Tema del Mes

DICIEMBRE 2012

Juventud, divino, tesoro

04 / 12 / 2012 - Por Fabián Triskier

Jean-Jacques Rousseau describe a la adolescencia como un “segundo nacimiento” en el que “el hombre nace verdaderamente a la vida y nada le es extraño”. ¿Podemos hablar de una suerte de segundo nacimiento cerebral durante la adolescencia, un período de rediseño de estructuras que posibilitarán confrontar con las novedosas oportunidades de la vida adulta?

El recientemente fallecido historiador Eric Hobsbawm describe en su magistral Historia del siglo XX las transformaciones sociales que se establecen con el surgimiento de una cultura juvenil y cómo estas se extienden en el mundo. La radicalización política de los años 70 es considerada por el autor como un fenómeno juvenil en el que los jóvenes son atraídos fundamentalmente por líderes de su misma generación. Se construye entonces una imagen de la juventud que se autonomiza del antes y el después, rechazando concepciones que consideraban dicha etapa como una mera transición hacia la vida adulta. En este planteo, dicha autonomía se verá representada por la imagen del héroe juvenil, para quien la vida adquiere su plenitud en la juventud y acaba trágicamente en esa misma etapa de la vida. James Dean, Janis Joplin, Bob Marley o Jimmy Hendrix son citados como ejemplos. Algunas imágenes iconográficas de Luca Prodan, el Che Guevara o la “Evita montonera” serían aportes locales. La idealización de un modelo de vida signado por la creatividad o la entrega está condicionado por una muerte temprana que se naturaliza como condición necesaria para inmortalizar una imagen eternamente juvenil. Los adolescentes y jóvenes pasarían a ser una suerte de axolotls, ese animal que detiene su maduración en una etapa juvenil sin alcanzar nunca su morfología adulta.

Rossana Reguillo, antropóloga mexicana que viene investigando desde hace años a los jóvenes de América Latina, utilizó la metáfora de los “argonautas” para describir el proceso de construcción de identidades en los grupos de jóvenes como una búsqueda constante. Sin embargo, dicha idea comenzó a resultarle incómoda e insuficiente para definir las intensas transformaciones que evidenciaba en las culturas juveniles y las influencias de la sociedad sobre ellas. Una sociedad que ha sufrido profundas transformaciones y que al decir de Zygmunt Bauman se han convertido en sociedades de consumidores. En ese sentido, Reguillo destaca la paradoja de la prolongación de una etapa de “juvenilización” del sujeto, mientras que las instituciones de control exigen cada vez con más fuerza un tope para dejar atrás la juventud.

La representación de la juventud en nuestras sociedades oscila constantemente entre discursos que los idealizan o los estigmatizan. No se requiere rigor científico para apreciar la fluctuación de este fenómeno, solo basta con seguir en la prensa escrita o en los programas de noticias de la televisión cuándo y por qué hacen su aparición los jóvenes. La justificada preocupación social por la problemática de la inseguridad los convierte injustamente en protagonistas privilegiados del fenómeno. Cada vez que se da difusión pública a episodios criminales o de violencia en los que los jóvenes pueden ser tanto víctimas o victimarios, pasan a ser destinatarios de una serie de proyectos de ley o nuevas instituciones de control, que se multiplican y reproducen sin límite. Por momentos la violencia o el crimen parecen ser considerados como un problema predominantemente juvenil sobre quienes se debería actuar con el máximo rigor si se quiere acabar con dicha problemática.

La construcción de teorías de la adolescencia ha sido fuertemente influenciada por una mirada psicoanalítica inspirada en las ideas de Anna Freud, que destacaba las dificultades para establecer una diferenciación taxativa entre “lo normal y lo patológico”. Renombrados autores locales como Arminda Aberastury y Mauricio Knobel consideraban que la estabilización de la personalidad no se lograría sin pasar por una serie de conductas patológicas que debían considerarse inherentes a la evolución normal de la adolescencia. Muchas de las afirmaciones que se han extendido a la teorización acerca de la adolescencia y la juventud se han visto condicionadas por una suerte de “ilusión del clínico” al extender conductas y fenómenos propios de aquellos que consultan a los profesionales de la salud mental, a la población general. La tan citada etapa de “arrebato y estrés” descripta por Stanley Hall por la que todo adolescente debería atravesar debería poder ser sometida a discusión, por lo menos en sus niveles de generalización.

