Tema del Mes

ENERO 2016

Bélgica, del Che a la Jihad

10 / 01 / 2016 - Por Fernando García

Tramas geopolíticas que atraviesan la historia reciente y desembocan en la fábrica europea de terrorismo fundamentalista.

Cincuenta y cinco años hay entre la imagen icónica del Che Guevara fotografiado por Korda en La Habana (1960) y la de una multitud movilizada en París bajo el mandato “Not afraid” (2015), captada por una agencia de noticias.  

La primera imagen es una de las más viralizadas del siglo XX y capta la mirada de Guevara perdida en el vacío durante los funerales masivos que sucedieron a la explosión del carguero francés Le Coubre. Esa expresión casi ausente del “Guerrillero heroico” (así fue como Korda llamó a su fotografía) fue aislada después en una serigrafía por el artista irlandés Jim Fitzpatrick y convertida en poster por el imprentero italiano Fertinelli. Desde entonces inició un largo e interminable derrotero: de las pancartas tercermundistas a la iconografía revolucionaria y el fetichismo pop. Tan pronto como 1968 el artista argentino Roberto Jacoby advertía con una obra conceptual en forma de anti-poster que “Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en la pared”.

La segunda no aísla ningún rostro sino que capta desde arriba a la masa enlutada tras la serie de atentados que dejaron en París el peor saldo de muertes violentas desde la II Guerra Mundial: 130. La frase fue, como había pasado en enero con el “Je suis Charlie”, lo que se replicó esta vez. Ningún rostro en particular sino ese “Not afraid” que viajaba a velocidad luz convertido en hashtag de la red social twitter, subido a los muros de Facebook y la vitrina de Instagram. Es una paradoja de la historia que a un momento caracterizado por fuertes movimientos colectivos haya correspondido una expresión aislada, individual, y que a otro donde el culto al yo dispone de un arsenal de posibilidades inéditas corresponda esta imagen indeterminada de masa y texto.

Socialismo y redes sociales no son lo mismo, claro. Revolución cubana y Jihad, tampoco, mucho menos.

¿Qué resultaría entonces de unir con puntos la imagen más simbólica del anti-imperialismo (aunque sea reificado como consumo) moderno y la de la masa europea movilizada contra el islamismo radical pre moderno (en un contexto posmoderno)?

El contorno de Bélgica, pues. 

Una monarquía federal constitucional de 30.582 kilómetros cuadrados y 11 millones de habitantes. Campo de pruebas de las guerras europeas de los siglos XIX y XX reconvertido en sede político-administrativa del euro y territorio neutral.

¿Neutral?

***

El 6 de diciembre de 2005, el New York Times publicó la historia de Muriel Degauque, belga de 38 años nacida en Charleroi, conocida como la primer mujer europea católica convertida al Islam que llevó a cabo un ataque suicida. Degauque, explicaba el Times, detonó su cinturón explosivo frente a una patrulla americana en un rincón perdido de Irak llamado Baquba. Su historia encapsula la complejidad de los movimientos migratorios al interior del pequeño reino del norte de Europa continental. Degauque se casó por primera vez con un hombre turco mucho mayor de quien se divorció a los pocos meses. Todo parece indicar que fue un arreglo económico para que el turco obtuviera status legal en Bélgica. Trabajando en un restaurant conoció más tarde a un argelino que la introdujo en el Islam. Muriel empezó a vestir un pañuelo por sobre su cabeza. Volvió a casarse después con un belga de madre marroquí llamado Issam Goris a quien los investigadores ya tenían fichado como islamista radical. Goris se llevó a Muriel a Marruecos para que aprendiera árabe y estudiara el Corán. Cuando volvieron, los padres de Muriel apenas pudieron reconocerla: llevaba una burka negra que solo dejaba ver sus ojos claros. La última vez que habló con sus padres estaba en Siria. Les dijo que se quedaría un año. La comunicación se cortó abruptamente y de Muriel solo les quedaría la voz en el contestador automático del teléfono móvil.

