Tema del Mes

OCTUBRE 2015

Kabul canta y baila

17 / 10 / 2015 - Por Fernando García

Si en un formato a lo “American Idol”, de pronto, la población se convierte en un reservorio artístico que la televisión convoca como si se tratara de un llamado de reservistas a la guerra, en medio de la guerra real, la práctica del voto y la supervivencia del canto se vuelven reservorio y resistencia de los valores cívicos.

Mirar cantantes aficionados seleccionados en un casting por televisión y mandar un mensaje de texto para dejarlos dentro o fuera de la competencia se ha convertido en una coreografía recurrente de los home theater (la casa como proscenio) occidentales. Los reality shows de talentos desplazaron en la tevé a la cinta sinfín de MTV (que tuvo que readaptarse como laboratorio de realities absurdos) y al show ómnibus con número musical. En este empoderamiento del cantante amateur, la industria del entretenimiento y la tecnología de la comunicación jugaron fuerte sus fichas. De pronto, toda la población de las grandes metrópolis se convierte en un reservorio artístico que la televisión convoca como si se tratara de un llamado de reservistas a la guerra. Cada uno de los que saltean su rutina para ponerse a prueba se convierte en un potencial nuevo artista a la espera de un concurso en clave de comedia de la supervivencia, un premio económico y, sobre todo, la promesa efímera del ciclo vital de la fama: contrato discográfico, cámaras, el show consagratorio. Cada tanto, en efecto, nace una estrella. El carismático David Bisbal, en España; la inesperada mezzosoprano Susan Boyle en Reino Unido. La mayoría de la población que queda del otro lado no juega un rol exactamente pasivo. No tanto por aportar al rating de la cadena en cuestión sino porque en tanto usuarios de telefonía móvil se resignifican como un apéndice del jurado de notables que hace su parte en la comedia de supervivencia. Al decidir la continuidad o eliminación de los participantes vía sms, los usuarios hacen del celular una urna y cada sms-voto ensancha la facturación del operador. El reality show deviene así espectáculo total de su tiempo o espectaculariza el tiempo contemporáneo. Aquella insistencia en la estética del zapping (tour de force en los cabildeos sobre el posmodernismo) de los estudios culturales ha envejecido muy pronto. No es el control remoto el que hace soberano al televidente sino su smartphone.
En el mismo año 2009 que el show Britain’s Got Talent consagró a la escocesa Susan Boyle, arquetipo de la mujer sufrida redimida por una voz que la televisión estaba esperando, otra británica, más joven, documentalista, Havana Marking se instalaba con su equipo en Kabul, Afganistán, para dejar registro de la fenomenal experiencia de Afghan Stars, el show de talentos aficionados que llevaba entonces cuatro ediciones y que transformaba las condiciones del formato (casting, jurado, rondas eliminatorias, voto por sms) en una herramienta revolucionaria. Cantar, elegir, votar. Lo que en Britain’s got talent, American Idol o La Voz podía resultar una ingeniería del entretenimiento sospechada por la intelligentsia en la franquicia remota y pirata de Kabul brillaba casi como un llamamiento a la desobediencia civil.
La primera escena del documental de Havana Marking es una fotografía tan perfecta como el rostro bíblico de Sharbat Gula por Steve Mc Curry para National Geographic.
Dos chicos harapientos cargan bolsas y corren agitados por un camino polvoriento cuyo horizonte no es más que un campo yermo, desértico, milenario. Contrariamente a lo que el observador imagina, no huyen. Por el contrario, están llegando tarde. Están llegando tarde para ver la final de Afghan Stars que consagrará a Rafi, un joven de 19 años de Mazar e Sharif. Repasemos la historia reciente de Mazar e Sharif. Durante la ocupación soviética (1978-1990), fue la base desde donde el Ejército Rojo lanzaba sus aviones contra los muyahidines afganos. En 1997 los talibanes fracasaron en su primer intento de tomar la ciudad y fueron resistidos por los chiítas. En agosto de 1998, regresaron para vengarse. Durante seis días y seis noches se dedicaron a masacrar a la población local de la etnia hazara.
Hameed, otro finalista de Afghan Stars 2009 es hazara, tenía entonces ocho años y sobrevivió para cantarlo.
