Tema del Mes

ENERO 2016

David Bowie, el poder de una imagen

14 / 01 / 2016 - Por Fernando García

La memoria de Bowie no cabría en ningún museo: sería la suma incontable de historias como ésta.

Ahora lo que queda es traicionarlo. Una mirada retrospectiva contra la imposibilidad de pensarlo a futuro, rediseñándose, como se había empeñado en hacer a riesgo de competir contra su propio, altísimo estándar de modernista avant la lettre. La muestra retrospectiva del Victoria & Albert Museum (2013) para la que abrió su archivo a regañadientes anticipó este presente de inevitable museo Bowie. En su caso, al menos, hay una esmerada producción de imágenes que evitan esa ruina estética que es la memorabilia Hard Rock Café style. Contra toda su vocación de mañana es mejor, David Bowie construyó desde 1972 hasta 2013 (por precisar un comienzo posible en su reinvención como Ziggy Stardust y un final en la no-tapa de The Next Day) una valiosa colección de imágenes que pueden incluso prescindir de la música por su autonomía plástica. 

Sabemos que en el reparto biopolítico la música pop ocupa un lugar omnipresente de hilo musical global, que viaja de la radio de clásicos al soundtrack de los tanques de cine; del playlist cuidadosamente difundido de Obama a las recomendaciones personalizadas de Spotify hacia sus usuarios (¿Un software-pitonisa que conoce tus emociones íntimas y las decodifica en una sucesión de álbumes virtuales?). Convivimos en un circuito cerrado de memorias activadas por la música. ¿Pero que hay de la imagen, que la cultura pop se encargó desde la segunda mitad del siglo XX de ubicar en el antiguo lugar de la iconografía religiosa? Pasado el tiempo, el video clip pareciera no tener la misma inmediatez proustiana que los hits y hasta You Tube, que al principio revelaba una ansiosa reconstrucción arqueológica, es usado, pervertido, como estación de radio a la carta (los usuarios echan a correr una playlist de fondo, sin mirar).

Las plataformas digitales nos han vuelto curadores espontáneos de infinitos museos personales. Buscamos y posteamos imágenes y sonidos que dicen algo sobre nuestra historia. Acaso la música pop anticipó en esta cualidad a las plataformas del siglo XXI: fue una red social en sí misma. Ahora, en el día después de la muerte de Bowie (esas cuatro últimas palabras tienen la gravedad de una puesta operística, designan algo que es más que un hecho) elegiría postear una imagen determinada de todo el arsenal iconográfico producido por Bowie. Imágenes que se comparten para decir “De Bowie yo soy esto, o esta es mi parte intransferible en la historia”. Lo que el mundo hace por fuera del repertorio de los medios masivos y de los que tienen voz y voto (aquellos que significan socialmente) para recordarlo o recordarse en él.  

Elegiría hablar de la tapa (no tanto del disco) alternativa de The Man Who Sold the World. Del poder de esa imagen y de mi historia personal con ella.

***

La habitación de Alejandro D tenía una ventana que daba a la calle en una casa antigua en el límite entre Caballito y Paternal (entre Ferro Carril Oeste y Argentinos Juniors). Pero era una ilusión óptica pues todo lo que había para ver estaba del lado de adentro. Crucé la puerta de esa habitación una noche de invierno por una circunstancia poco grata. Mi abuelo había muerto y mis padres nos dejaron, a mi hermana y a mí, al cuidado de la familia de Alejandro D, ya un adolescente. La habitación de Alejandro D estaba completamente revestida en madera: tenía una cama, un escritorio y un equipo de música Ranser con aspecto de mueble. Como en “El anillo del capitán Beto” esta habitación que se revelaría ante mis ojos y oídos como una pequeña astronave galáctica tenía un banderín de River Plate. Esos banderines de los 70 con los extremos tejidos con hilos de color y los retratos circulares del plantel y el técnico. En este caso, el banderín conmemorativo del campeonato 1975. Yo era de Boca pero admiraba secretamente a Norberto Alonso ubicado estratégicamente en el centro de los retratos.     

Ese banderín era la única conexión en esa habitación-nave con el mundo que conocía, el de las fotos de la revista El Gráfico y la revista Goles; el de los acróbatas pelilargos de los domingos por la tarde; el del fútbol, bah. El resto era un mundo desconocido que se repartía entre las fotos ampliadas (pósters) atrapados con chinches a la madera, la pila de revistas Pelo y, sobre todo, las tapas de los discos dispuestas a los costados y en una subdivisión del combinado (¡ese era el nombre!) Ranser cuya bandeja giradiscos, como un antiguo robot japonés, sostenía los discos en el aire antes de dejarlos caer en el plato. Alejandro D era el disc jockey tirano de su habitación-nave y yo una especie de rehén. Pasaba horas haciéndome escuchar selecciones de su discografía mayormente salida de las bateas de “progresiva internacional” y de los discos importados que empezaban a aparecer en algunas disquerías de Caballito y Flores. Como un aspirante en el templo shaolin asentía casi mudo a sus explicaciones iniciáticas mientras me concentraba en el poder iconográfico de las tapas de los discos de rock (este era el nuevo mundo al que estaba siendo inducido), los interiores que se abrían como ventanas renacentistas, el sobre con las letras que resultaban poco menos que jeroglíficos.

Mis incursiones a la habitación-nave de Alejandro D duraron unos dos años más, lapso en el cual fui convertido al nuevo orden estético, audiovisual, que desplazó para siempre al otro, el del fútbol. 

