Tema del Mes

DICIEMBRE 2012

El deber de ser padres, y no amigos

04 / 12 / 2012 - Por Carolina Arenes

La última vez que se me ocurrió utilizar una expresión del lenguaje de mis hijos, ellos se ocuparon de hacerme saber con sus ojos desorbitados que, lejos de conquistarlos con mi esforzado espíritu juvenil, les daba vergüenza ajena. Es decir, me volvieron a poner en mi lugar con la impiedad que sólo un adolescente puede ejercer sobre sus padres.

Me lo dice sin que se le mueva un pelo: los papás más copados de su grado son los de su amiga Brenda. "¿Por?" Digo yo, haciéndome la distraída, disimulando ese patético "¿y por qué nosotros no?" que me queda atrapado en la garganta. Pero ya me lo imagino. Los papás de Brenda -una amiga de mi hijo menor, sexto grado- son recancheros, hablan como ellos, les dicen "boludo esto", "boludo lo otro", y usan esas mismas zapatillas tan cool.

"¡Así qué fácil!", pienso, y pensarlo de ese modo me hace sentir mejor. Como si yo no cayera nunca en esas trampas, en la tentación de hacerme la madre “con onda” y colar de vez en cuando guiños adolescentes en la conversación. Pero se aprende a los golpes. La última vez que se me ocurrió utilizar una expresión del lenguaje de mis hijos –algo tipo “te cabe” o “alto problema armaste por nada”- ellos se ocuparon de hacerme saber con sus ojos desorbitados que, lejos de conquistarlos con mi esforzado espíritu juvenil, les daba vergüenza ajena. Es decir, me volvieron a poner en mi lugar con la impiedad que sólo un adolescente puede ejercer sobre sus atribulados padres. Es que los chicos tienen a veces una claridad de conceptos que deja sin aliento. Le sucedió también a una de mis mejores amigas. “Ay, boluda, no sabés lo que pasó”, le dijo a su hija de veinte años. “¡Mamá!”, marcó distancia ella, “¡Vos no sos mi amiga, por qué me hablás así!”.

No es fácil eludir la tentación. Porque una cosa es propiciar la cercanía, esa proximidad que nos permita no quedar afuera de sus intereses, de sus pequeñas viditas en crecimiento, y otra cosa es confundirse de lugar. Leemos libros, notas que se publican en los diarios, reflexiones de expertos que trabajan sobre este signo de nuestros tiempos. Convertida la juventud en el diamante más codiciado –¡el trabajo, el amor, el éxito, todo parece depender de ese talismán!- quién va a querer soltar así nomás semejante valuarte de vigencia. Y si ellos, los chicos, se creen que nunca fuimos jóvenes, ¡pobres de ellos!, tenemos una larga lista de proezas juveniles para reconquistar su respeto y conseguir su aprobación.

Cómo cambiaron las cosas… Me acuerdo del día en que con mi hermano le hicimos escuchar a papá De nada sirve, de Moris. Nosotros delirábamos con “escaparse de uno mismo” y el viejo ni se molestaba en disimular que no le gustaba. “No entendí nada”, nos dijo sin la menor vuelta. En cambio yo, (¿madre que no se resigna a ser esa que ya no entiende nada?), cuando mi otro hijo, el de quince, puso en el auto hace unos días el CD de El lado oscuro de la luna, me apuré a decir El gran baile en el cielo en cuanto reconocí los primeros acordes. Ya sé, pueden reírse de mí, imagínenme conmovida y ¡aprobada! tarareando con mi hijo adolescente las canciones de mi juventud.

Porque de eso se trata, ¿no? Sergio Balardini, experto en temas juveniles, decía que a nuestra generación le costó mucho trabajo correrse de ese lugar, el de los jóvenes, aun cuando ya empezábamos a acumular décadas. Protagonistas como habíamos sido de la revolución cultural que llevó a los jóvenes al centro de la escena mundial en los años 60 y 70, nos costó mucho resignar ese reinado y recién empezamos a hacerlo –a regañadientes- cuando nuestros propios hijos empezaron a dejarse el pelo largo, a escuchar música a todo volumen y a decirnos: “No entendés nada”. Es decir, cuando crueles y terminantes, vinieron a reclamar lo que les corresponde: su momento de ser los jóvenes y su derecho a tener padres que se banquen ser adultos.

Hoy, el que dice “Toda autoridad puede y deber ser discutida” es él, el de quince, y si a mí me quedaron asuntos pendientes con ese tema, mejor que me apure a resolverlos porque ahí está, la espalda contra la pared, los brazos cruzados y el mentón ligeramente levantado. En lenguaje corporal, señal de desafío generacional. Y él espera que yo sea su madre, no su amiga. Por el bien de los dos, mejor que yo no me olvide de eso (aunque podamos seguir escuchando Pink Floyd en el auto).