Tema del Mes

MARZO 2016

Transexualidad y deporte olímpico: una ecuación de suma cero

13 / 03 / 2016 - Por Juan Manuel Herbella

Nadie discutiría que la envergadura de los brazos del nadador Michael Phelps o la longitud de piernas de Usain Bolt son ventajas antideportivas. Pero ¿qué sucede con los criterios de competencia justa en la época en que la transexualidad es asistida por nuevas herramientas y derechos?

Era una mañana fría de octubre de 2003, cuando en un pequeño pero lujoso hotel del centro de Estocolmo, se juntaron los doctores suecos Arne Ljungqvist y Martin Ritzen, con sus colegas franceses Odile Cohen-Haguenauer, Marc Fellous y Patrick Schamasch; y los norteamericanos Myron Genel y Joe Leigh Simpson. Los siete conformaban la Comisión Médica del Comité Olímpico Internacional (COI), encargada de velar por la salud de los deportistas. Se reunían, por primera vez en la historia, para debatir y definir guías de acción sobre el futuro de los individuos disconformes con su género: atletas nacidos de un sexo que no reconocen como propio pero con el que están obligados a competir.  

El cónclave duró más de un día y como resultante salió a la luz “Statement of the Stockholm consensus on sex reassignment in sports”: un escrito precursor sobre la problemática de la reasignación de sexo, que autorizaba a los atletas “trans” a competir, si y solo si, se habían realizado previamente el procedimiento quirúrgico de reasignación de género y recibían la terapia hormonal correspondiente durante dos años. A más de una década de su publicación, en la elite competitiva, la realidad de los atletas transgénero no ha cambiado demasiado y continúa siendo un intríngulis personal, que cada deportista resuelve a su manera, casi siempre sin éxito. Ahora, en la previa de los Juegos Olímpicos de Río y con la nueva determinación del Comité médico del COI, el statu quo amenaza cambiar para siempre.  

Antes del Consenso de 2003, la situación de los “trans” ni siquiera era tema de discusión: eran casos muy puntuales y no se debatía al respecto. La primera organización que abordó la problemática fue la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF), en un seminario de expertos en 1990, donde a modo de receta determinó por unanimidad que: “toda persona que haya sufrido un cambio de sexo antes de la pubertad debería ser aceptada en el deporte en el género elegido; mientras que las personas que hubiesen sufrido un cambio posterior a la pubertad debían ser evaluadas individualmente por un comité de expertos competentes, antes de que la autoridad deportiva les permitiese competir”. Para ese entonces, el factor preponderante en la toma de decisiones era el perfil genético: los poseedores de cromosomas sexuales XY (masculinos) no podían competir contra los XX (femeninos).

Mientras Ljungqvist, Ritzen, Cohen-Haguenauer, Fellous, Schamasch, Genel y Leigh Simpson definían la nueva postura del COI sobre los atletas transexuales; la Dra. Renée Richards, a los setenta años de edad y a miles de kilómetros de distancia, continuaba ejerciendo la oftalmología en su consultorio neoyorquino de Park Avenue. Sus años como tenista profesional habían pasado al olvido pero, para muchos, seguía siendo una pionera. Antes de ser Renée Richards, el joven Richard Raskind había sido capitán y “primera raqueta” del equipo de tenis masculino de la Universidad de Yale: dueño de una zurda prodigiosa y reconocida en toda la costa este de los Estados Unidos. 

Luego de diez años y en el otro extremo del país, cirugía de reasignación de sexo mediante, volvió al tenis pero en la rama femenina: como Renée Richards. Su decisión produjo una disputa legal que perduró durante dos años y concluyó en 1977, cuando le permitieron ingresar al incipiente circuito profesional de tenis para disputar el US Open. En cuatro años, Renée se convirtió en una de las animadoras del circuito en los Estados Unidos: siendo dos veces semifinalista del US Open en dobles y dobles mixtos (con Ilie Nastase). En 1981, con 47 años de edad, se retiró del tenis para dedicarse a la medicina, quedando para siempre en la historia del deporte como el primer atleta transexual.

