Tema del Mes

FEBRERO 2016

Del territorio

29 / 02 / 2016 - Por Adrián Gorelik

Este artículo reproduce la presentación realizada en la mesa redonda “Territorios, proyectos e infraestructuras para el AMBA”, organizada por el Centro de Estudios de Arquitectura y Ciudad de la Universidad Torcuato di Tella el 5 de octubre de 2012, y publicada en 2013 bajo la dirección de Margarita Charrière (Buenos Aires, Observatorio Metropolitano, Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo), a quien agradezco especialmente haberme convocado a ponerla por escrito.

“El territorio está de moda”, comenzaba André Corboz un artículo de 1983 en cuyo título ya se encerraba todo un programa interpretativo: “El territorio como palimpsesto” (1). Allí se planteaba que dado el grado de generalidad encerrado en la noción de territorio, más que de un “concepto” debía hablarse de un “horizonte de referencia”. Y ese marco tan general es el que mejor se presta para introducir el modo en que vamos a abordarlo aquí: como figura de conocimiento, una de esas privilegiadas figuras-puente capaces de conectar productivamente las realidades materiales y las culturales, de funcionar como metáfora para traducir la materialidad metropolitana en conocimiento social (2). Es indudable que desde hace algunas décadas la figura del territorio es una de las protagonistas de lo que se ha llamado el “giro espacial” de las ciencias sociales y las humanidades –por eso Corboz hablaba de “moda” ya a comienzos de los años ochenta–; por eso mismo, es necesario que nos tracemos algunos mapas (otra de las nociones de moda, que ponen en evidencia el “giro espacial”) para entender cuál es el rango de sentidos que se abre cada vez que se usa la figura del territorio, en esta plurisignificación que no cesa de expandirse.
Para hacerlo, es decir, para delinear apenas algunos de los mapas que puedan orientarnos en el palimpsesto de los usos contemporáneos de esa figura, voy a valerme de dos libros relativamente recientes, El mapa y el territorio, la última novela de Michel Houellebecq, uno de los escritores franceses contemporáneos de mayor repercusión, y Atlas de la novela europea, un ensayo histórico-crítico sobre la literatura europea del siglo XIX de Franco Moretti, historiador italiano de la literatura, miembro del grupo de críticos literarios y culturales más provocadores en la actualidad. Identificar los usos que estas obras tan disímiles hacen de la figura del territorio (más bien, de un paquete de nociones que hacen mundo con esta figura), quizás sirva no sólo para relevar su notable difusión y para trazar algunos de los recorridos posibles dentro de sus usos culturales –y dentro de ellos, los que han tenido más impacto en la arquitectura–, sino también para poner en acto un ejercicio de historización básico, necesario a la hora de encarar el entramado de problemáticas y referencias teóricas que moviliza cada uno de esos usos posibles.

