Tema del Mes

NOVIEMBRE 2015

Albertina, o el tiempo recobrado

01 / 11 / 2015 - Por Leonor Arfuch

Toda obra de arte, y particularmente aquellas como la película “Los Rubios”, tiene para el público una cualidad conclusiva que no existe para su autor, cuya vida continúa urgida por los interrogantes que le dieron lugar. Albertina Carri, hoy una madre de mayor edad de la que tenían sus padres cuando desaparecieron, despliega en una singular instalación en el Parque de la Memoria los modos de interpelar las huellas de un duelo sin restos.

Al entrar a la sala PAyS el espacio se despliega en una blancura deslumbrante. Hay objetos dispuestos en el piso, que se ven indistintos desde el umbral. Hay cierta luz de otoño en un atardecer temprano. Antes, en el Parque, los árboles han crecido y dan un marco ondulante al Muro de los Nombres, esa cicatriz a cielo abierto donde la mirada se pierde en el río. Los nombres suelen convocar, una y otra vez, el rito del ¡Presente!, ese significante que desdice la estela de la desaparición y reitera la obstinación de la memoria. Y es precisamente ese significante, cuya grafía invade literalmente la pared del fondo de la sala, el que da la acogida a la exposición. Presentes ellos, los militantes, en el percutir vertiginoso de imágenes, palabras, sonidos y voces. Pero es también el presente del tiempo, aquel tiempo, este tiempo, que interpela en su propia enunciación.
La instalación audiovisual múltiple de Albertina Carri en el Parque de la Memoria se agolpa bajo un nombre: Operación fracaso y el sonido recobrado. Pero es también el tiempo recobrado, el momento llegado de poder decir, de las maneras que le son propias, el pasar imperioso de los años sobre aquello que nunca se olvida. Un pasar que le permite ahora, a mayor edad de la que tenían sus padres desaparecidos, buscar, pensar, rescatar, evocar, volver de otra manera. Ahora, como dice en el texto que inaugura el catálogo, cuando todavía no han aparecido sus restos ni se ha abierto el juicio por su desaparición. Ahora, cuando ser madre le permite un retorno acuciante sobre huellas que también esperaban su tiempo.
Si en Los rubios el intento de acercarse a los padres perdidos en la primera infancia tropezaba con la certeza de lo irrecuperable –ni siquiera en el recuerdo de los otros- hay aquí una proximidad que también deja ver sus extravíos -el cuerpo, el gesto, la voz, la mirada ¿quizás?– y es allí donde la artista trabaja, en una búsqueda afectiva, estética y política, interrogando materias –no simples materiales- donde la visualidad es el norte pero también la palabra, capaz de disputar con rebeldía, con impertinencia, o replegarse en suspensión, en el fluir sintomático de la (propia) voz. Es justamente la palabra –o mejor, la escritura- la que la lleva de vuelta al tiempo de los padres, el del joven sociólogo Roberto, autor de un libro emblemático para la acción revolucionaria –Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia–; el de la joven Ana María, profesora de literatura, cuyas cartas a sus hijas desde el cautiverio delinean, sin sombra de melancolía, una ética de la vida cotidiana o tal vez, de la vida, a secas.
Leer al padre con imágenes, podría ser un modo de definir Investigación del cuatrerismo, una de las instalaciones de la muestra, donde Albertina retoma el personaje de Isidro Velázquez, mítico cuatrero norteño, cuya épica, vista como una forma de insurrección popular, inspirara asimismo un film hoy perdido, trata infructuosamente de recuperar sus rastros, ensaya su propia película sobre el tema y finalmente el intento se revela imposible -Operación fracaso. Sin embargo, los tránsitos físicos por la geografía y la voracidad de la memoria inspiran lo que se ofrece ante los ojos: pistas, vestigios, fragmentos, huellas, en un montaje alucinatorio con otros restos fílmicos, que proyectan, en la simultaneidad de cinco pantallas y en una sala a oscuras, una visión irreverente de un tiempo dislocado –el de una revolución fallida– donde la vorágine visual adquiere su sentido en contrapunto con el texto de la autora –dicho por otra voz–, que expresa tanto una interrogación histórica con dejos de ironía y de humor, como la búsqueda –una vez más- de la raigambre familiar.
