Tema del Mes

AGOSTO 2016

La impertinencia de los ojos

08 / 08 / 2016 - Por Javier Guerrero

Lina Meruane es autora de las novelas “Póstuma” (2000), “Fruta podrida” (2007), "Sangre en el ojo” (2012), la obra teatral “Un lugar donde caerse muerta” (2012), las crónicas “Volverse Palestina” (2013), el ensayo “Viajes virales” (2012). Recibió los premios Sor Juana I. de la Cruz (2012) y Anna Seghers (2011) y becas de la Fundación Guggenheim (2004) y la NEA (2010). Es profesora en la Universidad de Nueva York y directora del sello independiente Brutas Editoras.

Estaba sucediendo. En ese momento. Hacía mucho me lo habían advertido y sin embargo. Quedé paralizada, las manos empapadas empuñando el aire. La gente en la sala seguía conversando y riéndose a carcajadas, incluso susurrando exageraban mientras yo. (…) Y fue entonces que un fuego artificial atravesó mi cabeza. Pero no era fuego lo que veía sino sangre derramándose dentro de mi ojo. La sangre más estremecedoramente bella que he visto nunca. La más inaudita. La más espantosa. Sangraba a borbotones pero solo yo podía advertirlo. Con absoluta claridad vi cómo la sangre espesaba, vi que la presión aumentaba, vi que me mareaba, vi que se me revolvía el estómago, que me venían arcadas y, sin embargo. No me incorporé ni me moví ni un milímetro, ni siquiera intenté respirar mientras atendía al espectáculo. Porque eso era lo último que vería, esa noche, a través de ese ojo: una sangre intensamente negra. 

Sangre en el ojo, Lina Meruane.

 

¿Cómo vaciar el cuerpo de metáforas? ¿Cómo reducir o, si se quiere, extirpar del cuerpo enfermo, las asociaciones preestablecidas, las imágenes ya escritas, la sentimentalidad constantemente invocada? ¿Cómo narrar el cuerpo enfermo, el propio cuerpo enfermo, sin pagar tributo a la avasallante tecnología de la salud, a la política que destituye el cuerpo enfermo por deleznable, inasible, inaceptable? ¿Cómo narrar el cuerpo enfermo y su familia o sus familias, sin tenerle piedad? La novela Sangre en el ojo de la escritora chilena Lina Meruane parece responder e incluso repensar estas preguntas. Tres dimensiones del personaje –Lina, Lucina, Lina Meruane– se confunden y disputan la autoría en una ficción en cuya primera escena la protagonista, una escritora diabética muy parecida a su autora, experimenta la promesa de la enferma: la ceguera producto de su condición crónica, el desvanecimiento de la visión producido por su intrínseca dulzura. La novela narra el ocaso de la protagonista, su hundimiento en la espesura de la oscuridad, brumosidad que la obliga a ocultar su padecimiento para convencer a sus interlocutores y en especial a su compañero, Ignacio, de que todavía puede ver. Entonces, ¿qué parece activar este violento estallido? ¿qué marca la sangre en la escritura de Lina Meruane?

