Tema del Mes

NOVIEMBRE 2015

A propósito de un clásico: “El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna” (1988) de Adolfo Prieto.

22 / 11 / 2015 - Por Nora Avaro, Alejandro Blanco, Alejandro Eujanián, María Teresa Gramuglio y Alejandra Laera. Presentación: Adrián Gorelik.

Hace ya unos años que el Seminario “Oscar Terán” del Instituto Ravignani comenzó con la práctica de releer y discutir un “clásico” contemporáneo, es decir libros que precisamente por su relevancia fundacional y formadora merecen volver a ser interrogados desde el presente. El Seminario comparte en esta oportunidad con Informe Escaleno su encuentro en torno del trabajo de Adolfo Prieto.

El 29 de agosto de 2014 la reunión mensual del Seminario “Oscar Terán” del Instituto Ravignani se dedicó a la discusión de un clásico: El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, de Adolfo Prieto (1). Hace ya unos años que en el Seminario comenzamos con esta práctica de elegir un “clásico” contemporáneo para discutir, alguno de esos libros que han sido fundamentales para nuestra formación y para la conformación del corpus básico de la historia de las ideas y la historia cultural en la Argentina. Habíamos discutido ya Literatura argentina y realidad política de David Viñas y Nuestros años sesentas de Oscar Terán, que resultaron reuniones muy productivas en el sentido de que lograron desnaturalizar la relación que tenemos con esos libros: son libros siempre muy presentes, con los que uno trabaja permanentemente a la hora de hacer una investigación o de dar clases, pero a los que justamente por eso no solemos interrogar en profundidad, como si los leyéramos de nuevo. Si los clásicos le van diciendo cosas nuevas a cada camada de lectores que se acerca a ellos, lo interesante de estas reuniones es que nos muestran cómo han estado funcionando estos libros, nuestros clásicos, cómo se los está leyendo, qué tienen hoy para decir. 

En este caso elegimos el libro de Prieto, en un momento muy propicio para pensar en este autor, ya que está siendo objeto de una serie de reediciones y estudios: la reedición de los Estudios de literatura argentina, de 1969, por la colección Intersecciones de la Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes (2013), con prólogo de María Teresa Gramuglio; la reedición de Literatura y subdesarrollo, de 1968, por la Serie de los dos siglos de Eudeba (2014), con prólogo de Alejandro Blanco; y la producción de un nuevo libro que reúne una gran cantidad de estudios dispersos de Prieto, Conocimiento de la Argentina. Estudios literarios reunidos, que en el momento de la reunión en el Seminario estaba siendo preparado por Nora Avaro y que acaba de publicar en 2015 la Editorial Municipal de Rosario (con una extensa biografía intelectual realizada por la propia Avaro).  

Para introducir el debate, entonces, se invitó especialmente a los tres prologuistas, que abordan la obra y la figura de su autor desde perspectivas muy diferentes, y también a Alejandro Eujanian, ya que sabíamos que El discurso criollista había sido un libro muy importante en su trabajo. Ellos tuvieron a su cargo la primera ronda del debate, a la que se sumó Alejandra Laera, miembro estable del Seminario. Esas cinco intervenciones son las que presentamos aquí, en su orden. Y vale la pena agregar, para finalizar, que la decisión de publicar este debate en Informe Escaleno se tomó, en primer lugar, porque creemos que las cinco intervenciones tienen un enorme interés para el conocimiento de la obra y la figura de Prieto y también para el análisis del estado tanto de la crítica literaria como de la historia cultural. Pero, además, porque es el modo del Seminario de sumarse, del único modo que puede hacerlo, esto es, debatiendo la obra, a esta serie de homenajes y ediciones que en muy buena hora está recibiendo Adolfo Prieto. 

 

Nora Avaro

En este momento estoy trabajando con la obra de Prieto, en una lectura completa y exhaustiva, para realizar una compilación de sus ensayos dispersos (2). Pero más allá de las tareas de búsqueda propias de toda compilación, mi objetivo también es escribir una biografía intelectual, un relato de su trayectoria, para la cual he consultado varios archivos y realizado entrevistas. En consecuencia, lo que voy a presentar aquí, más que una reflexión sobre El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, son datos muy concretos. Consideré que esos datos, enlazados en un mapa posible de sus textos, desde los primeros a los últimos, podían servir para enmarcar e historiar la persistencia de un interés por el tema del criollismo. Y no porque yo trate de encontrar un mito de origen para El discurso criollista, sino por mostrar cierta constante, que unida a la noción, también temprana, de “público”, conforma un dispositivo de reflexión contundente en este libro.

El primer momento en el que el criollismo aparece como un tema para Prieto es 1968. Para la fecha estaba leyendo y revisando la edición de Capítulo. Historia de la literatura argentina que publicó el Centro Editor de América Latina (CEAL), para la que escribió algunos fascículos, entre ellos el dedicado a Eduardo Gutiérrez, que aquí interesa. Promediando ese trabajo, Boris Spivacow le encarga el Diccionario básico de literatura argentina también para el CEAL, donde Gutiérrez tiene su detallada entrada propia. A mediados del mismo año, Prieto inicia su vínculo con la editorial de la Biblioteca Vigil de Rosario, en dos instancias decisivas: por un lado, en la redacción de su libro Literatura y subdesarrollo y, por otro, en la elaboración de un gran proyecto editorial que Prieto titula Conocimiento de la Argentina (3). 

