Tema del Mes

MARZO 2016

China y las raíces aristocráticas de la meritocracia

27 / 03 / 2016 - Por Pablo Ariel Blitstein

¿Qué democratización supone el ascenso a un cargo por mérito si el mérito juzgado sigue siendo privativo de los grupos sociales privilegiados? Después de ensayar la redistribución de capital simbólico mediante la educación pública ¿es deseable restaurar la tautología clasista de la meritocracia?

En 2012, un profesor de Shanghai publicó en el New York Times, bajo el título de “Meritocracia versus democracia”, un artículo que sostenía que el lema de Lincoln, “un gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”, no puede producir un sistema político viable, porque es incapaz de asegurar la selección de líderes aptos para gobernar; mientras que China, por el contrario, debe su posición de fuerza en el orden mundial a un sistema de “selección plus elección” de sus líderes, que le garantiza al partido en el poder –“el partido más meritocrático del mundo”– una eficacia absoluta en la implementación de sus políticas. Parte del éxito de este sistema meritocrático radica, según el profesor de Shanghai, en los mecanismos de selección de líderes que, desde fines de los años setenta, tendieron a volver imposible el culto a la personalidad que había llevado a la revolución cultural; pero la clave del éxito de la meritocracia china se encuentra también, según el profesor, en la “tradición política confuciana” que, durante más de un milenio, nutrió el “primer sistema de exámenes en el mundo” para la selección de ministros y de funcionarios públicos. La clave del “milagro chino” radicaría así en el espíritu meritocrático de una tradición política única en la historia humana. 

A un lector habituado a este tipo de operaciones intelectuales quizá se le esboce una sonrisa al leer el artículo del profesor de Shanghai. Pero detrás de los abundantes estereotipos que desbordan este texto, un historiador de la China sabrá reconocer, quizá con un cierto estupor, los argumentos de uno de los libros más interesantes que se hayan escrito en los últimos años sobre los fundamentos meritocráticos de las instituciones políticas chinas. Se trata del libro de Alexander Woodside, Modernidades perdidas, publicado en 2006, cuyo propósito es mostrar que el sistema de exámenes al que hace referencia el profesor de Shanghai, implementado en China hasta 1905, dio a luz a una “modernidad” que preexistió la modernidad occidental. La hipótesis de Woodside es que este sistema de exámenes para la selección de funcionarios y ministros, que existió tanto en China como en buena parte del Este asiático, generó una “meritocracia” por lo menos tan estricta como la que (en principio) rige el funcionariado europeo y americano contemporáneo. Esta meritocracia remonta a una época muy anterior a la meritocracia occidental. Fue esbozada hacia el siglo VII, cuando el antiguo sistema de selección por recomendación o por privilegios hereditarios empezó a ser reemplazado por un sistema de exámenes escritos anónimos, que garantizaban la idoneidad del candidato y que hacían casi imposible la selección sobre la base del parentesco, la amistad, o toda otra relación personal; pero fue sobre todo a partir del siglo XII que el sistema de selección por exámenes se extendió a la mayor parte de la administración y que se adoptaron diferentes técnicas de anonimización que prevenían toda posible complicidad entre evaluadores y candidatos. Los candidatos eran obligados a pasar varios días encerrados en pequeñas celdas, aislados de sus allegados y de los otros candidatos, con la sola compañía de sus exámenes y sus útiles para escribir; y una vez finalizada la evaluación, un funcionario se encargaba de copiar las respuestas en una hoja diferente para evitar que los correctores reconocieran la caligrafía de algún favorito. El objetivo era constituir una burocracia que no tiene nada que envidiarle al modelo prusiano de Weber. Ésta es la “modernidad” que, según Woodside, China perdió en 1905, cuando la última dinastía imperial abolió este sistema de selección de funcionarios; y es también el tipo “modernidad” que, según el profesor de Shanghai, encuentra una cierta continuidad en la selección de los líderes de la República popular. 

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¿Nuestro profesor no se equivoca entonces sobre la tradición meritocrática china? Quizás no. Y quizá debamos repensar entonces lo que entendemos habitualmente por “meritocracia” y “modernidad”. 

