Tema del Mes

NOVIEMBRE 2015

My Beatiful Dark Twisted Fantasy (Kanye West, 2010)

30 / 11 / 2015 - Por Fernando García

Black Power distópico para la era Obama.

Patas de gato Garras de hierro
Neurocirujanos gritan por más
A las puertas del veneno de la paranoia.
Hombre esquizoide del siglo veintiuno. 

Rejilla de sangre Alambre de púas
Pira funeraria de políticos
Inocentes violados con fuego de napalm
Hombre esquizoide del siglo veintiuno. 

(21st century Schizoid man, King Crimson, 1969)

 

Todo el día pienso en cosas pero nada parece satisfacerme
Creo que perderé la cabeza si no encuentro algo que me sosiegue
Podrías ayudarme, ¿Ocupar mi cerebro?

(Paranoid, Black Sabbath, 1970)

 

El sitio de streaming que monopoliza la forma en que estamos escuchando la música hoy debe haber juzgado que la tapa del CD (que es lo que se reproduce digitalmente en la consola virtual) My Beatiful Dark Twisted Fantasy de Kanye West es indecorosa. Para Spotify, una empresa sueca que al día de hoy suma 60 millones de usuarios, no era suficiente con enmarcar la palabra “explicit” en cada uno de los 13 tracks del álbum sino que la ilustración original a cargo de George Condo, una caricatura rabelaisiana de West montando una mujer con cola de animal, aparece pixelada, indiscernible. Spotify siguió la lógica censora de los grandes retailers como Wall Mart que desde los 90 juegan una pulseada con los artistas que se salen de caja (que no registran). Es el precio que hay que pagar por estar en un mercado que concentra más del diez por ciento de las ventas físicas en Estados Unidos. Un mercado demasiado grande para perderlo por, digamos, caprichos de artista. Spotify pudo haber utilizado el arte alternativo del disco, una bailarina con mostachos, pero prefirió pixelar y en ese acto afirmar (aunque no fuera la intención de la plataforma sueca) el carácter problemático de uno de los artistas más trascendentes de estos años. 

Editado apenas dos años después de que Obama se convirtiera en el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos, My Beatiful… vino a subrayar que no íbamos a tener nada parecido a una nación Hip-Hop(e)  (¿recuerdan el stencil pop de "Obama Hope”(1) que se viralizó tanto como aquel "Love" de Robert Indiana en los 60?). El mismo West lo dejó claro en una de las rimas más significativas en la historia del hip hop (podríamos decir, ampliando el objetivo, uno de los versos más significativos de la música negra). Así, vean, son las cosas en "Power":

Colin Powell, Austin Powers
Lost in translation with a whole fuckin' nation
They say I was the abomination of Obama's nation
(“Colin Powell, Austin Powers/Malentendido con toda una puta nación/Dicen que soy la abominación de la nación Obama”)

Pocas veces se debe haber podido expresar tanto con un juego de palabras que funciona como un abracadabras del sueño y la pesadilla americanas. Megalómano como el mejor peso pesado que haya boxeado sobre la tierra, West habla por él pero a la larga se pone en el lugar de la comunidad afro. Ya ni siquiera es que “el sueño terminó” sino que la esperanza (Hope) está condicionada por las raíces podridas del sistema. West es una estrella de rap, un millonario que escandaliza los premios MTV y que le da trabajo a la censura; un personaje jugoso del show business y el novio de Kim Kardashian (¿Cómo traducirla? ¿Wanda Nara? ¿Xipolitakis?). Es todo eso y se dice a sí mismo la “abominación” de la “Nación Obama”. ¿Es esta una forma inoportuna y tardía de black power justo cuando los Estados Unidos rompen con el mayor tabú de su larga democracia? 

Hay cierta autocomplacencia en sentirse señalado como la “abominación” pero en el mismo track la abominación está desplazada hacia el resto. Hay que oírlo recitar como si estuviera relatando una escena de fútbol americano:

The system broken, the school's closed, the prison's open/ We ain't got nothing to lose motherfucker we rollin', Huh? motherfucker we rollin´
(“El sistema está roto, la escuela está cerrada y la prisión está abierta/No tenemos nada que perder hijos de puta ahí vamos, Ok? Hijos de puta ahí vamos”)

Y no. Este no era el disco de hip hop (el definitivo pop negro) que Obama hubiera deseado como paisaje de su llegada al poder (¿O nunca terminó de llegar?). Mucho menos Wall Mart, pero esa es otra cuestión. Ya en su título de reminiscencias Lautreamontescas la suma de las palabras “fantasía, bella, oscura, retorcida” sugiere un universo artístico que remite directamente a las obras del escultor (por llamarlo de alguna manera) Paul McCarthy. Más aún, si no fuera porque necesitamos desesperadamente que las cosas estén ubicadas, se diría que McCarthy (1945) y West (1977) habitan un espacio compartido por fuera del arte y el hip hop, lugares a los que han dinamitado como cuevas de alta montaña. A las obras de Mc Carthy y las construcciones sonoras de West les caben tanto el humor absurdo, cierta idea ominosa de belleza y, sí, lo abominable. “Train” (2), una escultura mecánica de Mc Carthy que muestra una escena de zoofilia con un personaje que remite directamente a George Bush sin serlo, fue realizada entre 2003 y 2009. El mismo período en el que Kanye West creció como productor, desarrolló escalas de una discografía modélica y terminó alumbrando esta obra maestra. 

