nadie sensato podría pronunciarse en contra sin defender con cuidado los progresos de la fraternidad, la libertad y la igualdad, ¿pero qué hay del también libre, desprolijo y no siempre tranquilizador ‒y casi nunca igualitario‒ intercambio de atracciones entre quienes son diferentes? ¿Y si en un mundo de igualdades compulsivas y libertades obligatorias los corazones empezaran a sentirse algo aburridos o incapaces de gozar? Puede que ahí exista una angustia libidinal buscando en ese más allá de la nostalgia algún placebo que sustituya la dicha perdida de aquel tiempo no tan lejano de poderes opresivos y vidas manipuladas bajo leyes de vida o muerte. Basta mirar en los teléfonos del presente: no es casualidad que en una sociedad cada vez menos masculina y cada vez menos femenina ‒una sociedad cada vez más unisex‒ aplicaciones digitales como Nipple, Spreasheets o Lovely sean las que terminen equiparando la sexualidad humana con una performance algorítmica. La propuesta de cualquiera de estas aplicaciones es recolectar información sexual ‒frecuencia, duración, consumo energético, incluso decibeles‒ para mejorar el desempeño sexual del futuro.
 
Como toda propuesta cuantitativa, pasa por alto el complejo problema asimétrico del placer, por lo que las parejas que buscan incrementar la frecuencia, la duración o la velocidad de sus relaciones sexuales podrían encontrar que concentrarse en llegar a destino antes que en el viaje hace difícil llegar a cualquier lugar feliz. Basta imaginar ahora a una pareja joven recién instalada en un DDR-Design-Hotel como los que se ofrecen por treinta euros la noche en Berlín, que después de acomodar su ropa en el Karat de rigor brindara con las copas desabridas de los viejos camaradas socialistas frente a un empapelado de horribles figuras geométricas. Ya en clima, él podría invitarla a ella a pasar a la Zimmer, donde estarían más cómodos, movería rápido las frías sábanas del Bett y, como un buen hombre de la vieja era patriarcal, procedería sin más preámbulos a inculcar en su amada ein bißchen marxistische Liebe. Pero entonces ella podría decir que está demasiado cansada, o que le duele la cabeza, o que simplemente no tiene ganas, y todas esas elaboradas fantasías del tiempo y el espacio a su alrededor, por detalladas que fueran, se derrumbarían ante el presente. Porque el comprensivo hombre del siglo XXI y del libre mercado triunfante y global solo tiene permitido tolerar. Así que se daría vuelta para soñar con lo que no tiene, como un buen capitalista.