Sin embargo, hoy contamos con evidencia suficiente para afirmar que hay cambios conductuales, sociales y emocionales importantes en esta etapa de la vida: las emociones son más fluctuantes e intensas y las regulaciones del comportamiento pierden la preponderancia de la guía y las limitaciones externas de los padres en el camino hacia la autoregulación. El camino hacia la autonomía de los padres se acompaña de una mayor interacción con pares y de un incremento en la tendencia de la búsqueda de lo novedoso, lo excitante y, en ciertas condiciones, lo riesgoso. En la mayoría de los casos todos estos cambios se convierten en una fuente de oportunidades necesarias para la adquisición de las habilidades  para la vida adulta, pero, al mismo tiempo, pueden convertirse en fuente de vulnerabilidad.

Nuevos descubrimientos producidos por las investigaciones en neurociencias, dan cuenta de una serie de fenómenos y transformaciones cerebrales en adolescentes que nos eran desconocidos hasta hace poco tiempo. Hasta mediados de los ‘90, la acepción dominante entre los investigadores era que los aspectos más importantes en el desarrollo cerebral concluían alrededor de los tres años de vida. Sin embargo, hoy sabemos que el cerebro continúa su organización y adaptación mucho más allá de esta edad. Los cambios que se producen en el cerebro durante los últimos años de la infancia, la adolescencia y los primeros años de la vida adulta son relevantes a niveles anatómicos y funcionales. Durante los últimos veinte años numerosos estudios han documentado estos cambios, especialmente los de Jay Giedd. 

¿Es posible explicar los cambios emocionales y sociales que se describen en muchos adolescentes desde esta perspectiva? Soy de aquellos que se oponen fervientemente al intento de explicar fenómenos sociales complejos exclusivamente desde una perspectiva biológica, pero a su vez, estoy convencido de que no puede continuar omitiéndose prejuiciosamente los hallazgos científicos en las discusiones acerca de lo social. El desarrollo del cerebro se inicia en la etapa prenatal y cuenta con cambios progresivos y regresivos. Los cambios progresivos incluyen la proliferación de neuronas (neuronogénesis) y sinápsis (sinaptogénesis). Además, se produce el desarrollo de la mielina que recubre las vías nerviosas mejorando la conducción de los impulsos. Los cambios regresivos incluyen la muerte celular y la pérdida de sinapsis (poda sináptica).

La neuronogénesis y la sinaptogénesis son fenómenos preponderantes en los primeros meses de la vida gestacional en el primer caso, y durante toda la infancia en el segundo. Aunque el cerebro alcanza el 90 por ciento de su tamaño alrededor de los seis años y llega al del adulto alrededor de los doce, el desarrollo cerebral continúa mucho más allá. Inmediatamente antes de la pubertad se evidencia un importante período de proliferación sináptica. En cambio, durante la adolescencia, se produce una prominente poda que en algunas regiones llega a eliminar el 50 por ciento de las sinapsis existentes. Este proceso es considerado homologable a la “afinación” de un instrumento musical. En este caso, el producto final sería una adecuada conectividad cerebral para el funcionamiento en la vida adulta.

Estos fenómenos pueden apreciarse a partir de las neuroimágenes como un engrosamiento del volumen de sustancia gris en la corteza cerebral durante la fase final de la infancia y comienzos de la adolescencia, que son seguidos de un adelgazamiento durante la adultez temprana. El engrosamiento se atribuye a la exuberancia de la proliferación sináptica, que produce una suerte de arborización de múltiples conexiones. El adelgazamiento posterior se explica por la retracción de las prolongaciones neuronales, la poda sináptica, conjuntamente con la reducción en el número de las células nerviosas. En paralelo, aumenta el proceso de mielinización que producirá un incremento relativo del volumen de la sustancia blanca respecto de la sustancia gris. La mielinización incrementa la velocidad de comunicación entre las neuronas cerebrales pero limita, a su vez, la potencialidad de los fenómenos de plasticidad cerebral. Este proceso regresivo es considerado un marcador de la maduración cerebral, un período en el que se “reformatea y se cablea de nuevo” nuestro cerebro avanzando cronológicamente desde la parte posterior del cerebro hacia la anterior. Las áreas de la corteza frontal son denominadas como “asociativas” y son responsables de la integración de información proveniente de diferentes sistemas cerebrales. Estas regiones cumplen procesos necesarios para planificar y establecer estrategias funcionales que se requieren para poder establecer la atención y controlar los impulsos. Son las últimas en completar su maduración que se posterga hasta la edad adulta. Hoy sabemos que estos procesos madurativos no se encuentran predeterminados y son influenciables por la experiencia.