Un par de meses antes de que Renée Richards “colgase la raqueta”, en la pequeña villa de Lake Zurich, en los suburbios al norte de Chicago (Illinois - EEUU), nacía Chris Mosier. Sus padres la llamaron con un nombre que él, hoy, prefiere olvidar. Convertido en el prototipo ideal del deportista transgénero, se transformó en el portavoz de la comunidad de LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales): es abogado, triatleta laureado y dueño de la plataforma web transathlete.com (un sitio icónico sobre la temática). Desde 2010 recibe dosis periódicas de testosterona sintética, lo que le permite equiparar sus condiciones deportivas con la del resto de los atletas varones. Hasta el momento, no había sido autorizado por el COI para competir pero, con la nueva resolución, es otra la historia.

La testosterona, hormona sexual preponderantemente masculina, se ha transformado en la vedette de la ecuación. Lo que en los inicios fue un control de rutina con verificación visual y, luego, se transformó en un testeo superficial de cromosomas sexuales (XX y XY), ahora se ha complejizado a niveles infinitesimales. La “teoría de los 10 nanogramos” (o de 10 nmol de testosterona/ L) se convirtió en proceso rector para definir hasta donde los atletas son mujeres y cuando “dejan de serlo”. El valor femenino ronda los 2 nanogramos y en una enfermedad como la poliquistosis ovárica puede elevarse hasta los 4,5 nanogramos. 

Dutee Chand es una joven atleta india que se desataca por su velocidad. Su cuerpo produce, de forma natural, un nivel de testosterona que supera el umbral establecido (hiperandrogenismo). Al detectarse la anomalía, en 2013, la IAAF la suspendió provisoriamente y la obligó a “tratarse” el excedente de testosterona para retornar a las pistas. Chand no aceptó y contraatacó, demandando a la Asociación por considerar que la medida avasallaba sus derechos individuales y reclamó ante el TAS (Tribunal deportivo) la posibilidad de seguir compitiendo sin alterar su equilibrio hormonal. Luego de pasar dos años fuera del circuito, a mitad del 2015, la sentencia favorable del TAS le permitió volver a competir. 

“La obligación de someterse a una operación para participar no es necesaria para asegurar una competición justa y va en contra de los derechos humanos”, dice el nuevo comunicado de la Comisión Médica del COI, de la cual siguen formando parte Ljungqvist, Ritzen y Genel. La medida, celebrada por la comunidad LGBT, fue muy criticada dentro del deporte femenino. Al fin de cuentas, no hay lógica entre la flexibilidad para atletas que se desarrollaron madurativamente como varones y la brutal rigidez con el hiperandrogenismo hermafrodita de Chand. 

Probablemente haya sido la victoria legal de Chand la que abrió la puerta a un replanteo técnico de la situación. Actualmente se puede decir que hay dos puntos claros y un millón de aspectos discutibles. Se sabe que quien posee un mayor nivel de testosterona, tendrá más masa muscular y menos grasa; y por ende será más fuerte y más veloz: con la consecuente ventaja competitiva. Se sabe, también, que el hiperandrogenismo es 140 veces más frecuente en las atletas de élite que en el resto de la población femenina: como los casos de la mencionada Chand, la sudafricana Castor Semenya y la española María José Martínez-Patiño. Ventajas naturales como esta, supuestamente “injustas”, también son la envergadura de los brazos del nadador Michael Phelps o la longitud de piernas (con centro de gravedad extremadamente alto) de Usain Bolt pero a esas nadie las pondría en discusión.

El cambio en la política del COI puede convertir a los Juegos Olímpicos de Río 2016 en los primeros donde un atleta con caracteres sexuales masculinos pueda ser capaz de romper un record mundial femenino. El derecho de los transgéneros y la exigencia social de integrarlos, en las competiciones, enfrenta y vulnera gravemente el derecho de la mujer en el deporte. Con esta determinación, ya no es necesario lucir como mujer para competir contra mujeres, simplemente con respetar el límite máximo hormonal por una cierta cantidad de tiempo (doce meses previos a la competición), cualquier atleta que se identifique como mujer está autorizado. 

No sé qué pensará usted, estimado lector, pero a mí me resulta inverosímil creer que un deportista que nació hombre y que se desarrolló madurativamente competiendo contra varones, pierda esa ventaja simplemente por el hecho de permanecer un año con menos de 10 nanogramos de testosterona.