Tema del Mes

DICIEMBRE 2015

¿Cuántas cosas te hacen dar la vuelta al mundo?

18 / 12 / 2015 - Por Andrés Burgo

Crónica del viaje a Japón, por un hincha de River.

Es domingo por la tarde, 13 de diciembre, y me zambullo en uno de los rituales de mi vida adulta: salgo de mi casa para ir a ver a River.

Pero esta vez es diferente, esta vez salgo solo, sin los amigos –Lacra, Pep, Coco- que suelen tocar timbre para apurar unos vasos y repetir nuestras cábalas –el Fernet que ayudó a Barovero y a Pisculichi para ganar la Sudamericana, el Campari convertido en pócima para la Libertadores o el tinto que nos dejó a mitad de camino contra Huracán hace un mes-. Tampoco encaro para el Monumental sino en sentido opuesto, como si se hubiera levantado la prohibición de ir como visitante, hacia un estadio del oeste de Capital Federal: Vélez, Chicago.

Voy –me lleva mi hermano- con entrada, pero también con pasaporte: aeropuerto de Ezeiza.

Ja ja Japón.

Entonces me acuerdo de un chiste de El Gráfico de 1986, cuando yo tenía 12 años, que hacía hincapié en las diferencias entre el River habitual y el River campeón de América que recién había ganado la Copa Libertadores y se preparaba para viajar a Japón. Había 10 contrastes explicados en dos columnas, una de “antes” y otra de “ahora”. De ese decálogo, el que más recuerdo es uno en el que, en la viñeta de “antes”, un hincha con la camiseta anudada sobre la cabeza en forma de gorrito de cancha –como se estilaba entonces- le decía a su mujer: “Vieja, preparame las milanesas que jugamos en La Plata”. Y en el cuadro de al lado, el de “ahora”, ese mismo hincha, vestido de frac, le decía a su mayordomo: “Perkins, prepara las valijas que partimos para Tokio”.

La versión siglo XXI –o mi versión particular de los últimos viajes- podría ser cuando, en 2012, salí de mi casa para ir a ver a River a Mar del Plata, en medio de la travesía por el Ascenso, y mi novia me saludó:

-Suerte con Aldo Bonzi -desconociendo que un equipo pudiera llamarse Aldovisi.

Esa vez me reí yo pero ahora, menos de tres años después, se rió ella, cuando en la despedida previa a otro viaje, ya no por la ruta 2 sino a Japón, dije después de otear el empate que el Deportivo La Coruña le sacaba al Barcelona:

-Mirá si llegamos a los penales y quien te dice….

-¿En serio crees que le pueden ganar?

-Una posibilidad en veinte partidos tenemos…

 

…..

Aeropuerto de Ezeiza, mostrador de American Airlines, un señor de unos 60, 65 años, camiseta de River, le dice a la empleada del check in: “Llamé en la semana para pedir un asiento con más espacio. Tuve un infarto hace un mes y medio y los médicos me dijeron que podía viajar a Japón, pero que tenía que estirar las piernas lo más posible, y tomar agua, y caminar”. La empleada busca en la computadora y confirma el pedido: “Sí, acá está, le tocó un buen asiento”.

-¿En serio tuviste un infarto y viajas igual?, -le pregunto al hincha-kamikaze.

-Sí. Pero consulté a varios médicos y todos me dijeron que podía. Tampoco soy tan loco.

Es mi turno. La señora del mostrador me habla de Kioto, una de las capitales imperiales de Japón: “Andá, no dejes de conocerla, es una ciudad hermosa”, me dice, y del suspiro pasa al bufido (cómplice): “Espero que los últimos sean ustedes, hace cuatro días que lo único que hacemos es despachar a hinchas de River”.

Atrás, en las filas en zigzag de American, el 70% de los que quieren despachar tienen camisetas y buzos en rojo y blanco. Lo mismo en los mostradores de al lado, los de Emirates. También en los de Lufthansa. A Japón se puede llegar vía Chicago, Dallas, Nueva York, Dubai o Frankfurt. Es turismo deportivo, o migración deportiva, un fenómeno relativamente nuevo. En el Mundial 86, hubo 2 mil argentinos en México, la navidad maradoniana, el otoño alfonsinista. Cuando River fue a Japón, en 1986, dicen que viajaron 300 (es conocido el caso que de Argentinos, en 1985, viajó uno solo). En 2015 habrá –hay- 17.000. Los reivindicadores del pasado están omitiendo un capítulo.  

Hay problemas porque el vuelo a Dallas se retrasó una hora y media y algunos perderán la conexión. Ya les había pasado en los días previos a varios de los hinchas que volaban vía Nueva York: los mandaron a Londres y llegaron a Tokio medio día más tarde. El doble problema es que, los que salimos el domingo, no teníamos ese colchón. El triple problema es cuando una empleada de la compañía área dice la frase maldita (teniendo en cuenta que River debutará en Osaka el 16, en semifinales, contra el Sanfrecce Hiroshima):

-No hay forma de que lleguen antes del 17.

