Tema del Mes

FEBRERO 2016

En Pekín

06 / 02 / 2016 - Por María Sonia Cristoff

La vida intelectual es como la vida de oficina o de fábrica. [carreteras de autistas] Lo normal es que allí no suceda nada, que nada la interrumpa. [la lógica infinita del rodeo en el que se sumían, se consumían las frases.] Por acontecimiento entiendo esa suspensión de la ficción colectiva [clavo la vista en ese ojo mío habitado por un cuerpo extraño] que devuelve a cada uno a su propia aventura intelectual. Rancière [Cristoff]

Esta vez, mi insomnio es unidireccional, nada de las derivas que se bifurcan ni de los motivos que se superponen. Toda su atención puesta en esa partícula, más bien en ese cúmulo de partículas, esa protuberancia circular, esa pequeña esfera que creció dentro de mi ojo derecho. Pegada al párpado. Más bien ubicada en un ángulo entre el párpado y el globo ocular. Con esa precisión –y con el agregado de un adjetivo que no dejó de llamarme la atención: “tornasolada”- la describió una amiga a quien le mostré mi ojo derecho por Skype hace un rato, antes de acostarme. Ojalá pudiera decir antes de dormirme, pero todo indica que ni siquiera hoy, en mi última noche en Pekín, me salvaré de la recurrencia insomne. Doy otra vuelta en la cama y decido repasar los motivos de los insomnios de ayer: aunque hoy me parezcan nimios, al menos el ejercicio me evitará, espero, seguir pensando en este cuerpo extraño que se ha ubicado, aparentemente, en un ángulo preciso. Lo primero que aparece, entre esos motivos, son las obras en construcción que no descansan, no paran, las moladoras y los torneros y las perforadoras que acompañaron mi sueño, mis intentos de sueño debería decir, durante toda esta semana. Mi cuarto está en un piso diecinueve, y hasta el piso diecinueve llegan, cada noche, los ruidos furiosos de máquinas constructoras que, tan paradójica como indefectiblemente, me hacen pensar más en destrucción que en construcción.

La ciudad está continuamente en obra: con esa frase empieza “Interior con paisaje”, de Han Dong, uno de los diez autores que participan de la antología Después de Mao, editada por Miguel Ángel Petrecca, una selección de narrativa china actual publicada en 2015 que abrí en cuanto el primero de los tres aviones que tomé para llegar hasta acá empezó a carretear. El cuento de Han Dong vuelve a esa frase, la ciudad está continuamente en obra, y a otras que hacen referencia al estruendo continuo, a los ruidos terribles y a los rugidos de las máquinas en estos tiempos de cambios vertiginosos que se vienen registrando durante las últimas dos décadas en Pekín y en tantas otras de las ciudades prósperas de la China. Reformulaciones mediante, los otros cuentos de la selección también hacen referencia a distintos tipos de cambios que involucran a las ciudades y a los pueblos y a quienes los habitan. Señalé esas frases en mi libro cada vez. Qué mal leí ese libro, ahora que lo pienso en esta noche insomne, qué mal: buscando acá y allá indicios acerca de las transformaciones chinas tan mentadas, de la vida en Pekín, de las prácticas urbanas y rurales, de las obsesiones de época. Leí como hace siglos se leían los relatos de viaje, o como leen los antropólogos sin hipótesis ni gracia: buscando testimonios, datos, información. Imperdonable. Puedo aceptar mis rumbos equivocados como escritora –estoy obligada a aceptarlos si no quiero ceder a esta inexplicable pulsión por andar poniendo una palabra al lado de la otra-, pero en cambio no tengo ninguna tolerancia a mis malos pasos como lectora. Y no hay peor versión del lector que la del buscador de testimonios, ninguna. Creo que nunca la había ejercitado antes. He sido lectora ociosa, sibarita, obediente, analítica, polémica, envidiosa, ceremoniosa, jíbara y tantas otras, pero jamás rastreadora de testimonios. Ni siquiera lo fui al leer relatos de viaje. Por qué ahora, me pregunto. Por qué tan inmerecido abordaje frente a un libro que tiene una apuesta literaria fuerte, alcancé a presentir, aunque yo más bien recuerde, además de esa ciudad en obra permanente, otras cosas como las formas que la amistad toma entre mujeres o entre hombres, las maneras de tomar alcohol o té, las formas de la humillación que esperan al campesino en las ciudades furiosas, los métodos de pesca y sus consecuencias, la duración de las jornadas obreras, los desvelos estudiantiles.

