Tema del Mes

MARZO 2016

A los tibios los vomita el diablo

07 / 03 / 2016 - Por Gonzalo Aguilar

“El burgués” de Franco Moretti puede ser considerado una respuesta soberbia sobre los usos que pueden hacerse de los datos estadísticos que el archivo del Literary Lab pone a nuestra disposición. Uno se imagina lo políticamente explosivo que podría resultar un experimento así en Argentina, si en vez del uso eufemístico e impreciso del término “clase media” se estudiaran las ficciones burguesas como constitutivas de lo real.

Dos propuestas de Franco Moretti renovaron los estudios literarios y culturales de los últimos años: la reactualización crítica de la idea goethiana de una World Literature o literatura mundial y la construcción de un Literary Lab en la Universidad de Stanford que mediante técnicas digitales se propone ofrecer datos estadísticos de los textos (por ejemplo, cuántas veces aparece la palabra “barbarie” en Sarmiento o cuáles son los adjetivos más frecuentes en Borges). Ambas ideas, que tenían como fin renovar la tradición de la comparative literature, provocaron diversas polémicas (en un campo cada vez más burocratizado) entre las que se destacaron la de Gayatri Spivak quien objetó, en su Death of a discipline, el etnocentrismo de Moretti y la figura del informante nativo que su proyecto reavivaba. Las resistencias frente al Literary Lab, en una tradición tan renuente a los datos duros como las humanidades, no fueron menores: ¿qué había pasado con el crítico sensible y lúcido que en Signs taken for Wonders había hecho una lectura soberbia del juego (de los naipes a la ruleta) en relación con la narración y el capital, o que había leído “la ficción detectivesca es un himno a las habilidades coercitivas de la cultura”? ¿Se había puesto un guardapolvo blanco y ahora recorría con su block y su lapicera grandes computadoras como las de IBM para desentrañar el secreto de la literatura o sencillamente se había vendido a Google? Es verdad que aunque Atlas de la novela europea (1800-1900) o Graphs Maps Trees no carecen de atractivo y tienen grandes momentos analíticos, continuaba el temor de que Franco Moretti terminara ahogado en una red de estadísticas, infografías y datos. La publicación de El burgués (Entre la historia y la literatura) viene a despejar todos estos miedos y no solo eso: muestra la pertinencia y potencia del laboratorio literario cuando se trata de hacer crítica.
Publicado en 2013, el libro se centra en “los burgueses, refractados por el prisma de la literatura”. Aunque hay un método comparativo y una ambición (habitual) en Moretti por tener en cuenta la referencia mundial, pone el énfasis en la era Victoriana (sin dejar de distanciarse del trabajo de Peter Gay), en “un tiempo de solución de compromiso, mucho más que de contraste”. De modo sorprendente, sobre todo por la profusión de escritos a partir del tópico benjaminiano “París, capital del siglo XIX”, las referencias al burgués inventado por los franceses es escasa y son pocas las citas de Baudelaire, Flaubert o de Manet. Es más, Moretti no ve a estos autores en la línea de Bourdieu, como orígenes de la constitución de un campo literario o artístico moderno, sino que los engarza en su argumento sobre la burguesía como “la primera clase realista de la historia humana”, la clase de la negociación (“la palabra perfecta”). Haberlos visto de la otra manera, hubiera acentuado la disidencia o el “desequilibrio” y no “la regularidad”, que es lo que se propone revelar el libro como una de las características de la burguesía. Eso se ve claramente en su lectura de la Olympia de Manet: aunque reconoce el carácter escandaloso, se centra en la promesa de la transacción, del cumplimiento de intereses y de explotaciones.
Moretti, como señaló Adrián Gorelik en una reseña reciente, “utiliza de un modo desprejuiciado todos los recursos de los que dispone –o mejor, que ha ido él mismo produciendo en su ambición de renovar los enfoques”. Y este es uno de los aspectos más reveladores del libro: cuando uno lee los ensayos de Distant reading (Lectura distante) o Graphs Maps Trees o conoce el proyecto del Literary Lab de Stanford se pregunta hasta qué punto esos trabajos cuantitativos no van a echar a perder al crítico cualitativo de Signs Taken for Wonders, libro que responde con contundencia sobre un ejercicio de lectura que combina el arsenal estadístico con la sensibilidad crítica, las hipótesis cuantitativas con los reencuadres o las precisiones que observan las variaciones en el uso, como cuando toma la palabra “cosas” (“things”) en Robinson Crusoe de Daniel Defoe y El progreso del peregrino de John Bunyan.
