Tema del Mes

AGOSTO 2016

El Ejército de Ma presenta batalla

13 / 08 / 2016 - Por Ernesto Rodríguez III

Cómo un ex guardiacárcel, recio y fumador, formó a un grupo de atletas chinas capaces de destrozar récords. Historias de dopajes, semiesclavitud y supuestas violaciones detrás de un hombre que hoy se dedica a cuidar a sus perros.

Era el mediodía del 27 de Xin-Chou del año 4690; ese día Wang Junxia cumplía 20 años. Aquel martes que los occidentales contaban como 19 de enero de 1993 no había recibido nada blanco para homenajearla, ni en la mesa la esperaba el tazón con un largo y fino fideo de arroz para sorber sin cortarlo esperando una larga vida. Tampoco tuvo, como postre, bollitos de durazno al vapor simbolizando una extensa y saludable existencia en aquella modesta barraca que compartía con una decena de atletas en Dalian (lindante con Corea sobre el Mar Amarillo), una de las principales ciudades de la provincia de Liaoning de la que la mayoría era originaria. 

Wang, magra en su metro sesenta y sus 44 kilos, comió el habitual potaje de verduras y pescado en silencio y recibió entre susurros la simple felicitación shēngri kuài lè (¡Feliz cumpleaños!) que le dispensaron sus compañeras de mesa. Ese día no pidió viajar más allá de las fronteras del “país del centro del mundo”. Tampoco suspiró por un poco de maquillaje y un recatado cheongsam –el clásico vestido de seda de una pieza- para recorrer las calles. Sólo invocó a sus antepasados para que las fuerzas no le faltaran para completar otro día más en esa rutina del dolor en la que vivía desde hacía unos dos años. El repetitivo ritual que cada mañana le exigía devorar 20 kilómetros y completar otros 30 por la tarde a un ritmo demencial, con violentos cambios de paso que les marcaba desde su moto, fumando sin parar, el entrenador Ma Junren. 

Ma, un ex guardiacárcel sin preparación deportiva formal, había recorrido más de 2.000 kilómetros desde su Guangzhou natal para detectar a Wang y a sus compañeras en diversos colegios secundarios y conformar un equipo que les permitiera participar en el durísimo campeonato nacional representando a Liaoning frente a las otras 21 jurisdicciones. Había seducido a las autoridades deportivas regionales hablándoles de sus estudios sobre cómo adaptar el andar de avestruces, caballos y ciervos, adecuándolos al paso humano. Y cómo exprimir los secretos de la tradicional medicina china, que había aprendido caminando de pueblo a pueblo, extrayéndoles máximo provecho al uso de acupuntura, masajes y provisión de infusiones basadas en ginseng, cordyceps sinensis (unos hongos que crecen en las larvas de gusanos) y sangre de tortuga. Ma aplicaba en sus pupilas toda su experticia laboral: les cortaba el pelo casi al ras, no les permitía pintarse ni usar corpiños, prohibía los cantos y los diálogos extremos, y mantenía al equipo en un régimen de semiesclavitud. El único objetivo era que ese grupo de mujeres, acostumbradas a la dureza de la labor en el campo, sumara kilómetros y kilómetros a la mayor velocidad posible. Quien resistiera la dureza del camino y los retos y golpes de Ma estaría más cerca del éxito.

La fórmula ya había comenzado a dar sus frutos, al menos en el campo juvenil. En 1990, Liu Li había ganado los 800 metros en el Mundial para menores de 20 años celebrado en Plovdiv, Bulgaria, Qu Yunxia se había coronado en los 1.500 metros, mientras que otra de sus protegidas, Liu Shixiang, se había colgado la medalla plateada en los 3.000 metros. Dos años más tarde, en el Mundial juvenil de Seúl, la cosecha fue aún mejor imponiéndose en todas las distancias de mediofondo y fondo: Lu Yi en 800, Liu Dong en 1.500, Zhang Linli en 3.000 y Wang Junxia en 10.000. En mayores también se conseguían los primeros resultados interesantes, ya que Qu Yunxia logró el bronce en los 1.500 metros de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Las medallas llegaban pero los tiempos no permitían hacerse ilusiones de pelear en las grandes ligas. De hecho, el crono registrado por Wang para consagrarse como la mejor juvenil del planeta en Corea del Sur (32m29s90) en septiembre de 1992 era casi un minuto y medio más lento que los 31m06s02 que le habían permitido un mes antes a la etíope Derartu Tulu ser campeona olímpica en Cataluña.