Expertos en terrorismo consultados por el Times para contar la historia de Muriel Degauque señalaron entonces que su caso era la punta de un iceberg: la tasa de conversiones al Islam mostraba un crecimiento notable en las mujeres europeas en pareja con inmigrantes o hijos de inmigrantes árabes. Muriel podía ser apenas la primera en una constelación de blancas caucásicas volcadas a la causa radical. Los expertos dijeron que las mujeres eran menos investigadas y que podían pasar desapercibidas ante los servicios de inteligencia. “Muchas de ellas adoptan las costumbres fundamentalistas de sus maridos por una cuestión espiritual o porque se sienten atraídas por una cultura exótica. Pero para muchas la conversión es un acto político, no tan distinto de lo que hicieron aquellas que se unieron a las filas de los rebeldes marxistas sudamericanos de los 60 y 70”, explicaban al Times.

La guerrilla marxista cuya teleología no tenía continuidad fuera de los límites de la tierra y el terrorismo islámico cuyo fin se realiza en el más allá no podrían ser menos parecidos. El análisis del Times los homologaba, sin embargo, en su capacidad para arrancar mujeres del primer mundo de cuajo. 

Los “rebeldes marxistas sudamericanos” se construyeron en el mito y el martirologio del Che. El mito se sustentó en gran parte en una imagen que no hubiera sido tal (al menos no hubiera sido esa) sin la concurrencia de Cuba, Estados Unidos y Bélgica.   

La historia cuenta que el carguero francés Le Coubre había partido del puerto de Amberes, Bélgica, con destino a La Habana y 1492 cajas de armamento. Con muchas presiones de Estados Unidos ese armamento había sido vendido por Bélgica a la dictadura de Fulgencio Batista. En medio de la operación, sucedió la Historia. Cuba se convirtió en el primer país socialista de América y los FAL (Fusil Automatique Léger) diseñados por Dieudonne Saive para la belga Fabrique Nationale de Herstal que había pagado Batista para defenderse de los rebeldes iban ahora a parar a manos de la revolución. Estados Unidos volvió a presionar contra el primer ministro Gastón Eyskens (Partido Social Cristiano Unido) pero esta vez para que no hiciera efectiva la venta ya acordada y pagada. 

No resultó. El carguero Le Coubre llegó al antiguo amarradero Pan American Docks la tarde del 4 de marzo de 1960. A las 15.10 una terrible explosión sacudió a la capital cubana. Le siguió otra, aún peor, trece minutos después. Murieron más de cien personas entre la tripulación del buque y los socorristas que llegaron entre la primera y la segunda explosión.

El 5 de marzo una multitud encabezada por los Castro y Guevara acompañó el sepelio. Fue ahí que Korda captó esa mirada con destino de poster del Che. Cuba acusó desde entonces a la CIA por haber perpetrado el sabotaje calificado de 

“atentado terrorista” y Estados Unidos, a pesar del deshielo, sigue sin desclasificar los archivos relacionados con el incidente Le Coubre.

Bélgica se convirtió desde entonces en el mejor aliado europeo de Cuba: programas de comunes de desarrollo científico, intercambio artístico y estudiantil, excepciones deliberadas al bloqueo. Toda una curiosidad geopolítica.

Tanto como el suicidio militante de Muriel Degauque, detonada contra una patrulla estadounidense en Irak. Detonada como un boomerang de la historia. 

***

La fotografía de la multitud enmudecida sosteniendo las palabras “Not Afraid” en las calles de París tras los múltiples atentados jihadistas de noviembre también se originó en Bélgica, un país sin injerencia directa en los conflictos de Medio Oriente. A las descripciones escalofriantes sobre las ejecuciones en el teatro Bataclan y las escenas confusas en el estadio Saint Dennis que ocuparon el centro en las horas posteriores a la masacre le siguió la repetición de un nombre hasta ese momento ignorado largamente por el mundo: Molenbeek.

