Tema del Mes

JULIO 2016

Miradas y memorias en torno al Sida

10 / 07 / 2016 - Por María Soledad Boero

Si el virus del SIDA desentraña las falacias del progreso y el funcionamiento omnívoro y desafectado del capital global, también pone en evidencia las asimetrías geopolíticas a las que ya está sometida América Latina y su historia. Desde la literatura, responden saberes disidentes que trazan otras cartografías políticas y afectivas.

En las relaciones complejas entre literatura y enfermedad, dos libros -Viajes virales. La crisis del contagio global en la escritura del sida de Lina Meruane y Literatura/enfermedad. Escrituras sobre sida en América Latina de Alicia Vaggione– inauguran un nuevo marco crítico para pensar esos problemas en Latinoamérica. Desde diferentes zonas de indagación y con lúcidos recorridos por un conjunto clave de escrituras latinoamericanas, ambos ensayos elaboran un mapa socio histórico de las sensibilidades, temores y temblores que generó la irrupción del virus en las formas de vida singular y colectiva.

Restos virales

Los años ochenta estuvieron signados por la irrupción de una enfermedad que marcó un umbral en diferentes dimensiones de la vida social. El virus del SIDA (síndrome de inmuno deficiencia adquirida) como catástrofe epidémica y mortal, transformó y dislocó no sólo el mundo de la medicina sino también –y sobre todo- el mundo de las relaciones humanas, sociales y políticas, cuyas torsiones se siguen proyectando y otorgando espesores en el tiempo que habitamos. 

Si bien a fines de los noventa la enfermedad fue modificando su estatuto de amenaza y muerte, y la invención de los cócteles de medicamentos facilitó su condición de enfermedad crónica, la constelación de aristas que trajo consigo -quizá por ser un virus que apuntó directamente a la sexualidad y el contacto entre los cuerpos, a la sangre y al esperma como vectores de contagio- nos conduce a seguir interrogando sobre las mutaciones que el sida trajo al presente, sus temporalidades yuxtapuestas y la apertura a una serie de efectos que aún resuenan. 

Como señala Gabriel Giorgi, el virus del sida trajo consigo no sólo una historia de la enfermedad, sino otra historia más compleja y potente: 

(…) lo que la gente inventó, lo que la gente pudo crear, las herramientas, las formas, los sentidos y los saberes que la gente movilizó ante la irrupción de un virus que modificaba radicalmente la relación con nuestros cuerpos, con nuestras sexualidades, con los modos en que se inscribe la muerte –y las políticas del vivir y del morir—en sociedades que ya ensayaban las nuevas violencias del orden neoliberal, y de las cuales el sida será uno de sus rostros más nítidos y más brutales. Me parece que lo que esta relevancia de la reflexión en torno al hiv ilumina, tanto desde lo estético como desde lo político, es la reconfiguración radical de los modos en que pensamos y producimos subjetividad a partir de una nueva centralidad de lo viviente en nuestras éticas y nuestras políticas. (1) 

A partir de esta centralidad inquietante de lo viviente (la temporalidad múltiple y no humana de lo biológico, las gestiones biopolíticas en los modos de regulación de la población y de su supervivencia, los devenires en las subjetividades y los cuerpos a los que dio lugar) y revisando lo que los sujetos pudieron hacer con eso, aún en circunstancias amenazantes y extremas, es que se activan los interrogantes críticos en los ensayos Viajes virales. La crisis del contagio global en la escritura del sida de Lina Meruane (2012) y Literatura/enfermedad. Escrituras sobre sida en América Latina de Alicia Vaggione (2014). 

Imaginarios, viajes y escrituras de la enfermedad

Dos libros que articulan vocabularios críticos con materiales estéticos y preparan un escenario para mostrar la irrupción del virus como un acontecimiento que actualiza diferentes series. Acontecimiento que adviene como crisis (Meruane) o catástrofe (Vaggione) de alcance planetario y epidémico y al mismo tiempo, de incesante provocación molecular en los pliegues más opacos de los cuerpos y sus modos de relación. 