Volvamos a “Power”, track central de este análisis porque resume la potencia de un disco que hace época. Es de esas maravillas que se ven venir con el primer compás. Un duelo de tambores acompasado por un coro tribal que llama a la guerra introduce el discurso de West:

I’m living in the 21st century doin’ something mean to it/Do it better than anybody you ever seen do it/scream from the haters, got a nice ring to it/I guess every superhero need his theme music 
(“Estoy viviendo en el siglo XXI haciendo algo significativo por ello/Haciéndolo mejor que cualquiera que hayan visto/gritos de los que me odian, tengo un lindo anillo para eso/Entiendo que todo superhéroe necesita su música”)

Las estrofas se cortan con la irrupción de un viejo estribillo del rock progresivo, como si fuera una interferencia en la señal:

XXI century schizoid man!!!

Esa es la voz de Greg Lake tomada del icónico primer álbum de King Crimson (3), aquel de la boca gigante que los hippies se cansaron de estampar con esfuerzo en remeras y musculosas batik. Uno no podría pensar en algo más lejano del universo sobre el que rapea Kanye West que el grupo King Crimson, emblema de la pos-sicodelia y especie de escuela arty basada en el método del guitarrista Robert Fripp. Sin embargo, West ensancha la biblioteca de samples del hip hop por fuera de la historia de la música negra y los hits de los 80. Toda esa secuencia en el uso del sample sigue un poco el curso de la posmodernidad en el arte. En la primera etapa se trataba de citar para afirmar una identidad (secuencias de piano y brasses de Blue Tone, bases de James Brown), luego se pasó a la apropiación (Eminem con Dido, por ejemplo) y finalmente llega West que trabaja en los límites del vandalismo (el hermano negro de los Chapman Brothers (4). La irrupción de King Crimson con esa profecía distópica del hombre esquizoide en la sociedad del siglo por venir en un track de Kanye West es deliberadamente desprolija, como si le dibujara bigotes o le practicase un tajo a su propia obra. Y los Crimson, tan alejados del voluptuoso erotismo del hip hop, parecen haber sido raptados por West-Black Panther para este cameo. 

Si en 2000 un músico tecno como Moby podía imaginar el futuro del hilo musical en la forma de un álbum (Play) hecho a partir de samples de grabaciones antropológicas de blues rural, diez años después un complejo autor negro tuvo a disposición la biblioteca del rock anglosajón para saquearla y establecer una metáfora sobre la tensión entre negros y blancos en el poder de América. Lo que termina diciendo West es que en 2010, efectivamente, hay un negro al comando. Pero no es Obama.

My Beatiful… es una incesante caja de sorpresas desplegada a lo largo de setenta minutos que no dan respiro. Kanye West canta como Alí y boxea con la altura de un Stevie Wonder no-músico. “Runaway”, construida sobre una nota de piano aguda que se sostiene como la gota china, es la cima melódica del álbum. Cuando parece que ya hemos escuchado todo sobreviene una secuencia de cuerdas donde West despacha un solo de auto-tune (el software con que los productores hacen afinar a todos, de Madonna para abajo). Esa herramienta es en sus manos el equivalente del wah wah para Jimi Hendrix. En lugar de utilizar la tecnología para normativizar al cantante, West corrompe el sistema para producir un ruido que también convirtió en marca de su tiempo. Hace del accesorio un instrumento en sí mismo. Si Greil Marcus podía decir en los ochenta que la voz de Dylan era a esa altura un instrumento musical de la cultura popular estadounidense, tienta pensar que el auto-tune en manos de West es esa voz desconociéndose a sí misma, desconectándose de una épica que no le es propia.

Enseguida viene la magnífica “Hell of a life” donde el auteur afro va por otro rapto simbólico del rock anglo. Ya no se trata de samplear sino de utilizar la melodía característica de “Iron Man” de Paranoid de Black Sabbath, himno del heavy metal white trash inglés de los 70 en la voz frágil y aniñada de Ozzy Osbourne. Ese segmento con un beat cruzado y una perspectiva de sintetizadores tecno-cósmicos provocan una mezcla de euforia e incertidumbre. Otra vez, West parece valorar el signo distópico de de ese rock que definía patologías en el curso inmediato del fin del sueño sesentista: esquizoide, paranoico. Al mismo tiempo desafía a su propia iglesia (la tradición no es patrimonio de la música negra) y provoca al canon anglo (hago lo que quiero con esta música).

En 2010 Kanye West dejó este álbum que lleva meses decodificar como una cápsula para ser abierta una y otra vez. Allí se sabrá que un negro, él, estaba al comando de la música popular de Estados Unidos con letras “explícitas”, una imagen de tapa inconveniente para los supermercados y pixelada por las plataformas digitales y mecanismos de vanguardia incrustados en el mainstream más extendido. Otro hombre negro, Obama, mientras tanto ya llevaba dos años en el sillón de la presidencia de un país todavía recubierto por la bruma de la paranoia y la esquizofrenia del 11-S.

 

1) Nos referimos a la obra neo pop de Shepard Fairey que funcionó como afiche de campaña en las elecciones de 2008.
2) La obra se exhibió en el Malba en el marco de la muestra “Bye Bye American Pie” en 2010.
3) “In the court of the Crimson King”, 1969.
4) Jake y Dinos Chapman pertenecieron al grupo conocido como “Young British Artists” consagrado luego de la escandalosa y censurada exposición Sensation en Nueva York en 1999.