Tema del Mes

NOVIEMBRE 2015

Nuestras divisiones inferiores: Pekerman o la metáfora sojera

01 / 11 / 2015 - Por Alejandro Marinelli

La idea de la cantera ilimitada nos entusiasma porque en el fondo nos relaja. Nos convence de que de nuestro suelo saldrán siempre esos brotes que se exportarán sin dificultades. Pero la metáfora sojera enseña que el cultivo a destajo, sin cuidado del terreno, lo único que hace es disminuir la calidad del grano y que en pocos años nadie cosechará nada de donde ahora salen enormes riquezas.

Por altaneros, caprichosos o negadores, siempre nos gustó medirnos con los mejores. Hace poco, el año pasado, fue en la final del Mundial contra Alemania. La inspiración desorganizada contra la estructura y la previsión. Algo de broma, algo de verdad, pero disfrutamos eso de mirarnos de reojo. Habría que verlo mejor, pero si en serio nos permitiésemos algún parangón con nuestros rivales del 13 de julio de 2104 correspondería mirar primero hacia la gestación. Hacia esa etapa en la cual los futbolistas comienzan a hacerse. Los propios germanos explicaron que a su organización pulida le agregaron frescura en el juego, que abandonaron su fútbol de siempre para copiar un estilo que a nosotros nos resulta más familiar, con la pelota al pie, pases precisos, juego asociado y mucha tenencia de la pelota. Pues bien, sin ruborizarse, ellos tomaron lo mejor de nosotros y lo incorporaron. ¿Podría nuestro fútbol tomar lo mejor de ellos?
El último campeón del mundo fue forjado en la enorme estructura de formación creada por la Federación Alemana de Fútbol. Los jugadores de Joachim Low pasaron antes por las academias juveniles de los equipos de la Bundesliga. Desde los nueve años, los pequeños dejan de comer frankfurters para alimentarse mejor, tienen entrenamientos físicos programados, un cuerpo médico que los supervisa y un profesor de grado que es tan o más importante que el técnico. Como no todos cuentan los mismos euros que el Bayern Munich, el organismo que dirige el fútbol alemán creó un fondo común al que aportan todos los clubes y que financia las actividades y la infraestructura de los equipos más chicos. En definitiva, una planificación de casi 15 años que dio el mayor de los frutos: un título mundial.
En ese encantador juego de las comparaciones, que tanto gusta en nuestras tierras, se podría decir que nuestra organización local está lejos del milagro alemán, de su potencia económica y de una innumerable cantidad de variables. Todo es verdad, pero a pesar de esa distancia, en el Maracaná estuvimos más veces frente a su arquero que ellos frente al nuestro y quedamos empatados en los 90 minutos.
Las ganas de pensar que nuestro talento subsana los errores que se cometieron nos atrae tanto que nos sentamos a esperar esa genialidad que al final no alcanza. Esta mirada caprichosa es quizás la razón por la cual, a pesar de que estuvimos tan cerca, también en el fondo nos mantenemos bastante lejos.
Antes de que el equipo de Alejandro Sabella le ganara en el Mundial a Bélgica en los cuartos de final, las discusiones en los bares argentinos giraban sobre cinco o seis tópicos: no tenemos arquero, los centrales son un colador, nos faltan laterales, Javier Mascherano no tiene recambio, el último diez es Román y Messi se formó afuera. En los dos partidos siguientes fuimos los mejores del planeta y, tras el bendito gol alemán en el suplementario, retomamos nuestra impiadosa autoobservación que nunca nos entrega buenas conclusiones.
“Las selecciones juveniles alemanas juegan todas igual desde el Sub 15 hasta la mayor. Es sólo subir escalones, no hay trauma. Lo más natural del mundo es llegar a la categoría superior y reemplazar al que juega en tu puesto. Otro tanto pasa en los clubes, los chicos de las inferiores juegan muy parecido al primer equipo”, explica Gabriel Rinaldi, técnico de las divisiones formativas de Huracán, y agrega que en la Argentina no hay más de dos o tres equipos en que los chicos mantengan la misma línea que los profesionales. “Lanús, Newell’s y ponele, Vélez”, refuerza la idea. 
