Tema del Mes

ENERO 2016

China, según el Metropolitan Museum

26 / 01 / 2016 - Por Xavier Ortells-Nicolau

Detrás de su glamorosa apertura y del éxito numérico de audiencia, la exposición “China: Through the Looking Glass” en el museo norteamericano renovó las polémicas sobre la injerencia de capitales privados en las instituciones públicas, la indistinción entre el arte y la industria cultural y una visión sobre Oriente que replica los estereotipos de la mentalidad colonial.

La exposición estrella del Metropolitan Museum de Nueva York para el año 2015 ha sido China: Through the Looking Glass, que abrió sus puertas del 7 de mayo al 7 de septiembre, tras ampliar la fecha original de finalización debido a un gran éxito de visitantes. El planteamiento de la exposición era simple: yuxtaponer obras de la colección de arte chino antiguo del MET con piezas de alta costura de inspiración china del fondo del Costume Institute, el departamento de historia de la moda del museo. Así, se exhibieron túnicas imperiales junto a un vestido de noche de Valentino, porcelanas Ming al lado de un vestido de Roberto Cavalli o una caligrafía china del siglo X junto al vestido de Chanel que la tomó prestada en el diseño de su estampado. Bronces, joyas, cerámica y telas de distintas épocas servían para enmarcar lo que Andrew Bolton, el comisario principal de la muestra, describe como “la fantasía colectiva sobre China”, una aparentemente inagotable fuente de inspiración para creadores de alta costura. Dividida por temas (“El imperio de los signos”, “Saint Laurent y Opium”, “Chinoisserie” ), materiales (porcelana blanca y azul, seda de exportación) y épocas (China imperial, Nacionalista, Comunista), el diálogo propuesto enfatizaba el valor de las apropiaciones estéticas del imaginario y el arte chinos en el diseño y la confección de alta costura. Con una exquisita producción, el diseño del espacio expositivo jugaba con la iluminación y la escenografía, creando espacios sugerentes y envolventes, como el de la sala donde budas sedentes rodeaban un exquisito vestido de la diseñadora china Guo Pei reminiscente de un loto, el de la exposición de botellas de perfumes o los sensuales qipaos de la época republicana.

 

La exposición ha atraído al museo a un número record de visitantes, pero a la vez ha generado numerosas críticas por su celebración de la apropiación estética occidental y por el papel de una institución como el MET en la perpetuación de un imaginario chino cosificado y exotizante. Distintos académicos, críticos, periodistas y activistas, pero también los comisarios de la muestra, han destacado que el planteamiento de la exposición se vincula indefectiblemente con el concepto de “orientalismo”, una noción que a partir de su desarrollo inicial por parte del académico Edward Said en el libro homónimo de 1978 ha devenido pieza clave en el estudio de las relaciones entre los países occidentales y los asiáticos. Si bien el análisis de Said se ocupaba mayormente del Oriente Medio y de la producción de poder/conocimiento (adoptando los postulados de Michel Foucault) de Inglaterra y Francia, su método y conclusiones se han aplicado a menudo al estudio de las relaciones entre China y Occidente. Para Said, el orientalismo es la práctica por la cual Occidente ha “generado”, epistemológica y ontológicamente, el Oriente, con la finalidad de justificar la empresa imperialista y colonial y consolidar su dominio. Esto se ha conseguido, por ejemplo, a partir de la generación de un conocimiento sobre Asia basado en la reducción de la complejidad y la esencialización de su cultura (“los orientales son así”) y en la exotización (el Oriente es distinto, extraño, es lo no civilizado, lo sensual, etc.). 

 

Como decíamos, los comisarios reconocían explícitamente la relevancia del “orientalismo” en una exposición como la del MET, pero su objetivo era superarlo y destacar –y aún más importante, disfrutar— la “infinita y arrebatada creatividad” generada por el encuentro de artistas con China. Por su parte, los críticos han denunciado cómo, a su parecer, la muestra refuerza un tipo de representación exotizante e instrumental de China, y lo que es aún peor tratándose de una institución cultural tan prestigiosa, de hacerlo por afán de lucro y beneficiándose de su legitimidad como institución cultural. En una carta abierta que circuló por las redes, Bob Lee, director del Asian American Arts Centre, denunciaba que el Museo había abandonado su papel académico para, en su lugar, sucumbir a estrategias comerciales. La exposición, denunciaba Lee, “no solo actúa en perjuicio de la comunidad chino-americana, sino también del público americano y su esperanza de superar los estereotipos raciales” (1).