Creo que sé, en realidad, de dónde proviene ese mal rumbo lector: de la demanda de época por saber lo que es China, de qué se trata, qué nos depara. Un poco como pasaba con la China de Mao, sobre todo en sus años iniciales, cuando atrajo a una larga la lista de intelectuales, escritores et al que viajaban libreta en mano, como quien asiste a una clase magistral, como quien se inmiscuye en un laboratorio donde se gestan las bases de un modo de vida nuevo. Las expectativas más o menos frustradas que siguieron no vienen al caso acá, aunque sí el poder de convocatoria que la China tuvo en ese momento. Al menos desde la Argentina, lo atestiguan los escritos de Bernardo Kordon, Carlos Astrada, Juan L. Ortiz y María Rosa Oliver, entre otros: Sylvia Saítta compiló y prologó ese recorrido-búsqueda en el lúcido volumen Hacia la revolución. Viajeros argentinos de izquierda, publicado en 2007 por Fondo de Cultura. Aunque en realidad hoy, signados por la ambivalencia como estamos, las cosas no son tan como en aquellos tiempos revolucionarios en los que la mayoría de los viajeros compartía una expectativa positiva inicial más allá de cualquier arista, una voluntad de creer que ese modelo replicable contribuiría a que las cosas fueran más justas en todo el mundo, una mirada cómplice hacia esa versión de Oriente que es China, que una vez más dejaba de ser un Otro del cual diferenciarse para volverse un camino a seguir, que se cargaba de valores positivos. Es interesantísimo el análisis acerca de las oscilaciones con respecto a lo oriental en el discurso de los intelectuales argentinos que Martín Bergel propone en El Oriente desplazado, recién publicado por la Universidad de Quilmes, porque si bien su análisis se concentra especialmente en el período que va desde fines de la Primera Guerra Mundial, cuando la idea de civilización occidental entra en crisis y da lugar a una revalorización del mundo oriental, hasta el inicio de la década del treinta, cuando algo vuelve a cambiar, el recorrido del libro deja muy en claro hasta qué punto el Oriente, en su desconcertante ubicuidad y en su probada capacidad de interpelarnos, no dejó nunca de ser una preocupación para los intelectuales en Argentina y en el resto de América Latina. Hoy, a principios de siglo XXI, ese Oriente llamado China que vuelve a resultar especialmente atractivo para intelectuales, escritores y estrategas, como también para ecologistas, sinólogos, actores, economistas y empresarios, está cargado, decía, de una ambivalencia en la que, a pesar de las marcadas diferencias entre tipos de viajeros, parece imponerse un sobreentendido que sugiere que por China se entiende hoy un estado de las cosas que nos compete a todos, un estado de las cosas que está a la vuelta de la esquina, que ya llegó, que ya no indica un lugar y una cultura específica sino un tiempo al que, querramos o no, nos encaminamos todos: China como quien dice el futuro. Tengo que reconocer que incluso en un caso como el mío, el de una escritora sin demasiado interés por la sinología ni por el futuro, algo de esa demanda cultural de época pesó cuando acepté venir a este Foro de literatura china de vanguardia que tantas noches de insomnio me ha deparado. Aunque ahora, afortunadamente, el motivo de mi curiosidad se haya especificado: solo quisiera entender qué es lo que en China se entiende por literatura de vanguardia china.

Harta de dar vueltas revisitando motivos de insomnio en esta semana que ya termina, me levanto para prepararme un té y recién entonces, cuando llego al cubículo espejado en el que, vaya a saber por qué, los diseñadores de este cuarto de hotel decidieron ubicar una caja con variedades de tés de distintas regiones y una pava eléctrica para beberlos sin freno, vuelvo a ver por el rabillo a mi propio ojo alterado por el cuerpo extraño, tan alterado que ahora se ha puesto todo rojo, enramado y rojo. Elijo el primer té que encuentro, en automático, y en medio de esta noche pekinesa con fondo de perforadoras, hago algo que siempre evito en todo tiempo y lugar: miro mi cara fijamente en el espejo, clavo la vista en ese cubículo espejado, en ese ojo mío habitado por un cuerpo extraño, respiro hondo para tomar fuerzas y animarme a separar el párpado para poder ver lo que mi amiga ya me había descripto, la esfera tornasolada y, mientras el vapor de la pava eléctrica va volviendo todo borroso, yo en cambio lo veo cada vez más claro: entiendo que la experiencia china se ha concentrado en este cuerpo extraño que en realidad es una síntesis, una suerte de Aleph achinado al que no debo, como pensé hoy, hace un rato nada más en esta larga noche, evitarlo, sino todo lo contrario, escudriñarlo para intentar sacar de ahí una clave.