Sangre en el ojo detona lo que en un principio parece constituir el progresivo shut down del cuerpo enfermo pero poco a poco nos adentra en una realidad brumosa, inestable y de difícil legibilidad. Justamente, la transgresión que opera la enfermedad y la novela se centra en la revelación de un nuevo estatuto en el que la incertidumbre –rotundamente negada por las narrativas del progreso, totalmente deleznada por nuestra economía de la vida–, no solo se hace posible sino que ocupa, nos ocupa, se enseñorea. Y esta incertidumbre apunta a hablar de la enfermedad de los ojos, de la enfermedad que son los ojos, de la enfermiza lujuria de ver. La novela explora cómo la enfermedad destituye la visión y en cierto sentido el reino de lo visual, lo cual apuesta por toda una teoría del conocimiento en la que los ojos, lejos de ser vehículo del saber, son estorbo. Si como dice Artaud, rescatado por Jean-Luc Nancy, “no hay, en realidad, nada más miserablemente inútil y superfluo como el órgano llamado corazón, el medio más inmundo que hayan podido inventar los seres para bombardear la vida en mí” (103), Sangre en el ojo parece entender que la verdadera impertinencia radica en los ojos, que el órgano más inmundo sería entonces aquel que comanda la visión. Por supuesto, la novela no romantiza la vacuidad de los ojos. Por el contrario, la ceguera irrumpe con violencia, inflige dolor, para atestiguar cómo la ausencia de la visión pone en jaque el cuerpo enfermo, delata su ilegibilidad, tornándolo más brumoso e incierto. Ilegibilidad, brumosidad e incertidumbre que abren una brecha infranqueable en la sociabilidad, en la movilidad del cuerpo, en la propia frontera material que lo constituye. Porque como ya señalé, en esta novela ella debe entonces engañar –tomo aquí prestado el artefacto que inventa Nathalie Bouzaglo para pensar la novela venezolana de entresiglo–, y se vuelve en cierto sentido adúltera porque también adultera, la noción de sujeto, del sujeto sano. Meruane descoloca al ojo que mira y que al mirar espacializa, temporaliza y construye la frontera de los otros, de lo otro, del Otro. El eclipse de la visión entonces desorganiza la tecnología disciplinaria de la visualidad y la enfermedad crónica –parece decir Lina o Lina Meruane o Lucina–; destituye la temporalidad del cuerpo sano, entiende la salud como instancia enferma cuya cronicidad, de interrumpirse, paradójicamente se detendría a causa de la norma, la normalidad de la enfermedad. La enfermedad crónica confunde, desmantela, resemantiza y reescribe la pertinencia de los ojos, de estos ojos sangrantes. Ahora, los impertinentes ojos de la protagonista no solo agudizan las funciones de los otros sentidos sino que desconocen –y aquí hallo una de las mayores potencias de la novela– la excepción que constituye la salud; su mal de ojo reconoce la enfermedad como única posibilidad de vivir y, allí, su potencia.

Sangre en el ojo tiene su semilla en el relato “Mal de ojo” de Lina Meruane, incluido en el libro Excesos del cuerpo. Relatos de contagio y enfermedad en América Latina publicado en 2009 por el sello argentino Eterna Cadencia. Esta primera entrega de Meruane ya plantea su interés por explorar la intersección entre visualidad y enfermedad. Para tal momento, los editores subrayamos: “Desde el propio título del relato, ‘Mal de ojo’, asistimos a un juego inquietante, iniciado con un trompe l’oeil que despista, mudándonos a otra realidad. La narración produce una omnipresencia de gestos, palabras, frases, metáforas relacionados con la experiencia de ver, con la mirada. Meruane mete el dedo en el ojo y representa otros modos de vivir la enfermedad […] La enfermedad descubre mecanismos invisibles del cuerpo, como la relación entre visión y movimiento, pero también revuelve en la historia personal, al traer de vuelta eventos dolorosos. Lucina se acerca con Ignacio al hospital, recuerda en la sonoridad del nombre de la institución cuando en su infancia estuvo ingresada en una ‘sala de niños graves’ por una larga temporada. La enfermedad organiza su narrativa y viceversa” (49).

No poder ver o solo poder ver a través de una membrana sangrante denuncia la visualidad como estatuto capaz de atrapar, encerrar, capturar. La ceguera, entonces, puede suspender su violencia, detenerla. Por ello, la novela de Meruane se mueve en territorios desterrados por el reino de la visión, aquellos que únicamente son revelables tras los excesos del cuerpo, es decir, la enfermedad. Quizá, uno de los muchos hallazgos de esta novela se encuentre en la posibilidad de la vuelta, el retorno, el volver. Si en su crónica de viaje, Volverse Palestina, Lina Meruane regresa a un lugar que no ha visto, un lugar inimaginado, del que carece de imágenes propias, al que debe volver velada; en Sangre en el ojo, la única posibilidad de regresar a Santiago de Chile es volver ciega, volver a ciegas, volverse ciega. Dejar los ojos en una lumínica Nueva York constituye la única posibilidad de entender el regreso. En este sentido, la muy memorable escena de Lucina/Lina conduciendo en Santiago con los ojos frescos de Ignacio al volante, reorganiza las narrativas del regreso y propone una nueva poética de la ceguera. El ojo tachado, obturado, rasgado como el mismo ojo de Un chien andalou, el ojo monstruoso y sanguinario se abre paso, deja ver entonces la monstruosidad familiar, la madre monstruo de esta novela. Y la monstruosa madre de Lina justamente funciona como la progenitora del reino de lo sano, que como en Impuesto a la carne de Diamela Eltit es el cuerpo más colonizado, el más bombardeado por el imperativo de la salud. Asimismo, la ficción le hace un guiño a la aún sangrante historia de Chile. Volver a Santiago con los ojos en tinta, equivale a replicar al lavaje visual del statu quo. En este sentido, la membrana rojiza funciona como el propio luminol, empapa de sangre el paisaje lavado del Santiago de la transición.

