Tema del Mes

NOVIEMBRE 2015

Memorias póstumas de Ernest Shackleton

14 / 11 / 2015 - Por Rosario Hubert

En el remapeo de intereses coloniales de la Primera Guerra Mundial ya no había lugar para E. Shackleton, el último héroe de las exploraciones antárticas. ¿Bajo qué condiciones este sobreviviente de los confines de un mundo que hoy tenemos a la mano en Google Earth se volvió significativo? Rosario Hubert indaga la supervivencia como modelo ecológico, archivístico y empresarial.

El de Shackleton fue un problema de timing. No solo se le adelantó el invierno polar y atrapó su barco en un banco de hielo hasta quebrarlo y hundirlo por completo en el mar de Weddell, sino que su mítica expedición Endurance (1914-1917) –la última de la Era Heroica de Exploración Antártica- apenas tuvo repercusiones en una Europa sacudida por la guerra.

Una desilusión. Además de poseer un altísima estima personal, Sir Ernest Henry Shackleton había saboreado las delicias de la gloria marítima de la Pax Britannica. Hacía tan solo unos años había desfilado por las calles de Londres y disertado por el mundo sobre el mapeo del punto más austral del planeta alcanzado con su expedición Nimrod (1907-1909). Le había dado a Inglaterra algo de ventaja en la carrera antártica que en 1912 perdería con la fatídica llegada al Polo Sur de Robert F. Scott –y el oprobio ante los noruegos que celebrarían a su precursor por tan solo unos días, Roald Amundsen. Los ingleses lo recompensaron: la prensa lo aclamó héroe nacional, la Royal Geographical Society le concedió una medalla de oro y Eduardo VII lo nombró caballero, un reconocimiento nada menor para un hijo de inmigrantes irlandeses muy sensible a las complicadas dinámicas de la geografía colonial.

Pero en 1917 el panorama era muy diferente. Endurance no había marcado ningún hito geográfico inmediato que pudiera sorprender a las sociedades científicas o al público general. De hecho, esta expedición que se había propuesto atravesar el continente de costa a costa no llegó siquiera a tocar tierra, ya que el barco quedó varado en el hielo flotando durante meses en dirección contraria. Además, la guerra estaba poniendo en jaque el propio territorio europeo y el interés por los testimonios de las trincheras del otro lado del Canal había opacado los remotos relatos de la Terra Incognita. Era el final de una era de expansión. Si Shackleton tenía algo para ofrecerle a una sociedad trastornada por las armas era la crónica de haber sobrevivido junto con todos sus hombres “la guerra blanca del Sur.” Pero tampoco. La escala del daño de las ametralladoras y el gas mostaza había naturalizado la figura del caído como ícono de patriotismo, y más que celebrar el regreso con vida de 28 tripulantes de una expedición estéril, el imaginario de héroes polares quedó dominado por Scott, congelado en su carpa a metros de la Union Jack flameando sobre el Polo Sur.

Shackleton recorrió toda Inglaterra dando conferencias en auditorios prácticamente vacíos. Le debía mucha plata a los patrocinadores de la expedición y hasta tuvo que cederle los derechos de su libro South (1919) a un acreedor, que, como es de suponer, no fueron suficientes. Lo mandaron a luchar al frente ártico dos meses antes del armisticio y se las arregló para que otro fanático de la exploración antártica le financiara un último viaje en 1921, Quest, al que llegó descuidado, borracho y agonizante. Finalmente murió en 1922 a los 47 años en la isla de South Georgia; melancólico por la indiferencia del público, pero sin jamás cuestionar su militante entrega a la exploración de los confines del sur.