Ese plan consta de dos partes: “La Argentina histórica” y “La Argentina contemporánea”. En la primer parte, Prieto prevé la reedición de clásicos (el Facundo de Sarmiento, Bases de Alberdi, el Manual de patología política de Agustín Álvarez, La grande Argentina de Lugones, El hombre que está solo y espera de Scalabrini Ortiz, Radiografía de la Pampa de Ezequiel Martínez Estrada, entre otros) y varias antologías, todos con estudios introductorios redactados por él. De esa colección salieron solo cinco libros: dos dedicados al rosismo, uno dedicado a testimonios autobiográficos, la reedición de Las multitudes argentinas de Ramos Mejía y las Prosas parlamentarias de Hernández. Cuando en 1977, la dictadura interviene la Vigil, estaba en imprenta El “criollismo” en la literatura argentina de Ernesto Quesada. El libro se perdió en la destrucción de los archivos y depósitos de la editorial. En la segunda parte “La Argentina contemporánea”, Prieto programó la contratación de especialistas para el estudio de las estructuras económica, social y educacional nacionales, los grupos de presión, factores de poder, instituciones, los niveles de la expresión de la cultura, etc.; el último volumen se iba a titular Argentina en la encrucijada mundial. Ustedes ven la ambición totalizadora del proyecto.

Es en el marco de este plan de edición que Prieto le da una gran importancia al libro de Ernesto Quesada sobre el criollismo, al punto de reunirlo con otros clásicos argentinos. La noticia sobre ese volumen perdido del plan Conocimiento de la Argentina me la dio el propio Prieto en una conversación periódica que mantuvimos en el verano de 2013. En esa conversación, él recordaba con mucha claridad el prólogo que había redactado para ese libro (del que no guardó copia), y veía allí, en Quesada, el origen de su interés efectivo sobre el criollismo, que iba a desarrollarse ocasionalmente a lo largo de su obra hasta dominar y culminar en El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna

Ya en Literatura y subdesarrollo de 1968 cuando analiza el nacionalismo en una serie de escritores argentinos, Prieto se centra en la figura “criollista” de Borges, con la que luego cerrará el prólogo a su libro de 1988 (mostrando la reiterada “fidelidad” de Borges por la sustancia legendaria del moreirismo, incluso en libros tardíos como El informe de Brodie). El motivo va a reaparecer en casi todos los ensayos que Prieto escribe sobre la vanguardia de la década del 20, en un rasgo en el que insiste, su “voluntad de nacionalismo” (que es una fórmula suya muy habitual: voluntad de realismo, voluntad de nacionalismo, voluntad expresiva, voluntad de estilo). Además de en la figura de Borges, el final del prólogo de El discurso criollista se centra en la de Leopoldo Marechal y los lazos, en clave, de su novela con el martinfierrismo en sus tonos acriollados. En 1959, Prieto había publicado un ensayo sobre este asunto (revisitado por la crítica argentina en los años 80, bajo el rótulo “vanguardia y criollismo”): “Los dos mundos de Adán Buenosayres” (4).

Por otro lado está la noción de público, que aparece en su libro Sociología, y Prieto retoma en varias ponencias, enlazada a la idea de una historia de la literatura nacional que no esté únicamente centrada en los textos sino en la recepción (noción esta que podría emparentarse con la teoría posterior de Jauss) (5).

Uno se pregunta por qué le interesaría a Adolfo Prieto (un amante de la cultura letrada, alguien que ha sido bastante reacio a las formas populares y de medios masivos y, aun, a los géneros menores, y a la literatura a ellos vinculada) pasarse mucho tiempo leyendo esos folletos criollistas que no tienen ningún valor estético. Yo creo que la respuesta está en su inclinación a pensar una historia de la literatura argentina que, si quiere ser social, debe incorporar sí o sí una idea de público, que es, además, una idea romántica, sarmientina: si no hay público, no hay literatura nacional. La versión perdida del prólogo a Quesada llevaba como título, enfatizando la constitución institucional de los lectores, “Argentina, la primera literatura de masas”. Prieto repitió este título en 1986, cuando publicó un adelanto de El discurso criollista (6).

En 1957 Prieto lee una ponencia en un congreso en Santa Fe donde hace una pequeña serie siguiendo una idea de público masivo en la literatura argentina. Encuentra dos momentos: el primero, la publicación de Martín Fierro, con sus lectores y receptores, muchos analfabetos; el segundo, en la década de 1920, con las vanguardias, las tiradas de la revista Martín Fierro, las periódicos con sus suplementos multicolores, las revistas, la novela semanal, el cuento ilustrado, etc. Prieto salta de un momento a otro y deja sin tocar un lapso que es muy significativo, porque es el momento modernizador que recuperará después en su libro: allí están los folletines criollistas, el moreirismo y una primera literatura de masas (la que dará origen en 1902 al estudio de Quesada, incluido en el plan Conocimiento de la Argentina).

Termino con un detalle: Prieto lector de la vanguardia en el horizonte del criollismo. En su ensayo “Silvio Astier, lector de folletines”, Prieto se detiene en las lecturas del protagonista de El juguete rabioso, y observa que Astier no lee folletines nacionales, sino europeos. Astier que es un personaje realista, a los modos del realismo de Arlt, claro está, y que recorre las calles de Buenos Aires en la década del 20 donde proliferaban y eran masivamente populares los folletines criollistas, curiosamente los ignora. Prieto desprende de esto una conclusión: la máxima libertad de imaginación de la literatura de Arlt no acepta determinaciones costumbristas en la construcción de su mundo. Y esa máxima libertad se la daban a Astier los folletines de Ponson du Terrail y no los criollistas que le eran contemporáneos (7).