 Meritocracia es un término relativamente nuevo en el vocabulario socio-político del siglo XX: fue popularizada recién a mediados del XX de la mano de un sociólogo laborista, Michael Young. El término, que debía explicar de manera negativa las fallas del sistema educativo inglés, terminó por adquirir un sentido positivo: hoy la meritocracia se presenta como lo contrario de las prácticas clientelísticas, de los patronazgos, de todo lo que representa una selección sobre la base de la simpatía personal y no sobre la base de una calificación. La “meritocracia” representa la igualdad de oportunidades contra los privilegios hereditarios, el premio al esfuerzo contra los derechos del apellido –en una palabra, la modernidad democrática contra el pasado aristocrático. El libro de Woodside comienza precisamente con esta oposición. La “meritocracia” china, explica, surgió de una oposición a las grandes familias aristocráticas que dominaban las instituciones y elegían a los candidatos a su antojo. Los exámenes no sólo permitieron crear una burocracia sobre la base de reglas claras, sino también abrir la administración a personas sin ningún pedigree. ¿Cómo no ver en esta meritocracia una modernidad antes de la modernidad? 

El problema se plantea cuando se observa en qué consistían los exámenes: sus preguntas evaluaban los saberes de una u otra fracción de la antigua aristocracia letrada; el mérito consistía precisamente en saber lo que la aristocracia sabía. El “gobierno del mérito” erigido sobre el sistema de exámenes reemplazaba así el capricho de los aristócratas por el capricho del emperador y de sus ministros. Pero esto no debe causar sorpresa alguna: existe efectivamente una continuidad perfecta entre aristocracia y meritocracia. Toda aristocracia, al menos en teoría, no se basa sólo en los lazos de sangre, sino en los méritos reales o supuestos de sus miembros; sus criterios de pertenencia son muchas veces aún más “meritocráticos” que los que se aplican en las administraciones occidentales contemporáneas. La “aristocracia” china anterior al sistema de exámenes disponía de criterios rigurosos de pertenencia estatutaria; el joven aristócrata debía probar constantemente que sus méritos personales estaban a la altura de los méritos de sus ancestros; y su educación debía permitirle confirmar públicamente, en la elegancia de sus maneras o de su escritura, que la superioridad de su posición se debía a la excepcionalidad de sus méritos. La aristocracia china era tanto más “meritocrática” que la recomendación para un puesto en la administración, o incluso el privilegio estatutario de obtener un puesto para los propios hijos, estaba sometido a un control general de los pares e incluso a sanciones institucionales en el caso de que la persona recomendada no estuviera a la altura del cargo. El carácter meritocrático de estos criterios de pertenencia estatutaria no hace excepcional a la antigua aristocracia china: la nobleza de toga o de espada francesas, por dar un ejemplo, no eran menos “meritocráticas” con sus propios miembros, ya que todo noble debía hacerse noble a través de una educación severa que probara su nobleza frente a la sociedad (una idea que Pierre Bourdieu retomó cuando caracterizó la meritocracia francesa como una “nobleza de Estado”). Con el sistema de exámenes, la aristocracia china perdió su poder directo sobre la definición de los criterios de selección de funcionarios; pero la idea meritocrática seguía en pie: el objetivo del examen era probar la superioridad de la propia virtud y la aptitud para convertirse en un servidor del emperador. Los exámenes no eran ni más ni menos “meritocráticos” que los criterios de selección aristocrática. Sólo cambiaron las modalidades de meritocracia y las personas encargadas de definir los criterios de selección. 

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El “gobierno del mérito” no es una idea moderna. Es sólo la transfiguración de una idea antigua. Por esa razón, la impresión positiva que muchos de nuestros contemporáneos tienen de la “meritocracia” se debe quizá a que, sin que lo adviertan, las instituciones de antiguo régimen siguen presentes en la manera en que evalúan los progresos sociales. Y no sólo en China: el profesor de Shanghai estaría quizá sorprendido de escuchar que uno de los mecanismos fundamentales del “modelo” de Lincoln, la elección, también reposa sobre principios aristocráticos. En Del Espíritu de las leyes, Montesquieu lo explicó con claridad: el único procedimiento verdaderamente democrático es el sorteo, tal como se practicó en Atenas; la elección, en cambio, genera necesariamente una aristocracia. Poco importa que los criterios sean establecidos “desde arriba” en un caso y “desde abajo” en el otro: la elección implica la selección del “mejor”, y por ende una jerarquía entre el que “merece” y el que no merece gobernar, entre el que sabe y el que no sabe, entre los “mejores” (los aristoi) y los peores. En otras palabras, la elección es inseparable de la existencia de una aristocracia del saber, de una aristocracia partidaria o de la “aristocracia del negocio” de la que hablaba el viejo aristócrata que era Tocqueville; así lo había percibido Rousseau, y así lo percibió también uno de sus herederos chinos, Zhang Binglin, que se opuso a las experiencias parlamentarias de fines del imperio e inspiró la revolución republicana de 1911. La “aristocracia” que resulta de la elección es por cierto muy diferente de la que puede producir el privilegio hereditario, el título de nobleza o el puesto en la corte; pero al igual que las “modernidades perdidas” de los sistemas de selección por medio de exámenes, la aristocracia elegida (la “élite”) debe su existencia al principio meritocrático de selección de los mejores. Así, a pesar de las diferencias entre los dos “modelos políticos” que describe el profesor de Shanghai, existe entre ellos un elemento en común: los dos pueden generar su propio tipo de “gobierno del mérito”.

