Tema del Mes

FEBRERO 2016

Manuel Antín o el arte de abrir puertas

14 / 02 / 2016 - Por Gonzalo Aguilar

Juan Villegas, Santiago Giralt, Gabriel Lichtmann y Celina Murga recuerdan a Manuel Antín y su gran obra, la Universidad del Cine.

A principios de los noventa, Manuel Antín creó una Universidad que, con el tiempo, se convirtió en una de sus obras maestras. Se la conoció en todos lados como FUC, sigla que respondía a “Fundación Universidad del Cine”, ya que en sus inicios tuvo el carácter de una “fundación”. Ya había escuelas de cine en la Argentina y algunas muy buenas, como la ENERC (dependiente del Instituto), en la que Antín había sido docente muchos años. Pero en las profundas mutaciones que se vivían en el mundo audiovisual (la aparición del video parecía amenazar la existencia de las salas de cine), la Universidad del Cine fue algo totalmente diferente. Muchos años antes de que se produjera el fenómeno del Nuevo Cine Argentino, la FUC había comenzado a incorporar a una gran cantidad de jóvenes que irían a encontrar en el cine su medio de expresión. En esos años y pese a ser una institución privada, la movilización de los estudiantes fue fundamental en las luchas políticas que hicieron que el cine, en un contexto rabiosamente neoliberal, se transformara en uno de los pocos ámbitos protegido por una ley que le reservaba al Estado un papel muy activo y regulador.
La Universidad de Antín supo combinar la enseñanza técnica con las humanidades, produjo y apoyó una cantidad innumerable de películas y de artistas, formó a muchos de los directores de lo que después fue conocido como Nuevo Cine Argentino. Antes que hacer un recuento de sus virtudes, Informe Escaleno prefirió pedirle un testimonio a ex-alumnos de la FUC que hoy son directores reconocidos y que hablan sobre la relación que tuvieron con Manuel Antín. Con ustedes, Juan Villegas, Santiago Giralt, Gabriel Lichtmann y Celina Murga.


Juan Villegas

La primera vez que entré a la oficina de Manuel Antín debe haber sido a fines de 1991. Yo tenía menos de 20 años y aún no había empezado a estudiar cine. Era una reunión de tipo informativa, como parte de mi visita a las instalaciones de la FUC, en la que acababa de inscribirme.
Lo único que recuerdo de esa primera charla es que me golpeé la cabeza contra el marco superior de la puerta, cuando intentaba entrar a la oficina. Y casi caigo al suelo. Obviamente, sentí mucha vergüenza, pero rápidamente el humor de Manuel descontracturó la situación y logró que mis nervios y timidez, que habían provocado el accidente, se redujeran a niveles aceptables.
Mis visitas a la oficina de Antín se siguieron sucediendo a lo largo de los años siguientes. Siempre hubo una excusa para ir a verlo. Podía ser el proyecto de un corto, un pedido de equipos o lo que fuera. Pero siempre las charlas derivaban hacia otros temas y las anécdotas de Manuel se sucedían, adornadas por sus bromas habituales. Cuando uno conversa con él, siente que una parte grande e importante de la historia cultural de la Argentina del siglo XX se vuelve algo cotidiano y palpable. Te describe, por ejemplo, una anécdota vivida junto a Ezequiel Martínez Estrada o Leopoldo Marechal durante la década del 40 y te hace sentir que eso todavía está sucediendo. Antín me narra sus visitas a las casas de ellos, ocurridas cuando él era un adolescente con aspiraciones de escritor, y de pronto me hace sentir que algo de la memoria cultural del país llega hasta mí en forma inmediata y transparente.

Y descubro, entonces, que la trasmisión oral a través de las distintas generaciones genera, como ninguna otra forma de comunicación, una ilusión de contemporaneidad entre personas que vivieron en tiempos muy distintos.


