Tema del Mes

OCTUBRE 2015

El retorno de los Puccio: de Pablo Trapero a Luis Ortega

25 / 10 / 2015 - Por Emanuel Rivero, Federica Torres y Rafael Bea

Una nueva contribución de los tres críticos de cine, que en esta oportunidad dialogan sobre las versiones del clan Puccio, para cine y para tevé. De qué modo el imaginario de una familia siniestra es usado para recrear desde el presente el clima violento de la dictadura y cómo los directores se mueven entre la búsqueda de fidelidad histórica o el uso retórico de anacronismos como el sexo o el rock nacional, son algunas de sus preguntas.

“Consideré que podríamos elegir un ramo más importante que el de una rotisería...”
Arquímedes Puccio




Emanuel: El clan de Pablo Trapero es una película de fin de ciclo.

Rafael: ¿Cómo es eso?

Emanuel: Si con Mundo grúa y El bonaerense, Trapero dio una visión de los años noventa; con El clan entrega una visión diferente de la construcción del pasado que se hizo en esta última década. No es casual que en la primera escena aparezca Alfonsín y la lucha por los derechos humanos que desembocó en el Juicio a las Juntas. La escena que elige Trapero es la de los testimonios de la CONADEP: es un momento fundacional en el que se termina con el negacionismo. De no haber existido toda esa lucha de los organismos de derechos humanos con el apoyo del nuevo gobierno, el negacionismo sería hoy nuestra realidad (algo que hubiese pasado, como todos saben, si ganaba el peronismo en 1983). La negación que sostuvo a los Puccio (y a todos sus amigos que creían en su inocencia pese a las pruebas) fue la que funcionó durante la dictadura y la que de alguna manera nos sigue traumando. La ceguera autoinducida de los Puccio nos toca a todos: ¿cómo puede que eso haya sucedido? ¿Cómo puede ser que la familia más normal, en uno de los barrios más adinerados, haya secuestrado a amigos y conocidos para conseguir dinero en el sótano de su casa?

Federica: ¿Y por qué eso sería un fin de ciclo?

Emanuel: En El clan, Trapero focaliza el periodo en el que la lucha por los derechos humanos y la memoria histórica fue más dramática y heroica. El clan, del que no sólo forma parte la familia Puccio sino también las autoridades militares y personajes siniestros como Aníbal Gordon, se ilusiona con que el mal trago de la democracia va a pasar y que ellos finalmente van a ser absueltos. Pero lo que sucede, en cambio, es que los espera la ley y un juez –interpretado por Gabo Correa– que es uno de los personajes más simpáticos del film. A diferencia del populismo que pretende haber refundado el país después de la crisis con la primacía de la política, el periodo de Alfonsín surge como una fundación democrática con bases jurídicas. Si tenemos que buscar la épica, hay que ir a ese periodo.

Rafael: No sé si puede decirse que en términos cinematográficos esta película es tan diferente a lo que Trapero venía haciendo anteriormente. Por suerte los caminos de la pornomiseria globalizada que había tomado Elefante blanco en la senda de Ciudad de Dios y Slumdog millionaire, fueron abandonados. De todos modos, El clan, como me dijo Patricio Fontana, sigue con uno de los temas más presentes en el cine de Trapero: la familia. Tal vez el cambio más fuerte esté en la representación de la violencia que, en el film, está atenuada por el uso de la música y cierto pudor, algo que no pasaba en las películas anteriores. Lo que no quiere perder Trapero es el clima de normalidad que siempre acompañó a la historia y que nos hace preguntarnos sobre qué es la normalidad.

Emanuel: Tema delicado: la historia de los Puccio no solo nos enfrenta a los años de la dictadura, a la pregunta sobre cuál es la relación de nuestra sociedad con esa familia, sino también a nuestra relación con la actualidad.

Federica: Eso que dice Emanuel se ve claramente en Historia de un clan, que emite Telefe, producido por Sebastián Ortega y dirigido por Luis Ortega. No hay que pensar cuál de los retratos es más real, cuál se aproxima más a las cosas como fueron, sino de qué modo imagina cada uno esa historia. Está claro que a Ortega no le interesa como a Trapero la fidelidad histórica: los taxis aparecen con el número de licencia en la puerta algo que es muy posterior, o que una familia de esa época baile al ritmo de “Demolición” del grupo protopunk peruano Los Saicos.

Rafael: Trapero en cambio se preocupó por todo: desde que las calles no tengan rejas de seguridad (algo que modifica el paisaje urbano recién en los noventa) a los telefónicos públicos anaranjados, con la diferencia de que todos funcionan bien. Lo mismo con el look de los actores. La película, desde ya, se merece por lo menos un Oscar a las mejores patillas postizas. Los Ortega, en cambio, no quieren atarse a ninguna fidelidad y son muy claros en su idea de que se trata de una mirada desde el presente.