El trabajo con restos fílmicos pero ya fuera de proyección, en su inmovilidad, su borradura, el desgaste del tiempo, su devenir archivo, da forma escultórica a Cine puro, otra de las instalaciones, donde Albertina rinde homenaje a las viejas cintas que las tecnologías digitales han dejado en desuso, evocando, en la aglomeración caprichosa de una materia física que ofrece por sí misma una belleza visual, tanto la potencia y el misterio de imágenes que guardan para siempre su secreto como la idea de la pérdida, del resto, de lo que queda fuera del montaje, de lo que quizá fue desdeñado de la preservación. Homenaje al cine y a su labor de cineasta, rescate del archivo y su función capital en la memoria de un país y –quizá– una articulación metonímica con lo propio perdido, sin restos.
Si la lectura del padre se tradujo en imágenes, las cartas de la madre sólo podían encontrar cobijo en la voz de la hija. Y así llegan, en una sala a oscuras donde un circulo de luz sobre una tarima orlada por sus nombres –Ana /María– proyecta sin descanso la traza de la letra, desdibujada en su carácter sígnico, sólo aprehensible como rasgos de textura pictórica. Y la voz, en un fluir que evita las modulaciones, la acentuación particular que ese otro cuerpo ausente le hubiera dado –no otro cuidado se impone a la decisión de avanzar en terreno tan sensible– va marcando una cadencia de frases con puntos y comas –Punto impropio–, una grafía minuciosa que teje un diálogo entre madre e hijas en una proximidad del avatar cotidiano que no deja de sorprender dada su condición real. La madre militante pone a prueba su temple en atender, desde lo amenazante de su encierro sin futuro previsible, todos los aspectos de la crianza y de la educación, usos y costumbres, rutinas, celebración de cumpleaños, comidas, vestimentas, hábitos, lecturas…y en ese desgranar de textos literarios, con énfasis en lo que debe leer la más pequeña, podría quizá pensarse que en el nombre Albertina se encuentra ya la promesa de un tiempo recobrado y el eco que la lleva a indagar en la ficción, a pesar –o a través– de la autobiografía.
Porque, como he tratado de demostrar en otra parte, lo auto/biográfico ha rebasado hace tiempo los límites canónicos –biografías, autobiografías, memorias, correspondencias, historias de vida– para invadir múltiples géneros y registros, devenir mezcla, hibridación, novela biográfica, autoficción, de la literatura al cine –documental subjetivo–, de las artes visuales a los medios de comunicación y por cierto, a las redes sociales. Pero ese devenir no da certidumbre sobre sus efectos. Dicho de otro modo: el alejamiento del canon y la innúmera variante de los procedimientos no aseguran de por sí el resultado, no ya en términos de la improbable relación especular entre obra y vida sino en lo que la obra dice de la vida, aun en el esfuerzo –crítico– de la distancia. Es aquí donde la estética de Albertina, que ha marcado hitos al respecto, muestra otras facetas igualmente apreciables: cómo aproximarse, cómo franquear el umbral de intimidad para dialogar finalmente con la herencia, asomarse a la letra y la palabra perdidas –ese mundo fantasmático de la infancia– desde un hoy que se reafirma en el rechazo a la identificación lisa y llana, a la catarsis emocional o la solemnidad del homenaje. Pero el sonido recobrado, ese que vibra también en los viejos proyectores fílmicos que ahora se distinguen como otras instalaciones en el final –o el principio– de la exposición, habla de todo eso: del acervo familiar, del afecto, del homenaje, del dolor de la pérdida, del duelo –sin restos-, de los ríos de la memoria, que, según sus palabras, nunca se aquietan pese a que las aguas puedan variar su curso, su caudal o su intensidad.