Tema del Mes

DICIEMBRE 2012

Buenos alumnos, buenas personas

04 / 12 / 2012 - Por Gustavo Iaies

El problema de la escuela secundaria no es solamente lo que los chicos aprenden sino cómo lo hacen, el tipo de experiencias que atraviesan, la relación que establecen con el conocimiento y los dispositivos diseñados para ayudarlos a recorrer el proceso de aprendizaje. ¿Cómo diseñar un modelo para un escenario que se transforma permanentemente?

Hace unos meses, el Banco Interamericano de Desarrollo produjo un trabajo sobre las habilidades que las empresas buscan en los jóvenes y tienen dificultades de encontrar. Los especialistas relevaron la opinión de 1721 empresarios de la Argentina, Chile y Brasil. Estos afirmaron que la mayor dificultad se presenta con lo que el estudio denomina habilidades socioemocionales, aquellas relacionadas con la capacidad de ordenarse para trabajar en equipos, plantearse metas y cumplirlas, vincularse con otros y comprenderlos, adaptarse a las normas de una organización, esforzarse, no mentir, etcétera.

La demanda de los empresarios se vincula con lo que, a simple vista, tienen más que ver con reclutar “buenas personas” que con captar “jóvenes estudiosos”, tal como entendíamos tradicionalmente esa idea. Lo interesante, justamente, es que ese tipo de competencias priorizadas por las empresas son similares a las que demandamos para formar personas capaces de integrarse a la sociedad, ciudadanos que puedan articularse y participar de la construcción de una sociedad mejor. Al mismo tiempo, el mundo del conocimiento científico empieza a demandar mucho más que los tradicionales saberes del pasado: se busca que las personas puedan leer y comprender textos diversos, analizar fuentes de información diversas, evaluar procesos, entre otras competencias.  

En tal sentido, la buena noticia es que parece romperse la contradicción entre formar ciudadanos, estudiantes universitarios o personas capaces de insertarse en el mercado de trabajo. Y eso facilita mucho la tarea de la escuela. Pero la mala es que el propio estudio muestra que nuestros jóvenes tienen fuertes carencias en estas habilidades, y que en la mayoría de los casos la adquisición de las mismas no mejora, incluso cuando los jóvenes avanzan dentro del sistema. Es decir, el desajuste entre lo que la escuela enseña y lo que la sociedad y el mercado de trabajo le piden a los jóvenes es muy grande y la escuela secundaria no está consiguiendo cerrar la brecha.

“Nuestro problema es que tenemos una licuadora y ahora nos queremos secar el pelo…..y las licuadoras no secan el pelo”, decía German Rama, prestigioso sociólogo y ex presidente de la Administración Nacional de Educación Pública de Uruguay. La metáfora intentaba transmitir la idea de que la escuela secundaria que tenemos fue creada para seleccionar y preparar a los jóvenes para acceder a estudios universitarios o a cargos en el gobierno. Y hoy le estamos demandando otra cosa, que no sabe hacer, incluir jóvenes de distintos sectores sociales para que puedan incorporarse a la sociedad como ciudadanos críticos, activos y al mercado de trabajo.

Nuestra actual escuela secundaria es muy parecida a aquella original. El problema es que nuestra preocupación ya no se limita a los jóvenes de clases medias y altas que quieren llegar a la universidad. Esta escuela secundaria desacoplada de la formación ciudadana, de la preparación para el mercado de trabajo y poco estimulante para seguir aprendiendo a lo largo de la vida produce una especial furstración histórica a los jóvenes de los sectores más pobres.

La escuela secundaria fue la “creadora” de la “juventud de los pobres”. Escribió Pierre Bourdieu, en La juventud no es más que una palabra: “Creo que es un hecho social muy importante. Incluso en los medios aparentemente más alejados de la condición de estudiante durante el siglo XIX, es decir, en las pequeñas aldeas rurales, ahora que los hijos de los campesinos o artesanos van al Colegio de Enseñanza Secundaria de su localidad, incluso en esos casos, los estudiantes se encuentran, durante un periodo relativamente largo y a una edad en la que antes hubieran estado trabajando, en esas posiciones casi externas al universo social que definen la condición de adolescente. Parece que uno de los efectos más fuertes que tiene la situación del adolescente proviene de esta especia de existencia separada, que lo deja socialmente fuera de juego”.