 

Alejandro Blanco

Antes que nada, quisiera aclarar que mi aproximación a la obra y trayectoria de Adolfo Prieto tuvo lugar en el marco de una problemática bien específica: la de un estudio comparado acerca de los efectos de la presencia de la sociología en el campo más general de las humanidades en Brasil y en Argentina. Realicé dicha investigación en colaboración con Luiz Jackson, de la Universidad de San Pablo (8). En ese contexto, nos interesaba saber qué cambios había producido la emergencia de la sociología, esa entonces recién llegada al campo intelectual, en el cuadro disciplinario del período, y más específicamente, en el de la crítica literaria, una vez que tanto en Brasil como en Argentina un segmento de esa disciplina se había renovado a partir de su contacto con la sociología. 

Veamos ahora algo respecto a la trayectoria de Adolfo Prieto para luego examinar, desde un punto de vista sociológico, El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna. Todos sabemos que la figura de Prieto ha quedado estrechamente asociada a la historia de Contorno. Sin desconocer ese capítulo importante de su trayectoria, nuestro enfoque prefirió situarlo como un emergente de las transformaciones operadas en el campo universitario hacia mediados de los años de 1950, como consecuencia, sobre todo, del surgimiento y liderazgo de la sociología. En ese contexto, además de cumplir con todos los pasos de una rigurosa formación académica, Prieto, provinciano e hijo de inmigrantes radicados en San Juan, se entregó desde muy joven a la elaboración de un ambicioso programa de investigaciones, lideró un grupo de investigadores, ocupó posiciones estratégicas en un campo académico en rápido proceso de modernización, y protagonizó, con Capítulo, uno de los proyectos culturales más innovadores del período. No es fácil encontrar en el campo cultural de esos años una trayectoria equivalente, sin duda mucho más próxima de una figura como la de Gino Germani que de la de muchos de sus compañeros de generación. Pero además Prieto encarna el primer intento serio y sistemático de instituir un estilo de trabajo en el análisis literario que no tenía tradición en la Argentina, el de una sociología y una historia social de la literatura, del que probablemente La literatura autobiográfica argentina (1962) y El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna (1988) son los ejemplares más notables. En ese sentido, Prieto abrió un camino que estaba bloqueado tanto en el campo de la sociología como en el de la crítica literaria. Hacia fines de los años de 1950, la sociología era una disciplina emergente, estructurada sobre la base de unos pocos temas dominantes (peronismo, modernización, desarrollo), muy celosa de sus fronteras y apenas receptiva al estudio de los temas de la cultura. La carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires tampoco ofrecía por entonces un terreno propicio para una apuesta como la de Prieto, pues ahí la crítica literaria seguía practicándose en los moldes tradicionales de la herencia filológica dejada por el magisterio de Amado Alonso. Colocado en términos de teoría de la acción, ¿cómo resolvió Prieto la situación? Infiltrando la sociología en la crítica literaria. Pero al comienzo, hay que decirlo, solo consiguió hacerlo en las regiones periféricas del sistema académico, en aquellas universidades del interior como las de Córdoba, Mendoza y, sobre todo, Rosario, que no contaban, todavía, con tradiciones y estilos de trabajo establecidos, y donde los vientos de la renovación disciplinaria habían recibido una mejor acogida. Desde el punto de vista de una historia de la formación del campo de producción académico de esos años, el programa de una “sociología de la literatura” fue entonces el emergente de un proceso de “hibridación de rol” y de una estrategia de infiltración disciplinaria. La trayectoria de Prieto exhibe bien ese doble proceso: alguien formado en letras, que toma en préstamo los recursos de la objetivación sociológica para interrogar el hecho literario. 

En Brasil, con Antonio Candido, ocurre algo similar, pero a la inversa. Candido se formó en ciencias sociales, más específicamente en sociología, pero no encuentra en dicho campo un espacio para el estudio de la literatura. Migra entonces su proyecto a letras y ahí sienta su base de operaciones, por decirlo de alguna manera. Él es un sociólogo con una inmensa cultura literaria y también su caso ilustra una “hibridación de rol”  (escribe textos de sociología al mismo tiempo que prepara su gran libro sobre la literatura brasileña, Formação da literatura brasileira) y una estrategia de infiltración disciplinaria (incorpora a la crítica literaria los instrumentos de objetivación sociológicos). 