Separado por un canal del barrio bohemio y hipster de Bruselas, este vecindario de 93.000 habitantes tiene un nombre tan sencillo como el paso del tiempo. Molenbeek es la conjunción de las palabras “molino” y “arroyo” en neerlandés, como si se tratara de un clásico cuadro flamenco detenido en el tiempo. El paisaje, sin embargo, fue re-pintado una y otra vez. Al emblema de la tecnología agrícola que hundía sus raíces tan lejos como el año 900 le siguió el de la máquina. Bajo el régimen francés, Molenbeek sufrió una transformación radical. Le tocaría ser el banco de pruebas de la Revolución Industrial al sur del canal de la Mancha al punto de que a la ciudad se la conociera también como una “Little Manchester”, denominación que se fue borroneando tras la gran depresión de 1930. La pobreza se instaló en Molenbeek, anomalía de un país rico al que la historia le tenía reservado un nuevo papel. El paisaje del arroyo y el molino sería reconvertido en los últimos cuarenta años en el centro de la comunidad musulmana de Bélgica. Conforme avanzó la radicalización islámica, Molenbeek mutó de barrio popular multicultural a fábrica (el pasado volvió como metáfora) de jihadistas. Si en la alta edad media Molenbeek recibía peregrinos de tierras lejanas que llegaban para venerar los milagros de una Santa Gertrudis, en los albores del siglo XXI salen de la ciudad jóvenes belga-árabes vestidos para matar en nombre de la guerra santa.

Para los expertos en terrorismo no fue una novedad que las primeras investigaciones tras la masacre de noviembre llevaran a Molenbeek, de donde salieron al menos dos de los autos que los jihadistas utilizaron en París. En su rápido relevamiento sobre el vecindario, el diario inglés The Guardian detallaba como aparecía linkeado antes con otros episodios: “Del asesinato pos 11-9 del líder anti talibán Ahmad Shah Massoud en Afganistán a las bombas en los trenes de Madrid en 2004 y de los asesinatos en el museo judío de Bruselas en 2014 a la frustrada cacería en un tren de alta velocidad Amsterdam-París este verano”. 

Basta relojear la entrada de Molenbeek en Wikipedia. En la addenda sobre sus vecinos mejor conocidos aparece en primer lugar Abdelhamid Abaaoud, sospechado de haber orquestado los ataques de noviembre y abatido en un raid en el suburbio parisino de Saint Denis el 18 de ese mismo mes. El nombre de guerra de Abbaoud en ISIS era Abou Omar el belga, acaso una forma de dar cuenta del fenómeno todo. Según exponía el Guardian, las autoridades belgas habían reportado antes del noviembre negro que unos 800 ciudadanos de ese país sirvieron como jihadistas en Medio Oriente, un número significativo para una población total de 11 millones con más de 600.000 musulmanes. La televisión pública de Flandes, en tanto, difundió el dato de que 474 belgas tuvieron o tienen participación en la guerra civil de Siria y de acuerdo al Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización, con base en Londres, Bélgica aporta 40 combatientes extranjeros a la Jihad por cada millón de habitantes. El doble que Francia (67.128.000 habitantes; 6,13 millones de musulmanes), cuatro veces más que Reino Unido (63.843.856; 2,8 millones de musulmanes) y, por lejos, la mayor proporción de toda Europa. El experto en jihadismo belga Pieter Van Ostaeyen lo ponía así: “Los números dicen que de una población de belgas musulmanes de aproximadamente 640.000 hay cerca de uno cada 1.260 involucrados en la Jihad en Siria e Irak. En este punto, Bélgica es, per capita, la nación europea con la mayor contribución de combatientes extranjeros en la guerra siria”.

¿Qué hizo que la capital del euro y la OTAN sea también la de la Jihad islámica?

Ninguna de las respuestas estándar de la derecha o el progresismo son satisfactorias. Ni las corrientes migratorias per se ni la segregación socio-política de la población explican por sí solas el fenómeno del jihadismo belga. Molenbeek, aún con sus altos índices de desocupación juvenil, dista de ser un gueto y no ha registrado episodios de intra-violencia como los de la banlieu parisina. Su síntoma no es el mismo que el de Saint Denis. Y Bélgica, a la larga, no es tanto el lugar donde sucede la violencia radical sino más bien donde se la prepara como sucedió en noviembre y antes, en enero, con el fusilamiento de la redacción de Charlie-Hebdo.