El grupo que dirigía Ma se había impuesto dos objetivos para esa temporada 93: lograr los primeros oros en un Mundial de mayores, en el certamen que se realizaría en Stuttgart en agosto y atacar los récords en los Juegos Nacionales en Beijing, un mes más tarde, algo que estaba vedado para el atletismo femenino chino ya que en los 35 años previos sólo habían conseguido plusmarcas absolutas en salto en alto, garrocha, triple y marcha. Para afinar la preparación, el severo Ma ordenó una mudanza de más de 3.000 kilómetros y casi tres días en tren hacia el oeste, rumbo a Xining, la capital de la provincia de Qinghai, en el Himalaya. Los esperaba el centro de entrenamiento de altura, a 2.366 metros sobre el nivel del mar, en donde el entrenador podría llevar adelante con mayor rigor sus métodos de trabajo en la ruta y administrar sus pócimas sin la molesta presencia de extraños. 

El primer impacto fue la actuación del equipo en el maratón de Tianjin, el 4 de abril, competencia que marcó para la mayoría de ellas su debut en los 42,195 kilómetros. Wang Junxia se impuso con un registro de 2h24m07s; Qu Yunxia la escoltó con 2h24m07 y Zhang Linli completó el podio con 2h24m32s. Las tres marcas serían las mejores de la temporada aunque lejos de las 2h21m06s que la noruega Ingrid Kristiansen había impuesto como récord mundial en Londres el 21 de abril de 1985. Pronto la escandinava sufriría el acoso de las prodigio chinas.

Tras otro período de trabajos forzados siete días por semana en la montaña, castigos físicos y psicológicos y altas dosis de “pociones mágicas” y masajes, Ma presentó a su equipo ante la elite en el Mundial. El primer impacto en tierras germanas se dio el lunes 16 de agosto cuando tres representantes chinas monopolizaron el podio de los 3.000 metros: Qu Yunxia ganó con 8m28s71; Zhang Linli fue plata con 8m29s25 y Zhang Lirong, bronce, con 8m31s95. Si bien las tres corrieron por debajo de la marca de campeonato vigente, no pudieron atacar los 8m22s62 que la soviética Tatyana Kazankina había impuesto como plusmarca mundial el 26 de agosto de 1984 en Leningrado (Rusia). El segundo oro llegó cinco días más tarde, cuando Wang Junxia ganó los 10.000 metros con 30m49s30, otra marca de campeonato, aunque a 35s56 del primado mundial que poseía Kristiansen desde el 5 de julio de 1986 en Oslo (Noruega). El tercer oro llegaría con el triunfo de Liu Dong en los 1.500 metros en 4m00s50, sin poder con los vigentes 3m52s47 de Kazankina, desde el 3 de agosto de 1980 en Zurich (Suiza).