Veamos ahora El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna. En mi condición de sociólogo, lo que más me sorprende de ese libro es el modo en el que Prieto interroga la materia literaria que tiene entre manos. Prieto razona como un sociólogo y como un historiador social de la literatura: se interroga sobre el origen del fenómeno (sus condiciones sociales de existencia), sobre su función social y sobre su significado. ¿Cómo explicar la emergencia de esa literatura? ¿Cómo explicar la vigencia de una literatura que refiere la experiencia de un estilo de vida, el criollo, en franca declinación, que perdía, como dice por ahí Prieto, “sus bases de sustentación específicas”? ¿Cuál podría ser la función social de esa literatura? ¿A las demandas o intereses de quiénes sirve? Prieto comprende el surgimiento del fenómeno de la literatura criollista atendiendo básicamente a dos tipos de variables sociológicas: el contexto estructural y los grupos sociales emergentes de ese contexto. La modernización económica y social, la transformación demográfica operada a través de la inmigración masiva, la urbanización acelerada, y un agresivo programa de alfabetización que promovió un nuevo público lector y un mercado de bienes simbólicos para el mundo popular –la explosión de la prensa periódica está ahí para atestiguarlo– constituyen sin dudas los componentes más significativos de ese contexto estructural. A partir de ahí Prieto conecta la circulación, expansión y consumo de esa nueva literatura con las experiencias y necesidades de los distintos subgrupos enfrentados a ese proceso de cambio social y cultural. Para los grupos dirigentes, amenazados por la mutación demográfica en curso, el criollismo constituyó un instrumento de afirmación de su propia identidad y una forma de rechazo a la amenazante presencia del extranjero (y no podemos olvidar que Prieto es hijo de inmigrantes); para los sectores populares, desplazados de sus lugares de origen por obra de la modernización, una expresión de nostalgia y/o añoranza (fenómeno sociológicamente análogo al del “romanticismo aristocrático” notablemente estudiado por Norbert Elias en La sociedad cortesana, en el que ciertos grupos de la nobleza guerrera, también ellos desplazados de sus lugares de origen por el proceso civilizatorio y, forzados a los rigores de la vida cortesana, objetivan esa experiencia social de desplazamiento bajo la forma de una melancólica añoranza de la vida campestre, simple, espontánea, etc.). Finalmente, para los grupos extranjeros, los inmigrantes, también ellos con experiencias de desplazamiento social, el criollismo funcionó como una credencial de asimilación y membresía y un instrumento de reclamo del derecho a una integración plena a la sociedad. 

En fin, al conectar la existencia de la literatura del criollismo con las distintas experiencias y urgencias que debieron enfrentar los grupos emergentes de esa Argentina en rápido proceso de cambio social, Prieto revela que se ha mantenido fiel al precepto básico de todo programa de una sociología de la literatura (que había perseguido desde sus primeros escritos): el de que toda forma es experiencia social sedimentada.  

 

Alejandro Eujanian

Este libro es muy importante para mí porque tengo con él una deuda intelectual y creo que la participación en esta reunión es una manera de comenzar a saldarla. Mi intervención, más que sobre Prieto como autor, es sobre el libro El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, sobre el momento en el que fue editado y sobre su impacto en el campo historiográfico. Alejandro Blanco se centró más en la primera etapa de Adolfo Prieto; Nora Avaro, sobre los momentos previos a la dictadura. Yo quiero analizar el libro en el contexto de 1988, que es cuando se publicó. 

Como se sabe, Prieto fue una figura fundamental para la Facultad de Humanidades y Artes y para la carrera de Letras en Rosario, como lo prueba Judith Podlubne en el prólogo al libro de María Teresa Gramuglio que se presentó en este seminario un par de reuniones atrás (9). También los alumnos de historia tuvieron la oportunidad de asistir a sus clases, al menos hasta el golpe de 1966. Pero en esos años era muy difícil para los historiadores leer a Prieto, porque la historia social se inclinaba más al rigor cuantitativista de la economía y los problemas de la crítica literaria no entraban en su horizonte. Sin embargo, yo no voy a hablar de un Prieto sociólogo como hizo Alejandro Blanco sino de un Prieto historiador, porque el Prieto de 1988 es un escritor que los historiadores sí podíamos leer, a diferencia de lo que sucedía en los sesenta. En ese momento, el “Por la vuelta” de la dedicatoria del libro era, para nosotros, la oportunidad de cursar algún seminario con Adolfo Prieto, de conocer un hombre que disfrutaba enormemente de dar una conferencia sobre Martín Fierro, como pude comprobar a pesar de su reticencia a participar de reuniones académicas. Pero la vuelta finalmente no se concretó, en el sentido de que él volvió a Rosario, pero no se reintegró a la vida de la facultad y eso fue una gran oportunidad perdida. A pesar de eso, le quedó a mi generación este libro, que junto al de Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina son muy importantes y merecen volver a ser leídos.

En primer lugar, me quiero referir a los tres o cuatro aspectos que explican de modo muy concreto por qué los historiadores leen El discurso criollista. En primer lugar, por su corpus: esto tiene que ver con el folletín, pero también con el cine y el radioteatro criollista, y otros fenómenos que se nutren de ese género “vulgar” del fin de siglo que en los años treinta gozó de un nuevo esplendor. Por ese camino, estimula el estudio de cuestiones relativas a la cultura de los sectores populares, así como también se relaciona con las prácticas culturales de la izquierda en el período de entreguerras; con la producción, circulación y recepción de textos; y con la formación de identidades y tradiciones, que no se corresponden con los sentidos de nacionalidad ensayados por las elites desde el último cuarto del siglo XIX. Los trabajos que van a reflexionar sobre estos temas a partir de la década de 1990 dialogan con El discurso criollista.

En segundo lugar, el libro es un modelo de trabajo histórico por el análisis que realiza en tres niveles, que se relacionan entre sí en una estrategia que evita el determinismo: la experiencia social, las conformaciones de géneros, que nunca son géneros plenos, y las funciones que vuelven a pensar la cuestión de las experiencias sociales en relación con las representaciones. En éste sentido, nos ofrece un modelo tanto del modo en el que se debe desarrollar una investigación, como del modo de exponerla a los lectores. 

