Tema del Mes

DICIEMBRE 2015

¡Mascherano no saluda!

22 / 12 / 2015 - Por Andrés Burgo

Crónica desde Japón de la final del mundo entre River y el Barcelona

Suena a una remake de Godzilla, a 20 de diciembre de 3015 y no de 2015, pero es cierto: River juega contra el Barcelona de Messi-Suárez-Neymar, y no por uno de esos empalagosos amistosos de verano europeo, sino por la final del Mundial de Clubes -y en Japón-.

Si fuese optativo tener que vivir con un vaso de whisky en la mano, las 24 horas del día, una vez al año, es éste. 

Estamos en Tokio, pero es como si amaneciéramos en el campo base del Everest: solo nos queda un rival para terminar de conquistar el mundo. Lo curioso es que no habrá dos equipos intentando llegar a la cima, el nuestro y Barcelona. El Barca no es una expedición, es el Everest mismo, por lo que para hacer cumbre habrá que ganarle a la naturaleza hecha fútbol: soportar demenciales rachas de viento, nevadas repentinas, una presión asfixiante, todo ese infierno –como si le sacaran el monóxido de carbono a sus rivales- que implica enfrentar a Messi y su pandilla, el equipo de los dioses con botines y pantalones cortos.  

Lo que sigue es un día lisérgico, tanto que, camino al estadio, y a la espera de ganarle al Barcelona y ser campeones del mundo, los argentinos ya ganamos el Mundial de las conspiraciones y el victimismo.

-Messi se cuidó y no quiso jugar la semifinal para ganarnos a nosotros, nos re cagó, -se queja un hincha en un subte de Tokio, yendo al estadio de Yokohama.

-Pero tenía un cólico –le explica otro, desde el asiento de enfrente, rompiendo el silencio de un vagón en el que, como la mayoría de los lugares públicos de Japón, está prohibido hablar en voz alta, por ejemplo por teléfono, para no alterar el orden-. Aparte Messi quiere jugar siempre. ¿Y justo se va a cuidar contra el Guangzhou Evergrande para perjudicarnos? ¿No es mucho?

-Fue así, como te digo, no jugó para cuidarse y estar con nosotros. Es un hijo de puta.

 

…..

Faltan cinco horas para el partido y miles de hinchas de River llegan a Yokohama, una ciudad residencial de la periferia de Tokio. A los 17 mil que parieron la semifinal contra el Sanfrecce Hiroshima en Osaka, se les suman varios cientos más que llegan para este partido desde Oceanía, Estados Unidos, Europa y, también, Argentina. En verdad, más que un arribo, parece un desembarco. La masa se mueve (nos movemos) como una tropilla que atraviesa la Pampa húmeda, y como si en vez de bufandas y camisetas de River llevaran (lleváramos) boleadoras: una isla de argentinidad corretea por el sur del Gran Tokio –y eso puede ser muy divertido o demasiado grotesco y vergonzante como le pasará a Messi al día siguiente, en el aeropuerto-. Además hay choripanes en la entrada del estadio. Y venta libre de alcohol. Y, más asombroso aún, gente convencida de que River puede ganarle al Barcelona. Gente realmente convencida de eso. Casi como si un pescador del mar de Galilea hubiese dicho: “Hoy vine Jesús y multiplica panes y peces”. O como si no tuvieran en cuenta una de las cuatro verdades nobles de unas religiones de Japón, el budismo (la otra es el sintoísmo), que asegura que el deseo lleva al hombre al sufrimiento. 

“Le vamos a ganar al Barca, le vamos a ganar al Barca”, es un mantra que se repite como el advenimiento de un milagro.

El amor también es ciego en el fútbol. 