La inestabilidad del fútbol doméstico hace imposible que los proyectos del semillero se extiendan hacia arriba. En las tormentas -que aquí se tornan estado permanente-, las inferiores son las primeras en sufrir los sacudones. Las posibilidades de los chicos de meterse en el equipo de Primera en general son pocas y en crisis se reducen aún más. Recordemos al River que terminó en la B. Lo dirigieron Diego Simeone, Néstor Gorosito, Leonardo Astrada, Ángel Cappa y Juan José López. ¿Cómo se podía armar un proyecto para nutrir al primer equipo con técnicos tan diferentes? Así fue que en el equipo que descendió contra Belgrano en el Monumental jugaron Jonathan Maidana, Alexis Ferrero, Juan Manuel Díaz, Walter Acevedo, Carlos Arano, Mariano Pavone, Leandro Caruso y Fabián Bordagaray, ninguno formado en el club.
La proclamación del trabajo a largo plazo lo hacen todos los dirigentes, pero luego la urgencia se impone. “Acá el único proyecto es ganar con la Primera”, señala Rinaldi, que además asegura que, para la mayoría de los dirigentes, sus divisiones menores son un gasto que con gusto suprimirían. “Decime una dupla central exitosa con jugadores salidos del club”, desafía y para intentar la respuesta hay que remontarse a Fernando Gamboa y Mauricio Pochettino en el Newell’s del Loco Bielsa, a comienzo de la década de los años 90.   
Aunque pocos clubes lo puedan llevar adelante, la sustentabilidad del fútbol local está en el semillero. Con los costos de sueldos, primas, traslados y una buena cantidad de etcéteras, los planes de negocios de los clubes necesariamente deben contemplar un modelo exportador. Así lo fuimos y así lo seremos. Pero en el medio de cualquier intento de planificación -de vender un delantero o un volante cuando tengo un pibe que lo cubra- se filtra otra vez la inmediatez. “Si soy el técnico y me juego el puesto todos los domingos, prefiero ir a lo seguro y que el presidente me compre 28 jugadores. No tengo tiempo ni chances de esperar a los pibes. La gente te exige títulos y no que tengas los números en orden. Nadie va al Obelisco a festejar que el balance cerró en verde”, consulta otro coordinador de inferiores que tuvo que apagar incendios en la Primera.
Suena un tanto bipolar el diagnóstico pero tiene bastante de cierto. Lloramos porque los pibes no se quedan pero generamos todas las condiciones para que los chicos ni siquiera duden en quedarse un tiempo más en la Argentina. Tratar de que acá se sientan cómodos, contenidos y puedan completar sus procesos de crecimiento no parece una prioridad. “Antes nos moríamos por jugar en la Tercera del equipo del que éramos hinchas y ahora los chicos, prendidos fuego por los representantes e incluso por los padres, están pensando más en irse a Europa. Es como una bala de plata, si la pego me salvo y si no, por ahí tengo que laburar con mi viejo. En vez de pensar que es un largo trayecto que terminará al final de su carrera con un buen pasar, lo piensan a cara o cruz. Salvarse o nada. Eso también debilita cualquier proyecto colectivo”, analiza Ariel Wiktor, ex defensor de Independiente y Huracán en los años 80 y 90, y actual entrenador de los juveniles de Independiente.
