Tema del Mes

JULIO 2016

El deporte en el capitalismo rojo

25 / 07 / 2016 - Por Ricardo Gotta

Un abordaje al modelo chino y sus complejidades. Una potencia que crece entre la tradición milenaria, la planificación comunista y la apertura al mercado.

“En la China de hoy tienen más libertad los deportistas profesionales. Durante mi generación, hace 10 o 15 años teníamos mucha más exigencia. La sociedad china cambió mucho, creció mucho. Y se cambiaron las formas de entrenar al deportista de alto rendimiento. Ahora son menos rígidas, pero a la vez más eficientes. También cambió mucho la relación entre los deportistas y los entrenadores, ya no son tan estrictos e inflexibles, hay más interacción (…) La apertura al mundo no sólo nos permite tener una visión económica más amplia y con mayores horizontes sino también nos permite intercambiar información con el resto del mundo y eso es muy valioso, nos hace crecer. Antes solamente teníamos el ejemplo ruso”.

A pocas cuadras del Abasto porteño, lejísimo de Zhejiang natal, Chen Min despliega su experiencia, gestada desde que a los 5 años vio a unas señoras en una plaza realizando algunos movimientos atléticos y decidió practicar artes marciales, para convertirse luego en una excepcional campeona local e internacional. Hasta 2006, cuando abandonó el deporte profesional, un año antes de que el amor la atrajera al Río de la Plata.

Claro que detrás de toda historia como esta, siempre hay una historia mayor. Deng Xiaoping murió en 1997. Pero unos años antes, a mediados de la década anterior, al tiempo que la entonces pequeñita Chen decidía su futuro, el principal líder político de la República Popular China durante la última cuarta parte del siglo pasado, hizo crujir las estructuras del PC chino y de un Estado en ebullición, cuando aseguró: “Hay mercado en una economía planificada, y existe planificación en una economía de mercado.” Ese momento fue considerado como un hito en el proceso que derivó en lo que se dio en llamar por una parte del mundo como “capitalismo rojo” y por la otra como “comunismo de mercado”. Sea como fuere, había pasado por entonces casi medio siglo desde que Mao Tse Tung creara una República con fuerte inspiración en el modelo soviético, para todas sus instancias, incluido el deporte. Ahora, bien entrado el siglo XXI, la moderna China transita por la complejidad de una adaptación a estándares económicos y culturales internacionales, habitualmente establecidos por Occidente bajo el paraguas de los Estados Unidos.

Pero ese Estado puntillosamente planificado impide que todo cambio sea vertiginoso. El  gigante asiático es un país que contribuye con el 16,5% al PIB mundial, y que posee una población de más de 1.357 millones de habitantes, lo que equivale a casi una quinta parte de los seres humanos que habitan el planeta. Pero que además cuenta con una creciente clase media-alta que muestra cotidianamente su voracidad por irrumpir en los circuitos más selectos del consumo, el turismo y la moda, y que equivale al cuarto de la población del país.

Desde ya que las transformaciones también son paulatinas en el deporte, aunque en los últimos lustros se haya acelerado esa apertura al mundo, acompañando a las reglas de la economía. Se empezó a notar en los últimos años del siglo XX, pero se intensificó en los primeros de este milenio, en especial bajo la égida de Liu Peng, quien asumió como nuevo director de la Administración Estatal General del Deporte, reemplazando a Yuan Weimin, para cumplir, entre otros logros, con el episodio emblemático de esta modernidad china, como fue el desembarco de una multinacional del deporte, la mismísima Fórmula 1 comandada por Bernie Ecclestone, que desde el 2004 corre en el futurista autódromo de Shanghai, cuya construcción demandó 250 millones de dólares, la cifra más alta que se pagó por un circuito de su tipo. Cuatro años después se celebraría en Beijing la XXIX edición de los Juegos Olímpicos -desde 1993 los chinos pugnaron por obtener la sede- que requirieron una inversión de 43.000 millones de dólares. Nada menos. En 2022 organizarán los XXIV Juegos de Invierno, que desde 1984 no se celebran en un Estado… ¿socialista?

Cai Zhenhua también ocupó ese sillón de gestión en el deporte en 2007, antes de lanzarse hacia otro objetivo trascendental, todavía incierto: el crecimiento del fútbol y la organización de una Copa del Mundo. Cuando manejaba el deporte y China aún no había ratificado su potencial en sus propios JJ.OO., advirtió: “Nuestro horizonte es ser los mejores en todos los ámbitos. También en todos los deportes. Tenemos la inteligencia para saber aprender de todos los modelos vigentes para poder lograrlo”. También a él le achacan haber hecho la vista gorda para que las reglas no sean lo suficientemente estrictas ante la posibilidad de actos de corrupción.