Sobrevivir para cantarlo quiere decir exactamente eso aquí y no funciona como una imagen textual. El enorme éxito de un formato moldeado de acuerdo a las urgencias del entramado capitalista en un país árabe regresado de los pelos al medioevo está sustentado justamente en la supervivencia de una memoria musical de casi dieciséis siglos. Entre 1996 y 2001 el régimen talibán que tomó el control de Afganistán prohibió, entre otras cosas, la música. Los mujaidines que los precedieron la consideraban sacrílega.
En el seguimiento que el equipo de Havana Marking hace de los participantes se descubren melodías tan ocultas como los rostros invisibilizados por la burka. Fuera del control talibán, puertas adentro, la música persistió. Y sobre todo el canto, una manera de contar otro tiempo de Afganistán que no sea el contemporáneo estigmatizado por una tribalización sin límites.      
El mismo día que Marking filmó a esos mocosos harapientos había once millones de afganos de todas las etnias rebuscándoselas para encontrar un televisor que sintonice la señal de Tolo TV, el canal que importó sin autorización el formato. Once millones es la tercera parte del país: muchísimo.
Pensemos en esas publicidades inflamadas de nacionalismo que vuelven ad eternum con cada competencia mayor de la Selección Argentina. Esterotipos de familias, asados perfectos de amigos, goles gritados en la soledad de una torre de departamentos con la luminiscencia de un televisor como fuente aurática. La cámara de Marking arma un mosaico similar pero tomado de la vida real y de la vida real de un país que interrumpió su desarrollo abruptamente para iniciar un descenso espiralado a las catacumbas. Al punto que la geopolítica militar pos 11-S lo homologó a una gran cueva: Afganistán, la cueva de Osama.
En la película de Marking se ven familias ensimismadas frente al televisor, sobre todo en Kabul, pero fuera de las ciudades hay imágenes que yuxtaponen la arquitectura tribal con pequeños televisores que ofician de altar electrónico. Por dentro y fuera de los límites de una carpa que hace las veces de café se arremolinan niños y hombres tratando de ver el programa. Las imágenes llegan difusas, la señal de Tolo TV se pierde en el desierto.
La dimensión política del concurso de talentos no está circunscripta a liberar las voces oprimidas del canto afgano sino que la historia del país transforma a este formato global en la primera votación pública desde que se eligieron miembros para el parlamento en 1965 durante la monarquía liberal de Zahir Shah.
Como Rafi y Hameed, cada uno de los finalistas de Afghan Stars que es seguido por el documental carga con una porción de la historia reciente del país.
Setara, una participante de Herat de 21 años podría verse en el futuro como una heroína del feminismo y las libertades civiles. Si bien la constitución de 2006 flexibilizó el rigor de la ley talibán, los matrimonios forzados y el desprecio a las mujeres seguían (para 2009) y siguen siendo moneda corriente. Esta chica despunta entre los dos mil aspirantes al show por su estilo occidental, maquillaje y baile inspirado en las películas de Bollywood. El gran escándalo sobreviene cuando en una de las semifinales la chica deja caer el pañuelo que cubre su rostro. Si no fuera por las dramáticas coordenadas afganas se diría que su gesto equivale a la noche que Michael Jackson hizo el moonwalk en directo para treinta millones de televidentes en el 25 aniversario del sello Motown.
Pero nadie amenazó de muerte a Jackson por estrenar un paso de baile que automatizaba los movimientos de Cab Calloway y James Brown. A Setara, en cambio, le esperaba el repudio público (los testimonios captados por Marking piden que se le aplique todo el peso de la sharia), amenazas reales de muerte y un virtual paso a la clandestinidad en el que los documentalistas se vuelven tan cómplices como garantes de su vida.  
Cinco años después del rodaje de Havana Marking, Afghan Stars sigue siendo el show más popular del país y Afganistán, tras la intervención de la coalición liderada por Estados Unidos, sigue deshaciéndose en una guerra civil que no consigue apagarse. En tanto, la práctica del voto y la supervivencia del canto quedan en manos de un reality de talentos que en ese contexto adquiere el espesor de una institución. La única capaz de reponer ciertas virtudes cívicas entre las milenarias tribus del lugar.