1. El mapa y el territorio se publicó en 2010 y trata sobre un artista plástico contemporáneo, Jed Martin, o mejor, sobre los modos caprichosos y contingentes en que se tocan una trayectoria artística singular y los sistemas de consagración del mercado del arte. Como en las anteriores novelas de Houellebecq, en ésta también puede reconocerse la mirada despiadada sobre el estado del mundo, que aquí se condimenta con una suerte de enigma policial cuyo foco resulta ser el asesinato del escritor Michel Houellebecq cuando acababa de hacer el texto para el catálogo de la muestra consagratoria en la carrera de Martin. Pero aquí esta novela no nos interesa por su trama, sino por la actividad artística de su protagonista en su conexión con los usos culturales de la figura territorial. Por supuesto, el libro evoca esta cuestión ya desde su título, que remite a una reconocible figura borgeana, de ésas que deleitaron a la filosofía pos-estructuralista: la del célebre apólogo “Del rigor de la ciencia” donde Borges atribuye a un viajero del siglo XVII el relato sobre los cartógrafos de un imperio que se propusieron hacer un mapa tan perfecto que coincidiera puntualmente con el territorio del imperio –nosotros podríamos decir, un mapa escala 1:1, y sabemos bien que en ese punto de la escala se pone en crisis la propia noción de escala (y, por ende, de representación) que todo mapa conlleva (3). A pesar de esta remisión que parece tan directa, una búsqueda en Internet de comentarios sobre la novela de Houellebecq me deparó la sorpresa de una extendida interpretación pre-borgeana del título: a partir de una frase de Martin en su muestra cartográfica, “El mapa es más importante que el territorio”, la mayor parte de las reseñas señalan que la novela pone en escena la superficialidad del mundo contemporáneo, en el que las representaciones son más importantes que la realidad. Prácticamente lo contrario, en rigor, si se aceptara aquella otra línea interpretativa, ya que el problema característico que Borges plantea en ese relato es el de la no dependencia de la representación respecto de la realidad, el de sus relaciones complicadas, siempre al borde de la imposibilidad. Lejos de denunciar la superficialidad de nuestras representaciones frente a una realidad fundamental que quedaría relegada por ellas, lo que Borges hace es desnaturalizarlas, pero justamente para mostrar que en su imperfección multiplicada y multiplicadora las representaciones son –como el lenguaje mismo– la única posibilidad de acceso a la realidad, la matriz misma con que la concebimos. Es por eso que ocupan –nuestras representaciones igual que todas las categorías de conocimiento– un espacio epistemológico anterior al pensamiento. Y eso es lo que desmonta su obra, la “naturalidad” con que se nos oculta el hiato insuperable entre realidad y representación (la ruina y el absurdo acontecen tanto cuando se nos hace presente, como cuando se busca eliminarlo).
Si repasamos muy rápidamente los pasos que da Jed Martin como artista, veremos que están guiados por el clima “post-” que tan cabalmente señala la interpretación borgeana de la relación entre mapa y territorio (y para el caso de la obra de Martin, detrás del prefijo “post“ podrían usarse de modo indiferenciado términos como “-estructuralista”, “-humanista” o “-moderno”). En efecto, Martin es un artista “post-“, incluso –y sobre todo– en su ignorancia de serlo. Comienza su carrera haciendo inventarios fotográficos de objetos de la era industrial; dice Houellebecq: “sin más proyecto –cuyo carácter ilusorio casi nunca captaba– que hacer una descripción objetiva del mundo”. La referencia parece ser aquí al trabajo del matrimonio Becher, esos fotógrafos alemanes que comenzaron en los años sesenta a registrar con espíritu de entomólogos los restos obsoletos de la otrora próspera industria del Valle del Ruhr, fundando una de las corrientes fotográficas más prolíficas desde entonces, la Escuela de Dusseldorf (4). Desde aquellos años, el recurso de los inventarios, las clasificaciones y los catálogos se fue convirtiendo –tanto desde la perspectiva objetivante de los Becher como desde el polo opuesto, a la manera de los álbumes familiares de Christian Boltanski–, en uno de los modos principales en que el arte fue alimentando el “giro espacial” que las ciencias sociales comenzaban también a experimentar por entonces. No hay que olvidar que Michel Foucault comenzaba Las palabras y las cosas en 1966 con otra cita borgeana, la de la enciclopedia china que organiza los animales en una serie absurda de categorías, señalando que había sido ese conjunto inconcebible reunido por Borges lo que lo había enfrentado a la arbitrariedad de las clasificaciones que nuestro pensamiento acepta con familiaridad. Y allí mismo, a propósito de ese relato de Borges, acuñaba Foucault por primera vez una fórmula de enorme potencialidad para el pensamiento espacial, “heterotopía”.