Antes de eso fue el propio Xiaoping quien catapultó a la presidencia de China a Jiang Zemin, quien en 1995, puso en marcha "proyecto 121", también llamado de Fortalecimiento Físico de Todo el Pueblo, con el objetivo estratégico de elevar la constitución física y el nivel de salud del pueblo. El 29 de agosto del mismo año, se aprobó por unanimidad la "Ley de Deportes de la República Popular China", que rige en la actualidad, y que definió la “sagrada tarea de desarrollar los deportes para fortalecer la salud del pueblo como voluntad estatal”. Desde entonces tiene nueve departamentos funcionales: general, deportes de masas, deportes competitivos, economía deportiva, políticas y reglamentos, personal, enlace con el exterior, ciencia y educación, y divulgación. De números se trata: desde 2001 China mantiene un presupuesto anual para el deportes de 714 millones de dólares, el más alto en su historia, que se mantiene hasta estos días, a pesar de que se había establecido que se reduciría tras los JJOO del 2008. También se mantienen los polémicos y cuantiosos incentivos a los atletas que ganen medallas o copas mundiales. Son 55.000 dólares los establecidos para quienes suben al estadio más alto del podio en cada Olimpíada. 

Las usinas de campeones

En la actualidad, el Estado chino mantiene a más de 670 mil estadios, gimnasios y piscinas repartidos en sus casi 10 millones de km² de superficie, cuatro veces la de la Argentina. De ellos unos 6.500 son centros de alto rendimiento, aunque a sólo ocho se los consideran verdaderas fábricas de deportistas de elite. Uno de esos establecimientos, el más emblemático, es el Beijing Shichahai Sports School. Distintas fuentes -entre ellas, un funcionario de la embajada china en Buenos Aires- aseguran que por esas instalaciones se devela el misterio del éxito del deporte chino. “Es uno de los mejores caldos de cultivo del mundo para los competidores de altísimo nivel”, resumen. Ese secreto lo alimenta desde 1958, cuando fue creado, y no es casual que se encuentre instalado a metros nomás del cuartel central de Partido Comunista Chino, en la capital. "Para el gobierno siempre será importante validar su fuerza a través del deporte, y así disipar la imagen de China como el ‘enfermo de Asia’. No hay secretos. Sólo que seguimos un riguroso proceso de selección", llegó a admitir Shi Fenghua, la vicedirectora del instituto.

La evolución de la rigidez

La demostración de habilidad física siempre fue un elemento clave en la cultura china. “El cuerpo es el medio de expresión de la idea de todo un mundo, con su lógica y su unión y de normas”, sugiere el periodista italiano Alessandro Zoppo. Pero bien mezclado en una ensalada con ingredientes imprescindibles: perseverancia, constancia, disciplina, orden, respeto, obediencia. 

En ese sentido, hay quienes trazan una sinuosa línea entre los monasterios y la NBA; entre los primeros juegos que se introdujeron en una de las dos civilizaciones más antiguas de la historia de la humanidad (la otra es la india), una civilización profundamente religiosa que fomentaba una filosofía de vida intelectual, sosegada y sedentaria, que evolucionó hasta llegar al actual sistema en el que sólo el Estado aporta más de 700 millones de dólares al año (más los aportes privados) para que cientos de millones se desarrollen deportivamente desde las instancias más amateurs hasta los más altos niveles superprofesionales. Una línea que va desde esas imágenes en los templos de Shaolin representando a monjes practicando artes marciales a la de este país potente y arrasador que gana los Juegos Olímpicos desde Beijing 2008 frente a las otras potencias mundiales. Esos juegos que bebieron en la ruta china de la magia, ya que comenzaron a las 8 de la tarde del 8 de agosto del 2008: 8/8/8/8. El número de la serpiente. 

Ese fue el cenit del rendimiento deportivo de China, en una curva de crecimiento que se inició tras el 11° puesto en Seúl 88 y que desde Barcelona 92 y Atlanta 96, Juegos en los que ocupó el cuarto lugar en el medallero, fue tercera en Sydney 2000, segunda en Atenas 2004 y primera en su propia tierra en el 2008, para volver a instalarse detrás de los Estados Unidos en Londres 2012.