Me acuerdo de que en “El Aleph”, el cuento, mientras Carlos Argentino Daneri acompaña a Borges al sótano de su casa en la calle Garay, le dice que, si realmente quiere acceder a ese Aleph que está en uno de los ángulos de la escalera, esa esfera tornasolada donde es posible ver todos los lugares del orbe, esa suma íntegra del universo, es fundamental cumplir con una serie de reglas y posturas, entre ellas la de tener “cierta acomodación ocular”. Pienso entonces que esta esfera que me habita desde ayer tal vez tenga precisamente esa función, la de generar esa acomodación, y termino de convencerme de que se trata de un Aleph que me permitirá entrever no todo el orbe pero sí el que se circunscribe a la China. Y tampoco a toda la China con su cultura milenaria y su paradójico socialismo de mercado sino precisamente a su literatura, y tampoco a toda su literatura sino a su literatura de vanguardia, tema que me trajo hasta acá y acerca del que hoy, a punto ya de volverme, lo ignoro todo. Todo, o casi. Tal como al momento de venir. Pienso que este ejercicio al que me empuja el insomnio es quizás la última oportunidad que la experiencia china me da de saber algo, aunque sea mínimo. Reconciliada con mi insomnio, reconciliada también con mi ojo enrojecido y desfigurado, traigo una silla hasta este cubículo vaporosamente espejado, me preparo una segunda taza de té, y confío en que, desde allí, inmóvil, aprovechando la posición privilegiada que mi ojo tiene con respecto a la esfera tornasolada, su proximidad, su palco privado digamos, enfocando ahí y a la vez haciendo un simple ejercicio de rememoración de mi semana en el Foro, seré capaz de saber algo acerca de la literatura que me invitaron a conocer.

Y no solo a eso: que también me invitaron a debatir. Basándome en algún caso de la literatura argentina, claro. Un caso que, me dijeron al invitarme, pudiera ser un buen punto de partida para discutir de qué hablamos cuando hablamos de vanguardia hoy. O eso fue lo que yo quise traducir de lo que me dijeron al invitarme, en realidad. Así es que esta noche soy capaz de citar con precisión entrecomillada un sintagma de cuento borgeano, que esto de tener a Borges en la punta de la lengua no es precisamente my cup of tea, si me disculpan el anglicismo imantado por el contexto, sino más bien parte del texto que escribí para participar de ese debate prometido, un texto en el que, basándome en El Aleph engordado de Pablo Katchadjian, digo que en América Latina, a diferencia de lo que creo que pasa en China, cuando hablamos de vanguardia nos referimos tácitamente a las vanguardias históricas de los años veinte o a las por entonces llamadas neovanguardias de los años sesenta, y que al día de hoy, propongo, en parte recuperando lecturas de Héctor Libertella y de Damián Tabarovsky y de Julio Premat, ya no hablamos de escritores de vanguardia sino más bien de algunos escritores en los que se perciben gestos vanguardistas, gestos a partir de los cuales una tradición no se derriba sino que se transforma, vuelve resignificada. Ahí, en el texto, digo que esos gestos se pueden rastrear en toda la literatura de Pablo Katchadjian, pero pongo especial énfasis en el caso de El Aleph engordado, que como sabemos retoma aquel cuento de Borges, porque me parece que Borges es ya un sobreentendido universal que puede generar algún tipo de discusión, algún disenso, algún tipo de cruce en esas carreteras de autistas que suelen ser los foros y congresos. Vuelvo a concentrarme en mi esfera tornasolada y veo ahí, nítido, el preciso momento en el que, parapetada detrás de un atril plagado de ideogramas, leí mi texto durante el día de apertura del Foro. Superé el aburrimiento de autoleerme después de haberme autoeditado solo porque quería llegar rápido al final y ver si alguien recogía el guante, ver si alguien respondía con indignación porque, estaba implícito casi al punto de lo explícito en lo que acababa de leer, intuía que en la literatura china habían llegado tarde a la vanguardia. O que usaban el término sin reconocer el peso de las vanguardias mencionadas. Y, si tal reacción no aparecía, como iba viendo en el flash-back, quería ver si alguien respondía al menos con un tinte didáctico y entonces, con la serenidad que el mito popular adscribe al carácter chino, me daba una idea de qué era eso a lo que llamaban literatura china de vanguardia. Pero no: en la escena vuelvo a ver esas caras inmutables entre las infinitas sillas del auditorio que se extendía hacia arriba, como la cola de un pavo real, y el momento en el que decidí mirar entonces hacia el costado, hacia mis colegas, los que estaban sobre el estrado porque leían en el mismo grupo que yo y, para mi entusiasmo, vi una sonrisa abierta y una mano que hacía gestos y todo eso emanado desde un colega chino y entonces creí que vendría un comentario en alguna de esas dos líneas o en alguna otra pero no, el tal colega tenía un cargo en la universidad –todo el mundo parece tener un cargo en China- y por lo visto su cargo lo hacía ser el encargado de decirme que muchas gracias, que fuera cerrando porque éramos tantos en este Foro que corríamos el riesgo de quedarnos cortos de tiempo.