Jed Martin comienza entonces su carrera en este espíritu espacial clasificatorio pero para internarse desde allí más directamente en la cuestión territorial, ya que su segunda serie está compuesta por fotografías de los mapas Michelin, esa marca que ya ha quedado identificada con la Nación francesa –por lo tanto, se trata de mapas que cargan no sólo con el problema digamos objetivo de la representación territorial, sino que simbolizan en un plano más elevado a Francia misma, lo que hace presente, a través de la fuerza representativa de esta “marca” que vincula cartografía, automovilismo y turismo, una cuestión central en el nacimiento de la geografía como ciencia de (y para) los estados-nación a finales del siglo XIX: el modo en que en el mismo momento en que la geografía terminaba de poner a punto sus instrumentos científicos para una aproximación “objetiva” al territorio, construía también un arsenal retórico para contribuir con la simbología patriótica estatal, que a través de una representación naturalizada del territorio buscaba fortalecer los sentimientos de identificación de la sociedad como “nacional” (5).
Esta ambivalencia está presente doblemente en la obra de Martin. Sus fotografías de los mapas viales, por medio de unos pocos efectos, como el ángulo de toma, los desenfoques, la profundidad de campo y la ampliación, al mismo tiempo que parecen atenerse obsesivamente a la objetividad analógica del mapa, la desmantelan, devolviéndole parte de la fuerza representativa que convierte a ese manojo de códigos y convenciones que es un mapa vial, en “un territorio de sueño, mágico e inviolable” (6). Asimismo, mientras que Martin, como suelen hacer ciertos artistas, solo piensa en cuestiones técnicas (el tipo de foco, el tipo de papel, las medidas, etc.), su público (y claramente es la apuesta de su sponsor, la propia empresa Michelin) parece reencontrarse en esas fotografías con una idea de la patria encarnada en los recorridos comarcales de la Francia profunda (y hay que recordar también la ligazón íntima, desde comienzos del siglo XX, entre desarrollo vial, turismo y cuestión nacional en todo Occidente) (7).
Esto es bien interesante, porque este mismo tipo de ambivalencias puede encontrarse en todo el boom de la cuestión cartográfica en los últimos 30 años (nuevamente, otro de los indicios de la “moda” territorial). Si toda la nueva historiografía sobre la cartografía se hace posible a partir de la puesta en discusión de la “objetividad” del mapa como forma de conocimiento, es evidente que entre esa nueva historiografía, el boom artístico –que explota en los años 90 con una muestra como Mapping, realizada en el MOMA en 1994, o tal cual aparece en las series de mapas de Guillermo Kuitca– y la recuperación del valor simbólico y de mercado del mapa como objeto de colección, se establece un curioso pasaje de la deconstrucción al fetichismo.
Pero detengámonos en esas operaciones culturales que en los años sesenta produjeron la puesta en cuestión (la desnaturalización) de los vínculos entre realidad y representación, porque de allí surge buena parte del “giro espacial” que recoloca al territorio en la imaginación social. Es notorio que este tema nos obliga a volver a Foucault, principal impulsor de ese giro. Si nos ubicamos a mediados de los años sesenta podremos ver que justo en el momento en que la geografía, es decir, la ciencia del territorio, estaba abandonando los objetos espacial-territoriales que hasta entonces le habían dado sentido como ciencia (el lugar, la región, la localidad) a favor de una “revolución positivista” (cuantitativa) que llevó a una consideración abstracta del espacio a la búsqueda de leyes y patrones generalizables, en ese mismo momento, Foucault comenzaba el trabajo inverso de “localización” de las prácticas del poder en espacios y dispositivos arquitectónicos específicos (8). Mostrando, como señaló Anthony Giddens, no sólo que es inconcebible la existencia de cualquier sociedad fuera de una específica coordenada espacio-temporal, sino especialmente, que la disciplina moderna de los cuerpos individuales y de las poblaciones en general se ejerce a través de la manipulación del espacio y el tiempo (9). 