Planificación de estrellas

La levantadora de pesas Chen Xiexia inauguró el camino del oro para su país en Beijing 2008. No fue casualidad. Recogió el fruto del trabajo que el Estado viene desarrollando, desde la fundación de la república y que desde los 80 reconoce su estampida. El escritor Brook Larmer, conocedor profundo de la realidad china, realizador del libro Operación Yao Ming, (el basquetbolista chino, estrella de la NBA), asegura, no obstante: “Los líderes chinos siguen viendo el deporte no como negocio o entretenimiento, sino como la proyección de las ambiciones personales”. Queda demodé el concepto que explicaba que en la China comunista, el sustrato filosófico-religioso alimenta a ética política y el individuo no se destaca por sí mismo sino como parte de una  comunidad en su integridad. “Una partícula que enaltece al conjunto”.

Más allá de las ideologías, también en China, el deporte y la política siempre interactuaron como fuente de prestigio y de poder. La periodista Maggie Rauch, editora de China Sports Today, define: “El deporte sigue siempre los cambios del modelo económico del país, cada vez más próximo al modelo de mercado. Un modelo rígido y burocrático, impediría que sus deportistas fueran tan competitivos y China se dio cuenta que para triunfar debe adoptar un modelo más abierto, también en el deporte”

Empresas como Nike, Reebok, Adidas, Coca Cola, Visa, Apple, Tag Heuer, Shu, McDonal’s, y tantas otras ya descargaron fortunas alucinantes en China. Cómo no lo iban a hacer si la influencia del Gigante cambió la realidad del deporte mundial al modificar las reglas del mercado: desde que, por caso, el fútbol europeo se televisa a China se sumaron cientos de millones de espectadores y los valores de publicidad variaron notablemente. Un cartel de tal producto que se muestra en una cancha europea o en una camiseta lo ven millones de chinos. Y así como el país se convirtió en una tierra de oportunidades para empresarios, deportistas y muchos otros trabajadores extranjeros, los chinos, cuando decidieron ser capitalistas, lo empezaron a ser sin vueltas: el día en que salió el I-phone 6, en sus calles también hubo cuadras y cuadras de cola para comprarlo.

Claro que para eso también los chinos debían acceder a los podios más codiciados el mundo. Y eso suele requerir de una planificación meticulosa. Hay muchos ejemplos: tal vez el más emblemático sea justamente el de Yao Ming: sus padres integraban el lote de personas más altos del país y fueron inducidos a que formaran pareja y concibieran a un atleta de elite, que llegó a ganar arriba de 54 millones de dólares en un año (2008).

Los casos de estrellas mundiales como Ming o el la tenista Li Na, entre otros, les generan un dilema a los chinos. Son el resultado de una maquinaria deportiva en la que atletas prometedores son reclutados desde pequeños en escuelas nacionales y tienen una preparación especial, a la vez que exigencias y privilegios también significativos. Claro que también contempla que esas megas estrellas se aparten del sistema, tarde o temprano, en determinado momento. Lo llaman “danfei” o “volar solo”.  

Pero además, no sólo sus exitosas carreras son gratificantes para la población sino que alimentan la codicia general y una ambición desbordante: ¿Ese es un nuevo signo de la sociedad china? Gustavo Ng es hijo de padre chino, periodista, vive en la Argentina y viajó mucho por China. Responde a esa pregunta: “Hay una tensión entre el Estado que trabaja muy seriamente en la pretensión de que todo el mundo haga deportes, pero por otra parte, cada vez se beneficia más a los que obtienen resultados. También se ven muestras de corrupción. Es un tema nuevo en China y las piezas se van ensamblando. Pero sí, la noción de competitividad siempre fue tremenda. Todos deben participar pero solamente suben los buenos. La meritocracia en China sigue siendo formidable. Hay competencia en todas las instancias. A esa presión la tenés que enfrentar con una preparación mental muy fuerte porque esa presión, en China, sigue siendo gigantesca, tanto en los deportes como en los negocios, en la política, en la filosofía… Te diría que mayor que antes”. 

Chen Min vuelve para cerrar con su experiencia: “Los deportistas son idolatrados en China. Pero no son adorados. Nosotros adoramos el éxito, la perseverancia, pero no hay un endiosamiento, a pesar de que es una  sociedad es muy competitiva. Aunque allí se valora más que acá, en Sudamérica, a los que no ganan pero llegan a puestos importantes”.