El ejercicio de lectura de ambas investigaciones supone un desafío interesante porque permite imaginarlos como una profusa cartografía en la que se complementan y al mismo tiempo establecen recorridos diferenciados. En los dos trabajos el discurso literario será la superficie de inscripción privilegiada por el que transitarán los matices de la enfermedad, sus derroteros y representaciones. El corpus de escrituras analizados, que van desde los años ochenta hasta cerca del nuevo milenio deja entrever la potencia plural de la escritura literaria, en la que cada ensayista acentuará su pregunta específica sobre los materiales. 

Cada trabajo –de modo incisivo y deslumbrante- inventa líneas de visión, es decir, modos de hacer visible aquello que el virus diseminó entre los cuerpos, los sujetos, los espacios de relación, las comunidades, las geografías nacionales y trasnacionales, las gestiones operadas desde el biopoder ante la proliferación y avance de la epidemia. 

Desde esta cartografía en la que se conjugan desplazamientos geográficos de los sujetos junto a movimientos y alteraciones en la subjetividad cuando los cuerpos son atravesados por la enigmática presencia del virus (donde el contagio viaja a grandes velocidades, tanto como los recorridos celulares a través del organismo) es que podemos situar momentos, matices, gestos que hacen visibles ciertas torsiones en los lazos, en los modos de los cuerpos de afectar y de ser afectados, en la pregunta por aquello que los une, los separa y los amenaza. ¿Qué imaginarios actualizó la presencia del virus en América Latina?, ¿Qué produjo en las culturas sexuales disidentes, a qué estrategias discursivas y no discursivas apelaron para inventar modos de resistencia ante los embates de la enfermedad y las políticas de estigmatización y exterminio que le sucedieron?  

Meruane trabaja con las líneas del viaje y de los desplazamientos, abarcando en esa trama a toda una comunidad de sujetos viajeros incentivados por la economía global, en primera instancia, como una nueva subjetividad cosmopolita que desdibuja fronteras y abre a canales mercantiles de comunicación. Ficción neoliberal que pronto adquiere, con la irrupción del virus, su revés más siniestro y que estigmatizará a esos mismos sujetos migrantes por las características de contagio y contacto con el virus. Una comunidad que se tornará “errante y enferma”, y en la que la figura del homosexual –históricamente castigado por la religión, patologizado por la medicina- encontrará en la geografía sus únicas líneas de fuga: “…la nación es el punto de fuga, el destino siempre cambia. Pero la itinerancia se emprende siempre hacia un lugar extranjero cuyas normas no se le impongan”.  

El virus funciona como artefacto del capitalismo global y repercute en las geografías locales, incitando a los sujetos a repensar otras formas de comunidad, otros tránsitos de los cuerpos que no necesariamente coinciden con las identidades nacionales, lo que los lleva a mostrar esas tensiones y contradicciones que emergen entre sujetos disidentes y estados nacionales; identidades nacionales versus identidades globales; y los movimientos que adquieren, en el mapa mundial, los centros y las periferias (el sinuoso itinerario del cubano Reynaldo Arenas que Meruane describe, es ejemplar en este sentido).  

En su libro Literatura/enfermedad. Escrituras sobre sida en América Latina, Alicia Vaggione considera al sida como un acontecimiento discursivo que trastocó saberes, vínculos y subjetividades. Se detendrá en aquella zona que emerge cuando un sujeto enfermo escribe con la certidumbre de la muerte cercana. En esa experiencia singular del cuerpo enfermo, donde retumban los ecos de un miedo que no es sólo personal sino que cataliza temores colectivos, la subjetividad vuelve a inventarse en esa no coincidencia con el cuerpo orgánico maltratado y fagocitado por el virus. 

La serie de textos seleccionados (Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, Pedro Lemebel, Mario Bellatín, Rodolfo Fogwill, Fernando Vallejo) se ubica en esa temporalidad liminar que condiciona otro saber sobre sí, sobre el cuerpo invadido por el virus, sobre los sentidos de la vida y también de la muerte. Lo que se propone la crítica es registrar el punto en el que los textos esbozan una experiencia otra ante la presencia del virus. Y la escritura literaria se vuelve herramienta indispensable para esbozar esa apertura de una temporalidad del sobreviviente que ya no es extensiva sino afectiva, que ya no dice solamente “yo” sino que se abre a  la experiencia de un cuerpo en permanente transformación (escritura que en ocasiones deja en evidencia el límite de las palabras, la apertura hacia formas del silencio y del duelo, de lo sensible más allá del significante, como señala con agudeza en los escritos de Severo Sarduy). 