Gracias a la progresiva edición de los textos dispersos de Foucault y los cursos que dictó en el Collège de France, hoy podemos tener más claro el pasaje que realizó en la construcción de su concepción del espacio-poder, en apenas diez años, del panóptico al territorio; es decir, el desplazamiento de su interés espacial entre mediados de los años sesenta y mediados de los setenta desde el análisis de las máquinas arquitectónicas que internalizan la disciplina de los cuerpos, al estudio de la homogeneización y generalización aplicadas territorialmente como construcción del poder estatal moderno. La secuencia de los vínculos que ese pasaje fue tendiendo con la cultura arquitectónica surge con mucha nitidez del estudio que Daniel Defert dedicó a las peripecias de la noción de heterotopía, una noción que Foucault desarrolla muy poco, entre la mención al pasar del prólogo de Las palabras y las cosas de 1966 y una conferencia de 1967 que dicta a un grupo de arquitectos (publicada en revistas de arquitectura, en Italia en 1968 y en Francia en 1984) (10). En seguida, Foucault emprende una serie de trabajos grupales sobre equipamientos colectivos (prisiones, hospitales, conjuntos habitacionales). En primer lugar, el trabajo sobre las “máquinas de curar” que se desenvuelve entre la investigación colectiva iniciada en 1972 en el Centro de Estudios, de Investigaciones y de Formación Institucional liderado por Félix Guattari, que acababa de publicar el Antiedipo con Gilles Deleuze (organizador con Foucault del movimiento contra las prisiones), y las investigaciones más específicamente arquitectónicas con el Centro de Investigaciones en Arquitectura, en donde Bruno Fortier comenzaba sus incursiones tipológicas –esta investigación daría lugar en 1976 al curso y la muestra Les Machines à guérir. Entretanto, Foucault publicaba en Vigilar y castigar el análisis clásico de esa tipología tan particular que es el panóptico de Bentham, una máquina espacial de producir y reproducir poder –diseminado, automatizado y desindividualizado–, a partir de entonces, el más famoso de los dispositivos de espacio-poder. En segundo lugar, el trabajo que desarrolló entre 1975 y 1976 sobre los espacios de la habitación en la primera mitad del siglo XIX, transformando toda la concepción existente tanto sobre el espacio doméstico como sobre las políticas públicas del habitar (11).
Finalmente, si seguimos el hilo del territorio en la reflexión filosófica y político-cultural, podríamos decir que a partir de esas investigaciones se abren algunos de los usos más renovadores y con mayor impacto en el “giro espacial” de las ciencias sociales: el que realiza el propio Foucault en su curso en el Collège de France de 1977-78 sobre “Seguridad, territorio, población”, que aborda lo que considera el problema político por excelencia de la modernidad, la producción de soberanía y la gobernabilidad de las multitudes, para lo que acuña la noción de “biopolítica”; y el que realizan Deleuze y Guattari en Mil mesetas, de 1980, donde ponen en acción una miríada de metáforas espaciales (rizoma, líneas de fuga, nomadología, territorialidades, desterritorialización, entre las más conocidas) que gozarán de una expansión espectacular en los vocabularios críticos de las últimas décadas (12).
