Tema del Mes

NOVIEMBRE 2015

Third (Portishead, 2008)

15 / 11 / 2015 - Por José Bellas

Juegos de tres para dar con las evidencias de que el tercero del terceto –“un disco jodido”- resuena aún a lo que diez años atrás se llamaba Portishead.

Terceto

No hay lo que se dice mucha comunicación entre los Portishead. No se hablan seguido. Sería imposible hacer documentales sobre ellos pasándola bien en sus escasas giras. Geoff Barrow, su cerebro musical, y Beth Gibbons, su voz, se conocieron en una reunión de jóvenes emprendedores allá por 1991: la nada misma. Ella era seis años más grande que él. “Yo era un pibe y ella una mujer. A esa edad no conocías a una mujer, excepto que fueras muy afortunado”, diría unos años más tarde un enigmático Barrow a la revista Mojo. ¿Hubo algo? Nunca se supo. Si por esos días algún testigo podía señalar a Geoff de haber estado trabajando en los estudios Coach House mientras los Massive Attack grababan el histórico Blue Lines, la respuesta era: “En realidad, lo único que hice fue servir el té”. Adrian Utley, el guitarrista, era un sesionista que parecía haber tocado techo trabajando como ladero de Jeff Beck. En la perspectiva inicial, apenas aparentaban ser un elenco disperso: tres desplazados de la gracia divina del carisma en la cola del cheque de desempleo. No había ningún viaje en puerta (trip) ni mucha esperanza (hop). Un poco de Ken Loach, otro de Raúl Perrone, nada de John Casavettes, pero musicalizados por Ennio Morricone. 

 

Tricota

Hay quiénes piden un suéter de punto a mano cuando escuchan a Beth Gibbons. Una cantante soul, pero sin melismas ni afectaciones eróticas. Un hada helada, pálida y flaca. Una Billie Holiday que perdió el olfato, imposibilitada de encontrar el árbol donde lincharon a sus hermanos de raza. Parece la parca sobrevolando un campo de batalla muy sui generis: los restos de una relación amorosa, el despecho integrado a un padecimiento físico, la tortura de la incomprensión. De lo poco que se filtra de su biografía es que su padre es adventista, que vivía en una granja, que tiene dos hermanas, que en Exeter, el pueblo donde nació, no había muchas distracciones y que ella se quedaba con su mamá escuchando discos y leyendo a Sylvia Plath.

Después de los primeros dos discos de Portishead, con el desbande que significó el tercero y ampuloso Roseland NYC Live (1998, en vivo con orquesta) volvió a recluirse. Cuando en 2003 apareció con Out of Season, su disco junto a Rustin Man (un ex Talk Talk), lo que afloró fue su costado más folk y embrujado, con el fantasma de Sandy Denny (Fairport Convention) invocado y aturdido. Peor la estaba pasando Barrow: “El tour del 98 nos jodió. Literalmente, dejé de hacer música por tres años. Al mismo tiempo, terminé una relación de 10 años. No recuerdo una peor época”.

 

Tríptico

Diez años después de esa obra de Silvio Rodríguez con aquel nombre, Portishead animó el funeral de la nación alternativa. Porque 1994 no sólo es el año en que Kurt Cobain se pega el tiro del final. Es cuando donde antes todo era Nirvana, ahora son Collective Soul, Stone Temple Pilots, 4 Non Blondes y Spin Doctors. Es el apogeo del CD y las discográficas en la víspera del MP3. Y es el momento en que la palabra RETRO se instala como batea: Pulp Fiction, la legitimación del soundtrack y las músicas pre-rock (cocktail, lounge, easy listening son tres  etiquetas para nombrar lo mismo). De casualidad, el disco de aquel año de The Rolling Stones se llama Voodoo Lounge. Menos casual, que los desclasados Barrow, Gibbons & Utley sampleen a Lalo Schifrin y facturen Sour Times, un hit de penumbras y ambiente cinematográfico que solidificó la idea de trip-hop como género; ayudó a vender a Dummy (el debut de Portishead) como uno de los discos del año y empezó a solucionarle la vida a los ambientadores de los bares de Palermo, unos pocos años más tarde. De hecho, cuando Barrow se enteró que era el nuevo disco favorito para musicalizar cursos de relajación y cenas, confesó haber tenido ganas de vomitar. Será por eso que para el segundo (Portishead, 1997) metió más dub, más sombras, beats más violentos y expuso aún más a la Gibbons, en temazos como “All Mine” y especialmente “Over”, con esos acordes sub-Black Sabbath que el tiempo dirá que no son nada casuales.