Estas exploraciones se sostienen, en ambos trabajos, sobre un terreno de la crítica donde la apuesta es a la vez, ética y política: ¿Qué trajo el sida al mundo del presente, cómo afectó nuestro modo de estar juntos?, ¿Qué saberes produjo el cuerpo enfermo que modificó sustancialmente la subjetividad y las maneras de imaginar y sentir los vínculos? 

Lina Meruane acentúa su mirada en las idas y vueltas, locales y globales del virus, trayendo –entre otras cuestiones- las interpelaciones y cuestionamientos de los mismos escritores, las resistencias a las gestiones operadas desde el biopoder, en diferentes momentos de la emergencia del sida. Y pone en evidencia las asimetrías geopolíticas que se suman, en el contexto global, a las que ya está sometida América Latina y su historia. El virus como otra forma de colonización –otra forma de imposición de los poderosos sobre los países pobres- señala Pedro Lemebel, actualizando memorias de una América que recuerdan otros exterminios, ante los estragos que produce la epidemia. La narrativa del progreso inserta en una temporalidad lineal, va mostrando sus falacias ante la crisis que produjo el virus del sida, y es a partir de los itinerarios por el mapa del mundo de estos escritores que se comienza a tramar otra red de frágiles conexiones que muestran –desde la precariedad y el desamparo- las nuevas violencias del mundo globalizado.   

La experiencia sensible ante la inminencia de la muerte: los saberes de la escritura 

Alicia Vaggione delinea diferentes series que la irrupción del virus actualizó. Series que se conectan unas con otras: el virus desestabilizó los saberes médicos de la época, posibilitó el retorno de figuras apocalípticas como las de la plaga y la peste, activó temores, fantasmas y prejuicios en el imaginario social, al anudar la cuestión sexual y sus modos de contagio  a través de los fluidos del cuerpo. 

El espacio de la literatura será el elegido para indagar en las construcciones discursivas de la enfermedad, qué dice la literatura y cómo lo dice, atendiendo a cierta capacidad disidente del lenguaje literario y a su manera única de producir un saber y un modo de intervención político. La literatura entonces como un discurso privilegiado que articula una mirada estética, una postura ética y una apuesta política específica. 

Se propone leer algunos textos de la literatura latinoamericana que surgen en los momentos en los que la enfermedad muestra su rostro más mortífero y es construida socialmente en clave apocalíptica. Textos que se producen en el transcurso de la década del noventa y que toman al sida como su objeto de interés. Lo que Vaggione  quiere leer en estos escritos tiene que ver con “el punto en el que dibujan la intensidad de una experiencia. Se apunta a indagar esa tensión entre lo singular y lo plural en el registro de la experiencia de la enfermedad, de los dolores físicos y subjetivos que trae consigo a partir de lo que experimenta el sujeto enfermo en su cuerpo, ante los caminos inexorables que toma el virus y las afecciones que provoca en el organismo. 

Estas escrituras registran la singularidad de la experiencia de la disolución del cuerpo, y responden –dice la crítica- a los miedos atávicos que las enfermedades generan cuando se presentan en su dimensión colectiva. La subjetividad aparece atravesada por la vida biológica de la enfermedad, lo que produce, en cada escritura, una apertura de la experiencia personal hacia otras zonas menos exploradas del vínculo entre la vida de un cuerpo y la vida de un yo

Para transitar este recorrido literario y poder visualizar las experiencias singulares que el sujeto enfermo escribe, se introduce en el complejo entramado teórico sobre la enfermedad retomando algunas líneas de Canguilhem, Foucault y Esposito, donde se revisan  concepciones normativas de salud, otras nociones sobre lo viviente, la enfermedad como experiencia que atraviesa el cuerpo y lo abre a formas diferentes de experimentación con aquello que llamamos vida. La enfermedad entonces propondría un juego nuevo en el organismo al generar “otro modo de andar por la vida”  y el cuerpo enfermo revelará otras formas que ponen en tensión los saberes desafectados de la ciencia médica positivista. 