El “reformateo” mencionado anteriormente habrá de producir redes de conexiones más específicas y focalizadas que las existentes en la infancia. Se produce un balance que producirá un control frontal más eficiente al optimizar la conectividad entre áreas cerebrales posibilitando una capacidad mayor para la autoregulación. Se desarrollan mecanismos de postergación de la gratificación inmediata mediante la aceptación de normas, el establecimiento de elecciones a largo plazo y la posibilidad de sostenerlas en el tiempo. Estudios que utilizan juegos muestran que los adolescentes toman riesgos mucho más frecuentemente que los adultos. Las regiones cerebrales asociadas a la toma de riesgos se encuentran entre las últimas en madurar. Sólo en la medida que las conexiones hacia dicha región se desarrollan el cerebro estará en mejores condiciones para poder balancear la ecuación riesgo/recompensa. A su vez, la maduración de otras regiones cerebrales durante la adolescencia mejorará la capacidad de pensamiento lógico y el control de los impulsos y la expresión emocional. El reconocimiento de los rostros, por ejemplo, requiere la coordinación de diferentes sistemas corticales y subcorticales que no se completan hasta la vida adulta. Durante la adolescencia se produce una hipereactividad de la actividad de la amígdala frente al reconocimiento de rostros con características atemorizadoras, generando una reacción desmesurada que solo se neutraliza en la medida que madura su conectividad con regiones frontales que permitirán controlar la respuesta emocional.

En 2001, el New York Times publicó un artículo titulado Un cerebro demasiado joven para el buen juicio, escrito por Daniel Weinberg (en ese entonces Director del Laboratorio de Investigación de Trastornos Clínicos del Cerebro del Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos) a una semana de la irrupción  de un alumno de quince años disparando armas de fuego en una escuela de California. En dicho artículo, el autor sostenía: “un cerebro de quince años no ha completado aún su proceso madurativo, en particular la corteza prefrontal (...) Sin la corteza prefrontal sería imposible la existencia de sociedades basadas en códigos morales y legales (...) Se requieren al menos dos décadas para completar una corteza prefrontal completamente funcional (...) A los quince años el cerebro no tiene los mecanismos biológicos para inhibir los impulsos requeridos para poder hacer una planificación a largo plazo. Por eso es tan importante la ayuda adulta para hacer planes y establecer reglas y las instituciones para poner límites a conductas que por sí solos no pueden  evitar (...) Hace treinta años, un adolescente en esta situación podía iniciar una pelea e incluso podía empuñar un cuchillo, sin embargo, lo más probable era que nadie muriera. Pero los tiempos han cambiado y ahora los adolescentes viven en una cultura con fácil acceso a las armas. Yo tengo mis dudas acerca de que la mayoría de agresores escolares intenten matar, matar en el sentido adulto: un final permanente de la vida y con la consecuencia de pagar un precio por el resto de su vida. Este tipo de consideraciones requiere de una corteza prefrontal íntegra, con capacidad de anticiparse al futuro y apreciar racionalmente causas y efectos (...) Estas breves apreciaciones acerca del desarrollo cerebral no pretenden la absolución de sus crímenes o atenuar el horror. Pero los adolescentes requieren de personas o instituciones para prevenirlos de estar en situaciones potencialmente mortales en las que su inmadurez cerebral los deja abandonados frente a sus propios impulsos. No importa en qué pueblo o en qué escuela pase, si un arma es puesta bajo el control de la corteza prefrontal de un joven herido y vengativo es muy posible que dispare”.

Las críticas a esta postura abundaron, atribuyendo al autor una visión reduccionista, pero se instaló la discusión acerca de la capacidad que ciertos adolescentes tienen para tomar decisiones o controlar sus actos en ciertos contextos en tanto sus sistemas de autocontrol neurobiológico no han completado su maduración. 

Jean-Jacques Rousseau, en Emilio, describe a la adolescencia como un “segundo nacimiento” en el que “el hombre nace verdaderamente a la vida y nada le es extraño”. Sugiere “no abandonar ni un instante el timón, o todo estará perdido”. ¿Podemos hablar de una suerte de segundo nacimiento cerebral durante la adolescencia, un período de rediseño de estructuras que posibilitarán confrontar con las novedosas oportunidades de la vida adulta? ¿Es el aumento de la morbimortalidad que se da entre la infancia y la adolescencia una condición de vulnerabilidad natural, inevitable? ¿Es la vulnerabilidad la contracara de la oportunidad? ¿Son los jóvenes los vulnerables o los contextos en los cuales se ven obligados a actuar son los generadores de vulnerabilidad? ¿Cuáles son los mecanismos protectores que deben ponerse en juego desde la sociedad frente a miles de jóvenes que confrontan día a día con la toma de decisiones en contextos vulnerables para los que aún no cuentan con el equipamiento necesario para resolverlos? ¿Pueden ser considerados como adultos a la hora de responder por sus actos? ¿O son los adultos los responsables de reducir los niveles de vulnerabilidad creando y sosteniendo normativas adecuadas tendientes a la protección antes de discutir los mecanismos punitivos?