Los jóvenes de los sectores más humildes, como plantea el francés, se introdujeron en esta experiencia de vivir una transición entre la infancia y la adultez, la juventud, porque la escuela secundaria les aseguraba una mejor expectativa de futuro. Pero la experiencia muestra que esta expectativa no se ha visto satisfecha, dado que más de la mitad de los alumnos no logra teminar su escuela secundaria, y en los sectores más pobres ese indicador llega al 80 por ciento. Además, en el caso de los que la culminan, el mercado plantea que las competencias que han adquirido no se adecúan a sus demandas. Es decir: es una escuela secundaria que no parece tener sentido para aquellos que van a continuar estudios universitarios, y en el caso de éstos, no perciben que la misma los prepare para ese nivel. 

¿Qué hemos hecho en estas décadas para mejorar esa escuela secundaria? ¿Cómo intentamos adaptarla a los nuevos modos de construir y distribuir conocimiento y a las nuevas formas de trabajar y producir? Hemos reformado los contenidos curriculares, pero los chicos siguen cursando entre once y dieciséis materias anuales, lo que garantiza que no puedan produndizar ninguna ni adquirir conocimientos profundos sobre las mismas. 

Mantenemos un sistema de evaluación y promoción por el cual aquel alumno que no aprobó tres  materias pierde las ocho o trece restantes, y debe cursar todo el año. El sistema le “dice” que perdió el año, no que tendrá que esforzarse para mejorar su trabajo y recuperar los saberes que no adquirió. Tenemos un modelo que contrata a los profesores para enseñar una materia durante una cierta cantidad de horas, más allá del tipo de institución, de los alumnos, sus características, en un momento de la vida en el que los chicos necesitan reconocimiento, tiempo y dedicación de los adultos. Hay que pensar un nuevo modelo de escuela, ya que no alcanza con ajustar la que tenemos. Pero cuando hablamos de un nuevo modelo, debemos precisar que la propia idea de modelo ya no es la del pasado. Se trata de pensar una organización para la incertidumbre, para saberes que cambian, modelos de relaciones que se transforman, formas de conocer y de validar el conocimiento diferentes, un mercado de trabajo que transforma sus modos de producir y comercializar el producto.

¿Cómo diseñar un modelo para un escenario que se transforma permanentemente? Justamente el desafío es la creación de una organización inteligente, capaz de reconstruirse en forma permanente, a partir de las transformaciones del mundo del conocimiento, del producto y del universo cultural de los jóvenes. Es una escuela con nuevos modos de relación entre adultos y jóvenes, sin perder la idea de la asimetría, de autoridad y responsabilidad de los adultos. Es una escuela que revisa sus normas, pero aquellas que constituyen el orden que “cuida” las relaciones y los procesos de aprendizaje, las cumple a rajatabla. Se trata de una organización que estimula la innovación y la creatividad, pero sin perder los valores del esfuerzo y el trabajo, que encuentra en el conocimiento, en el debate de ideas y saberes, en el diálogo, una razón de ser.  

El problema de la escuela secundaria no es solamente lo que los chicos aprenden sino cómo lo hacen, el tipo de experiencias que atraviesan, la relación que establecen con el conocimiento y los dispositivos diseñados para para ayudarlos a recorrer el proceso de aprendizaje. Una nueva escuela secundaria debe definir también cuáles son los modelos de relación que se proponen entre los alumnos y entre éstos y los docentes, qué tipo de prácticas y valores se premian o se sancionan, cuáles son las pautas que regulan la vida cotidiana y cómo se implementan, para que los chicos las incorporen. 

Robert Cowen plantea que los sistemas educativos tienen una “piedra de roseta”, un “ADN” dado por el conjunto de relaciones sociales, económicas y políticas de la comunidad en la que han sido construidos. La nueva escuela secundaria debe dar cuenta de una sociedad de incertidumbres, cambios, relaciones sociales cambiantes. El cambio de la escuela secundaria empieza por la construcción de un sentido, una razón de ser para esa organización. Luego  debe tener gran flexibilidad para readaptarse pero sin perder su sentido. 

La escuela debe acompañar a los jóvenes en la transición entre la infancia y la juventud, preparándolos para insertarse en un mundo del conocimiento, del trabajo y en la vida social, que se irán transformando. En tal sentido, los alumnos deben aprender a aprender a construir relaciones, proyectos y fundamentalmente, a buscar y encontrar sentidos. El desafío de la nueva escuela secundaria es la formación de jóvenes que encuentren sentido en un mundo que se transforma y desde ese sentido, puedan construir su propio proyecto.