El burgués, entonces, puede ser considerado una respuesta soberbia al uso metodológico que el archivo del Literary Lab pone a nuestra disposición. Cuando hice la lectura de los textos de Moretti para el Fondo (fueron dos los libros que tuve que ‘evaluar’: Distant reading y El burgués), recomendé vivamente la edición de El burgués primero no solo por los malentendidos que podría suscitar el primero (me pareció que la publicación de Distant reading, en un campo como el de la crítica literaria local tan resistente a los datos duros, iba a opacar sus propuestas innovadoras) sino también porque creo que este libro tiene –un poco contrariando lo que dice el mismo autor – fuertes connotaciones políticas. Moretti dedica un capítulo a la literatura latinoamericana (a Machado de Assis leído en la línea de Roberto Schwarz) pero uno se imagina lo explosivo que podría ser El burgués desde un Literary Lab argentino.
Sabemos que en nuestro país la palabra “burguesía” o “burgués” no abunda. Recuerdo que la usaba mucho el Partido Comunista pero parecía más una traducción de una novela de Gorki que una descripción del mundo realmente existente. Sí, en cambio, abunda el uso eufemístico e impreciso del término “clase media”, sobre el que el libro presenta unas páginas brillantes que hace a su hipótesis central: mientras el capitalismo triunfó, la burguesía fracasó. Las connotaciones que tiene en la cultura argentina “clase media” se refieren justamente a lo “medio”, la mediocridad, algo que no es ni muy frío como la elite, ni muy caliente como el pueblo y que por lo tanto es tibio con las connotaciones bíblicas que todos conocemos en una cita que ha sido muy usada por los movimientos radicalizados de los setenta y que de vez en cuando reaparece en el léxico político cotidiano. La palabra burguesía, en cambio, escasea más: está en el libro Estudio de la mentalidad burguesa de José Luis Romero que sería interesante confrontar con el realismo y el concepto de mentalidad tal como aparecen en Moretti aunque transcurra en otras latitudes y otra épocas, está en la crítica de David Viñas a quien le gustaba usar el término “burgués conquistador” del libro de Charles Morazé para referirse a Sarmiento o también, con mucha fuerza, en la noción de “pequeño burgués”, muy presente en la crítica de Sebreli, sobre todo en Buenos Aires, vida cotidiana y alienación donde se critica “la supuesta felicidad rosada pequeñoburguesa que glorifica el encierro doméstico”, “que considera como inmoral y peligroso salirse de la propia condición, de la propia clase” y que fue destruida por la aparición del peronismo. Ya en el peronismo la clase media es el enemigo y José Hernández Arregui escribió que con la llegada de Perón al poder “se encontró desamparada, mientras contemplaba el ascenso desafiante de la clase obrera. Desde entonces la clase media sería, como dice Hernández Arregui, “la llorona de un mundo perturbado”, que no sabría sino añorar anacrónicamente los “buenos tiempos de la estancia conservadora”. La descripción fue eficaz y lo sigue siendo aunque en este caso se apoye más en el consumo de las telenovelas que –otra vez– en una descripción sociológica concreta (imposible pedírsela, de todos modos, a Hernández Arregui). “Clase media” parece ser más el significante flotante para designar nuestros males que una categoría operativa e iluminadora.
Hay una larga tradición de la burguesía como falsedad que está en los movimientos de los años sesenta pero que se retrotrae mucho más atrás en la idea convencional de “doble moral burguesa” (que podríamos remontar a una degradación del tópico de las “dos almas” que aparecen en el libro), como si hubiese gente que tiene una sola moral, otros que tienen dos, cuando se sabe que la pluralidad de las morales que tenemos (o creemos tener) suele ser mucho mayor (complementariamente, la idea de la doble moral puede ser tanto populista –la gente de pueblo es de una sola pieza– como miserabilista –no tienen complejidad). Nadie mejor que Roberto Arlt para fijar esta idea en una frase de Los lanzallamas que condensa diferentes injurias como era habitual en él. Dice uno de los personajes: “– Lo extraño es que todavía no me hayas engañado, sin embargo. Sería interesante. Pero te faltan condiciones. No naciste para eso. Sos demasiado burguesita”. Hoy se diría reprimida.