Este modo particular de andar por la vida supone, además, una presencia diferente del cuerpo y sus modos de expresión y una apertura de la experiencia humana hacia zonas recónditas  de lo viviente: “La enfermedad se construye entonces en el umbral opaco entre aquello que es del orden del organismo pero que requiere de un sujeto que le dé sentido”- Y es en este punto que la catástrofe de la epidemia en su etapa mortífera se  articula con procesos de demolición y derrumbe del sujeto que escribe, en un entre que tensionará lo biológico y sus temporalidades con la fuerza de la escritura para componer registros de esa disolución.   

La vida como materia viviente ha cobrado relevancia y la enfermedad es un claro ejemplo de las gestiones disciplinarias y de control que se ejercen desde el biopoder sobre los cuerpos para regularlos o enmarcarlos en parámetros de salud o normalidad. El sida afecta al sistema inmunológico del cuerpo, lo vuelve vulnerable y es desde esta particular forma de atacarlo y dejarlo sin defensas ante un sinnúmero de enfermedades que asistimos –en los escritos elegidos- a ese devenir inexorable del cuerpo enfermo. La literatura “induce, inventa, precisa nuevos lenguajes” para abordar esa temporalidad del cuerpo enfermo ante la inminencia de la muerte. 

Vaggione se detiene en la literatura y en lo que ella permite entrever en su potencia creadora. Las narraciones son abordadas según tres ejes: la enfermedad y las operaciones de la memoria considera aquellos textos que, ante la inminencia de la muerte de quien los escribe, efectúan una reelaboración de la experiencia de vida. La enfermedad y el espacio, focalizado en las figuras de la exclusión y el encierro, donde se analiza la distribución espacial de los cuerpos enfermos de acuerdo a diferentes emplazamientos territoriales, qué modalidades del vivir y del morir se trazan en torno a la enfermedad. Y por último, la lógica de la diseminación y el contagio en la ciudad, donde se aborda la expansión epidémica.

La disidencia latinoamericana

Ese potencial creador que tiene la literatura, como herramienta para abrir la experiencia de la enfermedad a otros modos del decir, esa apertura de la subjetividad ante la emergencia del sida como acontecimiento que se escribe, cada vez, desde la singularísima relación del sujeto con su cuerpo atravesado por el virus que Vaggione ubica como eje de sus reflexiones, tiene para Lina Meruane la forma de  una cartografía móvil donde los sujetos van imaginando, tramando y buscando modos de comunidad, y donde la disidencia latinoamericana, lejos de someterse a las interpretaciones dominantes “dibujará su propio mapa de la infección usando el virus como arma metafórica de cuestionamiento del sistema capitalista implantado en el continente”.

Viajes virales se divide en dos grandes partes, la primera “Bitácora de un viaje seropositivo” y la segunda “Viajeros virales”. Encontramos en este trazado cartográfico una serie de capas superpuestas que, al mismo tiempo que nos relata una genealogía de la epidemia, sus diferentes momentos, sus mutaciones, también deja marcado el recorrido, los atajos, las idas y venidas, las luchas que los sujetos se dieron para denunciar los efectos biopolíticos operados sobre determinados cuerpos a partir de la irrupción de la enfermedad y en adelante.

El viaje será el motor metafórico y literal que nos muestra las velocidades del virus, su proliferación y formas de contagio, lo que le otorga una condición que no reconoce límites geográficos; es un virus trasnacional, que atraviesa fronteras, que detenta un “imponente nomadismo”. El viaje y sus diferentes líneas de expresión serán la marca de este nutrido ensayo, ya que conectará a sujetos, territorios y formas de vida, en itinerarios errantes que desarmarán sentidos arraigados como los de patria y el Estado nación, entre otros. 

A partir de un conjunto de narraciones latinoamericanas y de otros materiales como testimonios, entrevistas, cuentos –que van desde 1980 hasta los primeros años del siglo XXI- producidas en distintas coordenadas del planeta –un “corpus seropositivo”- la ensayista se propone rastrear los recorridos del virus y su representación discursiva: “Tracé ese movimiento por la cartografía siguiendo el desplazamiento de diversos autores que escribieron la epidemia sobre los mapas nacionales que constituyen, en su conjunto, ese mundo interconectado que ahora llamamos global. Vislumbré en los textos de  narradores que vivieron sus últimos años exiliados en Nueva York o en París, que relataron la crisis desde Chile y Cuba, desde Argentina o Lima, o desde Colombia y México, una trama de circunstancias compartidas pero también sumamente propia, atravesada por una singular situación política y por la experiencia subjetiva de la enfermedad.”