 

Como se puede entrever en estos comentarios, la crítica a las prácticas orientalistas de las instituciones académicas, de la prensa o la cultura popular, se retroalimenta, en el contexto norte-americano, con la sensibilidad por la corrección política, de especial impacto en lo que atañe a la representación y consideración pública de la diferencia étnica, cultural o racial. En este sentido, incluso antes de la inauguración de la exposición, las alarmas de los observadores se dispararon al anunciarse que “China” sería el tema de la gala anual del Metropolitan, un evento imprescindible en la agenda de las celebridades organizado por la famosísima e influyente Anna Wintour . Como si de la ceremonia de entrega de los Oscars se tratara, los vestidos de los asistentes son los protagonistas de la gala, que abre la muestra estrella del año en el Museo. En esta ocasión, como escribía días antes del evento Dhani Mau, la editora del blog Fashionista.com, la gala era “un auténtico campo de minas”: los asistentes se enfrentaban al reto de intentar ser la sensación del photocall sin que por ello se convirtieran en la comidilla de las redes por una mala interpretación de lo “chino” o por ir disfrazados, ni que se ofendiera a la comunidad asiática. Claramente, no todos lo consiguieron (2). Lady Gaga vistió una especie de kimono japonés de Balenciaga mientras que Jennifer López aprovechó la sinuosidad de un dragón rojo (puntos por estereotipo) para cubrir lo justo y necesario en un vestido otramente transparente (puntos por sensualización del Oriente). Curiosamente, las celebridades que más gustaron fueron las actrices o modelos chinas asistentes al evento (Zhang Ziyi, Shupei Qin, Tang Wei) y los vestidos de diseñadores chinos, como la interminable capa bordada, ribeteada de seda y pieles, diseñada por Guo Pei que lució la cantante Rihana.

 

A nivel académico, resulta sintomático observar entre algunos historiadores del arte cierta recurrente incomodidad, cuando no impaciencia o hartazgo, con las propuestas de los estudios postcoloniales, culturales y de la teoría crítica. Como si dijeran, “toda esta teoría sobre la fluidez de los significantes está muy bien, pero nosotros nos ocupamos de objetos reales, con una factura y una historia determinada”. A la vez, acaso la propuesta del MET deba enmarcarse junto a las de aquellos que, atendiendo a Said, no dejan por ello de estudiar el arte producido en ese encuentro cultural caracterizado por condiciones de desigualdad. En este sentido, por ejemplo, es notable la propuesta de los editores de Sinographies. Writing China (Hayot, Saussy y Yao, eds., 2008) al proponer el término “sinografía” frente al de “sinología” para reclamar la importancia de la producción literaria basada/ inspirada por China, más allá (pero sin olvidar) el orientalismo.

 

El Metropolitan goza de un prestigio internacional como institución cultural, lo que conlleva una gran responsabilidad en la producción de conocimiento sobre el arte del mundo, pero la exposición China: Through the Looking Glass ha abierto muchas dudas sobre la independencia y el rigor académico del museo. ¿Hasta qué punto una esponsorización millonaria (en este caso, de Yahoo, Condé Nast y de diferentes donantes chinos) afecta la selección y comisariado de las muestras? ¿Debe el museo participar en operaciones de soft power en las que intervienen intereses políticos y diplomáticos (con presentaciones por todo lo alto en la embajada norte-americana en Beijing)? Se cree que los museos e instituciones culturales deben atraer a un siempre creciente número de visitantes y por ello desarrollan estrategias de comunicación y marketing, algo que, para algunos, frivoliza y degrada la importancia del arte, mientras que, para otros, democratiza su alcance e influencia. Que estos debates y polémicas se den alrededor de una exposición sobre China no es baladí, sino que muestra la creciente importancia, no solo económica sino también cultural, del país asiático. 

 

1.Asian American Arts Center, Monday, July 20, 2015.

2.Ver la fotogalería del NYT  

 

Créditos de las imágenes asociadas:

Jean Paul Gaultier, conjunto wuxia otoño/invierno 2001-2, Arthur M. Sackler Gallery; House of Givenchy, vestido otoño/invierno 1997-98, Charlotte C. Weber Galleries. Fotos del autor.

Jarrón del siglo XV, porcelana pintada con cobalto azul bajo esmalte transparente. Vestido de noche de Roberto Cavalli, otoño/invierno 2005-6, y vestido de noche de Alexandre McQueen y Sara Burton, 2011-12. © Metropolitan Museum of Art.

Vestido de Alexander McQueen para Givenchy, 2007-08, frente a papel de pared Portobello de de Gournay. Foto del autor.