Estoy por servirme otra taza de té pero no puedo, no lo hago, quedo inmóvil frente a una serie de escenas que, en mi esfera tornasolada, veo sucederse inmediatamente después de la anterior, aunque la cronología esté alterada, y esta serie nuclea los momentos en los que iba terminando de asumir que el Foro internacional -como los organizadores decidieron llamarlo, supongo, porque entre los treinta y cinco expositores éramos cinco que veníamos de otros países- no incluiría traducción simultánea sino diferida, y que ese tipo de traducción que en un momento lamenté pasó a ser una pieza dorada un par de horas después, cuando me enteré de que la traducción diferida era solo para el panel en el que estábamos los internacionales, por llamarnos de algún modo, pero que una vez levantados nosotros del estrado, todo el resto del Foro se haría en chino mandarín. Sin fisuras. El programa del Foro también en chino mandarín, íntegro. Me diste la copia equivocada, le susurré a la asistente que me acompañó como una sombra desde el primer minuto de mi estadía hasta el último, después de haberle pedido encarecidamente que por favor mientras yo estaba encerrada ahí ella se encargara de conseguirme un buen mapa de Pekín, no uno de los que pretendían darme en el hotel sino un mapa de verdad. Y ella que sí al mapa pero que no al programa en inglés, que esa copia en chino mandarín era la única que había, con lo cual yo ni siquiera tenía modo de adivinar si esos escritores y académicos chinos que se sentaban en los estrados y debatían acerca de literatura de vanguardia china mientras sorbían sus tazones de té, todos hombres, todos hombres que allá en el estrado por momentos me hacían acordar a películas en blanco y negro en las que hablaban jerarcas del Partido, tenían alguna relación con los nombres de escritores chinos que por las noches lograba captar en mis búsquedas insomnes y ralentizadas, porque acá en China los buscadores habituales de Internet son otros y, admito, hay costumbres que lleva más de una semana perder.