Ahora bien, es sabido que esta “localización” del poder en el espacio arquitectónico y el territorio ha sido una de las fuentes fundamentales de renovación historiográfica; me refiero especialmente a la que llevó adelante el grupo liderado por Manfredo Tafuri en Venecia, transformando las concepciones sobre la arquitectura y el urbanismo (desde los propios roles profesionales en sus vínculos con el poder, hasta los modos de concebir la ciudad y el territorio en sus articulaciones productivas y simbólicas) (13). De todos modos, es importante señalar una vez más el ancho espectro interpretativo que se abre en todas estas indagaciones, entre la voluntad crítica de la filosofía y la historia y las necesidades en última instancia operativas de la práctica arquitectónica, espectro análogo al que se abría en la concepción cartográfica entre los significados otorgados por la renovación conceptual, el arte y el mercado cultural. Por ejemplo, Defert señala las “tribulaciones” del concepto de heterotopía, desde la noción inicial pasando por la “reimplantación polisémica y polémica en una red de debates políticos” llevada adelante por los venecianos, hasta los usos más pragmáticos en la operación urbanística del IBA de Berlín en 1984 (operación que cuenta con el beneplácito del propio Foucault autorizando la republicación de su conferencia), donde gana difusión la noción de la “ciudad por partes” que terminaría siendo la clave de bóveda de la puesta al día del urbanismo como herramienta del capitalismo post-industrial –algo bastante alejado del espíritu libertario que originariamente supuso la idea de heterotopía (14). Y nosotros podríamos agregar una tribulación similar en el concepto de “tipología”, que pasa de ser en las investigaciones históricas inspiradas por Foucault de Bruno Fortier, Georges Teyssot o Robin Evans, un componente matricial de las estructuras de dominio modernas (justamente por su capacidad de transmitir y reproducir transhistóricamente un poder diseminado y anónimo), a funcionar como un elemento estructurante de los patrones históricos de vida urbana y ocupación del territorio, un dato patrimonial de las continuidades en una cultura dada, cuestión central en toda la renovación rossiana que sólo por uno de esos malentendidos típicos de la arquitectura pudo considerarse “post-moderna”.
Lo cierto es que lo que se formuló en torno del territorio, en el vértigo de esos pocos años, fue un camino muy productivo de salida de la pretendida homogeneidad del espacio-tiempo moderno, a través de los ejemplos simétricos de otras dos concepciones del espacio-tiempo: la de la antropología, que siempre había tenido una gran sensibilidad para el espacio y el lugar, postulando la idea de espacios cargados de cualidades significantes que hacen a la ubicación del hombre en el mundo ; y la de la biología, con su idea, presente en Deleuze y Guattari y que tan bien grafica Giorgio Agamben a partir del biólogo Von Uexküll, de la pluralidad de espacios paralelos e incomunicados, formados por una miríada de marcas portadoras de significados que conecta a los especímenes de una especie entre sí y con el ambiente (15). Dos ideas que la “antropología de la modernidad” de Bruno Latour viene a reunir y formalizar como una doble salida del mundo moderno, hacia atrás y hacia fuera. Pero conviene no olvidar que la cultura arquitectónica, con sus peculiares maneras de andar a destiempo (o, mejor, en sus propios tiempos), también venía acompañando por su cuenta todo ese movimiento a partir de los generalizados cuestionamientos al paradigma modernista surgidos por lo menos desde la segunda posguerra. Me refiero a los enfoques de matriz antropológica con que comienza a ser pensado el mundo habitado, tanto en los estudios proxémicos de Edward Hall (un clásico en la formación en arquitectura durante los años sesenta y setenta) como en las recuperaciones de la arquitectura vernacular de Rudofsky o en las propuestas de participación popular de John Turner; tanto en las experiencias de apropiación antiutilitaria de la ciudad llevadas a cabo por el situacionismo en París en los cincuenta y sesenta, como en los estudios morfológicos propuestos por Kevin Lynch en California por esos mismos años, en que la ciudad era pensada como una yuxtaposición de territorios polisémicos, múltiples y proliferantes.
Ver todo ese despliegue sobre el territorio de la cultura arquitectónica y artística en momentos tan tempranos del siglo XX lleva a pensar que quizás el que está un poco a destiempo es Jed Martin, que se mueve como un artista híper contemporáneo, pero es trabajado sin que aparente advertirlo por temas que vienen siendo contemporáneos desde varias décadas atrás. Aunque quizás esa multiplicidad, esa aparición de formas y problemas como capas de tiempo que se sobreponen en una sola novela como un corte estratigráfico del territorio, sea una buena definición de “nuestro tiempo”.