La observación de Montesquieu puede quizá desesperar a un demócrata convencido. Si la elección es un principio meritocrático, y si la meritocracia no es sino otro nombre de la aristocracia, ¿acaso no existe ninguna diferencia fundamental entre el sufragio universal y la selección de dirigentes según criterios definidos por esos mismo dirigentes? No hace falta leer lo que dice el profesor de Shanghai para entender la enorme diferencia entre una selección “por lo alto” y una elección “por lo bajo”, entre el privilegio de unos pocos a fijar los criterios del mérito y el derecho universal a elegir los “mejores” según los criterios de una mayoría. Pero si bien la extensión universal de la posibilidad de elección representa una diferencia con el pasado, quizá debamos admitir que la ruptura “moderna” pasa por otro lado. En el caso de la China, este corte residió en un objetivo fundamental: instaurar la educación pública obligatoria. Suele decirse, y con razón, que la abolición del sistema de exámenes en la China de 1905 produjo un shock, por lo menos entre los letrados que habían sido educados para pasar esos exámenes; mucha discusión entre letrados, pero menos trauma, causó la apertura de asambleas provinciales y de un parlamento en 1909-1910, porque muchos ministros veían en la nueva institución una simple extensión de los espacios de opinión calificada –y es precisamente contra esto que Zhang Binglin alzó sus críticas. Pero lo que no parece haber causado un trauma y que, sin embargo, realmente rompió con los esquemas tradicionales, fue la introducción de la idea que encarna la escuela pública y obligatoria: la repartición equitativa entre toda la población de los recursos simbólicos necesarios para vivir en sociedad. 

La escuela pública y obligatoria reposa sobre principios radicalmente opuestos a los de la meritocracia: su propósito no es crear un “gobierno de los mejores” sino, para decirlo en términos sarmientinos, “educar al soberano”. Los exámenes imperiales, como las academias tradicionales que preparaban a los letrados para rendirlos, estaban destinados a seleccionar los hombres más calificados para servir al emperador; la idea era que el emperador tuviera a su lado los “mejores”, no distribuir saberes entre sus súbditos, y que las viejas aristocracias, llenas de hijos inútiles de padres inútiles, fueran reemplazadas por una aristocracia erigida a partir de las necesidades del emperador y de sus ministros. Pero esta nueva aristocracia terminó por generar sus propios inútiles; y cuando también ella fue abolida, la escuela pública y obligatoria introdujo un principio nuevo que la aristocracia de los exámenes había ignorado o querido ignorar: la creación de condiciones para reducir las desigualdades entre gobernantes y gobernados, para hacer que los representantes se parecieran cada vez más a los representados y, eventualmente, para lograr que la elección se pareciera cada vez más al sorteo. Fueron precisamente los esfuerzos en contra de la meritocracia, y no sus restos en los diferentes procesos electorales que se pusieron en práctica, los que representaron la novedad, la “modernidad” en la China de principios del siglo XX. Lo demás, sistema de exámenes incluido, no era sino una variedad de antiguo régimen.    

A estos esfuerzos anti-meritocráticos, a este objetivo de realizar una igual distribución de recursos simbólicos, el partido “más meritocrático del mundo” –para retomar las palabras del profesor de Shanghai– agregó en su momento el objetivo de una igual distribución de la riqueza social. Paradójicamente, ese mismo partido, cuyos principios son ya irreconocibles después de casi un siglo de existencia, pareciera tener la voluntad de recuperar hábitos institucionales que incluso la última dinastía imperial había decidido tirar a la fosa de la historia.