Ahora la esfera está más tornasolada que nunca porque, en vez de mirarla fijamente, ya estoy yo recordando sin eje y entonces vuelvo a enfocar y en esta escena que aparece ahora estamos tres de los internacionales sentados en una de las tantas filas del auditorio, sentados prolijitos ahí mientras todos en el estrado y todos en las butacas de alrededor hablaban en chino mandarín, tomaban notas en chino mandarín, discutían acerca de la importancia de la literatura de vanguardia china que quién sabe si toma en cuenta o no a las vanguardias históricas y a las neovanguardias, que quién sabe cuáles obras toma como centrales, cuáles como referentes, cuáles como antagonistas, y nosotros los internacionales ahí sentaditos, tratando de lidiar a la vez con el jetlag y con la impotencia que nos generaban las horas de transmisión ininterrumpida en una lengua indescifrable, y mi asistente que de pronto se me acercaba para decirme al oído que había estado averiguando pero que un mapa así no era tan fácil, que tenía que ir hasta una librería específica que queda bien lejos de ahí, pero que no me preocupara, que ella se encargaría, y que mientras estábamos ahí en esa sesión del Foro ella se ofrecía a traducir, en mi programa, los ideogramas que designan nombres de escritores chinos que quizás en algún momento de la vida me resultarían reconocibles, y yo que en ese instante aprecié su gesto a un punto tal que hasta tuve ánimo para intercambiar un par de frases con el internacional sentado a mi derecha, un poeta finlandés de voz grave, hasta que el otro internacional del trío de los internacionales que no hablamos chino mandarín se levantó como exasperado, se notaba en el saco largo que flameaba a su paso, y volvió al rato, no sé cuánto, no sé cómo, y nos anunció con una sonrisa que había conseguido que nos designaran un traductor y entonces dio un paso al costado para dejar pasar a un chico que nos sonrió con una inclinación de cabeza, o más que eso, de toda la parte superior del cuerpo, y después se sentó en una de las butacas de la fila en la que estábamos los tres, todo lo equidistante que pudiera de nosotros tres, como le habían indicado, pero mucho no podía porque para estar perfectamente equidistante deberíamos haber sido cuatro los internacionales con él en el medio, pero en cambio éramos los tres juntos de siempre, y por alguna razón quedé yo a su lado, casi diría a su cargo, y entonces el intérprete empezó a hacer su trabajo, que para eso lo habían llamado, y así es que a las voces y al jetlag y a la confusión general se le sumaba ahora este buen chico que, en una combinación de profesionalismo y terror pocas veces vista, iba contándonos en un inglés remontado lo que los hombres que estaban allá lejos en el estrado, cada vez más lejos, iban diciendo, y lo que iban diciendo estaba lleno de referencias que me resultaban al menos desconocidas, de sobreentendidos que ni siquiera lograba atisbar, y de nombres propios de obras, de autores, de críticos, de traductores, de editores y de mascotas, no sé, muchos nombres que empezaron a conducir al intérprete otra vez al chino mandarín, porque de su inglés remontado ya no quedaba casi nada entre tanto nombre propio local, y él que seguía hablando, superponiéndose al murmullo general para cumplir bien su labor y yo que miraba en busca de auxilio a mis pares internacionales, los dos en sus propias cosas, que vienen a ser sus propias tablets o ensoñaciones, y yo que casi al borde del colapso, con el último aliento, alcancé a decirle que pocas veces había visto a un intérprete que hiciera tan bien su trabajo, se lo dije sinceramente aunque no lo creyera, que tales tipos de contradicciones nos habitan cuando uno está al borde del colapso, doy fe, pero que a partir de ese momento por favor no hiciera su traducción en forma oral sino que mejor tomara nota, y le di mi hermosa libreta, no me importaba si terminaba llena de información que no me importaría jamás, se la di como le damos uno de esos álbumes para colorear a los niños en determinados momentos, no sabemos si por el bien de la criatura o por el nuestro, y entonces me recosté en el respaldo de mi sillón de conferencista-cautiva y cerré los ojos para ver si así lograba recomponerme, pero el intérprete que no podía con su genio, o con su deformación profesional y entonces, cada dos frases que anotaba, me seguía susurrando al menos tres al oído y así fue que llegó la noche, porque las sesiones de este Foro eran eternas, y cuando nos sentamos a la mesa grupal para comer me di cuenta de que otro día había pasado y yo sin tener ni idea, ni la más mínima pista acerca de ese constructo llamado literatura china de vanguardia.