2. Pasemos entonces a la segunda obra propuesta, el Atlas de la novela europea, de Franco Moretti, que nos ofrece un uso bastante diferente de la figura del territorio. Lo primero que hay que indicar es que el Atlas de Moretti trata efectivamente de mapas, cosa que es enunciada desafiantemente desde el comienzo (un desafío dirigido a la multiplicación metafórica de la noción de Atlas, otra de las características, como ya vimos, de la “moda” del territorio). La segunda indicación inicial es que Moretti no habla tanto de territorio como de espacio; y más allá de que hasta ahora hemos visto esos dos términos casi como intercambiables, conviene señalar que espacio es el término preferido por la nueva geografía anglosajona para hablar de todas estas transformaciones (por eso se las denomina como “giro espacial”). La figura de Moretti nos presenta el eje Italia-Inglaterra-Estados Unidos (Moretti es uno de los animadores de la New Left Review y sus propuestas sobre la “literatura mundial” han tenido un fuerte impacto en el mundo universitario norteamericano). Es claro que la base de la transformación conceptual respecto del territorio y el espacio es similar, y que aquí también encontramos muy firmemente instalado a Foucault (lo que nos va a ahorrar toda una serie de consideraciones que ya hicimos respecto de la novela de Houellebecq), pero la orientación del debate está más centrada en la literatura, la historia y los cultural studies.
Lo que el libro se propone es una doble comprensión de las relaciones entre la literatura y el espacio: entender cómo funciona el espacio en la literatura (y aquí se trata del espacio imaginario que ponen en acción determinadas obras, como “la París de Balzac” o “la Londres Dickens”, ciudades que Moretti analiza comparativamente en uno de los capítulos más deslumbrantes del libro), y cómo funciona la literatura en el espacio (es decir, cómo la literatura se produce y circula en un espacio histórico real, en el que se distribuyen y consumen los libros, se hacen las traducciones, etc.). Pero este intento de comprensión se sostiene en una hipótesis muy fuerte: es la geografía la que genera la novela de la Europa moderna; por lo tanto, sin la geografía –sin mapas, insiste Moretti–, es imposible comprenderlas –a la novela y a la Europa moderna. La producción de mapas es aquí, como se ve, una herramienta metodológica fundamental: es lo que permite trazar relaciones entre ciertos fenómenos y el espacio, y sistematizarlas, viendo cómo esas relaciones comienzan a comunicar aspectos novedosos sobre aquellos fenómenos, que sólo aparecen una vez representadas en un gráfico.
El libro es realmente fascinante, no necesariamente por sus hallazgos específicos respecto de la literatura europea del siglo XIX (tema que no puedo juzgar con propiedad, aunque me atrevo a sospechar que un especialista podría considerar el abordaje de Moretti en este libro como exageradamente mecanicista), sino por el modo en que está construido, como una suerte de experimento que va desplegando ante nosotros diferentes maneras (cartográficas) de interrogar un territorio. Su método parece ser el de la prueba y error: partiendo de la apuesta a que la graficación de los fenómenos que le interesan en el espacio va a producir un plus de conocimiento, va imaginando conexiones territoriales, convirtiéndolas en hipótesis de lectura y en planteos cartográficos, y los va testeando en busca de lo que ofrecen de novedoso. Eso sólo ya es toda una invitación a la lectura: la aventura de explorar las posibilidades de conocimiento que encierra un mapa.
Pero, continuando con el trazado de nuestro propio mapa, el que nos permita entender algo de los usos culturales de la noción de territorio, aquí me interesa destacar de este libro solamente la doble provocación que realiza Moretti, porque es en ella donde, al mismo tiempo que muestra toda su actualidad –su colocación de vuelta de todo aquel “giro espacial” de las ciencias sociales–, el libro también muestra sus límites. La primera provocación radica en aquel desafío suyo de postular que su atlas tiene mapas y que, en él, un mapa es un mapa; es decir, contra todo el trabajo deconstructivo y cultural realizado en las últimas décadas de interpretación de los mapas como texto, Moretti propone recuperarlos como instrumento analítico, y en ese sentido reinstala una noción ingenua, plana, del mapa como mera herramienta. “¿Qué podía hacer?”, dice Moretti con falsa ingenuidad. “Los mapas no me interesan como objetos a ‘leer’ como una novela, sino como instrumentos de análisis que cambien mi manera de leer. El verdadero desafío, para mí, es el método” (16). La segunda provocación tiene todo que ver con ese interés por “el método”, ya que contra toda la transformación de la historia cultural de las últimas décadas, Moretti vuelve al análisis cuantitativo, serial, que remite directamente al momento “estructuralista” de las ciencias sociales (justo el momento en que, como vimos, hasta la geografía perdía el interés por el espacio y el territorio a favor de un conocimiento más abstracto y más generalizable de lo social). Y si en la primera provocación el blanco son los cultural studies y la crítica post-estructuralista, en la segunda es la microhistoria: “Yo no creo en el valor epistemológico del caso único”, dice Moretti enjuiciando en una sola frase toda la renovación realizada en la historiografía cultural por lo menos desde el célebre estudio del pensamiento del molinero Menocchio, con el que Carlo Ginzburg deslumbró en 1976 en El queso y los gusanos, donde lanzaba la provocación inversa de mostrar que era posible estudiar la cultura popular de una época a través de un caso excepcional.