A este debate hay quienes se acercan poniendo la lupa en los formadores y en los trabajos tácticos que les imponen a chicos en edad de jugar. A coordinadores como Jorge Theiler, que está en Newell’s, o Fernando Kuyumchoglu, en San Lorenzo, les interesa profundizar en lo lúdico como condimento irremplazable del aprendizaje. En esta corriente se cuestiona mucho de lo que se aprende en las escuelas de fútbol. “Gambetear es algo que hay que aprender, que no se puede enseñar. Es un acto de engaño. A un cono no se lo gambetea, se lo esquiva. A los chicos hay que dejarlos jugar. A veces las locuras de los grandes les complican los conceptos en momentos clave de su aprendizaje”, señala Rubén Rossi, coordinador de las inferiores de River en la época de Radamel Falcao y Gonzalo Higuaín. “Los torneos de AFA deberían premiar en serio a los que mejor juegan y así los técnicos se preocuparían por la formación del juego. Esa es la mejor herramienta pedagógica. Así ya no haríamos jugadores grises y obedientes”, redobla la apuesta Rossi y deja una frase de Carlos Peucelle, un gran maestro formador, para sostener su idea: “El del futbol es un futuro trabajo al que se llega jugando y se pierde si se empieza trabajando”.
¿Cómo es entonces que los jugadores argentinos se acomodan tan bien en la elite? Hay quienes arriesgan que las dificultades que se viven aquí endurecen a los chicos, algo que luego se valora mucho en el exterior. Un amigo periodista que vio de cerca la evolución de Messi en Barcelona decía que Leo era quien era en gran parte por su paso en las categorías menores de Newell’s. Es decir, que las limitaciones y las dificultades de los potreros en los que el 10 del Barcelona se forjó en Argentina definieron su juego en el momento en que los jugadores le dan forma a su plano más instintivo. “A España llegó para ver cómo se le solucionaban sus problemas. Creció unos cuantos centímetros con el tratamiento, corrió en canchas de pasto y le pusieron a un equipo de profesionales alrededor de él. Sólo tenía que jugar y eso ya lo había aprendido. Luego se perfeccionó. Pero Messi es Messi porque desde los 5 hasta los 13 años jugó como se juega acá: en desventaja”, aún me repica el comentario de mi amigo que, en diferentes umbrales, cabe para otros tantos jugadores que brillan en el extranjero. Nuestra desorganización nos inmuniza, ésa es la hipótesis.
La idea de la cantera ilimitada nos entusiasma porque en el fondo nos relaja. Nos convence de que de nuestro suelo saldrán siempre esos brotes que se exportarán sin dificultades. Pero la metáfora sojera enseña que el cultivo a destajo, sin cuidado del terreno, lo único que hace es disminuir la calidad del grano y que en pocos años nadie cosechará nada de donde ahora salen enormes riquezas (riquezas técnicas, en el caso de los jóvenes jugadores). Habría que imaginar qué sucedería si las estructuras del fútbol acompañaran los procesos y ayudaran a la maduración. O mejor hacer memoria.
En 1994, Mostaza Merlo dejaba los juveniles de la selección argentina. Los principales candidatos para el reemplazo eran Carlos Griguol y Bernardo Griffa, pero al final se impuso el proyecto de José Pekerman, que llegaba con pocos pergaminos, luego de haber dirigido las inferiores del Colo Colo chileno. Su llegada modificó la forma en que competían los juveniles. Los equipos de José fueron mucho de lo que algunos piden en estas líneas. Ayudaron a completar la formación de los jugadores, que no sólo iban al predio para las convocatorias, sino que además armaron una identidad, jugaron fútbol y fueron cinco veces los mejores del mundo. Encima, supieron alimentar a la Mayor: entre los 23 convocados del Mundial de Alemania 2006, cuando Pekerman dirigió a la Selección, 12 de los 23 convocados habían sido campeones del mundo en el Sub 20.
Quizás el debate que transcurrió durante este artículo termine y vuelva a empezar aquí, tratando de ver que podría pasar si se pone la organización en función de las virtudes de los jugadores. Sin imposiciones, dobleces ni trampas. Sólo poniendo las cosas en su lugar. Esa fórmula simple nos dio 12 años de buen sabor y ganas de ver jugar a los pibes. Lo tuvimos a la mano, lo sostuvo la seguidilla de éxitos y lo dejamos ir sin que nadie lo defendiera mucho. Mirar hacia adelante también a veces es mirar un poco hacia atrás. Es curioso, pero ahora que hicimos el repaso, ese proceso no suena tan diferente al actual modelo alemán.