Promediando la semana había logrado convencerme de que lo que en realidad sucedía es que los foros y congresos, ya sea en Pekín o a la vuelta de la esquina, son en realidad el momento menos indicado para saber de qué va algo. Ni hablemos de discutirlo. De abrirse a una discusión. Había logrado convencerme de que en realidad era absurdo mi intento de captar algo ahí. Lo que tenía que hacer era encontrar otros ámbitos, otros momentos. Las noches pasadas en insomnio me habían servido para leer otros libros centrados en Pekín, en China, en su literatura más reciente, y entonces, aunque mi conocimiento real acerca de qué es eso a lo que se llama literatura china de vanguardia seguía en las sombras más absolutas, al menos tenía datos que me habían permitido pensar hipótesis o directamente calcarlas de alguno de los libros leídos y así, inevitablemente, algunas preguntas habían ido tomando forma. Quería encontrar interlocutores para echarlas a rodar, para ponerlas sobre la mesa. Los escritores que habían formado el núcleo duro de esa vanguardia que había tenido su momento de esplendor a mediados de la década del ochenta, por ejemplo, ¿seguían escribiendo en esa línea? ¿Habían ahondado en los experimentos con el lenguaje que, todo indica, los caracterizaba? ¿Habían llevado aun más lejos esa descomposición de la subjetividad humanista que, a favor o en contra de Mao, había caracterizado a las generaciones que los precedieron? ¿Habían multiplicado esas conciencias alteradas, sin pasado ni propósito, esas conciencias completamente colonizadas por estados confusionales? ¿Habían reforzado su apuesta al humor como trinchera? ¿Su negativa a suspirar por las utopías perdidas? ¿Su negativa a ocupar esos lugares de bronce que la Historia les tenía asignados? ¿Su rechazo a cualquier intento de reduccionismo? ¿Habían perfeccionado las formas abyectas de violencia a las que eran tan afectos? ¿Habían encontrado nuevos abordajes para reforzar su apuesta cosmopolita, su línea “extranjerizante”? ¿Nuevos modos de indagar en la “construcción lingüística de la irrealidad de lo irreal”, magnífica síntesis del movimiento que había subrayado en la iluminadora antología de Jing Wang llamada precisamente China’s Avant-Garde Fiction? ¿Y acaso era cierto que, como había leído también en ese mismo volumen, el surgimiento de esta vanguardia había estado influenciado por la literatura de Borges, que precisamente en la época dorada de este movimiento, el año 1984, se empezó a traducir y publicar en China? Las preguntas se multiplicaban en mi cabeza, sin superponerse nunca, mientras yo esperaba el momento adecuado para hacer al menos una, tal vez dos si la suerte me ayudaba, porque lo que sin dudas quedaba claro es que en ese quinto día de mi estadía pekinesa era que finalmente yo había dado con el ámbito y con los interlocutores que esperaba encontrar desde hacía días. En esta noche insomne enfoco con toda la precisión posible mi esfera tornasolada, mi Aleph, y veo nítida la reunión de ese día: la luz del mediodía que entraba por las ventanas y, alrededor de una mesa, reunidos los tres internacionales de siempre con el director o el subdirector, no me quedó claro, de la residencia internacional de escritores que funciona o funcionará, eso tampoco me quedó claro, dentro de la universidad que nos había invitado a hacer este viaje, Beijing Normal University su nombre completo, y secundados por nuestras asistentes, claro, con la mía que en un aparte me dijo que esa mañana había intentado ir hasta la librería a buscar el mapa pero no había podido, no había logrado llegar, que sin falta esa misma tarde. El dato no me amedrentó en lo más mínimo porque ese día en mí solo había espacio para el optimismo. Mi suerte era tal, llegué a pensar mientras era el turno de que los otros hablaran, que entre los partícipes de la reunión estaba también la cuarta internacional, una sinóloga reconocidísima de la Universidad de Zürich que hasta entonces me había resultado siempre esquiva. Sabía que tanto ella como el director o subdirector, en algún momento, estarían más que dispuestos a conversar conmigo acerca del tema que nos había traído hasta ahí. Y siendo yo la única latinoamericana del grupo, pensé, seguramente tendrían curiosidad por ver qué formas habían tomado las vanguardias en el continente, o al menos en la Argentina. Con estos supuestos y con aquellas preguntas en mente pasé al menos la primera parte de la reunión, una especie de cazadora en espera de su presa, protocolarmente esperando que el internacional con función más estratégica entre nosotros, director de una añeja residencia de escritores norteamericana como es, terminara de fijar una serie de cláusulas de cooperación con su par chino. Pero eso de terminar no parecía fácil, porque aunque muchas de sus frases, especialmente las dichas promediando la reunión, tenían una entonación conclusiva, muy de diálogo norteamericano que va al punto y resuelve, justo en ese instante la frase era capturada, como salvada de caer en ese vacío final por su par chino y deshilachada en sus infinitos matices, revisitada, convertida en fin en otra nueva frase sobre la que había que volver a conversar, volver a encontrar la forma del acuerdo. Si es que tal cosa fuera posible, claro. Sonrisas protocolares. La sinóloga traducía, el poeta finlandés se distraía, las asistentes tomaban nota y yo seguía esperando el momento. Aunque ya con menos fe en la segunda parte de la reunión, claro, cuando empezó a quedarme más clara la lógica infinita del rodeo en el que se sumían, se consumían las frases. En un momento me distraje también, como el poeta, y cuando volví a prestar atención las evasivas seguían, como antes, dominando la escena, mostrando las capacidades envolventes de lo inasible. Las horas sin dormir y la diferencia horaria se acentuaban. Estaba empezando a creer que la China en tanto centro del mundo, postulación que según dicen está ya en su nombre, no solo era cierta sino que en ese momento empezaba a girar como un tornado que, además, me llevaba, me succionaba para siempre en un espacio incomprensible. O no, ni siquiera: me succionaba para después eyectarme, para dejarme totalmente afuera.