La popularidad masiva por la que hoy se conoce a Shackleton empezó recién en 1959 con el bestseller del periodista estadounidense Alfred Lansing Endurance: Shackleton's Incredible Voyage. Este racconto de los diarios de viaje y entrevistas con los miembros de la expedición tuvo más de diez ediciones el año de su lanzamiento y viene saliendo ininterrumpidamente desde entonces (La prisión blanca. Barcelona, Mondadori: 1999; A incrível viagem de Shackleton. A mais extraordinária aventura de todos os tempos. Rio de Janeiro, Sextante: 2004). Tal vez con toda la superficie terrestre mapeada -y cada vez más al alcance de la mano con Google Earth- la noción misma de límite geográfico se lee desde otro lado y el hecho de que Shackleton y sus hombres se hayan salvado caminando por témpanos flotantes sin ningún contacto con la civilización durante casi dos años se vuelve el límite en sí mismo y, sobre todo, una elocuente metáfora de algo más. En los últimos diez años la cosa explotó. Ya no se trata solo de biografías o novelas de aventuras sino apropiaciones de la historia en todo tipo de soporte: comic, miniserie, libro de autoayuda, cuento infantil, pieza coral, largometraje, asociación de amigos, etc. Avatares de los hechos del Endurance aparecen en los argumentos más inesperados como una historia de amor en un website de solos y solas (Ernest Shackleton loves me 2015), un espectáculo de marionetas (69° South 2012), el nombre de una banda post-punk de Pennsylvania (The Shackletons, 2005) o un fondo de becas para emprendedores (Shackleton Foundation 2007). Con el centenario del naufragio en estos días pululan los homenajes, entre ellos el del canadiense que está liderando una travesía trans-antártica idéntica a la que Shackleton nunca llegó a terminar (Shackleton 2015 LIVE!) o cruceros virtuales de los mares del sur (The Shackleton Endurance Exhibiton). Pero más allá del furor conmemorativo, hay algo en la historia de Shackleton que toca una fibra del presente.

Ensayo tres hipótesis, tres propuestas de lectura de algunos de estos materiales para reflexionar sobre la vigencia de la historia de Shackleton, y como la propia noción de supervivencia funciona como eje ordenador del relato en la construcción de la figura del líder, el archivo y el paisaje.

El líder motivacional

La pregunta por la habilidad de Shackleton para lograr que ninguno de sus 27 hombres sucumbiera en el hielo es uno de los principales disparadores de su ecléctica fortuna crítica. En el mundo corporativo Shackleton se volvió emblema de liderazgo y gestión por su capacidad para mantener una visión firme en un contexto cambiante. El popular caso de estudio de Nancy Koehn “Leadership in Crisis: Ernest Shackleton and the Epic Voyage of the Endurance” (Harvard Business School 2003) identifica en las decisiones de Shackleton los atributos ideales de un C.E.O: capacidad de improvisación, inteligencia emocional y perseverancia. Después de meses de hibernación en el barco inmóvil, Shackleton abandona el objetivo inicial de atravesar el continente con unos pocos y reorganiza la exitosa retirada de todos. A diferencia del romántico Scott, que dejó que su segundo, Lawrence Oates, se metiera en la boca de una tormenta para darle el gusto de morir como un caballero inglés, Shackleton piensa como líder moderno y capitaliza los recursos humanos. Suspende títulos y reasigna tareas: pone a cocinar al biólogo de Cambridge, consulta al ingeniero sobre navegación y le pide al oficial que recite fragmentos de su libro de poemas de Browning. Mantiene la moral del grupo y escucha las críticas, algunas durísimas como la de sacrificar a los perros por falta de comida; es decir, todo un day-to-day manager. Se lo cita también como líder motivacional, porque transforma el fracaso estrepitoso de la expedición científica en una misión de supervivencia y convence a la tripulación que es posible zafar de varias temporadas de oscuridad, el clima inclemente y meses de navegación en mar abierto a base de carne de foca y pingüino. Y lo consigue. Actitudes como estas son la que promueve la Shackleton Foundation, creada en el 2007 para apoyar a emprendedores sociales con el potencial innovador y pragmático de Shackleton. Y es la misma retórica del protagonista de la comedia musical Ernest Shackleton Loves Me (2015), un galán que persuade a Kat -madre soltera, desempleada y desbordada- de que está todo bien, que va salir adelante si se lo propone y, siguiendo su ejemplo, ella junta coraje para rearmar su vida. En un clima de optimismo liberal heredado del Yes we can! de los años de Obama, o de encandilamiento con la cultura del entrepreneurship, parecería que la inspiradora figura de Shackleton dispara más reflexión que nunca.

Fiebre de archivo

Hoy se sabe tanto sobre el Endurance porque está documentado hasta el hastío. Como buen viajero, Shackleton entendía que la inmortalidad del periplo dependía de la publicación de su relato, y por eso exigía que hombres llevaran un diario: ellos también formaban parte de la genealogía de literatura polar. Algunos de estos cuadernos se perdieron en la travesía por el hielo; Shackleton usó fragmentos de muchos en la edición de su propio relato South (1919), y varios otros se fueron publicando a su debido tiempo, como el del cirujano Alexander Macklin, el mecánico Thomas Orde-Lees o el capitán Frank Worsley. 

