Tema del Mes

JULIO 2016

Nino Bravo

03 / 07 / 2016 - Por Fernando García

Ese es el universo que me revela Nino. El de las sensaciones musicales previas a mi independencia sónica. ¿Pero porqué no fue algún otro de los solistas hispanoamericanos que atiborraban la televisión blanco y negro de nuestros setentas? ¿Qué hizo a SuperNino distinto a todos, más perdurable, inmune al avasallamiento anglo?

Supongamos no saber nada de Nino Bravo. Ni de su trino de barítono impetuoso ni de su rostro como de halcón (su cara de Falcon). Nada. Si unimos con puntos los datos sueltos de su expediente (¿acaso los perfiles de Wikipedia no parecen ya las entradas de una Gran Burocracia?) se dibuja un personaje que parecería arrancado de alguna página de los escritos microhistóricos de Carlo Guinzburg. Su nombre real era Luis Manuel Ferri Llopis y había nacido en un pueblo llamado Ayelo de Malferit, tan antiguo como pueda imaginarse el año 1248 y con, hoy, apenas cuatro mil setecientos habitantes. En su primer empleo conocido no dice “cantante” sino “lapidario”, un oficio relacionado con la talla de piedras preciosas que se remonta al siglo XV. Luego se dice de él que fue “bodeguero” y que cantó en “falleras” y “verbenas” de esa Valencia detenida en un páramo folclórico (como los cuadros de pastores españoles que atesoraba la clase media hispano-porteña) diseñado por el franquismo. La extrañeza frente al expediente “Nino Bravo” no se detiene. El que sería su primer éxito se escuchó (con otra letra y otra voz: Lola Flores) en la banda de sonido de una película argentina llamada “Kuma Ching” (¿?), dirigida por Daniel Tinayre con guión de…¡¡Dalmiro Sáenz!! 

¿No es de veras extraño el expediente Nino Bravo?

***

Ahora vamos en un taxi. El taxista tiene puesto un CD de Nino Bravo. Atravesamos la ciudad escuchando una canción llamada “Como Todos”. Las luces de la noche parecen apuntar a un escenario virtual donde la voz (¿qué es una voz suspendida en el espacio de un automóvil?) hace equilibrio antes de lanzarse al vacío:

Por que no puedo encontrar un amor

Como tú, como aquel

Si yo soy igual    

Cometo el error de contarle al taxista sobre mi debilidad por las canciones de Nino. El taxista es un imitador profesional del valenciano y estoy atrapado en una carrocería con innumerables CDR del imitador al volante. De aquí en más será un viaje insoportable con el falso Nino cantando arriba de su propia voz grabada (una metástasis de pseudo barítono), esperando mi aprobación (también falsa).

Al bajar recuerdo que Nino Bravo se mató en 1973 arriba de un BMW 2800 que se salió de la ruta y dio varios trompos hasta detenerse. No llegaba a los treinta años.

¿Iría cantando el también sobre su propia voz grabada?

***

La canción que escuchábamos en el taxi era mentira. Nino Bravo no era “igual” a nadie. De ahí que haya elegido empezar este texto con ese rompecabezas de extrañezas en torno a su biografía. Datos que nunca había tenido en cuenta (ni siquiera sabía que tenía otro nombre, ese nombre como del siglo de las luces) parecían corroborar su paso de meteorito por la música popular. Por la música popular que me llegó de la radio AM y que se quedó a vivir en un lugar recóndito cuando la iniciación al rock irrumpió con la doxa absoluta de un marxismo fonográfico. La voz de Nino Bravo, que asocio al slogan de Paso de los Toros (“una estampida que arrolla la sed”), soportó la avalancha anglo y guardó para siempre el lugar de la estética mediterránea en mi educación sentimental. Esto podría ser un asunto casi geopolítico. Para la generación de mis padres, Inglaterra casi no existía como referencia cultural. Acuñaban palabras extranjeras de sus padres inmigrantes y, si había un idioma atractivo, ese era el francés.