La mesa llena de manjares giraba, la gente sonreía. Eso es lo primero que veo ahora en la esfera de mi ojo, después de servirme otra taza de té, otra más, ya no sé cuántas en esta noche -¿miles?-, y después nos veo a nosotros, los internacionales, y a nuestros anfitriones de la residencia que ya es o que será y a una serie de personas que, me aclaró alguien a mi derecha, eran algunos de los escritores y académicos que hablaban allá lejos en el estrado durante los días previos y entonces, mientras simulaba interesarme en los platillos giratorios, miraba de reojo para ver hacia dónde debería intentar dirigirme si es que en algún momento nosotros los comensales podemos también, como los platillos, girar. Al tener por primera vez tan cerca a mis pares en ese restaurante a puertas cerradas donde la única mesa era la nuestra, no tenía duda, finalmente podría sacar el tema que me había traído hasta acá y, aunque fuera el último día, poner a prueba alguna de las hipótesis que, casi a mi pesar, venía armando. Fundamentalmente, quería preguntarles acerca de Can Xue, que me interesa no solo por las cosas sueltas suyas que logré leer en mis insomnios sino también porque es la única mujer acerca de la que encontré noticias en mis precarias investigaciones acerca de la literatura china de vanguardia. ¿Es verdad que, con el tiempo, es una de las pocas que sigue escribiendo en esa línea? ¿Es verdad que por eso se la tiende a excluir, aun cuando se trata de una de las precursoras cruciales del movimiento? Miraba a mi alrededor para tratar de definir con mayor precisión a quién abordar en cuanto el protocolo gastronómico diera paso al movimiento. Si es que en algún momento lo daba, claro. Me arrepentía de haberme demorado en la planta baja, mientras hacía lo imposible para que mi asistente saliera corriendo a buscarme el verdadero mapa de Pekín en vez de insistir en esperarme ahí a la salida, porque entonces, si hubiese llegado a tiempo a este almuerzo, no habría quedado como quedé, sentada entre el poeta finlandés, que por adorable no se convertía en el interlocutor que yo buscaba y, a mi derecha, un asistente de algún Departamento de la Universidad que tenía la mejor de las predisposiciones pero que, me dijo, no habla inglés. No habla inglés como tampoco hablaba ayer inglés el director o subdirector de la residencia internacional que es o que será, lo que me resulta por lo menos raro. ¿Será que, al haber nacido durante los años de la República Popular o al ser hijos de nostálgicos maoístas, no aprendieron inglés de niños y ahora les parece tarde para hacer el esfuerzo? ¿O será que responden a una política de Estado que supone que, si el inglés pudo convertirse en una especie de esperanto internacional, por qué no podría pasar lo mismo con el chino mandarín? ¿Y entonces qué mejor que empezar por casa? Según leí en uno de mis insomnios, la enseñanza del chino se está expandiendo notablemente en los países europeos, donde los niños se familiarizan con ideogramas que sus padres siguen viendo todavía como dibujos, como momentos estéticos. En la Argentina, también leí, ya hay un caso piloto en una escuela de la Ciudad de Buenos Aires. Los imperios se expanden también a partir de sus lenguas, como bien sabemos los que de niños tuvimos que ir a aprender inglés porque si no, la amenaza latente era, nos caeríamos del planeta, no existiríamos. Estaba empezando a recordar con ira esas clases que arruinaron tantas tardes de mi infancia, cuando se abrió la puerta y vi entrar a un chico, un hombre joven que me dejó helada. Literalmente. El estómago hecho un nudo, la respiración alerta. En esta misma noche de hoy, mientras enfoco la escena en mi esfera tornasolada, vuelvo a sentir la conmoción física que ayer me causó verlo. Juro en este instante sobre las infinitas tazas de té que vengo tomando en esta larga noche que el joven era la perfecta reencarnación de René Leys, el personaje de la novela homónima de Victor Segalen, la (otra) razón por la que yo había aceptado esta invitación a venir a Pekín, porque esa novela tan topográfica que hace de Pekín su personaje central es, simplemente, una de las novelas más extraordinarias que leí en mi vida, una de mis novelas-foco: un prodigio de ambigüedad entre ficción y no ficción, una clase magistral acerca de los modos de narrar la fascinación sin vociferarla, y un golpe letal a las novelas de grandes tramas y personajes profundos. Una novela de vanguardia antes de las vanguardias, podría decir, ya que aparentemente estamos en tema. Estructurada como una novela-diario que transcurre durante todo 1911, el año en el que cae el último Emperador, el año a partir del cual la historia de China empieza a ser “una convulsión permanente” (así dice Sergio Pitol en el prólogo a Diario de un loco, de Lu Hsun), la novela está contada por un clarísimo alter ego de Segalen, escritor francés que vivió en la China durante cinco años alternados, y se centra precisamente en la figura de su profesor de chino mandarín, que en ese relato se llama René Leys y que está inspirado, como dicen, en Maurice Roy, el profesor de chino que el propio Segalen contrató cuando se instaló en Pekín. La reencarnación de René Leys o de Maurice Roy, decía, volviendo a enfocar mi esfera, acababa de entrar por esa puerta del restaurante a puertas cerradas. La misma pose elusiva, el mismo encanto de la picaresca afrancesada. No fue una alucinación, no fui yo la única que lo vi así: con más o menos rapidez, todos los que estaban en la mesa pusieron su atención en él y se le fueron acercando, y entonces no hubo ya nadie, ni siquiera yo, que a partir de ese momento quisiera hablar de otra cosa que no fuera la gran novela de Segalen, a esta altura un clásico, y del resto de los libros que escribió a partir de su experiencia china.