De pronto el grupo comenzó a ser conocido como el Ejército de Ma, algo que al entrenador –con pasado castrense- no le molestaba en absoluto. Tres semanas después atacaron el segundo objetivo del año, el torneo interno chino. El martes 8 de septiembre Wang sorprendió al planeta. Su triunfo en los 10.000 metros no fue inesperado, habida cuenta de que era la campeona mundial vigente. Pero su tiempo no entraba en la cabeza de nadie: 29m31s78, mejorando en 41,96 el primado que Kristiansen había impuesto siete años antes en la capital noruega. Un ejemplo permitía entender la desproporción estadística de Wang: si hubieran corrido mano a mano le habría sacado 236 metros, más de media vuelta a la pista. Casi sin sentir el peso de aquel tiempazo que se mantiene impoluta 23 años después, en días subsiguientes Wang recortaría dos veces en el récord de los 3.000 metros. En las primera de las eliminatorias, el domingo 12, Zhang Linli se impuso con 8m22s06, superando por 56/100 el primado de Kazankina; en el segundo turno, Wang bajó ese nuevo récord en casi 10 segundos (8m12s19). En la final, 24 horas más tarde, Wang se colgó el segundo oro con un insólito 8m06s11 que también sobrevivió como mejor marca planetaria hasta nuestros días. De todos modos, Ma mostró el ceño fruncido ya que pensaba que Wang podía más: había cubierto la misma distancia en el cierre de los 10.000 en 7m51s. Claro que en el medio, Wang había servido de guía para que Qu Yunxia -otra de las pupilas de Ma- consiguiera otro memorable registro al ganar el sábado 11 los 1.500 metros en 3m50s46, superando en 2s40 el primado de Kazankina, con Wang escoltándola con un tiempo de 3m51s92, crono que también superaba a la soviética. La marca de Qu permanecería al tope de las listas hasta el 17 de julio de 2015, cuando la etíope Genzebe Dibaba se impuso en Fontvieille (Mónaco) con 3m50s07. Ningún experto podía explicar cómo esas jóvenes, que un año antes no figuraban en las listas de las 50 mejores del planeta, destrozaban marcas de tal manera. Para completar un año increíble, Wang Junxia se quedó con la prueba individual de la Copa del Mundo IAAF de maratón celebrada el domingo 31 de octubre en San Sebastián (2h28m16s) y lideró al representativo de su país que consiguió el oro en la competencia por equipos. 

Tamaña performance de Wang le permitió recibir el Jesse Owens International Trophy en Nueva York con el que la Federación de Estados Unidos premia al mejor atleta del planeta. En la cena de honor celebrada en el Waldorf Astoria, la tímida asiática se mostró incómoda ante el acecho de los medios y sólo dio respuestas de cortesía mediante un intérprete, incapaz de explicar cómo había hecho para mejorar sus registros más de un 9% en una temporada para convertirse en la fondista más veloz de la historia cuando un atleta de elite debe sentirse un tocado por la varita mágica si puede evolucionar sus marcas más allá del 1% tras 12 duros meses de trabajo. Su pálido rostro no mostró cambios cuando el traductor le mencionó la palabra que se pronunciaba sotto voce desde su explosión en el Mundial y que esa noche de gala se había filtrado entre las consultas de compromiso. “¿Doping?”, se sorprendió Wang al escucharla y sólo se atrevió a negarlo con un rápido movimiento de cabeza que no aclaró nada. “¿Doping?”. Lo suyo, se atrevería a decir entonces, era fruto de días y días de cumplir con una espartana planificación de ruta, sudor y las sesiones de intomables pociones, agujas y masajes que le dispensaba Ma siguiendo los parámetros del Zhōngyī, la milenaria medicina de su país. No había lujos, distracciones, música, televisión. Sólo dejar la piel en el camino y sobrevivir un día más hasta la siguiente competencia. Diferente fue la actitud de Ma quien se presentó en cada encuentro con la prensa como el nuevo gurú del mundo atlético con la verborragia de los mercachifles del lejano oeste, intentando vender botellas de su supuesto tónico maravilloso a siete dólares por pieza. 

El cielo parecía ser el límite para Wang y el resto de las jóvenes miembros del Ejército de Ma tras aquella demolición de cronómetros que dejó atónito a los expertos. Pero en 1994 Wang no pudo continuar su evolución: cerró el año con la mejor marca en 10.000 metros, aunque con un registro “humano” (30m50s34 logrados el 15 de octubre para ganar los Juegos Asiáticos en Hiroshima). También Qu Yunxia se colgó oro en los 1.500 metros y Zhang Linli, en los 3.000, aunque sin poder dominar las tablas de temporada. Puertas adentro una revolución se gestaba. Las atletas no soportaban más los abusos de Ma, las palizas por pintarse o porque el pelo les llegara a los hombros. Además no aguantaban que el entrenador les confiscase los premios en efectivo de hasta 80.000 yuanes (unos 12.300 dólares) que pagó el gobierno chino por cada una de los oros en el Mundial o les retuviera los autos que recibieron como premios de la Daimler, patrocinante de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF); de hecho, hasta chocó uno adrede para dejar claro quién tenía el poder. El 13 de diciembre de 1994, Wang lideró un motín en el equipo y junto con otras seis atletas –entre las de elite sólo se resistió Qu Yunxia- huyeron del campo de entrenamiento en Dalian y se establecieron con otro preparador: Mao Dezheng. Como salvoconducto le enviaron una carta al periodista Zhao Yu en la que contaban la intimidad de sus vidas con Ma, implorándole que la retuviera y sólo la publicara si algo les ocurría. Mientras, la fama y la capacidad de Ma para generar alianzas dentro de la burocracia china le permitieron quedar como jefe técnico del equipo atlético nacional. Cada una de sus ex pupilas estaría bajo su supervisión si quería representar a su país en competencias internacionales. Como represalia, ninguna de las campeonas mundiales vigentes asistió al Mundial 1995 celebrado en la ciudad sueca de Gotemburgo; la excusa de Ma a la prensa occidental para justificar las ausencias de 11 atletas fue una inexplicable secuencia de apendicetomías de urgencia y lesiones en los pies.