Mi primer acto de precoz independencia fue a través de la música, de los discos. La cultura anglo, tan extraña para ellos, fue una demostración de distancia. La casa empezó a llenarse de sonidos agresivos, imágenes extrañas y voces incomprensibles. La discografía que, de a poco, iba siendo desplazada del hi fi es algo que llamo “Pop de los padres”. En mi caso, en mi casa, este “Pop de los padres” era un mix de música melódica francesa e italiana, el kitsch turístico (“Zorba el griego”, “Czardas húngaras”), compilados multiterreno (el auténtico yacimiento), jazz tradicional (Benny Goodman et al.), algo de folclore, muy poco tango.

Bien pudo o no haber discos de Nino Bravo pues no recuerdo nada objetual en torno a él sino su voz suelta (“Libre”) en la radio, en la calle, una omnipresencia placentera que pudo deberse a su período de mayor éxito en Buenos Aires (cuando estuvo efectivamente “de moda”) pero que, en cualquier caso, no registro conscientemente. El hilván canoro (descripción que Pablo Schanton usó para Bryan Ferry y que extrapolo aquí) de SuperNino es antes que música una textura sonora que me trae proustianamente la imagen de mis padres jóvenes en fotos Kodak desteñidas. Aunque fueran más o menos contemporáneos de la psicodelia no es ese el sonido que los reconstruye en mi memoria sino la voz de SuperNino. 

Oigo que canta esto, por ejemplo:

Hay una casa, sola sin luz

donde yo logré ocultarme

Y así poder mi tristeza llorar

De un ayer cruel e infame (…)

Y veo pasar imágenes de anteojos enormes, poleras blancas, colgantes de fantasía, sacos de cuero color guinda. Fotos de mi madre con maquillaje turquesa en una navidad; fotos de mi padre con otros tipos en la concesionaria de autos donde trabajaba entonces.

La voz ataca en el estribillo, tiene la fuerza de Hércules moviendo la tierra. Escúchenlo.

Y entre mis sueños yo me vi 

de pie 

en la nueva calle 

buscando la puerta del amor 

y yo ya no sufrí 

al ver 

que esa puerta se abre. 

Hoy siento dentro de mí 

el amor. 

Ese es el universo que me revela Nino. El de las sensaciones musicales previas a mi independencia sónica. ¿Pero porqué no fue algún otro de los solistas hispanoamericanos que atiborraban la televisión blanco y negro de nuestros setentas? ¿Qué hizo a SuperNino distinto a todos, más perdurable, inmune al avasallamiento anglo?

La respuesta obvia es la voz, que sobresale entre el rumor acaramelado de sus coterráneos y contemporáneos. Sí, es la voz, pero la voz dentro de un sonido. Todo en las canciones de Nino Bravo evoca una majestuosidad arcana, como un cuadro de David. Con su voz vienen ataques de trompetas, fraseos de clavicordio, breaks de batería que lo vinculan directamente al pop barroco (Scott Walker, Bee Gees, Moody Blues). No es casual. Detrás de ese decorado instrumental estaba el jazzista Juan Carlos Calderón, el mismo que arreglaba los primeros éxitos de Joan Manuel Serrat. Las variantes orquestales que ofrece una canción como “Gracias a ti” solo se justifican en el contexto del pop melódico mediterráneo para un cantante como SuperNino.  

Sin embargo, medir a Nino a partir de otro crooner pop como Scott Walker o de un cantautor como Serrat sería encerrarlo en el canon de lo artísticamente aceptable. Y los discos de Nino no entran en una discografía psi o progresista (sí Serrat, con Dylan y Jacques Brel) y mucho menos se rescataron dentro de la avalancha de easy listening que vino con el consumo posmoderno de los 90.

Y yo quiero a mi SuperNino absolutamente libre. Como el mismo pedía, una y otra vez, en la radio, en la calle, en el club.

Libre, 

como el sol cuando amanece, 

yo soy libre como el mar... 

...como el ave que escapó de su prisión 

y puede, al fin, volar... 

...como el viento que recoge mi lamento 

y mi pesar, 

camino sin cesar 

detrás de la verdad 

y sabré lo que es al fin, la libertad. 

 

Así lo quiero seguir escuchando: siempre. Y no quiero saber más nada de su (corta) vida.