Federica: Sí, El clan de Trapero es más cuidada en la reconstrucción histórica: Puccio es básicamente un buen soldado del Estado terrorista que traslada prácticas clandestinas de la dictadura (cuando el apoyo estatal estaba garantizado) a la democracia (cuando ese apoyo tambalea). La casa de los Puccio es, en la película de Trapero, la Argentina del Proceso. Sin necesidad de caer en la alegoría, podemos pensarla como una casa de doble entrada, un espacio en el que conviven una vida cotidiana normal y una monstruosa vida clandestina. Una familia como cualquier otra. Los Puccio de Ortega son mucho más salvajes. Ya desde la primera escena en el baño, los rugbiers se muestran muy hot y después no solo hay un clima de incesto sugerido sino que hay un cunnilingus (vulgo: sexo oral) que Alejandro (un Chino Darín que en ningún momento deja de mostrar sus músculos) le realiza a su novia. Los personajes toman cocaína, hacen sesiones de masajes, salen a navegar. En una palabra: viven la vida loca. El padre es un perverso, un cínico que no deja de dar lecciones sobre la vida (cita nada menos que a Yukio Mishima) y también está fijado con el sexo, como todos (hasta la monja hace chistes procaces de doble sentido y se besa con la hija mayor). La operación que la dictadura realizó sobre el sexo para sofocarlo, no está presente. La idea de esa familia es típica de lo que podemos imaginar de la clase alta: son unos hijos de puta pero la pasan bárbaro. La descripción oculta una idealización y una libido incontenible que se traduciría, entre otras cosas, en los secuestros.

Emanuel: La visión de Trapero es más arendtiana: Puccio es un personaje sin aliento trágico, aunque sea inteligente, se trata de un pobre tipo que sólo quiere mantener su negocio y que no puede comunicarse con sus hijos. En Ortega, muy por el contrario, es un perverso que no deja de dar consejos entre cínicos e inteligentes y que está lleno de vitalidad: habla todo el tiempo de sexo así como lo hace toda su familia con escenas que van del incesto al porno-soft. Los Puccio de Ortega dan envidia: en esa época, según me contó mi mamá, había una represión brutal en relación con el sexo. Pero para estos tipos no es así: la hija menor de los Puccio que tenía en esa época 10 años (13 cuando la familia fue atrapada), es en la serie televisiva una bomba sensual, interpretada por Rita Pauls, que hasta coquetea con los integrantes del grupo de tareas. Me pregunto qué necesidad tienen los Ortega de presentar así a la familia: ¿es un espíritu transgresor, un afán comercial o una nueva modulación en la idealización de la violencia de esos años? Puede ser que el formato televisivo determine las elecciones narrativas de la serie y consideradas desde este punto de vista algunas no dejan de ser divertidas: la monjita que reza con pasión como con pasión peca, es como si fuera la protagonista de Esperanza mía que, al terminar su trabajo, se mudó de canal.

Federica: Pero algo similar sucede con Trapero y eso me inquieta: en el cine de Trapero todos cogen bien, muy bien te diría. Podés ser cana, carancho o secuestrador, pero en la cama los tipos son unos capos. Hasta el cura, en Elefante blanco, tiene una escena hot con camisas que se abren y cuerpos transpirados. Está bien que el cine argentino era parco, cuando no mojigato en las escenas de sexo y si había una –cuando la había– generalmente se hacía con velas y entre sábanas. Y Trapero es muy bueno en las escenas eróticas. ¿Pero qué necesidad tenía de mostrar a Alejandro Puccio cogiendo en un auto con su novia? (otro detalle que, como mujer, no puede dejar de lado: tanto Trapero como Ortega en las escenas sexuales se centran de modo casi dominante en los rostros femeninos –en primeros planos muy íntimos– como si lo fundamental fuera demostrar que uno puede hacer gozar a una zorrita: un verdadero canto al falo en su instante crepuscular).

Rafael: Yo creo que el impacto del caso Puccio tuvo mucho que ver con poner al desnudo lo que se llamaba “normalidad” en la época de la dictadura y en evidenciar uno de los aspectos centrales de la represión: la disolución de los límites que separan al Estado de la vida privada. Ya lo había visto proféticamente Charly García cuando eligió para la tapa de Películas, disco de La Máquina de hacer pájaros hecho en 1977, la última película de Alfred Hitchcock: Trama macabra. Trama macabra no sólo hacía referencia a lo que estaba pasando en el país sino que anacrónicamente podría ser vista como una película relacionada con los Puccio: en el último film del maestro, se cuenta la historia de una pareja que encierra a sus secuestrados en el sótano de la casa. Es gracioso que tanto Trapero como Ortega recurran a las canciones de Charly para situar las películas.