 

Terna

Hay tres formas de ingresar en el tercer disco de Portishead de acuerdo a la escuela de detectives que ellos mismos detentan como obsesivos e impenitentes fans de los arcones de la música moderna. Serían estas:

1. Minimalismo Futura/ Porque algún nombre hay que ponerle al resultado de lo que hacía el dúo neoyorkino Silver Apples, que a fines de los ’60 quiso transportarse hacia adelante en el tiempo usando osciladores de los años ’40. Fundamentales para entender los logros por(venir) de Suicide y Spacemen 3. No fueron los únicos: otros tecno pioneros de la época se llamaron Fifty Foot Hose y The United States of America.

 

2. Drone metal/ Imaginen que al tema “Black Sabbath” del grupo Black Sabbath incluido en el disco Black Sabbath le hacen la gran Tupac Amaru, pero sin poder desmembrarlo. Lo estiran y estiran y lo transforman en algo parecido a una sirena ronca o al sonido de un cuerno anunciando la llegada de los orcos. Ese sonido que puede partir de los americanos Earth (el proyecto del hombre que ¿sin saberlo? compró  la escopeta con la que se mató Kurt Cobain), Melvins, Sleep y, ya en una instancia más experimental, Sunn O))) y OM. Que no sorprenda que al tiempo que lean esto, la última noticia musical de Beth Gibbons es haberle puesto la voz al cover que los psico-hard-rockeros Gonga hicieron de…Black Sabbath.

 

3. Portishead/ Sí. Por más que hayan dejado el cadáver del viejo Portishead descuartizado y puesto a descomponer en un barril de ácido muriático, las evidencias los condenan.

 

Tercero

El tercer disco de Portishead, editado once años después del segundo, es un disco jodido. Hijo de puta. Igual que otros terceros discos llamados Third (de Big Star y de Soft Machine), augura un destino manifiesto. Tanto, que empieza con un tema llamado “Silence” y la voz de un hombre hablando en portugués y diciendo: “Estaré alerta a la regla de 3. Lo que das volverá. Esa es la lección que hay que aprender: sólo se tiene lo que se merece”. ¿Qué significa esto? Que inspirados en la teoría del número 3 en el Wicca, escribieron un manifiesto, lo tradujeron, se lo hicieron recitar a un brasileño, lo samplearon, le procesaron fritura vinílica y así empieza este bad trip. Si hay un ukelele en “Deep Water”, es porque les gusta la performance de Steve Martin tocando ese instrumento en la película The Jerk (1979). Si tienen que ponerle ritmo a “Machine Gun”, samplean una batería electrónica filtrada a través de un antiguo órgano electrónico. Si hacen entrar a Lindisfarne y Neu! en un mismo tema (“The Rip”), es porque les cabe. Y si en algún momento se la oye a la Gibbons cantar “nunca tuve la oportunidad de explicar exactamente lo que quise decir”, no es porque se pasen de brechtianos, sino más bien porque parece representar el momento crucial, decisivo, revelador en que ella misma se da cuenta de que está atrapada en una Matrix perturbadora. Como escucha, la sensación no es muy distinta. Dan ganas de ser otro, de esconderse, de salir encapuchado entre los silencios. O tener esa capacidad expeditiva de las reseñas de la revista Pelo a principios de los ’70. Donde todo sería algo así como:

 

Nombre: Tercero

Artista: Portishead

Comentario: En su tercera entrega, después de nada menos que once años, los oriundos de Bristol juegan a ser los amos del tren fantasma. Trafican esos sonidos fantasmales que le van bien a John Carpenter, se ponen misteriosos y ocultistas. Mucho piripipí y parapapá, pero sin chantadas. Música en serio.

Tapa: Austera yuxtaposición de la P y el número 3. A tono con el mensaje (pero sin sanata).

Síntesis: Debajo de esta escenografía de terror, algún arqueólogo sagaz todavía puede hallar a un grupo alguna vez llamado Portishead.

 

Tres

Me sobran dos dedos de una mano para contar las veces que tuve la suerte de ver a Portishead en vivo. La última fue en un festival llamado “Pohoda”, en Eslovaquia. El bonus fue poder entrevistar a Geoff Barrow en una habitación destinada a la prensa. Estaba con una remera color verde agua y un cierto parecido a Viggo Mortensen. No recuerdo tanto lo que hablamos, sino la forma en que él mismo pronunciaba el nombre de su grupo, como separándolo en tres sílabas: “Por is ed”. Después jugamos ping pong. Callados.