Hay gritos, “llamen el gerente”, “nosotros llegamos el 15 a Tokio a más tardar”, pero con voluntad todo se soluciona: algunos irán hasta Tokio vía Londres y otros, vía Los Ángeles.

Carteles con Ponzio y Barovero –que de tan silencioso y eficiente parece más japonés que argentino- vestidos de samuráis, migraciones, free shop. Se va el vuelo de Emirates. Decenas se arremolinan enfrente de la puerta. Pareciera que la manga los lleva a la Sívori alta, la popular local del Monumental. Cantan por River, saltan para dejar en claro que no abandonan, y entonan el himno imperial:

-De la mano del Muñeco vamo’ a Japón.

Un rato después, dentro del vuelo a Dallas ocurre lo mismo. Los auxiliares de abordo piden silencio por la megafonía del avión, pero al rato un azafato, con acento cubano, hace flamear una bandera de River, y recibe una ovación. Esto es muy divertido.

Llegada a Estados Unidos, otra vez el “de la mano del Muñeco vamo’ a Japón”, paso del control inmigratorio.

-¿Do you go to wacht the soccer game?, -pregunta un policía.

-Yes.

Dos horas de espera para hacer una conexión a Los Ángeles, tres horas de vuelo desde el centro de Estados Unidos hasta el oeste, y otras dos horas de espera. Ya en California, no hay cantos, hay cansancio y los diferentes grupos de amigos –y viajeros solitarios- se saludan, se amalgaman, hacen causa común. Una chica estadounidense, en la sala de embarque, se acerca a la muchedumbre con colores rojo y blanco. Primero pregunta de qué equipo son, después de qué deporte. Faltó poco para que preguntara de qué planeta.

En el tramo entre Los Ángeles y Tokio, otras once horas, la sorprendida es una azafata.

-¿Son argentinos? Mi novio es argentino, vivimos en Bangkok, yo soy tailandesa, -se presenta en la parte de atrás, una especie de patio de la cárcel del avión.

-¿Están haciendo 11 horas para ver un partido de fútbol?, pregunta.

Alguien debería responderle que son 11 horas de este tramo, más de tres del Dallas-Los Ángeles, más otras 10 de Buenos Aires-Dallas (más las tres horas de tren que faltan entre Tokio y Osaka) para sí, 90 minutos (o 180 en verdad).

 

….

Tokio, el desfase horario, el cuerpo disociado de la mente, el bamboleo. Los boxeadores suelen decir que, en los segundos posteriores a recibir un golpe de nocaut, uno se siente ingrávido, feliz en su inconsciencia. Llegar a Japón tiene algo de eso.

Y las reglas. 

Es la frase que más escuchará un extranjero: las reglas.

También, las maquinas expendedoras: sólo en Tokio –dicen las guías de turismo- hay seis millones de máquinas. Y los barrios de tecnología, y los policías corriendo y deteniendo a un ciclista porque no le funciona la luz trasera de su bicicleta, y los peatones que, aunque estén en medianoche, en un cruce sin autos a la vista, esperan al verde del semáforo para cruzar. También, y esto sí es sorpresivo, algunos precios más baratos que en Buenos Aires, no un deme dos, pero sí un deme uno en Tokio. “Mirá este país, es perfecto, todo funciona”, celebran algunos, una hora después de dejar el aeropuerto de Narita, con la misma rapidez con que algunos periodistas le preguntan a los artistas extranjeros, en Buenos Aires, qué piensan sobre la belleza de las argentinas sin que todavía hayan salido de Ezeiza.

-Son unos fenómenos, mirá que educación, tenemos que aprender de ellos,- se apresuran a diagnosticar varios, y me dan ganas de llamar a mi tallerista en Buenos Aires, japonés –e hincha de River-, cuyo hermano vive en la periferia de Tokio. Una vez le pregunte por qué él había elegido Buenos Aires, por qué no volvía a Japón.

-Ni loco. Una vez, el hijo de mi hermano tuvo un problema de salud bastante fulero –me explicó-. Del trabajo no lo dejaron faltar. No los tratan como personas, son máquinas.

Ya en el tren bala de Tokio a Osaka, camino a la semifinal contra el Sanfrecce de Hiroshima, hay dos tipos de hinchas de River. Los que están como zombis, encapsulados a 300 kilómetros por hora, y los que están hiperactivos, a tono con el tren de alta velocidad: son los que trajeron Fernet y lo mezclan con Coca Cola. Las botellas de dos litros de plásticos, cortada irregularmente con cuchillo cinco centímetros debajo del pico, y pasándose de mano en mano por el tren, son una postal del fútbol argentino en Japón.