Federica: Ambas piensan al Clan Puccio con el rock nacional pero el rock en ese entonces era una subcultura. Se dice a menudo que con Malvinas el rock adquirió carta de ciudadanía nacional pero igual eso fue muy paulatino. Charly se resistió bastante: en Yendo de la cama al living dice que los chicos, en plena época de Malvinas, están en los caños escuchando Sandinista! de The Clash. Y en 1983 saca un disco nada menos que con el nombre de Clics modernos. Mi papá me contó que había mucha gente que lo criticaba por el título y por la tapa (donde aparecía el título en inglés). Los chetos de San Isidro escuchaban los Bee Gees, Supertramp, el Genesis de Phil Collins y bailaban con Alejandro Pont-Lezica y Banana Pueyrredón.

Rafael: No te creas. Yo nací en Olivos, y mi papá que jugaba al rugby en Alumni me dijo que los del CASI eran conocidos por su patoterismo. Además de que en San Isidro está una de las villas más grandes, en San Isidro se mezclaban bastante familias tradiciones, nuevos ricos y arribistas con pretensiones como los Puccio que querían ascender socialmente: y tenían la suerte de que el hijo era un ídolo del rugby. Además Alejandro era un winner, tocaba la guitarra y cuando fue lo de Malvinas sólo se pasaba por las radios música en castellano así que no sería nada raro que en las reuniones en la Iglesia se descolgara con un “Rasguña las piedras” o “El Oso”.

Federica: Puede ser pero yo me refería más a que el rock no tenía una traducción crítica, los que interpretaban la realidad no usaban el rock, pese a que hoy sabemos que fue una de las lecturas más originales y mordaces del periodo. Hoy es la música más popular y conocida, pero entonces no lo era, como lo muestra una cita de la novela Respiración artificial de Ricardo Piglia: “La grasa de las capitales ya no se banca más ¿Spinetta? dixit”. Piglia, que según me contó Abel Gilbert, era amigo de Spinetta, es acá irónico y nunca que yo sepa se refirió en un ensayo a esta relación, así como tampoco lo hizo David Viñas que recibía visitas diarias de Charly antes de que éste compusiera Pequeñas anécdotas sobre las instituciones. La cultura estaba más tabicada o compartimentada: podías no saber bien quién era Charly García. Pero en la serie de Ortega no es así: no sólo se enfiestaban de lo lindo sino que escuchaban una música que prácticamente no estaba en los medios masivos (o que comienza a aparecer poco en la década del ochenta en la televisión). En fin, la de Ortega tiene demasiado glamour para mis gustos proletarios.

Emanuel: Bueno, no te hagas la obrera que te acabas de ganar una beca.

Federica: Te demostraré que el dinero no puede comprar mi amor, y seré tan combativa, con beca o sin beca.

Emanuel: Hay que agregar otro elemento a la idea de El clan como fin de ciclo: la imagen de Perón. En un momento hay un paneo por el escritorio de Puccio y ahí se ve una foto del General Perón entre otros recuerdos. No hay que olvidar que Puccio fue un funcionario de carrera en el cuerpo diplomático durante el peronismo y después participó activamente como militante durante el retorno de Perón. La revista digital Hacerse la crítica se queja de que eso puede dar lugar a confusiones, pero la confusión no es de Trapero sino del peronismo. Y está muy bueno que la película lo ponga de relieve porque toca en el centro del origen del ciclo de violencia que vivió nuestro país en los setenta y que hay que pensar una y otra vez.

Rafael: Ortega carece de la historicidad de Trapero, opera con un sistema de retazos y la mención al gobierno de la dictadura pasa principalmente por el personaje del Coronel que interpreta Tristán. Ver Puccio. Historia de un clan en el televisor de tu casa tiene un efecto estremecedor, perturbador, casi intolerable (otra vez un uso intensivo del formato televisivo). Los raptores, para comunicarse con sus prisioneros, utilizan máscaras de látex que reproducen los rostros de Perón, Gardel, Menotti, Videla y Evita. Son figuras físicas siniestras que evocan a personajes públicos pero sin gestos. Esas máscaras de látex impertérritas logran el siniestro freudiano que es el eje de su puesta en escena de la serie de Ortega. Pero va más lejos porque esos personajes sonrientes son las máscaras que usamos, una noción de identidad a la que no resistimos pero que no deja de ser más real que otras que usamos habitualmente: ¿para qué no ha sido usada la máscara de Perón con su sonrisa eterna?