Santiago Giralt

Cada encuentro con Manuel Antín tiene siempre como consecuencia un giro inesperado: su humor rápido y filoso, su comentario pesimista pero con una arista positiva al dorso, su toque: siempre me deja con la sensación de que ganó la partida, aunque la partida se haya reducido a un simple juego de palabras.
Cuando pude conocer su obra como director, la resonancia de sus juegos de palabras se expandió hacia ese lugar de búsqueda personal donde la imagen de la nouvelle vague y de la literatura se unen en un trazo estilístico personal. Aparecen Cortázar y el nouveau roman (Michel Butor, Alain Robbe-Grillet, Marguerite Duras) por un lado, el cine de Alain Resnais por el otro. Las películas de Manuel Antín son fascinantes porque se preguntan cómo trasladar al lenguaje cinematográfico determinados recursos de la literatura modernista, pregunta muy original en el contexto. Ese pasaje del texto al cine se cristalizaba de manera novedosa en el montaje del cine de Antín. La ausencia de psicologismo y de contradicciones en los personajes del nouveau roman encuentra su estilo actoral frío y brechtiano en su cine. Filme de fantasmas sui generis, relato familiar del exilio, cruce perfecto entre el cine y la literatura, La cifra impar es, sin duda, junto con Blow up de Michelangelo Antonioni, la adaptación más inspirada de Cortázar al cine. Otra película suya que me encanta es Los venerables todos. La delicadeza del título y la ironía hermética me resultan misteriosas.  En Los venerables todos los personajes van a ver una película francesa donde un grupo de amigos (como los protagonistas) es parte de un sueño paródico del western. Como simbólico juego de espejos, Los venerables todos puede ser leída también como un sueño, un filme con una temporalidad y una construcción del espacio basada en el sueño. Laberintos, enigmas, repeticiones: Los venerables todos ocurre en un espacio de puro símbolo. Aún me debo su ciclo de películas históricas, pero sé que iré descubriéndolas en su debido momento.
A los 18 años, directamente desde el hogar familiar en la ciudad de Venado Tuerto, caí en la FUC y asistí al proceso de creación de su otra gran obra: la Universidad del Cine. Como alumno, sufrí la educación modernista de la FUC como un golpe a mis años de adoración a los clásicos de Hollywood desde mi infancia y adolescencia en el interior. Sin embargo, y con la distancia que me dan los años, puedo añorar que esos años de la FUC eran un debate constante sobre el cine y las artes, una llama encendida sobre la pasión de pensar y de hacer cine. Un legado vital a la eternidad de los tiempos, como en el montaje de sus películas, donde un hecho del presente reverbera en el porvenir y lo hace retornar: Manuel Antín y su figura moderna y de vanguardia.

Gabriel Lichtmann

Me acuerdo de la primera vez que vi a Manuel en persona. Fue el primer día de clase, entró al aula, se sentó sobre un pupitre y empezó a hablarnos sobre el cine y la vida con ese discurso tan particular que tiene, que mezcla one liners que parecen escritos por el guionista de una screwball comedy, junto con anécdotas de rodaje, o de su amistad con Julio Cortazar, o de su paso por el Instituto Nacional de Cine, o de cualquier cosa que le haya pasado en la vida (Manuel es un gran orador y un excelente contador de anécdotas). Ese día fue la primera vez que escuché algunas frases que le escucharía decir lo largo de los años, y que yo a su vez me encargué de repetir cada vez que hablo de él o de aquellos años: “La FUC es un bar con una Universidad”, “Yo quería fundar algo parecido a la Facultad de Filosofía y Letras pero para directores de cine”, o  “Me gustan los alumnos que no golpean la puerta”. Y recuerdo algo más que me impactó de él: su elegancia. Manuel siempre va de traje, y yo cuando era chico veía las fotos de Hitchcock de traje en el set y pensaba que así se vestían los directores de cine (yo me prometí que algún día voy a rodar un largometraje vestido de traje y corbata), y él entró así vestido, o sea que para mi era un verdadero director de cine.
Con los años llegué a conocerlo mejor, y puedo decir que si hay algo que para mí lo caracteriza es su generosidad. Él incentivó a una generación de cineastas que, como a él le gusta decir, no golpean la puerta y reclaman por su derecho de salir a filmar. Y el está dispuesto a ayudarlos, con la condición de que sean irrespetuosos y amen el cine tanto como él.


Celina Murga

Siempre recuerdo una frase que le escuché decir a Manuel Antín en los primeros años de mis estudios allá por los inicios de los años 90. "Me gustan los alumnos que no golpean la puerta". Fue una frase que me impactó mucho en ese momento, me resultó enigmática y provocadora. Nunca pude olvidarla  y se  fue resignificando con el correr del tiempo. Creo que gran parte de los logros de la Universidad creada por Manuel y su innegable participación fundacional en el desarrollo del cine argentino de los últimos años tiene su origen en el profundo concepto de esta frase.
¿Quiénes son esos alumnos que no golpean la puerta? Unos atrevidos que no saben respetar a sus antecesores, podrán decir algunos seguramente. Lejos de esta visión anquilosada sobre la juventud, creo que la idea de Manuel fue siempre poner en valor a aquellos que desean y buscan la forma de abrirse paso, quizás porque sabe que en el cine, como en la vida, nada nos es dado sino que todo está por ganarse.
Tiempo después, ya en 2001, en pleno arranque de la gran crisis económica en Argentina, Juan Villegas y yo acuñamos una frase para alentarnos: “Como nada tenemos, lo haremos todo”. De esa frase surgieron nuestras dos primeras películas: Sábado y Ana y los otros. Esta frase nos acompaña y alienta desde nuestros inicios y fue una idea que nos permitió forjarnos un camino dentro de este quehacer que amamos, el cine. Mientras pensaba en la escritura de este texto se me hizo presente la maravillosa conexión entre estas dos ideas.
En todos estos años atesoro cada uno de los encuentros con Manuel: su humor irónico, sus frases cortas y punzantes, sus palabras a veces oscuras pero que siempre develan una esperanza profunda. Y es que Manuel es un maestro de los grandes, o al menos lo es para mí. De esos que, conscientes del paso del tiempo y de la importancia de proyectar una posta generacional, son capaces de calar hondo y de transmitir la propia experiencia profesional y vital con la generosidad del que piensa que el futuro  será, siempre, un lugar mejor.