En este trazado móvil, lo que prevalecen son las tensiones y debates promovidos por los mismos sujetos afectados que no dejan de interpelar a un Estado que no los protege y que al mismo tiempo los estigmatiza y abandona. El lenguaje de la enfermedad, en su amplio abanico de connotaciones y metáforas, la vuelve una construcción discursiva y se despliega como un poderoso artefacto cultural, señala Meruane, como “dispositivo retórico que puede generar realidades adversas” y que condicionan a las comunidades y sus imaginaciones colectivas. Esas trayectorias del lenguaje del sida de la escritura seropositiva y de su compleja conformación discursiva serán el punto de partida de la ensayista. Y lo llevará a cabo en un corpus cuyas escrituras pertenecen –en esta primera etapa histórica de la enfermedad- a sujetos autodenominados homosexuales, travestis, transexuales, queer. Ese conjunto diverso de disidentes sexuales que, movidos por un impulso viajero se verá obligado en los ochenta –señala la autora- a enfrentar una peste que actualiza trágicamente el vínculo entre homosexualidad, patología y desplazamiento.

Errancia, exilio, enfermedad y la experiencia de búsqueda de otras formas de comunidad son algunos de los vectores que atraviesan el ensayo de Meruane al detectar estas operaciones singulares, situadas y con particulares desplazamientos en escritores como Reynaldo Arenas, Pedro Lemebel, Severo Sarduy, Néstor Perlongher, Fernando Vallejo, Mario Bellatín, Copi, Daniel Link, entre otros. La escasa referencia a mujeres escritoras es tomada también como un motivo para desentrañar otras discriminaciones efectuadas no sólo por las estrategias desplegadas desde los centros de poder y ordenamiento biopolítico, sino también en el interior de los grupos más afectados.

Memorias del futuro

Los ensayos precedentes constituyen una herramienta teórica y crítica fundamental para pensar y examinar todo aquello que la aparición del virus del sida activó y también aquello que dejó latente. La centralidad de lo viviente puso de relieve la disputa histórica y política por los modos del vivir y del morir en nuestras sociedades. Como bien señalan ambos recorridos, la emergencia del virus y sus diferentes temporalidades puso en evidencia su implacable construcción biopolítica. 

Pero en ambas investigaciones –y más allá de sus singulares recorridos- sobrevuela la ineludible exigencia vital de indagar el presente, el tiempo que vivimos y habitamos hoy, con historias, vestigios y restos de pasados no cancelados. Y en ese gesto ético político también se revela lo que los sujetos hicieron con eso, sus formas de activismo y sus luchas, la esforzada transformación de esos mecanismos de control y muerte en un terreno de resistencia y de visualización de la problemática.

En este sentido, la literatura se revela como una herramienta que sigue produciendo saberes inéditos y creando otras materias sensibles, otras formas de percepción aún en contextos de excesiva violencia corporal y simbólica. Es la escritura y la acción que se despliega a través de los escritores abordados, donde la misma experiencia de la enfermedad sobre sus cuerpos, los lleva a inventar otras preguntas y trazados vitales.  

En estos tiempos de intemperie planetaria y local, donde la lógica del capital retorna bajo el rostro siniestro del odio y la estigmatización de la diferencia, resulta imperioso explorar una y otra vez la pregunta que insiste y se expande en ambos ensayos y que orbita en torno a los modos de imaginar y construir comunidad más allá de la imposición heteronormativa. La emergencia de la enfermedad habilitó y potenció la pregunta sobre cómo vivir juntos y dio lugar a nuevas formas de subjetividad y de resistencia. La lectura de estos ensayos es un ejercicio necesario para situar estas memorias latentes y dejarlas abiertas a ese porvenir que nos interpela. 

 

1.Fragmento del texto de presentación del libro Literatura/Enfermedad. Escrituras sobre sida en América Latina, de Alicia Vaggione. Córdoba, diciembre de 2014.