Tema del Mes

FEBRERO 2016

Estilo Lemmy

01 / 02 / 2016 - Por Fernando García

“Al futurismo lo pusieron en práctica los renegados del rock&roll como Lemmy, incapaces de discernir arte y vida entre el ruido de una motocicleta y el de un bajo distorsionado”. Un homenaje al líder de Motorhead, recientemente fallecido.

Un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia

(Filippo Tomasso Marinetti, manifiesto futurista) 

Siempre fueron los chicos malos los que se vistieron mejor: Napoleón, los confederados, los nazis. 

(Ian “Lemmy” Kilmister)

 

Portarse mal, vestirse bien. Así empezó el rock&roll como uno de los estilos de la música bailable en la cultura de la posguerra y quizás así haya terminado definitivamente liquidado por el cáncer que se llevó a Lemmy Kilmister al otro mundo el día de los inocentes de 2015. No la música que puede ser replicada como una fotocopia o la actitud que se recicla a medida de campañas publicitarias globales y ni siquiera la ropa que las casas de haute couture recuperan como marca de autor (hippie chic por acá, gótico-punk por allá) sino algo que está ahí, atravesándolo todo: el estilo. 

De ahí que la muerte de Lemmy y el automático pase a silencio de su eterna banda Motorhead hicieran eclosión en el neurótico mundo de las noticias. ¿Por qué entre las generalidades del segmento tarde-noche de TN hay que dar cuenta de la muerte de la bestia del bajo Rickenbacker? ¿Acaso era un ídolo  de masas? ¿Por qué el New York Times lo puso en “portada” y eso lo hace importante? ¿Por que era amigo de Ozzy Osbourne, de Slash, de Dave Grohl, amigo, en fin, de los grandes? De pronto parece que este desconocido del prime time ha tenido una influencia desmesurada y el doctor Nelson Castro, pródigo en diagnósticos, cree necesario decir algo sobre Lemmy mientras se proyectan imágenes enlatadas de servicios noticiosos. 

“Se nota el deterioro en la salud…El tenía una voz linda”.

Es comprensible que Nelson Castro no hubiera escuchado nunca antes la anti-voz de Lemmy Kilmister como para saber que no cantó “lindo” nunca jamás. Lo que nadie comprende ahí es acerca de qué se está informando. El personaje del rock, el mundo del espectáculo, todas esas cosas están en un segundo plano. Nelson y la columnista (recién salida de un baño de inmersión en Wikipedia) están hablando de algo que no pueden ni siquiera nombrar y es el estilo. ¿No hubiera sido una noticia digna de destacarse decirle a la teleaudiencia algo así como que “con la muerte de un hombre inglés de 70 años se apaga definitivamente el estilo del rock&roll”? 

Puede resultar hiperbólico (todo Motorhead es una hipérbole), antojadizo, decirlo pero la realidad es que la estampa de Lemmy, a los 25 y a los 70 años, ha sido una construcción tan profunda y constante que solo la noticia de su desaparición física podía terminar de darle proyección y significado. Más allá de morir con las botas puestas (¿metáfora?), Lemmy murió viviendo como esos fantasmas que pueblan las películas de Aki Kaurismaki: rockers que vienen de un limbo estético, hombres-lobo aullándole a la juke-box, trago, cigarrillo y una soledad de espectro. Construcciones estéticas puras, mannequins del espíritu, siluetas que dan una visión del mundo recortándose del resto. Lemmy: Jack Daniels con Coca-Cola, anfetaminas, botas de cuero, cinturón con balas, la misma silla frente a un video-juego en un bar de Los Angeles, a media cuadra de un departamento sencillo atestado de memorabilia de la II Guerra Mundial. Así lo muestra el magnífico documental de Greg Olliver y Wes Orshoski: “Lemmy”. Sí, tautología de máxima pureza. El nombre es una descripción, la descripción es un nombre. Y el nombre o los nombres (Lemmy, Motorhead) hacen visible la música, como decía Malcolm McLaren que habían hecho las subculturas en la línea de montaje de la cultura pop. Y la remera negra con la calavera cromada y la escritura “Motorhead” en tipo gótico destacada debajo del cuello es, será, al parecer insuperable. Un infinitivo subcultural. 