En tercer lugar su tema, el de la formación de la Argentina moderna, es reinterpretado en el clima cultural de fines de la década de 1980, cuando a diferencia de las lecturas de los años sesenta, el criollismo no aparece ya como lo “otro” de la modernización. Nos obliga a pensar desde ese momento una modernización que ya no es la de la “ciudad letrada”, porque el concepto de ciudad letrada se ha desbordado en el estudio de Prieto: porque aparecen las diversas formas que atraviesan el género periodístico y porque también aparecen nuevos públicos que no podemos captar nunca si nos atenemos al canon, los circuitos y los espacios de la cultura letrada. Es una idea de modernización mucho más dinámica, más compleja, con muchas tensiones. El mundo del criollismo se presenta no como contrapuesto o simple resistencia a la modernización. Sólo como aparente paradoja es que aquel espacio y aquellos habitantes que habían sido vistos como sinónimo de una barbarie amenazante, tanto en lo que se refiere al mercado de trabajo como a la vida política, a la moral y las costumbres, eran el escenario y los actores privilegiados de una literatura que fue el “plasma que pareció destinado a unir diversos fragmentos del mosaico social y cultural”. Podemos observar allí grupos sociales que están apropiándose de diversos recursos culturales para entender el mundo en una modernización que produce desplazamientos y ofrece diversas alternativas de recolocación. Este es un modo de entender el proceso de modernización completamente diferente al paradigma dominante en los años sesenta, y también de lo admitido en los primeros años de la transición democrática.

En este sentido es un clásico, porque atraviesa disciplinas; porque puede seguir siendo leído y, como decía antes, funciona como un modelo de análisis. Para nosotros porque nos permite entender mejor la sociedad de la que el criollismo no fue un reflejo sino una parte activa de la experiencia social. Por eso fue un libro rápidamente apropiado por los historiadores, tal vez porque casi mejor que ningún otro hasta 1988 permitía entrever que significaba aquello de la historia social después del giro cultural.

Si me refiero a mi propia formación, debo reconocer que hay tres trabajos míos, entre 1997 y 1999, que le deben mucho a Prieto: el capítulo de Sudamericana sobre el público en el que desplazo el modelo de Prieto treinta años atrás para ver las anticipaciones de unos procesos que se hacen más evidentes después. En el libro Historia de revistas argentinas. La conquista del público, todo el primer capítulo que explora las características y los cambios en el mercado cultural es, o pretende ser, una continuación de la primera parte de El discurso criollista –aunque debo reconocer que hay allí otros textos inspiradores, como El imperio de los sentimientos de Beatriz Sarlo. Y finalmente, en el año 99, el trabajo que hice con Alejandro Cattaruzza para Prismas sobre el Martín Fierro; la idea de “Patricios y gauchos rebeldes” surgía de dos cuestiones que aparecían en Prieto. Si partíamos de la presencia de un nuevo tipo de lector que había surgido de las campañas de alfabetización y “que tendió a delimitar un espacio de lectura específica”, etc., podíamos preguntarnos: ¿cuál sería la idea del pasado que tenían los lectores de esta literatura?, ¿percibirían el contraste con la historia de los manuales escolares, las fiestas públicas y los ritos escolares? Y si no confrontaban con ella, ¿eso qué significaba? Además ofrecía otra imagen del proceso de modernización y del proceso de construcción de una identidad nacional: ¿Quería esto decir que más allá de las acciones del Estado hay resquicios para otros procesos de construcción de identidades, para otros productos culturales? Entonces, es posible que las políticas del Estado tendiente a la homogenización cultural por la vía de la construcción de una identidad nacional, no fuera tan “monopólica” como creía Oscar Oszlak , entre otros. En su lectura del criollismo y la formación de la Argentina moderna la barbarie no era tan amenazante, la campaña no era tan peligrosa y no aparece como resistencia a la modernización, sino más bien como un flujo, pero entonces ¿qué significa que no aparezca como resistencia?, esa era la pregunta que nos hacíamos (10). 

Para finalizar, quisiera señalar dos referencias genealógicas que me parecen importantes en relación a este libro. Una es obvia, pero repone el contexto que ofrece Contorno y que Alejandro Blanco puso de lado. Voy a leer un párrafo de “Los dos ojos de Contorno”, el artículo de Beatriz Sarlo de 1981, para que veamos si no podría pensarse como definición anticipada de lo que Prieto iba a realizar en El discurso criollista: “Lo importante para Contorno son los cruces, los encuentros, la trama donde la política revela a la literatura y la literatura puede ser metáfora de la política. Colocada en los cruces se articula una literatura crítica, relativamente nueva. La mezcla estilística del sistema de referencia, el fortalecimiento un poco brutal de las relaciones. Tanto la posición del novelista como el lugar de la literatura quedan definidas por la historia” (11). Creo que si esta es una caracterización aceptable para el trabajo de Prieto en 1988, es porque allí se percibe algo del programa crítico que estaba presente en Contorno.

La segunda referencia genealógica atiende a una vertiente historiográfica. El libro puede leerse en la clave de un corpus formado por libros publicados a comienzos de los años 80: La Pampa gringa de Ezequiel Gallo, El progreso argentino de Roberto Cortés Conde, El orden conservador de Natalio Botana, que parten de aquel problema de la formación de la Argentina moderna, propio de la agenda historiográfica de los sesenta, pero para llegar a otra conclusión, que ya no es la de una oportunidad perdida, tal vez porque se trata de otra Argentina, en la que ya no había que explicar el peronismo como el resultado fatal de un proceso modernizador que había quedado trunco.