Bajo una intensa presión que repercutió en enfermedades de origen psicosomático, Wang se preparó como pudo para los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Mientras Ma llamaba a su familia diciéndole que en cualquier momento le quebraría las piernas, Wang fue la única de las sobrevivientes del Ejército de Ma que logró pasar la clasificación interna. Enferma de diarrea, débil y con migrañas, no tenía resto ni siquiera para realizar el calentamiento. El domingo 28 de julio, con fiebre y sin fuerzas, se impuso en los 5.000 metros con un registro de 14m59s88 (nuevo récord olímpico). El viernes 2 de agosto, con lo que le quedaba en el tanque, llegó segunda en los 10.000 metros, a 96/100 de la portuguesa Fernanda Ribeiro quien se impuso con récord olímpico (31m01s63). Nunca más se presentaría en una prueba de nivel y, deprimida, se retiró a mediados de 1997. Ese mismo año Ma recuperó algo de su fama perdida en el Nacional en Shanghai: el 21 de octubre, en las eliminatorias de los 5.000 metros, Dong Yanmei -una de sus pupilas- le recortó 5s18 al récord mundial de 14m36s45 que la lusa Ribeiro poseía desde el 22 de julio de 1995. La plusmarca no le duraría demasiado ya que Jiang Bo, su compañera de entrenamiento, ganó la final dos días más tarde con un tiempo de 14m28s09, récord que permanecería en lo alto de las tablas durante casi siete años cuando la turca de origen etíope Elvan Abeylegesse corrió la distancia en 14m24s68 en Bergen (Noruega), el 11 de junio de 2004.

La figura del díscolo Ma, cada vez más pendiente de hacer negocios personales, lo hizo caer en desgracia con el poder central en Beijing que buscaba limpiar su imagen planetaria para poder ganar la sede olímpica de los Juegos de 2008. El rostro de Ma ganando espacio en la prensa mundial tanto por los logros de sus entrenadas como por las sospechas de dopajes era demasiado para un deporte que intentaba exhibirse limpio ante Occidente. Y sus intenciones de mostrarse como un nuevo rico no le sumaban amistades en el politburó chino. A comienzos de 1998 fue diagnosticado como esquizofrénico y remitido a un centro de reeducación ciudadana del que emergió algunos meses más tarde, rehabilitado. La cura parecía haber funcionado y se le permitió volver a entrenar para seleccionar al equipo que competiría en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Cinco semanas antes de que comenzaran las competencias en Australia, el Comité Olímpico Chino presentó una lista de 27 bajas de su delegación por lesiones, sanciones internas y dopaje detectado en análisis sanguíneos internos. En este último rubro estaban incluidas seis de las siete protégées de Ma: la ex plusmarquista Dong Yanmei, Lan Lixin (campeona de los 1.500 en el Mundial juvenil 1998), Song Liqing, Yin Lili, Li Jinnan y Dai Yanyan. Sólo zafó de la poda Li Ji, quien en Australia quedaría séptima en los 10.000 metros. El equipo atlético chino quedó herido de muerte: ninguna de las fondistas subiría a un podio en los Juegos australianos y sólo la marchista Wang Liping se colgaría un oro en esos Juegos en los 10 kilómetros. Pese al mal trago, Ma demostró su intocabilidad y se mantuvo en el cargo para el Mundial del año siguiente, en Edmonton con la promesa de reverdecer laureles. El equipo chino se volvió de Canadá sin podios lo que señaló el fin de su reinado.