El estilo de Lemmy es el del renegado, el outkast. Evoca no el glamour de Little Richard sino su trauma de crecer gay en Georgia en los años 40 y de transformar esa anomalía en un grito. Evoca haber escuchado ese grito creciendo él mismo en una isla destemplada de Gales y haciendo de ese grito un refugio. Evoca a Little Richard en el grito de Paul McCartney con los Beatles outkast de The Cavern (no los héroes contraculturales de la psicodelia) y a él mismo como parte del público adolescente de esos primeros Beatles (¿Cuántos más los vieron? ¿Cuántos más se volvieron Lemmy?). Evoca a Little Richard reencarnado en Jimi Hendrix y a él mismo como roadie (plomo) y ocasional dealer de LSD de Hendrix. Evoca en el rocker la reaparición de fantasmas anteriores: un anarco-cowboy, un bandolero del desierto, un milenarista apocalíptico.

Lo inadvertido: un futurista.

Volvamos a la grabación seminal de Motorhead, el manifiesto Lemmynista. Otra vez la tautología sin salida. El primer tema de Motorhead se llamó “Motorhead” y abre el álbum Motorhead. Fue, en rigor, su última contribución para Hawkwind, ese aquelarre (decir “banda” es inexacto) de space rock del que era bajista. El primer sonido de Motorhead no es estrictamente musical sino industrial: el rugido de un motor en una motocicleta a punto de partir. La aceleración se confunde finalmente con una línea de bajo eléctrico distorsionada por la sobreamplificación. Es un continuo, la velocidad replicada por el temblor de las cuerdas de acero punzadas hasta la resonancia. El ruido del motor elevado a la categoría de capo lavoro en el mundo de los sonidos: arte. 

Al fin, la profecía de Marinetti se cumplió muy por afuera del castillo del arte moderno y las vanguardias estéticas. Al futurismo lo pusieron en práctica los renegados del rock&roll como Lemmy, los heavy metal kids incapaces de discernir arte y vida entre el ruido de una motocicleta y el de un bajo Rickenbacker distorsionado tocado como si fuera un arma (¿un arpa?) de guerra.

El militarismo de los futuristas que se probó fútil frente al horror de las míseras trincheras de la I Guerra Mundial reapareció como un deseo reprimido en la cultura popular o baja de la segunda mitad del siglo XX. Las cadencias de marcha y carrera populares en el ejército americano informaron al primer rock&roll casi tanto como los blues, el gospel y el country & western. La psicodelia antibelicista tenía como combustible ensoñado a la marihuana, cuyas plantaciones en México había alentado el Pentágono, y el LSD, drogas que se habían puesto a prueba para sobrellevar el pánico durante la guerra de Corea y que después, extendidas a la metrópoli, fueron perseguidas. En el estilo de Lemmy, en su obsesión políticamente incorrecta con la estética nazi y la historia de los grandes conflictos armados, sobrevivieron o se hicieron carne estas paradojas. En el fondo del estilo de Lemmy, tanto visual como sonoro, había una obra de arte-vivo de los viejos futuristas. La Victoria de Samotracia del Louvre fue secuestrada y se la reemplazó por un rocker desgreñado de pelo por los hombros que, inexplicablemente, ha puesto el micrófono por encima de su cabeza y se estira dolorosamente hasta hacer audible la textura áspera de su voz. Es que además de una silueta y un sonido, Lemmy era (es) una postura en el escenario. Una absurda escultura inmóvil atravesada por la música más veloz jamás tocada o el gesto displicente del domador que ha conseguido amaestrar al toro-bólido.

Aduana entre el punk y el heavy metal, Motorhead no dejó nunca de tener en Lemmy a un cantante de rock&roll adaptado a la velocidad de su tiempo (a su tempo). Y fue la exactitud en el dibujo de la silueta lo que le permitió pasar a través del tiempo sin volverse una caricatura patética o la pintoresca adopción del showbizz. En el largo cásting de rockstars convocados para “Lemmy” ninguno resiste el test del tiempo como él: ante tanto angel caído en desgracia, su estampa es imperecedera. Como si hubiera encontrado en ese outfit de rocker cimarrón la traducción estética del rock&roll extremo que Motorhead perfeccionó entre 1978 y 1983 (para luego repetir invariablemente hasta…2015). Como si el ataque revulsivo de “Ace of Spades”, el riff modélico de Motorhead, diera exactamente esa imagen y ninguna otra. Escucharla (ser atravesado más bien) no nos hace pensar en una imagen anterior de Lemmy porque esa imagen ha sido invariable. Estuvo siempre.

Porque esa imagen era, justamente, la del rock&roll como estilo.