Tema del Mes

ABRIL 2016

ABBA

25 / 04 / 2016 - Por Diego Rojas

El hechizo de la felicidad, desde los fans australianos que desbancaron el record televisivo del alunizaje, hasta el testimonio del autor que “salió del clóset” al ritmo de su epifanía. Y agrega, ¿qué más asocial y lejano a los requerimientos del orden productivo actual que bailar y bailar con las canciones de ABBA?

Pensaba que algo no andaba bien, que era un problema mío, una especie de equivocación que no podía superar. Supongo que las causas radicaban en el hecho de que era una banda que me había acompañado desde la infancia y que, en la adolescencia tardía, era un problema personal madurativo que me gustara ABBA, además de constituir una irregularidad que atentaba contra el cuerpo de lo políticamente correcto. Es sabido que ABBA es considerado como el epítome de los grupos musicales pasatistas y una aberración frente a la canción disruptiva, al arte comprometido, al horizonte de un nuevo orden social. Si allí estaba el rock, ¿para qué ABBA? Sin embargo, era imposible sustraerse a su influjo.

Le pasaba a muchos. Les pasa a muchos. A millones. Eran una superbanda.

Su origen era una tranquila y moderna -y a la vez provinciana- Suecia, nación conocida sobre todo por sus estereotipos igualitaristas -aunque falsos- que por sus figuras culturales que, sin embargo, cuando se hicieron presentes lo hicieron con gran potencia. Desde Greta Garbo a Ingmar Bregman, pasando por August Strindberg o el recientemente fallecido Henning Mankell. Ninguno de ellos alcanzaría la masividad y popularidad que obtuvo ABBA en la historia; quizás se podría discutir esta afirmación a través del alcance del ícono y el mito de Greta Garbo. 

Sus caminos se habían cruzado por obra de la casualidad y el talento. Agnetha Fältskog, nacida en 1950, vivía en el interior de Suecia y se había destacado cantando en el coro de su escuela. Apenas doce meses de terminado el secundario a los 17 años había sido escuchada por un productor musical que la empujó a grabar un sencillo a Estocolmo, la gran capital a la que llegó acompañada por su padre. Sus baladas -muchas compuestas por ella- se popularizaron al ritmo de su belleza rubia. 

Benny Anderson, nacido en 1946, tocaba en bandas desde los 18 y alcanzó la fama con The Hep Stars, que hacían canciones de Los Beatles y que, por eso mismo, fueron conocidos como “Los Beatles suecos”. Había sido padre a los 15 años.

Anni-Frid Lyngstad nació en 1945, al final de la Segunda Guerra, fruto de la relación entre una joven noruega y un militar alemán nazi de la ocupación. Para evitar represalias por haber tenido amores con el enemigo, la madre de Anni emigró a Suecia, donde murió a los dos años, dejando a su hija al cuidado de la abuela. A los 13 años comenzó a cantar en una banda de jazz. Se casó a los 16 y tuvo dos hijos. A los 22 ganó un concurso nacional y el premio fue una gala televisiva individual, muy bien promocionada, porque el día de la emisión los automóviles debían dejar de ser conducidos por la izquierda para hacerlo por la derecha según el canon internacional y todo el mundo se quedó en casa viendo la tele. 

Bjorn Ulvaeus, nacido en 1945, también integró un grupo musical desde muy joven, a los 17 años. The Hootenanny Singers era el nombre de la banda que alcanzó gran popularidad. El grupo se cruzó en las giras y conciertos con The Hep Stars, Bjorn y Benny se hicieron amigos y comenzaron a componer juntos, a pesar de que integraban bandas diferentes.

Por supuesto que mientras en mi casa se escuchaba ABBA cuando yo era un niño -recuerdo que a mi madre le gustaba bailar y le gustaba “Chiquitita”, también- yo no sabía nada de todas estas novelescas historias individuales. Pero sí sabía que era un grupo formado por dos parejas. Bjorn y Agnetha, que eran unos ídolos juveniles totales, se habían conocido, enamorado e ido a vivir juntos muy tempranamente mientras desarrollaban sus sendas carreras musicales, y Anni -divorciada del padre de sus hijos- se enamoró del productor de su nuevo disco, que resultó ser ni más ni menos que Benny. En abril de 1970 los cuatro amigos compartían vacaciones en las playas de Chipre e improvisaron un recital para las tropas de la ONU asentadas allí y desde entonces el pop ya no sería el mismo.