Los japoneses no se tocan en público. No hay parejas que vayan de la mano. Ni besos en la calle. Ni saludos con la mano ni un abrazo. Será por eso que el cacheo para ingresar a la cancha no existe, que todos entramos como si fuéramos a una reunión de monaguillos: algunos hinchas maldicen haber dejado afuera las botellas de Fernet. Ya en la tribuna, y mientras se juega el partido por el tercer puesto entre el Hiroshima Sanfrecce y el Guangzhou Evergrande, se produce uno de los primeros dilemas de la tarde: ¿Priorizar ubicarse en la bandeja inferior de la tribuna cabecera, desde donde casi no se ve la mitad de la cancha más alejada, pero desde donde nacen los cantos y la fiesta como si fuera el Monumental, o subir hasta la segunda bandeja, desde donde el partido se ve mejor y se siente (un poco) menos?

Mariano, Golo, Cristian, Rocco, Dante y yo decidimos: abajo. Total, hay dos pantallas gigantes para ver qué pasa de mitad de cancha para allá. Total, el partido lo podremos ver mil veces por televisión.

La megafonía del estadio anuncia que el Barca jugará con una delantera tan descomunal que podemos imaginarla de frac o de verde oliva militar: Messi, Suárez, Neymar. Detrás de ellos estarán Bravo; Dani Alves, Piqué, Mascherano, Jordi Alba, Ratikic, Busquets e Iniesta. No hay un medio pelo, uno que te lleve a preguntar “¿y éste de dónde salió?”, y sin embargo a medida de que el partido se acerca, la esperanza alquímica se multiplica: “Y mirá si les ganamos”. Y muchos responden que sí, que les ganamos, les ganamos. 

En el estadio de Yokohama debería construirse un monumento al deseo, a la irracionalidad, al hincha de fútbol.

Comienzan a desplegarse los 20.000 globos alargados, “los pendorchos”, en el argot de la tribuna. También empiezan a repartirse los diarios japoneses que deberán ser cortados y tirados en forma de papelitos, pero los organizadores japoneses se dan cuenta y empiezan a decomisarlos (para recurrir a otro argot argentino, el de la policía). Entonces alguien recuerda la imagen que Japón dejó en el Mundial 2014: nada por sus futbolistas sino por sus hinchas levantando la basura que habían dejado. 

Enseguida el problema es interno, entre gente de River, por la exhibición de un par de banderas. Hay tantas (Mariano las cuenta y dice “280”) que no entran sobre las barandas de las tribunas, y alguna trompada vuela.

-Nos estamos peleando y vamos a jugar la final del mundo, –dice un pacifista, y le hacen caso. Mejor cantarle al Barcelona, a sus pocos hinchas que llegaron desde Cataluña:

“Ohhh, no tenés vergüenza, Barcelona, son 50”.

Salen los jugadores a la cancha, a precalentar. Hay hinchas que encienden bengalas y son perseguidos por los organizadores como si jugaran al gato y al ratón, mientras los papelitos pasan definitivamente de mano en mano sin que los japoneses esta vez puedan detenerlos. Mascherano es ovacionado una, dos, tres veces, mucho más que el resto de los jugadores actuales de River –y Nico dice en la tribuna que es injusto, dado que estos jugadores ganaron más títulos para el club que el Jefecito-, pero Mascherano no retribuye.

“Mascherano no saluda” podría ser el título de una obra de teatro en Yokohama.

 

…..

Empieza el partido y River es una versión renovada del equipo alfa macho que transpiró fútbol y épica entre agosto de 2014 y 2015 (pero que en el segundo semestre perdió contra Chapecoense y Defensa y Justicia, y que apenas le ganó a Hiroshima Sanfrecce). Kranevitter, Mercado y asociados construyen barricadas y tapias con un esfuerzo ciclópeo: un remache por acá, otro por allá, y en eso se cumplen 20 minutos y muchos dicen “viste, viste, podemos, ahora solo falta esperar una pelota parada”, y en eso se cumplen 30 y alguien pega un codazo discreto “che, seguimos 0 a 0”, pero contra el avance del agua no se puede, porque el agua (y eso es el juego del Barcelona) tarde o temprano empieza a infiltrarse. 