En Osaka hay un banderazo, la autocelebración del hincha. Se ocupan las calles, se generan embotellamientos. Los policías usan sus megáfonos:

-Están en Japón, respeten las reglas japonesas –piden, en inglés.

Pero todos se ríen.

Al día siguiente, rumbo a la cancha, ya no será tan gracioso. Los hinchas entran –entramos- a una estación de trenes con la sutileza de una manada de búfalos a un templo sintoísta. Para Japón, un país que prioriza la armonía social por sobre las individualidades, estamos en posición adelantada. Llega un policía y pide, en medio de los gritos como hienas de “dale alegría alegría a mi corazón”, que se cumplan las reglas.

-Es un espacio público, debe haber silencio –exige, y por supuesto nadie le hace caso, hasta que el hombre agarra de la solapa primero a un hincha, y después a otro, y les dice la frase perfecta para cumplir con su misión: 

-¿Do you want to go to prison?

Entonces se hizo ese tipo de silencio cuando hay un gol de un equipo visitante y ves correr a los jugadores como si fuesen mudos.

 

….

Allá a lo lejos, en el horizonte de Osaka, aparece el estadio, con forma de plato volador, y el tren se bambolea: es la excitación de cuando los fanáticos divisan a su ídolo, es la revelación de cuando los musulmanes, después de un largo recorrido, vislumbran La Meca.  

-Boludo, mirá donde estamos, -se cachetean, se felicitan, se abrazan los hinchas.

Entramos al estadio –ningún cacheo mediante- y también están, con nosotros, los amigos que no pudieron venir, todos con los que nos intercambiamos decenas de mensajes de whataspp por día. ¿Cuántos amores más reales –no más trascendentes, no hace falta explicarlo- hay que el de un hincha por su equipo? Acá hay pibes ciegos –Vicente Zuccala-, pibes en sillas de ruedas, padres e hijos relativamente grandes, padres e hijos relativamente jóvenes, matrimonios en luna de miel, gente que se hipoteca, todos movilizados por una única causa, una causa que te hipnotiza, te idiotiza, te hace feliz.

¿Cuántas cosas te hacen dar la vuelta al mundo? No muchas: familiares, amigos, placer, curiosidad cultural, negocios. Tu equipo –River en este caso- es todo eso, menos un negocio. Nadie hace 18 mil kilómetros –y paga lo que paga- para algo que no lo vale. River –y lo aprendimos muy bien estos años, y nos dar orgullo decirlo- vale todas las penas.

Y el partido contra el Sanfrecce Hiroshima es como enterarte que vas a la tarjeta con el dólar a 14 pesos. O la versión futbolística de Lost in Traslation: un partido en el que no sabés donde estás, un partido espeso, como si se jugara detrás de una bruma. Es tentador, también, hacer la analogía entre Hiroshima y River, de cómo una ciudad y un equipo se rehicieron detrás de sus desastres. El mejor jugador de River, además de Barovero, es el Chino Rojas (por omisión): cómo lo extrañamos, quién puede hacerse cargo de la izquierda del mediocampo. El partido se va convirtiendo, cada minuto que pasa, en un encierro de monóxido de carbono. El entretiempo, de los más insoportables que hayan existido en la historia de River, sirve para comprar cerveza, averiguar cuánto están las bufandas del Mundial de Clubes y preguntar por la disponibilidad de harakiris a domicilio: si ya sería insoportable ver la derrota por televisión en Buenos Aires, acá en Osaka sería para hacer la del avestruz y encerrarse en el hotel hasta la fecha de regreso.

Así hasta que se terminaba el partido, cuando el gol de Alario –en el top ten de los goles más feos- entra al top ten de los goles más gritados, y River no consigue el triunfo: lo pare.

El 1 a 0 entra en la lógica de los triunfos que no valen por lo que son, sino por lo que evitan, y el festejo se desata primero en el estadio y después en el centro de Osaka: todos cantan el domingo cueste lo que cueste el domingo tenemos que ganar, y alguien pregunta quién va a marcar a Messi –si es que Messi juega-, y alguien agrega “no sólo es marcar a Messi por nuestra izquierda, sino a Messi y a Dani Alves”, y parece todo tan de ciencia ficción como parece Japón, y como que hace menos de cuatro años atrás, lo más cercano que habíamos estado con River del aeropuerto de Ezeiza había sido la cancha de Almirante Brown en La Matanza, un domingo de enero de 2012 que empatamos 1 a 1 y, al regreso para el Monumental, volvimos en una caravana de 50 micros por la autopista Ricchieri, mientras de fondo se ponía el sol, justo todo lo contrario que ocurre aquí, en la tierra del sol naciente.