Por estos motivos, a fines de la década de 1980 podíamos leer a Prieto desde el nuevo horizonte historiográfico inaugurado por la historia social y cultural, cuando aún los historiadores argentinos no habían ofrecido contribuciones relevantes en esa área de estudio que se instalaba en una tradición ligada al marxismo inglés. Pensado de este modo, podemos preguntarnos que representó en ese momento de la historiografía argentina El discurso criollista, ¿el fin de un ciclo o su comienzo? Hay un texto muy interesante de Alejandra Laera en el que hace referencia al año 1988, año en que coinciden la publicación del libro de Prieto, Un tratado sobre la patria de Josefina Ludmer y Una modernidad periférica de Beatriz Sarlo (12). Podríamos agregar que también es el año en que Oscar Terán comienza este Seminario. Alejandra señala que representan el cierre de un ciclo para el campo literario. En contraste, en el caso de la historiografía representa un umbral. En ese mismo momento los historiadores comenzaban a revisar las interpretaciones legadas por la renovación historiográfica de la década de 1960, en una línea de trabajo muy cercana a los problemas que iluminaba El discurso criollista. Dos referencias pueden ilustrar esta afirmación. Un año antes, entraba en crisis la imagen tradicional de la campaña bonaerense con la publicación de un debate que ponía en duda la existencia de aquel gaucho que la literatura gauchesca había construido, y que el libro de Prieto devolvía al contexto ficcional del criollismo y de una sociedad en transición (13). Por otra parte, era el antecedente necesario de un libro en el que Luís Alberto Romero y Leandro Gutiérrez ofrecieron una versión novedosa de los sectores populares de entreguerras a través del estudio de sus prácticas culturales (14).

En definitiva, formó parte de un estrecho grupo de textos fundadores para la historiografía por venir. En ese momento, surgieron algunos de los temas o problemas con los que íbamos a lidiar las siguientes generaciones y cuando ingresó a la historia lo que había estado en los márgenes del exotismo cosmopolita o del exotismo plebeyo, para colocarlo en el centro de los problemas relativos a la historia social de la cultura y las ideas.

 

María Teresa Gramuglio 

Yo me voy a situar en un registro diferente de los anteriores, pero no voy a intentar una lectura del libro desde la crítica literaria, sino que voy a hablar un poco más del autor, aunque de un modo algo extraño. Porque di por supuesto –y lo acabo de comprobar por las presentaciones–, que los comentaristas iban a proponer las ideas críticas más agudas que suscita El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna y que se propone en esta reunión como un clásico. Comprobé que más allá de los hallazgos indiscutibles, muchos de los cuales se han señalado rescatándolo para las diferentes disciplinas, el libro se sostiene con solidez por la fidelidad rigurosa a un principio metodológico que afirma desde la primera página y que dice así: “una literatura debe indagarse siempre en su sistema vivo de relaciones y en la generalidad de los textos producidos y leídos en el ámbito recortado por la indagación”. Y esto se pone en práctica de manera ejemplar en la composición misma de El discurso criollista con esas tres partes en las que ese principio se realiza: configuración de los campos de lectura, construcción de la red textual, funciones del criollismo. Retomo aquella idea que mencionaba Nora de un uso por parte de Prieto del término “recepción” avant la lettre, cuando, sin necesidad de nombrar a Jauss, esta composición despliega los tres pasos de la hermenéutica que Jauss reclama sobre la teoría de la recepción. Hay que recordar la parquedad de Prieto para recurrir a las teorías como guía de sus propias investigaciones. La teoría fluye desde el objeto y acá lo vemos en acto.

Entonces, dando por descontada la excelencia de las intervenciones que iban a centrarse en el libro, me propuse presentar algunas preguntas que surgieron por asociaciones un poco ilícitas, porque surgieron al releerlo con el trasfondo de otras lecturas posteriores. Si tuviera que darle un título a mi intervención, sería “Derivas de lectura”. Y voy a comenzar por una pregunta que Adrián ya de algún modo respondió: ¿por qué un clásico? Eso me lleva a hojear el dossier sobre la primera reunión de discusión de un clásico en este Seminario que fue sobre Literatura argentina y realidad política de David Viñas (15). Hay ahí alguna serie de respuestas: la primera es que se trata de un libro que se considera clave en la crítica literaria y la historia cultural. Y la segunda, en una reformulación un poco tautológica, es que se aprovecha la distancia otorgada por su carácter de clásico. Renovación y distancia, lo que podría traducirse en innovación y perduración. Esta caracterización se reitera con diversas connotaciones, pero lo que se mantiene es que un clásico es el que introduce algo nuevo que es perdurable y que deja marcas que a su vez pueden producir otras renovaciones. Creo que acabamos de asistir a la confirmación de que eso ocurre con este libro.

En el caso de Viñas, las sucesivas modificaciones que él fue introduciendo en su primera versión llegan a ser vistas en el dossier como un obstáculo para su cabal reconocimiento como clásico. Sin embargo, la recepción a partir de la reedición de CEAL en los años ochenta acabó por conferirle a Literatura argentina y realidad política esa perdurabilidad que todas las variantes no lograron socavar. Y esa perdurabilidad se manifiesta en una profusa descendencia que retoma los criterios de Viñas y hasta su retórica para continuarlas de un modo bastante acrítico con una baja densidad de aportes renovadores. En el caso de Prieto se cumplirían la perduración y la distancia pero no esos efectos mimetizantes, y se produce algo muy diferente. Un libro tan renovador como El discurso criollista y aún otros de su autoría, como La literatura autobiográfica argentina, no han dejado esas marcas y esos seguimientos tan espectaculares como dejó el de Viñas. Como si en los libros de Prieto hubiera algo más contenido, asordinado, que haría que su potencial operara en diferido, menos perceptible, en un ámbito como el de la crítica literaria, en el que la contención no suele ser la norma. Esto tiene que ver con los escrúpulos metodológicos de Prieto, con ese estilo preciso tan despojado de recursos retóricos que llega a parecer desabrido.