Primero Barovero hace una atajada que sorprende hasta a la persona que no parece sorprenderse nunca, Messi, que en su primer gesto amigable del día a favor de River se acerca a saludar al arquero. Los Beatles no eran cuatro, son once, y encima el arbitraje, se queja Lacra en la tribuna, empieza a parecerse al de una groupie y no al de un árbitro. O, estamos donde estamos, al de una geisha: el iraní cobra reverencialmente a favor del Barcelona y no ve la mano en el 1 a 0 de Messi, que de inmediato hace su segundo gesto y pide perdón a la hinchada. Tal vez haya sido por la mano, tal vez haya sido porque de niño, en Rosario, era hincha de River.

El entretiempo es un momento filosófico. Gallardo se enfrenta a un dilema chaplinesco: ¿el fútbol es significado o es deseo?, ¿River debe jugar sus últimos 45 minutos a dignificarse, a atacar al Barcelona, o debe jugar a sobrevivir, a defenderse? Gallardo se emociona y elige la opción sentimental, la primera, y hace dos cambios. Tal vez no haya sido la mejor decisión –su equipo había jugado un buen primer tiempo-, pero también hay algo de valentía samurai, de ir a tirarle piedras al imperio, de –perdido por perdido- perder como perdió Bonavena contra Alí. El problema es que Sánchez hizo una del Sánchez de la época de Almeyda-técnico y la apuesta salió mal: el Barcelona convierte otro gol al comienzo del segundo tiempo y se erra tres más. El sistema de alerta de Fukushima llega a la defensa de River y hay peligro de goleada nuclear: aquel delirante sueño de ganarle al Barcelona se ha desvanecido.

Desde entonces, el segundo tiempo es como el 80% de los partidos del Barca en la liga española, un partido entre un equipo de presidiarios contra uno de libres. Suárez, el gol en movimiento, convierte el 3 a 0. Neymar vs Mercado es el único duelo que dura 90 minutos. Messi, el mejor del Barcelona en el primer tiempo, es el mejor de River en el segundo cuando saca la mano del joystick. Piqué y Busquets impresionan en vivo y de cerca como no lo hacen (tanto) por televisión. Y sale Mascherano: la mayoría aplaude, algunos silban. 

Mascherano no saluda.

 

…..

Con el partido de abajo ya perdido hacía rato, la hinchada se dedica a terminar de ganar el partido de arriba, y canta hasta el final: es también el final del viaje, de esas delirantes horas de vuelo para (básicamente) 90 minutos. Hay gente realmente triste, algunos llorando, no los que inconscientemente sabían que ganarle al Barca era imposible, sino los que realmente creían que era posible (atraídos por el deseo antes, corroídos por el sufrimiento ahora, una lección japonesa). Y aun así, una de las frases más repetidas en la tribuna, tal como había pasado en los días previos a la final, es “qué buen viaje metimos”. Incluso muchos dicen “el mejor viaje de mi vida”.

Termina el partido y Messi ensaya su último gesto: se queda unos segundos, 15, 20, mirando hipnotizado a la hinchada de River, como si estuviese cumpliendo una deuda pendiente desde su niñez. Barcelona da la vuelta olímpica, Piqué y Jordi Alba aplaudan a la tribuna argentina, que vuelve a ovacionar a Mascherano, pero Mascherano pasa con la cabeza gacha, como si estuviese buscando monedas en el piso, y no retribuye el cariño. Como las relaciones humanas suelen ser recíprocas, la relación entra en un terreno de acritud.

-Saludá, hijo de puta, -le gritan. 

Ya en el tren de regreso a Tokio, algunos intentan ver la parte buena y recobran la alegría. Otros los reprimen: “Esto no es cumpleaños de 15, viejo, acabamos de perder la final”. Yo me quedo con los primeros: prefiero perder (y con dignidad, como ocurrió) 3 a 0 contra el Barca, pero no porque me resbale perder una final del mundo, sino porque acabo de vislumbrar lo que volverá a pasar en dos meses, cuando después de un friccionado 1 a 1 contra Olimpo en Bahía Blanca, digamos “y bueno, fue un puntito en una cancha difícil”.