Empecé a completar mi propia colección de tapas de discos de rock en la feria de discos usados del Parque Rivadavia, los domingos al mediodía. Con los años me dí cuenta que muchos de los discos que compraba básicamente por la tapa los había visto antes en mis incursiones a la habitación-nave de Alejandro D. Pero lo hacía de manera inadvertida. No buscaba reponer su discografía como un monje copista irlandés pero, de algún modo, lo hacía.

La discografía de Alejandro D pagaba su contribución al canon progresivo en boga (extendido en Buenos Aires acaso más que en ninguna otra metrópoli) pero tenía desviaciones que el tiempo revelaría sofisticadas. Una de ellas era David Bowie.

La imagen que yo buscaba una y otra vez era aquella fotografía con fondo negro donde se veía a una especie de ¿acróbata? ¿bailarín? ¿clown? sosteniéndose en un pie, ejecutando una especie de patada de judo o karate, frunciendo la boca como ya había visto en otra tapa, la de una recopilación de Little Richard. Esa era la tapa alternativa de The Man Who Sold the World y esa imagen tenía en mí una fascinación profunda que aún hoy, tantos años después, sigo sin poder descifrar. En mis visitas a la habitación-nave de Alejandro D la sostenía y la examinaba tratando de extraer su significado oculto que probablemente fuera ninguno. Curiosamente no es la música que está grabada en ese disco (un proto-Bowie, haciendo equilibrio entre el baroque pop y el hard rock) sino la canción “Rock&roll suicide” (del LP Ziggy Stardust) lo que asocio a la imagen. Y esto es porque “Rock&Roll suicide” me obsesionaba tanto como la imagen de Bowie en The Man Who Sold the World. Por su título, como de tapa del diario La Razón, y porque, justamente, la cadencia dramática de la canción no era lo que yo conocía como rock&roll. Y eso era igual de intrigante. De lo más intrigante que había entre esas paredes revestidas en madera color flan.

Alejandro D murió muy joven. Nunca supe que fue de su colección de discos de rock. 

***

La historia de Federico Bowie la escuché de boca del encargado de prensa de un sello multinacional a fines de los 90. Según me contó esa vez, el tal Federico había tomado ese nombre por su devoción hacia la estrella alienígena-bisexual y tenía la mejor colección de discos que había en Buenos Aires hacia fines de los 80, principios de los 90. Tanto que a partir de su colección se había armado en Rock&Pop un programa de radio de culto llamado “London Calling”, como el legendario álbum doble de The Clash. Los discos de Federico Bowie venían directo de Londres porque su padre viajaba asiduamente y se los traía para paliar una depresión que parecía no tener control. Los discos eran lo único que sacaba al joven Federico Bowie del pozo. 

Pero no alcanzó. 

Federico Bowie se suicidó en su habitación rodeado de esos mismos discos. Cuando su madre lo encontró la bandeja giraba sin fin. La habitación se cerró para siempre con los discos adentro. Bajo llave.  

***

Bonus Track es una de las últimas disquerías en pie de Buenos Aires. Sus dueños solían formar parte del elenco estable del Parque Rivadavia los domingos a mediodía. Es una especie de templo o, mejor, arca de discos de vinilo como los que Nick Hornby retrató en Alta Fidelidad. Uno de mis pasatiempos favoritos solía ser visitar Bonus Track con una provisión de cedés de prensa para intercambiar, en absoluta desventaja, por discos de vinilo valiosos, rock argentino de los años 70 sobre todo. 

En una de esas excursiones, después de varios meses de sequía, volví como en un rayo a la habitación-nave de Alejandro D, a su revestimiento de madera, el magnánimo Ranser como trono del rey de los discos progresivos.

A la foto del ¿acróbata? ¿bailarín? ¿clown? saturada contra un fondo negro, la tipografía en letras gordas, setentistas: David Bowie, the man who sold the world. Y al fondo de la memoria los primeros compases, la frase “You’re a rock&roll suicide” entonada como en una sentencia.

Tantos años después, seguía completando la colección de tapas de discos de Alejandro D. Acaso con este culminaba una búsqueda nunca del todo proyectada. Más que rescates esos discos eran como apariciones. Y esta era la definitiva. La imagen del hombre que cayó al mundo y parece sorprendido por el ojo de dios en pleno ejercicio de su gracia artística.

La copia de The Man Who Sold the World con el arte alternativo al original encabezaba una batea de discos importados con muchas otras, preciosas, ediciones de Bowie y música del catálogo pos punk de los 80. 

Cuando me acerqué con el disco de Bowie y los sesenta pesos para pagarlo (no tenía materia prima de intercambio esa vez), Andrés, uno de los socios, me explicó que toda esa batea era de una colección. Que por pedido de la mujer que se los había vendido tenían que exhibirlos todos juntos. Me contó que la colección llevaba años guardada en una habitación y que ella había decidido desprenderse de los discos tras la muerte de su marido que a su vez había querido conservarlos todo este tiempo.

Porque eran los discos que le había traído a su hijo viaje tras viaje desde Londres. Y porque su hijo se había suicidado rodeado de esos discos. Hablaba de Federico Bowie, aunque no lo hubiera nombrado así.

La copia de The Man Who Sold the World que me llevaba de los pelos a la habitación de Alejandro D y a la voz de Bowie diciendo “You’re a rock&roll suicide” venía de otra habitación y ahora, extrañamente, parecían comunicadas por esta figura icónica, médium, de mi museo personal.    

***

Naturalmente, la copia de Federico Bowie que ahora forma parte de mi colección de discos fue lo primero que escuché de David Bowie pos mortem. Cuando se mueren los artistas que amamos solemos escucharlos en una especie de duelo, como si repasáramos viejas fotografías, como si los invocáramos. Pero, en realidad, nos estamos invocando a nosotros mismos. A las habitaciones donde alguna vez hubo música y, con el tiempo, solo ha quedado el silencio.