La primera provocación, el uso instrumental de los mapas, es especialmente notable teniendo en cuenta una de las temáticas fundamentales que busca probar el libro de Moretti: las relaciones entre la novela europea del siglo XIX y el estado-nación. El problema es que acude para hacerlo a un instrumento casi simétrico respecto de esa relación, ya que el mapa fue él mismo otro de los fundamentos del estado-nación (es, exagerando un poco, como si un geógrafo, para probar la relación de los mapas con el estado-nación, escribiera una novela). Moretti afirma que la novela permite la corporización del estado-nación, que es “la única forma simbólica capaz de representarlo”, pero puede decirlo a costa de no comprender el propio mapa –la propia geografía– como forma simbólica para esa corporización, pensándolo exclusivamente como si él no fuera un crítico, sino un geógrafo anterior a 1950, al que se le ocultaban los aspectos subjetivos del instrumento “científico” con el que trabajaba. Del mismo modo, en otro pasaje señala que la novela logra “un puente entre lo viejo y lo nuevo”: “entre una nueva geografía que no podemos ignorar y una vieja matriz narrativa que no queremos olvidar”, una afirmación que sólo puede hacerse a costa de olvidar que la geografía, lejos de quedar exclusivamente del lado del “conocimiento moderno” y el estado-nación, también se propuso ese rol, y fueron mapas los “puentes” que le permitieron cumplirlo. Esto no significa que no puedan usarse mapas instrumentalmente, que no pueda graficarse nada más sobre el territorio por una suerte de respeto reverencial a la cualidad del propio mapa como texto complejo y con historia; lo que significa es que la conciencia crítica ganada sobre los instrumentos no se puede dejar afuera del trabajo, sino a costa de una considerable pérdida de penetración (del mismo modo que Moretti, como crítico literario, no deja afuera de su escritura todo lo que el giro lingüístico ha mostrado sobre la relación entre producción de conocimiento y estilos narrativos). La puesta en paralelo de los mapas y las novelas, en tanto objetos de estudio de jerarquía equivalentes, podría producir un conocimiento más agudo sobre los modos de producción simbólica y territorial del estado-nación. Y también permitiría una reflexión metodológica –un aspecto que le interesa especialmente a Moretti– más compleja, heterológica. Es indudable que el territorio se puso de moda, como afirmó Corboz; pero el Atlas de la novela europea muestra, en su revés, que no es simplemente una moda que se puede descartar cuando nos hemos cansado de ella.
La segunda provocación, la que dirige a la microhistoria, es bastante más compleja de analizar en sus consecuencias en lo que hace a la cuestión territorial. Porque la microhistoria, supuso también una reterritorialización de la historia, una empresa análoga a la que propone Moretti para la literatura. Esto debe explicarse un poco mejor: la microhistoria –aunque su nombre siempre resultó engañoso en este sentido– es una búsqueda de “historia total”, pero de nuevo tipo, para lo cual tiene que encontrar formas de conectar el caso singular, “micro”, que selecciona, con la dinámica social general que, en última instancia, es lo que busca conocer (y eso la separa de cualquier “historia de lo pequeño”). La “historia total” como la practicaba la historia cuantitativa, procedía por medio de la totalización a la manera cartesiana, proponiendo que el conocimiento del todo surgía a partir de la cuantificación de sus partes; la microhistoria, en cambio, propone la conexión a través de la generalización, lo que supone la construcción de diversos contextos que –por una serie de variaciones de escala– responden a los diversos territorios –sociales, económicos, políticos, culturales– y a sus diversas temporalidades (17). Cada una de esas escalas –y cabe agregar aquí que se trata de una idea de escala que, como muestra ingeniosamente Lepetit, es más una metáfora arquitectónica que cartográfica– permite, entonces, producir una “región” (un intervalo espacio-temporal), que se confronta con la dinámica social general a través de la analogía, de modo que por la semejanza entre objetos y procesos, se extiende a una lo que se ha probado en la otra. Y esta idea de región como intervalo espacio-temporal, que ha desarrollado con mucha claridad Anthony Giddens, es clave para entender los puntos en común de la “moda” del territorio y la renovación de la historia; la región no es aquí un conjunto de realidades material-geográficas, contenidas dentro de límites espaciales y temporales predeterminados (como quería la geografía de comienzos del siglo XX), sino el propio procedimiento de construir esos límites cada vez (con cada definición del objeto de estudio, con cada cambio de escala) (18). Así, el molinero Menocchio –por seguir con el ejemplo de Ginzburg– compone con los diferentes contextos geográficos, económicos y culturales en los que participa, y las redes sociales, familiares e intelectuales que lo atraviesan sin saberlo, una “región” que el historiador recorta para construir su “caso”: un modelo analítico y analógico espacio-temporal.
Ahora bien, ¿la provocación de Moretti es una rebelión contra ese modo de ver el mundo contemporáneo (recuperando una serie de nociones provocativamente anacrónicas –otrodoxia marxista de la “ultima instancia”, estructuralismo y sistemas de análisis global de la economía-mundo, posibles justamente por su carácter de ejercicio provocativo), o es un indicio de que algo está cambiando también en ese mundo, luego de más de treinta años de “moda” territorial? Porque estos cambios en las percepciones y en las categorías son siempre parte de un cambio en las condiciones y posibilidades mismas de nuestra existencia material y simbólica. De hecho, el comienzo de esta historia “conceptual” del territorio (Foucault y la heterotopía) fue también el de la desintegración de la metrópoli moderna en un archipiélago de territorios des-comunicados, que ya no permiten la utopía de un espacio-tiempo homogéneo y jerárquico. Hoy nuestras metrópolis han perdido las líneas de tensión proyectual y nosotros nos hemos acostumbrado a pensar sus “territorios” mucho más cerca también de los de la biología y la antropología con un costo altísimo en términos de pérdida de voluntad de reforma. Quizás la provocación más importante de Moretti sea conseguir que su lectura nos haga entender también el lado de resignación (el lado de “barbarie”) en estos progresos del conocimiento.