Tres factores concurrentes terminaron haciendo de Bélgica el mejor lugar de Europa central para que la Jihad estableciera su cuartel (por fuera del mundo árabe). El primero es la emergencia de un notorio mercado negro asociado con la producción de rifles automáticos de la FN Herstal (sí, la misma fábrica que le había vendido los fusiles a Cuba en 1960) que hasta 2006 vendía armas a particulares con excesiva laxitud. “Con buenas conexiones es muy fácil hacerse de armas ilegales en Bélgica. Los criminales venían antes a comprarlas legalmente y siguen viniendo porque encuentran redes activas y la gente para hacer negocios”, le dijo a la agencia Reuters Neils Duquet, del Instituto para la Paz de Flandes. En ese sentido Bruselas se parece más a una ciudad del mid west estadounidense que a una de Europa. 

El segundo tiene que ver con la estructura política y cultural del país. Bélgica es un estado federativo partido, literalmente, en tres regiones autónomas (Flandes, Valonia y Bruselas capital) y lingüísticas (flamenca, francófona y germanófona), con alto riesgo de atomización y un funcionamiento altamente descentralizado que se puso en crisis cuando en 2010 el país alcanzó 289 días sin poder formar un gobierno central. Es una cifra libro Guinness, que superó en días el vacío de poder en el Irak pos-Hussein. 

La superposición administrativa dificulta la inteligencia sobre el terreno y facilita la salida del radar de las células radicales y la sanción de leyes comunes a todo el territorio se vuelve morosa y conspira contra la eficacia de los investigadores. 

El tercero se relaciona con la historia de la comunidad musulmana en Bélgica, mayoría de marroquíes y tunecinos, a priori tan arraigada y no tan distinta que la de otros países de Europa central. Reuters cita al diputado opositor de centro-derecha George Dallemagne explicando que en los 70, mientras atravesaba una crisis de la industria pesada, Bélgica solicitó el auxilio financiero de Arabia Saudita. A cambio, facilitaron la instalación de mezquitas administradas por predicadores salafistas que traían un mensaje hasta entonces ajeno y extraño a los intereses de los musulmanes belgas. El salafismo, que propugna el regreso al Islam original o más puro, sustentó la vía a la Jihad en los 80 tras la invasión de la Unión Soviética en Afganistán y encontró en Bélgica la puerta de ingreso a Europa.    

***

En 1983 el salafismo y la radicalización del Islam no entraban en la agenda de preocupaciones de Bélgica. La amenaza terrorista llevaba entonces el nombre de Cellules Communistes Combatants (CCC), una tardía agrupación marxista inspirada en la más célebre RAF alemana que en dos años perpetró 28 atentados de inspiración anti-imperialista contra objetivos multinacionales en todo el territorio del país. A pesar de la intensa actividad, las CCC solo se cobraron dos víctimas. Casi al mismo tiempo se activó una célula de ultra-derecha más vinculada con ataques delictivos en supermercados conocida como la Nijvel gang. Solo en sus últimas tres operaciones, la Nijvel se cargó 16 vidas. Esta insólita ola de terror en Bélgica con la guerra fría todavía como telón de fondo coincidía con la presión de la OTAN para instalar una batería de misiles en territorio belga. En ese contexto, la oposición pacifista anti nuclear que movilizaba a grandes sectores de la población se quebró.

En los 90, una investigación parlamentaria coordinada entre Bélgica, Suiza e Italia verificó la conexión entre los servicios secretos belgas y estas células terroristas con sospechas de connivencia de la OTAN y desconocimiento absoluto del gobierno federal. Uno de los resultados inmediatos de esta tarea fue que se legisló para limitar la autonomía de la inteligencia belga respecto del poder político. Algo que ni siquiera cambió con la explosión puertas adentro de la Jihad. 

Por ahora.

***

Treinta años después con teleseries como Homeland explotando tramas conspirativas que llevan la relación CIA-Al Qaeda al terreno de la ficción no puede sorprender a nadie que las actividades de la CCC belga hayan sido una suerte de puesta en escena o ficción política. Y una muy buena historia para reificar como consumo cultural.

Preguntas en el jardín de senderos (belgas) que se bifurcan.

¿Qué fue la curiosa CCC sino la enésima versión de la foto de Korda del Che manipulada y adulterada, invertida en su signo y uso? ¿La leyenda “Not Afraid” por

encima de una muchedumbre no debió ser el eslogan esclarecido de las marchas pacifistas anti OTAN en Bruselas en los 80? ¿No podrían reclamarla como propia los mismos jihadistas belgas que con sus acciones la hicieron posible?

Pequeño país, grandes misterios.