Una parte de la novela, un segmento que recuerdo vívidamente, materializa una fantasía de la oscuridad, abre un espacio lavado en el que la penumbra, a decir la ceguera, a decir la enfermedad, es el nuevo tiempo del goce, del común goce. La novela habita otra transición. Cuando Lucina e Ignacio se mudan y por lo tanto adquieren una deuda de por vida, se abre un surco en el piso, un surco tras el arrastre de un objeto contundente:

“Yo lo vi venir y sin embargo no pude detenerlo, siguió diciendo [Ignacio] mientras yo imaginaba los brazos fuertes pero fofos y apenas cubiertos de vello transparente del musculoso, esos ojos de perro castigado, la embrutecida mudez del que nos había arruinado el piso. Pero qué podía importarnos una rayita en la madera. Tiraríamos una alfombra encima. Tiraríamos nosotros encima de esa raya y del tapiz persa que yo misma elegiría cuando de nuevo tuviera ojos. Y cuando hubiéramos terminado de tirar, exhaustos pero radiantes e insatisfechos, volveríamos a empezar. Tiraríamos como animales en cada surco de la casa, en cada agujero de la pared como los insectos. Pensaba en los rasguños y defectos caseros que íbamos a fundar, los iríamos acumulando, quizás. No sentía ninguna inquietud estirada sobre el suelo con los ojos bien cerrados. Ignacio descorchaba una botella en la cocina y reclamaba, adquiriendo una voz abstracta, dónde metiste las copas, dónde pusiste las servilletas, abriendo y cerrando cajones y hurgando entre las cajas. Yo me perdía en el crepitar del diario entre sus dedos, en el balazo del corcho contra la pared y el chisporroteo de la champaña. Porque esa era la única certeza: inaugurar nuestra vida con copas lavadas por la penumbra, dejarnos aturdir por el silencio. Había anochecido ya y no teníamos luz, no había ni una sola ampolleta desnuda balanceándose en los soquetes. Ni siquiera una vela. Ignacio no sabía nada del encendedor. Se trajinaba la ropa y tanteaba el suelo, buscándolo sin encontrarlo. Y por eso también brindamos, porque en la oscuridad de esa casa vacía éramos lo mismo: una pareja de amantes ciegos” (27-28).  

Esta compleja escena de la novela, de múltiples y profundas resonancias, se propone como sofisticada fantasía de la ciega, de esta ciega enferma: los amantes parecen reposar en el cuenco vacío del ojo de Lina, descansan desnudos en la única certeza que es la cicatriz, se acoplan en la misma raya sangrante. Y ser en la penumbra lo mismo, copular como animales, inaugurar una nueva vida sin ver, produce una postergación de lo humano que desmantela la visualidad y, más aún, la hace trizas. Porque la novela de Meruane, en su incesante deseo de reinventar la historia, su historia, también propone una revisión del amor y el género. La escena citada reflexiona sobre el amor ¿ciego?, amantes que desgastan sus cuerpos sin mirarse, que previamente se han comido los ojos para entonces poder amarse y al comerse los ojos, la novela parece proponer cómo en la penumbra ellos hacen pedazos el género. En cierto sentido, ante tan inclemente revisión, esta novela de Meruane parece ofrecernos tanto una nueva historia del ojo, ahora vista por un ojo enfermo, como una nueva historia del ojo mecánico, que entonces debe ser necesariamente reseteado. A propósito de esto, Meruane dirige junto el realizador Luciano Piazza un video también titulado Sangre en el ojo –inicialmente incluido como parte de un homenaje a la escritora y crítica argentina Sylvia Molloy– en el que reflexiona sobre la ceguera y la escritura. El ojo nublado de la propia Meruane, fotografiado por un sofisticado aparato médico, acompaña un constante fuera de foco por los paisajes oculares de Lina. El video culmina con un definitivo fundido a negro, como producto de una dilatación mecánica progresiva que a su vez se corona con una palabra final pronunciada por la propia Molloy: “pienso”.