Hábil negociante, al darse cuenta de que no tenía como seducir a los eventuales compradores de pociones mágicas, el entrenador cambió su target y se dedicó a criar mastines tibetanos, unos mastodontes de montaña que pueden llegar a pesar 80 kilos, símbolo de poder de la emergente burguesía china, cuyos cachorros cotizan unos 5.000 dólares en el mercado internacional. Para completar el combo, se convirtió en un vocero pago del Tibetan Mastiff Club, una entidad que nuclea a los principales criadores, para exportar a los perros-leones (como se los llama en su país) a Occidente.

El atletismo de fondo de China nunca más volvió a exhibir el flagrante poderío de aquella época y con esfuerzos aislados mantuvo algo del perdido brillo. Xing Huina (poseedora del récord mundial juvenil con 30m31s55) dio la sorpresa al imponerse en los 10.000 metros de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 con 30m24s36, la mejor marca de su vida; las continuas lesiones no le permitieron repetir actuaciones de nivel y terminó retirándose a los 26 años. Sun Yingjie logró el bronce en los 10.000 metros del Mundial de París 1993 y ganó al año siguiente el de Medio Maratón en Nueva Delhi. Tras ganar el maratón de Pekín por cuarto año en 2005, dio positivo en el control posterior del esteroide androsterona. Aunque un tribunal civil demostró que otra atleta (Yu Haijiang) le había dado de tomar una bebida con la sustancia, debió cumplir una suspensión de dos años y no logró clasificarse para los Juegos Olímpicos celebrados en 2008 en su país. Zhou Chunxiu fue plata en el Mundial de Osaka 2007 y bronce un año más tarde en los Juegos Olímpicos de Pekín. Y Bai Xueganó el Maratón del Mundial en Berlín 2009, a los 21 años, en su única aparición estelar. 

El nombre de Wang Junxia volvió a hacerse amigo del silencio y se convirtió en una lejana referencia en la tabla de récords a un hito intocable y deseado. Quien pateó el tablero fue su segundo marido, Huang Tianwen, un productor musical con quien convivió desde 2008 hasta que en 2015 publicó el libro Oriental God Deer My Wife Wang Junxia (Mi esposa Wang Junxia, la diosa ciervo oriental). Allí contaba que su mujer, como otras atletas del grupo, había sido abusada sexualmente por Ma, lo que fue rotundamente desmentido por Wang, quien se divorció pocas semanas después del lanzamiento y se reservó iniciar acciones legales. Pero nada decía de otro secreto inconfesable. 

Quien finalmente sacó a la luz eso de lo que nadie quería hablar fue el periodista Zhao Yu, autor de una biografía de Ma en 1998, cuando el entrenador gozaba de los favores del poder, por lo que un capítulo entero fue censurado. Justamente el que trataba el tema del dopaje. La paciencia rindió sus frutos y en febrero último Zhao dio a conocer a una de las cartas que recibió de las miembros del Ejército de Ma fechada en marzo de 1995. En la misiva, firmada por Wang y otras nueve atletas, se reconocía que “durante muchos años nos obligó a tomar grandes dosis de drogas prohibidas. Nuestros sentimientos son de culpabilidad al exponer estas acciones. También estamos preocupados porque puede afectar el nombre de nuestro país y reducir el valor de las medallas de oro que hemos trabajado muy duro para llegar". La carta, dada a conocer por el sitio chino Tencent Sports, no explicaba cuál era el fármaco utilizado aunque posteriores investigaciones desechaban las hipótesis de sustancias propias de los hongos y hierbas que Ma decía utilizar y apuntaban a la prosaica eritropoyetina (EPO), una hormona que estimula producción de glóbulos rojos en la sangre facilitando la oxigenación y dando mayor estamina. Como ocurriera hace dos décadas, tras el estallido, la calma: Ma cuida sus perros, Wang sigue en silencio en algún lugar de China; y la IAAF no se atrevió a sacar de sus listas de récords los increíbles (y tramposos) registros de la Armada de Ma.