Finalmente está la salida positiva, el hallazgo del burgués de buenas intenciones que sería la “burguesía nacional” y sería interesante que algún scholar impulsado por el planteo de Moretti haga estas diferentes genealogías y un laboratorio de las novelas y ensayos argentinos para ver las frecuencias y transformaciones de estas palabras claves.
El burgués, además de su recorrido histórico, relee y reescribe los clásicos de la crítica: Erich Auerbach, Roland Barthes y el problema luckasiano “¿Narrar o describir?”, que pasa por la pintura (via Svetlana Alpers) y le da otra solución con la fórmula “narración, pero de lo cotidiano”. La reescritura más fuerte es la que hace de Keywords de Raymond Williams y es fundamental en el recorrido del texto. Para Williams, las keywords son “a shared body of words and meanings in our most general discussion”, y las entradas son: clase, burguesía, arte, ideología, moderno, racional, entre otras. Valiéndose del Literary Lab, Moretti propone otra búsqueda en las que se privilegia el “shared body of words” pero no de modo deliberado sino inconsciente, las “asociaciones semánticas inconscientes” y las frecuencias de algunas palabras en las que el autor construye una subjetividad sin la anuencia o el consentimiento de los sujetos históricos. A partir de estas keywords se propone una mirada molecular (palabra que toma de Gramsci) de los textos (“las minuciosidades del lenguaje”, “la lentitud”) y una construcción de mentalidades para la historia de la literatura. La homogeneización, el riesgo del “espíritu de época” encuentran su antídoto en la fuerza de lo analítico que, a la vez que impide las salidas dialécticas, se expresa en frases sintéticas (“El burgués se esfuma cuando triunfa el capitalismo”) o en las palabras-clave como utilidad (“Conocimiento útil, es decir: conocimiento sin libertad”), eficiencia, confort, seriedad, o algunas más específicas en lo nacional, como roba (que, en italiano, significa bienes o riqueza y que aparece con una coloración afectiva en Giovanni Verga). Este vaivén entre molecular y mentalidad es fundamental en el texto porque se trata de literatura (y la ‘originalidad’ o ‘peculiaridad’ es un valor) y de burguesía, el grupo que llevó más a fondo la idea de individualidad.
¿No es la burguesía la clase molecular por excelencia? ¿No ha hecho un culto de la individualidad y hasta de la autocrítica que, culposa, hace pasar por crítica del otro? ¿No es, en definitiva, el grupo que puede oponerse a sí mismo? ¿No debería escribirse un libro que se llamara los burgueses o las burguesías? La virtud del libro consiste que en el singular del título, reverberan y se agitan particularidades y singularidades en cada uno de los análisis que nos entrega.
Al final de la introducción, Moretti se autodefine como “historiador”. Invocando a Cornelius, el personaje de Thomas Mann, dice “como Cornelius yo también soy profesor de historia”. Siempre había tenido para mí que Moretti era un crítico literario. Es decir, un profesor, un crítico o un escritor que considera que los textos literarios son una buena plataforma para leer con mayor densidad, sutileza y sentido crítico el movimiento de lo humano y de lo social, la naturaleza del acontecimiento. Sabemos que los críticos literarios no siempre tenemos la mejor prensa, que los historiadores nos pueden acusar por falta de rigor, o por falta de sentido histórico, sin embargo, me gusta seguir pensando que Moretti es un crítico literario. Un crítico literario con un afilado sentido histórico (de la historicidad y de la genealogía) pero que a la vez continúa con la ira de los formalistas rusos, que imaginaron a los historiadores de la literatura como policías que custodiaban las calles de la literatura (o como Benjamin que los imaginó como francotiradores que utilizaban el edificio de la literatura a falta de otro mejor ya que desde allí era más fácil disparar sobre la multitud).
Por suerte, Cornelius (la fuente que utiliza Moretti para su afirmación) es un personaje de ficción. Caí en la trampa: Moretti se autodefine como profesor de historia pero encuentra su par o su legitimación en una ficción, en un personaje de un cuento, ese hombre que deja su casa para dar un paseo por los alrededores de la ciudad. La boutade da la medida justa de la operación de Franco Moretti o por lo menos tal como me gusta imaginarlo y leerlo: como un historiador de la literatura que piensa las ficciones como parte constitutiva de lo real.