Lina Meruane ha recorrido un camino extenso para reescribir la enfermedad e indagar en su capacidad de dislocar ciertas certezas. Fruta podrida, su tercera novela, funda una fábula en la que se siembran todas las incertidumbres que luego se cosecharán en Sangre en el ojo. La novela también indaga en la dulzura –de la fruta de exportación y del cuerpo enfermo–, el desdoblamiento de la escritora pero, sobre todo, en la sepultante tecnología de la salud, capaz de llevar a la protagonista a la inmovilidad. Pero más recientemente, y a partir de Sangre en el ojo, Meruane ha ampliado su reflexión y ha estrechado la relación entre enfermedad y deseo. En un relato reciente, “Lo profundo”, la escritora explora la decisión de una mujer de ejercer soberanía sobre el agujero producido en su cuerpo tras una intervención quirúrgica. Negándose a que sea clausurado, la mujer del relato propone que la enfermedad, materializada en el agujero de la herida sin suturar, ¿sangrante?, constituya un devenir deseable. Se trataría entonces, para simplificar, de dar cuenta de las múltiples potencias emancipadoras de la enfermedad y la capacidad política, transgresora, del cuerpo enfermo. En cierto sentido, las ficciones de Lina Meruane reconsideran la ‘naturaleza’ de la metáfora. Si como Severo Sarduy ha propuesto cuando afirma que la metáfora es esa zona en que la textura del lenguaje se espesa: “Levadura, reverso de la superficie continua del discurso, la metáfora obliga a lo que la circunda a permanecer en su pureza denotativa. Pureza. No hay que olvidar las implicaciones morales de esa palabra: de allí que la metáfora haya sido considerada como algo exterior a la ‘naturaleza’ del lenguaje, como una ‘enfermedad’ (...)” (155). Meruane lee esta espesura como hipertrofia para devolverla al interior mismo del lenguaje. 

Sangre en el ojo esgrime una nueva historia del ojo e inaugura su muy inquietante legibilidad. La novela nos invita a interrogar los ojos que en este mismo momento usamos para tocar las palabras. Por un instante, ya terminada la novela, los lectores nos unimos a la celebración. Prestamos los ojos a esa única certeza, nos los amputamos para entonces cerrar el libro y brindar con copas lavadas por su precaria certidumbre, sin piedad ni concesiones, como lo hace Lina… como lo hace Lina Meruane. 

 

Obras citadas

Artaud, Antonin. 84. N° 5-6, Spécial Antonin Artaud. Editions de Minuit,1948.

Bouzaglo, Nathalie. Ficción adulterada. Pasiones ilícitas del entresiglo venezolano. Rosario: Beatriz Viterbo Editora, 2016.

Buñuel, Luis. Dir.Un chien andalou. Les Grands Films Classiques (GFC), 1929.

Eltit, Diamela. Impuesto a la carne. Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2012.

Guerrero, Javier y Nathalie Bouzaglo (eds). Excesos del cuerpo. Relatos de contagio y enfermedad en América Latina. Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2009.

Meruane, Lina. Fruta podrida. Santiago, Chile: Fondo de Cultura Económica Chile, 2007.

“Lo profundo”, Relatos enfermos. Javier Guerrero (ed.). México/ Houston: Conaculta/ Literal Publishing, 2015.

“Mal de ojo”, Excesos del cuerpo. Relatos de contagio y enfermedad en América Latina. Nathalie  Bouzaglo y Javier Guerrero (eds.). Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2009.

Sangre en el ojo. Santiago, Chile: Random House Mondadori, 2012.

Volverse Palestina. México/ Houston: Conaculta/Literal Publishing, 2013.

Meruane, Lina y Luciano Piazza. Sangre en el ojo (video) en www.vimeo.com, 2012.

Nancy, Jean-Luc. El intruso. Buenos Aires: Amorrortu, 2006.

Sarduy, Severo.“Escrito sobre el cuerpo”. Obras completas. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999.