Posdata del último día, camino al aeropuerto. El taxista le deja de prestar atención por un minuto a una de esas brújulas parlantes que tanta tirria me generan en los taxis que transitan las callecitas porteñas para decirme que alguien le comentó hoy que, con esta niebla, hay altas posibilidades de que cierren el aeropuerto. Miro por la ventanilla y compruebo que no está exagerando. Un edificio se desdibuja a partir del décimo piso. Al menos quince pisos hacia arriba tragados por esta bruma que se parece a un gas letal. Me doy cuenta de la altura porque en un techo allá arriba, aparentemente suspendido en el aire aunque en realidad capturado por ese mismo gas brumoso, hay un cartel luminoso que se enciende y se apaga mientras promociona algún producto que promete beneficiar la salud. Sic: de tan obvio estoy a punto de no mencionarlo. Ante la perspectiva de tener que volver al hotel y a mis noches insomnes, miro a mi asistente con cara de desesperación. Ella, con su gracia habitual, me dice que no me preocupe, que finalmente encontró el mapa que yo quería, no el que me daban en la recepción del hotel ni el que nos intentaron vender en la calle. Un verdadero mapa de Pekín que se pone a buscar en su cartera y después va desplegando para mostrarme dónde es que está la Universidad y dónde el hotel y dónde los hutongs por los que caminamos ayer. Y todo escrito en inglés, como yo quería. Veo el Beijing impreso en grandes letras. Para que mi desesperación no la ofenda, intento contarle algo. Le digo que en la ciudad donde yo vivo, mucha gente se refiere a la ciudad en la que ella vive como Pekín, y que muchos otros como Beijing. Le cuento que, hasta hace muy poco, yo creía que la segunda forma, esa que las dos vemos en el mapa, era la que se usaba en inglés y que la primera en español, pero que hace un par de noches, leyendo un libro muy reciente acerca de Pekín, supe que nada de eso. Que en realidad Pekín y Beijing son transliteraciones de los mismos dos caracteres, como seguramente ella sabe, y que entonces son lo mismo. Pero en realidad no, dice el autor. Entonces le cuento que el libro está escrito por Miguel Petrecca, que es un poeta, y que está lleno de momentos extraordinarios, y que uno de esos momentos es aquel en el que habla de los nombres de la ciudad, y entonces prendo mi Kindle e intento leerle una versión al inglés de lo siguiente: “Pekín y Beijing son el mismo nombre y a la vez no: hay una densidad y una historia en ‘Pekín’, más compacto y más sonoro, con su P y su k que sobresalen apenas como las cúpulas sobre el perfil de una ciudad vista desde lejos, vista a través de la refracción de un desierto”. Es hermoso, me dice, y le creo, porque con mi asistente sí que he tenido más de un buen diálogo, lo que significa que muchas veces no hemos estado de acuerdo y quedó claro para ambas. Qué suerte que ahora me haya cambiado la cara, agrega, porque la otra noticia que tiene para decirme no es precisamente lo que yo esperaba, lo que ella imprudentemente me había prometido. Ya no me acuerdo de qué me habla ni tendría cómo acusarla de imprudente, pero entiendo que, como siempre que se trata de algo que hay que consensuar, Lin empieza con un rodeo. Me dice que consultó con las autoridades de la residencia de escritores que es o será y que, lamentablemente, no le han dado autorización para que ella me mande las traducciones al inglés de los textos acerca de literatura de vanguardia china que se leyeron en chino durante el Foro. Una pena, agrega, y también le creo. Nada que ella pueda hacer, nada, y se disculpa. Fue muy imprudente en prometerlo antes de cerciorarse, insiste. Ayer mismo le dijeron que no, que de ningún modo. Y, como yo sé, agrega, y la cito textual, a ella no le está permitido ni preguntar la razón ni hacer nada para persuadirlos de que cambien de idea.





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