En aquel dossier de 2010, Gonzalo Aguilar introdujo una hipótesis de lectura comparativa de la obra de Viñas con una obra que le es casi contemporánea: A formação da literatura brasileira de Antonio Candido. Es una lectura llena de sugerencias de la cual yo voy a señalar una que no es necesariamente la más relevante. Compara los estilos de ambos autores y dice: “La gestualidad viñesca es, por supuesto, más atronadora y rebelde que el estilo discreto y equilibrado de Candido”. Esta lectura comparativa me recordó de inmediato el trabajo de Alejandro Blanco y Jackson “Intersecciones: crítica literaria y sociología en Argentina y Brasil”, centrado en un análisis comparado de las trayectorias de Prieto y Candido (16). Es interesante que al calibrar el diferente grado de reconocimiento alcanzado por uno y otro en sus respectivos países, los autores introduzcan –para contrastar con la de Prieto como ese tertium comparationis que reclama Jauss para el comparativismo– la figura de David Viñas, quien sí se habría acercado más al nivel de adhesión obtenido por Candido en el ámbito de la crítica brasileña. “A pesar del alto nivel de la obra de Prieto y del alcance de su producción académica –escriben Blanco y Jackson– la evaluación de su obra y el liderazgo intelectual que ejerció si bien siempre fue favorable, nunca resultó en una consagración equivalente”.

Para cerrar con cierta simetría estas derivas de lectura, voy a citar otro trabajo comparativo de Aguilar, “Ángel Rama y Antonio Candido: salidas del modernismo”: “de todos los críticos mencionados en estos trabajos, es Rama el que más decididamente se despegó de la perspectiva de su propia literatura nacional para volcarse a proyectos editoriales e indagaciones de proyección latinoamericanista” (17). Si bien Prieto al igual que Viñas cruzó muy pocas veces las fronteras de la literatura nacional, encuentro buenas razones para armar un terceto Prieto - Candido - Rama, por el modo en cómo los tres pensaron el regionalismo, las diversas manifestaciones de la literatura y la cultura populares y los efectos de la dependencia de las metrópolis en las literaturas de los países subdesarrollados. Y para apuntalar esta hipótesis habría que recordar que el ensayo de Antonio Candido, “Literatura y subdesarrollo”, publicado en 1972 en América Latina en su literatura compilado por César Fernández Moreno, comparte el mismo título del libro de Prieto de 1968: Literatura y subdesarrollo, que se acaba de reeditar. Lo que estaría dando un indicio de la afinidad y orientación de ambos críticos y que merecería un análisis comparativo en sus respectivos contextos además de la aspiración compartida (y nunca realizada) de escribir una historia social de la literatura latinoamericana.

¿Qué puedo sacar en limpio de estas derivas? Que se formaría una constelación que vincula a cuatro grandes críticos que hacen crítica sociológica y que cada uno de ellos es un clásico a su manera: Viñas alcanza esa condición por la aparición de un libro fulgurante, Candido por la voluntad integradora opuesta a los traumas de Viñas, Rama por su arrolladora aunque inconclusa empresa latinoamericanista. Y en esta constelación, ¿cuál sería el lugar de Prieto? Más que en este libro en particular habría que pensar en una obra sostenida que encuentra sus puntos de mayor densidad en tres libros: La literatura autobiográfica argentina, El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna y Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina.

 

Alejandra Laera

Muchas de las preguntas que había pensado formularle al libro de Adolfo Prieto se fueron respondiendo en las diferentes intervenciones. Querría solamente agregar algo en relación con lo que plantearon las otras dos perspectivas disciplinares: la visión desde la historia, de Alejandro Eujanian, y la visión desde la sociología, de Alejandro Blanco. Para la crítica literaria, no para la crítica que en parte se había formado con Adolfo Prieto, sino para aquellos que estábamos estudiando en el momento en que salió el libro, en 1988, los efectos no se produjeron en ese momento sino bastante después, a finales de los noventa –con la excepción de quienes venían trabajando o investigando más cerca de los historiadores. La marca Prieto, podríamos decir, se va a notar con fuerza en el campo de los estudios literarios tardíamente, alrededor del 2000, en algunas tesis doctorales y en los libros de los investigadores jóvenes, que salen de esas tesis y que se publicaron a partir de ese momento. A diferencia de lo que ocurre con los historiadores, que son los primeros que toman lo que hizo Prieto en El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna apenas aparece, la imbricación entre estudios literarios e historia cultural es más paulatina pero se hará cada vez más fuerte y dará lugar a investigaciones de largo aliento.

En el caso de la sociología, aunque no es mi intención reeditar discusiones viejas, yo diría que la crítica literaria de los ochenta y los noventa elude la sociología de la literatura porque aparece como una perspectiva incompleta, que deja de lado los textos, las textualidades. Qué es el criollismo, cuáles son sus textos, su corpus, cómo se recorta ese objeto, son preguntas fundamentales que organizan el libro de Prieto. 

Una historia literaria que, a la manera de Prieto con el criollismo, se pretende más cultural que textualista, se hace por cierto algunas preguntas que toma de la sociología, pero ese gesto es propio de la crítica literaria: hacerse preguntas de otras disciplinas, interrogar a los objetos desde diferentes lugares. A menudo, en ese sentido, lo propio de la crítica literaria es lo impropio, lo no del todo específico.