NOTAS
1.El artículo fue publicado originalmente en francés en la revista Diogéne y ha sido editado luego en libro y traducido a varios idiomas; en castellano, forma parte de la reciente antología de textos André Corboz, Orden disperso. Ensayos sobre arte, método, ciudad y territorio, Buenos Aires, Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, 2015.

2.He desarrollado la idea de “figuras-puente” en “La ciudad análoga como puente entre ciudad y cultura”, en Correspondencias, Buenos Aires, Nobuko, 2011.

3.El texto de Borges es muy conocido, pero como además es muy breve, podemos citarlo completo: “Del rigor de la ciencia // En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisfacieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y Por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas. // Suárez Miranda: Viajes de varones prudentes, libro cuarto, cap. XLV, Lérida, 1658”. En Jorge Luis Borges, El hacedor, Buenos Aires, Emecé, 1960.

4.En la Fundación Proa pudo verse en 2009 una extraordinaria muestra de algunos de los más famosos discípulos de la Escuela de Dusseldorf, Andreas Gursky y Thomas Ruff entre otros.

5.Sobre este rol de producción simbólica para el estado-nación de la ciencia geográfica, ver el trabajo de Marcelo Escolar, Silvina Quintero y Carlos Reboratti, “Geographical Identity and Patriotic Representation in Argentina”, en David Hooson (comp.), Geography and National Identity, Blackwell, Oxford, 1994.

6.Michel Houellebecq, El mapa y el territorio (2010), Barcelona, Anagrama, p. 57.

7.Sobre este tema en el caso argentino, puede verse el trabajo que escribimos en colaboración con Anahi Ballent, “País urbano o país rural. La modernización territorial y su crisis”, en Alejandro Cattaruzza (dir.), Crisis económica, avance del estado e incertidumbre política (1930-1943), Nueva historia argentina. Tomo VII, Sudamericana, 2001.

8.Doreen Massey habla de “revolución positivista” en un artículo clave para entender los derroteros de la geografía respecto del espacio y el territorio en el último medio siglo: “New directions in space”, en Derek Gregory y John Urry, Social Relations and Spatial Structures, Londres, MacMillan Publishers Limited, 1985. Este libro es por cierto un índice muy bueno de los cambios que estaban ocurriendo en el conjunto de las ciencias sociales sobre estos temas a comienzos de los años ochenta.

9.Ver Anthony Giddens, “Time and Social Organizations”, en Derek Gregory y John Urry, ibid.

10.Daniel Defert, “’Heterotopía’: tribulaciones de un concepto entre Venecia, Berlín y Los Ángeles”, en Michel Foucault, El cuerpo utópico. Las heterotopías, Buenos Aires, Nueva Visión, 2010 –la edición en francés es de 2009, pero la edición castellano, en la colección dirigida por Hugo Vezzetti, suma dos textos muy importantes para la cultura arquitectónica: la conferencia “Espacios diferentes”, que Foucault dictó el 14 de marzo de 1967 en el Círculo de Estudios Arquitectónicos, y la entrevista realizada por Paul Rabinow en 1982, “Espacio, saber, poder” (ambos textos habían sido publicados en la revista Punto de vista Nº 74, Buenos Aires, diciembre 2002, y en la página web que tenía por entonces la revista, BazarAmericano).

11.La investigación dirigida por Foucault se materializó en el libro colectivo Politiques de l’habitat 1800-1850, París, Corda, 1977.

12.Michel Foucault, Seguridad, territorio, población (curso dictado en el Collège de France en 1977-1978; edición original francesa de 2004), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006; Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia (1980), Valencia, Pre-textos, 1988.

13.Sobre las relaciones entre el grupo veneciano y Foucault, ver el libro que el mismo grupo produjo a partir de un coloquio realizado en el IUAV (Istituto Universitario de Venezia): Massimo Cacciari, Franco Rella, Manfredo Tafuri, Georges Teyssot, Il dispositivo Foucault, Venecia, Cluva, 1977.

14.Daniel Defert, op. cit., pp. 55 y ss.

15.Ver especialmente el capítulo “Umwelt” de Giorgio Agamben, Lo abierto. El hombre y el animal (2002), Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2006,

16.Franco Moretti, Atlas de la novela europea. 1800-1900 [1997], México, Siglo XXI Editores, 1999, p. 8.

17.Estoy siguiendo el extraordinario análisis de Bernard Lepetit sobre la microhistoria: “Arquitectura, geografía, história: usos da escala”, en Bernard Lepetit, Por uma nova história urbana (compilación de textos organizada por Heliana Angotti Salgueiro), San Pablo, EDUSP, 2001.

18.A. Giddens, “Time and Social Organizations”, op. cit.; ver también, del mismo autor, el capítulo “Tiempo, espacio y regionalización”, de su libro La constitución de la sociedad. Bases para la teoría de estructuración [1984], Madrid, Amorrortu, 1995.