Pero la mayor contribución al archivo shackletoniano es sin duda la colección de fotos de Frank Hurley. Este fotógrafo australiano con experiencia antártica y futuro en el fotoperiodismo registró los 21 meses de odisea de punta a punta. Las 150 imágenes que sobrevivieron documentan desde los interiores de la nave–la limpieza de los camarotes, las comidas o los estudios de trabajo-; el día a día en torno al Endurance encallado –tareas náuticas, excursiones en la nieve y partidos de futbol en el hielo-; hasta la trágica desaparición del barco, primero inclinado y luego hecho trizas en su propia maraña de sogas y madera cristalizada. Mientras filmaba el final, Hurley pidió ayuda con la cámara y corrió al interior de la nave resquebrajada a rescatar negativos y placas de vidrio. Shackleton las incluyó entre los petates fundamentales que cada miembro de la tripulación debería cargar hasta llegar a destino y ordenó tirar comida antes que estas reliquias. Tan metódico fue el cálculo, que a Hurley le alcanzó película para sacar fotos de los últimos meses en la Isla Elefante y lograr esa extraordinaria toma del rescate, donde se ve a los náufragos de espaldas recibiendo al barco chileno que se acerca a la costa.

Son fotografías memorables, que experimentan con los juegos ópticos del hielo, las auroras y la oscuridad, llevando el blanco de lo sublime a lo gótico, como en la célebre imagen nocturna del Endurance iluminado por 20 flashes que parece sacada de Narrative of Arthur Gordon Pym. Hurley llegó preparado para probar técnicas nuevas y produjo nada menos que las primeras imágenes a color de la Antártida. La primera reseña de estas fotos –publicada después del encuentro entre Hurley y el corresponsal del Herald en Harrods de Buenos Aires- anticipa como estas imágenes cambiarían por completo la representación de la geografía polar: “ya no vemos esas radiantes sábanas de hielo liso de los libros de aventuras. Ahora hay colinas, valles y terreno quebrado, y los acantilados enormes y las piedritas tienen una contextura hondísima. Pero es hielo, que se vuelve aún más maravilloso con la capa de nieve y cencellada que potencia la grandeza del espectáculo, y escapa todo esfuerzo de la imaginación” (H. Lyall Watson Sept. 1916). Tremenda ironía que esta ilusión de penetración en el paisaje antártico por el efecto de profundidad del color sería el último suvenir de un ciclo de exploración y fútil conquista del continente blanco, región que pronto se transformaría en territorio internacional.

Excepcionalismo antártico

Y entonces la pregunta: ¿Cuál es el papel de la Antártida en todo esto? ¿Hasta qué punto el paisaje blanco es el gran protagonista de la historia de Shackleton?

La Antártida como límite es un topos. Por su aislamiento geográfico, ausencia de cultura nativa y resistencia a la domesticación ha sido pensado como territorio que desafía la modernidad (Siskind 2005), a la verosimilitud en la cartografía de lo desconocido (Lois 2015) e incluso a la ciencia: mientras que el centro del continente alberga el polo magnético y geográfico que determinan las coordenadas de tiempo y espacio, la brújula colapsa a medida que se avanza sobre la meseta polar. 

Aparece también como el límite de la historia. En el magnífico documental Encounters at the End of the World (2007) sobre la vida cotidiana en la base más grande del continente, Werner Herzog propone que la banalidad de la aventura geográfica comienza justamente con el viaje de Shackleton. El mapeo del Polo Sur había confirmado el fin de toda posibilidad de expansión geográfica y de la vigencia de un régimen de gloria basado en la aventura; Shackleton llegó tarde y cayó en el abismo de la historia. Pero hay una capa más: la Antártida es el futuro. Con su característica voz en off amplifica la escala y sobre planos de llanuras blancas sugiere que este lugar no solo simboliza la utopía del territorio posnacional al servicio de la ciencia sino que será el único punto del planeta que conservará los restos de la civilización cuando la especie humana desaparezca como los dinosaurios.

¿Un oasis de agua en un planeta que se seca y se inunda a la vez? Atraída por la anomalía climática que condenó al Endurance antes de llegar a la costa, la obra 69 South (2012) de la compañía neoyorkina Phantom Limb despliega la travesía de los hombres de Shackleton con una docena de marionetas sin rostro que se mueven como espectros al son de música de cuerdas y proyecciones gigantes de las fotos de Frank Hurley. La obra trabaja sobre la noción de fragilidad y tiene como protagonista al paisaje extremo y beligerante que parecería estar luchando por sobrevivir tanto como los hombres de Shackleton.

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Carla Lois, « Quinta pars o terrae incognitae? », Terra Brasilis (Nova Série) [Online], 4 | 2015.

Mariano Siskind. Captain Cook and the discovery of Antarctica’s modern specificity: Towards a critique of globalization. Comparative Literature Studies. 2005; 42 (1).