¿Qué es lo que fascina de ABBA, de su música, de sus canciones? A mí me parecía una atracción natural, física, que producía que la combinación de voces y acordes no produjera sólo el éxtasis del baile sino que, además, proporcionaba una cierta pequeña épica de la felicidad. Una noche, de chico, me quedé en la casa de un amigo, un amante, y pasamos muchas horas conversando en su habitación, en su cama. Él estudiaba en el conservatorio y había dejado prendida alguna radio a volumen bajo mientras charlábamos. Recuerdo entonces que sonó “Waterloo” y él me dijo: “Escuchá”. Con sus dedos golpeaba teclas imaginarias en el aire. Y me dijo: “Desde Mozart que no hay armonías de esa naturaleza”. Y siguió tocando su piano mientras era feliz con los ojos cerrados. 

Fue una especie de epifanía. Si lo que ese pibe decía era cierto, entonces ahí estaban las raíces profundas e inevitables del hechizo que provocaba ABBA. Luego supe: no era el único que opinaba así. Por ejemplo, el músico australiano Robert Davidson escribe esto en su ensayo “Thank you for the music”, de 2001, e incluído en la antología 24 hours, editada por la Australian Broadcasting Corporation: “La música de ABBA es más acerca de notas que de sonidos. Comparte este atributo con la música de compositores como Johan Sebastian Bach, cuyos trabajos a lo largo de la historia fueron rearreglados para una larga serie de propósitos, desde los arreglos de Mozart para trío de cuerdas del preludio coral al primer disco popular de sintetizador, Switched on Bach, de Walter (hoy Wendy) Carlos”. Davidson cita al músico Martin Mackerras, que ve en ABBA paralelos con el concierto para clarinete de Mozart y dice: “En ‘The name of the game’ hay sección tras sección tras sección fluyendo, como las melodías en constante flujo del concierto de Mozart, en las que siempre permanecen melodías perfectas. Se trata de un contraste tan grande con cierta estandarizada estructura de tanto pop que para mí es un signo de genialidad”. Davidson también cita al músico Tom Adeney, que nota una conexión similar con la ópera juvenil de Mozart La Finta Giardiniera: “Durante el intervalo podía escuchar ‘Dancing Queen’ que brotaba de un club nocturno cercano y pensé: ‘Dios mío, esto es asombroso’. Mis oídos estaban en tono con Mozart y podía atrapar la gran claridad de diseño de la canción de ABBA. Lograba el ideal de Mozart: una combinación perfecta entre el concepto de una canción y su realización. En verdad sonaba como una joven chica bailando”. Davidson concluye: “Como Mozart y Bach, ABBA abrió su repertorio a una gran variedad de géneros, sintetizándolos con la música popular de sus tierras, para lograr un elevado estilo personal”. 

Tal vez se podría sospechar de Davidson ya que es australiano y, se sabe, Australia es la nación ABBA por excelencia. Allí fue una banda hitera por primera vez y de un modo fanático. Su álbum Greatest Hits se mantuvo 16 semanas en el número uno del chart y cuando la banda visitó la isla continente se cansó de llenar estadios. En marzo de 1976, un especial sobre la presentación de ABBA en Australia fue transmitido por la televisión un domingo y alcanzó el 54% del share, lo cual desbancó como récord de audiencia al alunizaje de 1969. Herencia de este amor australiano por los suecos son las películas La boda de Muriel y Priscila, reina del desierto, geniales films atravesados por las canciones de ABBA.

ABBA produce felicidad, un alejamiento radical de la vida tal como la conocemos, una afinidad espiritual con el centro poderoso de los sentidos. ¿Es eso pasatismo? Hay quienes postulan que la cualidad revolucionaria del arte se encuentra en su caracter de asociabilidad, en su incapacidad de aprehensión funcional a las relaciones sociales lo que produciría que el arte es la antítesis social de la sociabilidad. ¿Y qué más asocial y lejano a los requerimientos del orden productivo actual que bailar y bailar con las canciones de ABBA?

Sus videos son todos horribles, signo de los tiempos en los que les tocó vivir. Bueno, nadie es perfecto. Sin embargo, ese detalle no hace mella en historias propias de rockstars monumentales: giras consagratorias a los Estados Unidos rotas por la fobia de Agnetha luego de un agitado vuelo; el descubrimiento del público hispanoparlante y las canciones en español entonces; las separaciones de las dos parejas que luego hicieron difícil mantener la unidad de la banda; la separación sin anuncio del grupo; el recluimiento de Agnetha en una zona rural sueca solitaria; el acoso de un fan stalker con quien -empero- estuvo de novia durante dos años; la negativa a juntarse nuevamente a pesar de los mil millones de dólares ofrecidos; esa actualización adolescente con los ABBA Teens; la brusca felicidad de la película Mamma mía, protagonizada por Meryl Streep y basada en el musical del mismo nombre que transcurre en las playas griegas. 

ABBA es la mejor banda del mundo. Decir esto -escribirlo- sin culpa es también producto de la felicidad musical que producen sus canciones. Es una felicidad con muchos vasos comunicantes con el “salir del clóset”. Y luego, entonces, bailar.