El año en el que se publica el libro de Prieto resulta el cierre de un momento anterior (como decía en ese artículo mío que citó Alejandro Eujanian) y también el inicio de algo nuevo. En 1988 aparecen los libros de Beatriz Sarlo (Una modernidad periférica), Josefina Ludmer (Un tratado sobre la patria) y Prieto. El de Sarlo, desde el punto de vista del periodo histórico que toma, la década del 20, comienza donde termina el de Prieto, y el de Prieto, a su vez, comienza donde termina el de Ludmer, el final de la década de 1880. Se completa un periodo que va más o menos de 1810 a 1930, en coincidencia con el que había tomado Viñas, porque él también va a tomar ese bloque en Literatura argentina y realidad política –aunque desde el vamos diga que la literatura argentina comienza con el romanticismo–, porque ahí están Belgrano y otros escritos anteriores. Lo que pasa en estos nuevos libros es que se narra de otra manera. Y en este contexto, el libro de Prieto tiene, entre otras virtudes, la presentación de un corpus nuevo y sobre todo el modo de construir su objeto a partir de ese corpus. Porque también hay otra tradición vinculada con parte de su corpus, el libro de Raúl Castagnino, El circo criollo, que toma los mismos textos que toma Prieto, pero con una perspectiva que hoy nos es muy ajena, muy vinculada a la mera recopilación de datos. El libro de Prieto, junto con otros pero de una manera más potente, forma parte del giro culturalista de la crítica, que a la larga y de manera no particularmente eufórica, fue dejando de lado la lectura política a lo Viñas, la lectura denuncialista. Mi pregunta ante esto es: ¿qué hacemos ahora con ese impacto culturalista? Porque en los últimos años ha habido una repolitización de los estudios literarios que no vino de este tipo de abordajes culturalistas, mientras que los que continuaron el giro culturalista de Prieto se han encerrado en la cuestión cultural, dejando de lado o minimizando lo político del libro de Prieto. La repolitización, entonces, la hacen quienes recuperan el discurso viñesco, casi sin cambios, y ante esto mi pregunta es: ¿se puede volver a pensar una lectura política de la literatura argentina pasando por el culturalismo de Prieto? ¿Se puede disputar esa lectura política a las lecturas marcadas por Viñas? Creo que esa es una tarea actual, y que ahí se anuncia otra disputa a partir de este clásico.

 

1) El Seminario de historia de las ideas, los intelectuales y la cultura fue creado por Oscar Terán en el Instituto Ravignani de la Universidad de Buenos Aires en 1988, y desde entonces funciona ininterrumpidamente con su mecánica habitual de una reunión por mes entre abril y noviembre (desde la muerte de Terán, en 2008, el Seminario ha tomado su nombre).

2) Se refiere al volumen Conocimiento de la Argentina que, como se señaló, acaba de publicar la Editorial Municipal de Rosario.

3) Adolfo Prieto, Literatura y subdesarrollo, Rosario, Editorial Biblioteca, 1968.

4) Adolfo Prieto, “Los dos mundos de Adán Buenosayres”, Boletín de literaturas hispánicas, Universidad Nacional del Litoral, Rosario, 1959.

5) Adolfo Prieto, Sociología del público argentino, Buenos Aires, Ediciones Leviatán, 1956.

6) Adolfo Prieto, “Argentina. La primera literatura de masas” en AAVV: Augusto Roa Bastos y la producción cultural americana, Buenos Aires, Ediciones de La Flor y Folios Ediciones, 1986.

7) Adolfo Prieto, “Silvio Astier, lector de folletines”, Hyspamérica n° 45, Maryland, 1986

8) El resultado de la misma acaba de publicarse en Argentina: Alejandro Blanco y Luiz Carlos Jackson, Sociología en el espejo. Ensayistas, científicos sociales y críticos literarios en Brasil y en la Argentina (1930-1970), Buenos Aires, Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, 2015. El libro ya había sido publicado en portugués, en 2014, en San Pablo, por Editora 34.

9) María Teresa Gramuglio, Nacionalismo y cosmopolitismo en la literatura argentina, Prólogo de Judith Podlubne, Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2013.

10) Los textos mencionados son: Alejandro Eujanian, “La cultura: público, autores y editores”, en Marta Bonaudo (comp.), Nueva Historia Argentina. Tomo IV: Liberalismo, Estado y orden burgués (1852-1880), Buenos Aires, Sudamericana, 1999; e Historia de revistas argentinas, 1900/1950: la conquista del público, Buenos Aires, Asociación Argentina de Editores de Revistas, 1999; y Alejandro Cattaruzza y Alejandro Eujanian, “Del éxito popular a la canonización estatal del Martín Fierro: tradiciones en pugna (1870-1940)”, Prismas N° 6, Buenos Aires, 2002.

11) Beatriz Sarlo, “Los dos ojos de Contorno”, Punto de Vista N° 13, Buenos Aires, 1981.

12) Alejandra Laera, leído en la presentación del libro de Gloria Chicote y Miguel Dalmaroni (eds.), El vendaval de lo nuevo. Literatura y cultura en la Argentina moderna entre España y América Latina (1880-1930), Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 2008

13) Anuario IEHS, nº 2, Tandil, UNCPBA, 1987

14) Luís Alberto Romero y Leandro Gutiérrez, Sectores populares, cultura y política (Buenos Aires en la entreguerra), Buenos Aires, Sudamericana, 1995.

15) Dossier: “Literatura argentina y realidad política”, en Prismas Nº 14, Buenos Aires, 2010.

16) Publicado en Prismas N° 15, Buenos Aires, 2011.

17) Gonzalo Aguilar, “Ángel Rama y Antonio Candido: salidas del modernismo”, en Raúl Antelo (ed.), Antonio Candido y los estudios latinoamericanos, Pittsburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2001.