Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2016

La bella despierta

04 / 09 / 2016 - Por Emanuel Rivero, Federica Torres y Rafael Bea

El cine vuelve a reunir en diálogo a Rivero, Torres y Bea. En esta oportunidad, en torno de dos películas, una italiana sobre la eutanasia y otra rumana sobre el aborto. Y sobre todo, acerca de su inclusión en el informe “Potencias de la enfermedad”, que habilita a poner en tensión al Estado y a la Iglesia como agentes biopolíticos y a preguntarse por los límites biológicos o éticos de lo que llamamos vida.

Federica Torres: Hoy nos convocaron para hablar de dos películas: La bella addormentata de Marco Bellocchio y 4 meses, 3 semanas, 2 días de Cristian Mungiu. La primera es una película italiana sobre la eutanasia; la segunda es rumana y trata el tema del aborto.

Emanuel Rivero: Es difícil comentar dos películas, creo que es la primera vez que lo hacemos. Resumo La bella addormentata. En la Argentina, el título de la película no ha sido traducido. En inglés se tituló Dorming beauty (y no Slepping Beauty como la leyenda o la película de Disney) y eso puedo llevarnos a pensar que Bellocchio transformó el título clásico. Sin embargo, la película de Disney en Italia se llamó... La bella addormentata nel Bosco. Primer punto entonces: Bellocchio coloca su relato, ofensivamente político, en relación con un cuento de hadas. Pero la durmiente acá no es una princesa sino Eluana Engaro, una mujer de 39 años que se encuentra en estado vegetativo. La historia se basa en un caso real que conmocionó a la sociedad italiana cuando su padre pidió desconectarla y dejarla morir. Tuvo su accidente en 1992, cuando tenía 22 años, y estuvo en ese estado hasta 2009, cuando imprevistamente su corazón dejó de latir. Bellocchio sigue este caso histórico sin pretensión de fidelidad y lo acompaña con otras dos historias ficcionales: la del senador Uliano Beffardi y su hija, y la de un médico y una paciente drogadicta que quiere quitarse la vida. El senador Beffardi –que apoya la eutanasia– pasó por la terrible experiencia de ayudar a morir a su propia esposa que padecía una enfermedad terminal. Es el caso de la muerte digna (legislada en la Argentina en 2012) que es muy distinto de la eutanasia que se le quiere practicar a Eluana, porque no existe la voluntad o la decisión, lo que se llama el “testamento biológico”, por parte del enfermo. La hija del senador, en cambio, es una militante católica que se opone terminantemente a la eutanasia: Bellocchio, que desde sus inicios fue anticlerical, muestra todos los modos por los cuales la Iglesia intenta mantener a Eluana viva, con un fervor sólo similar al que aplica en su lucha contra la legislación del aborto. La historia de la drogadicta invierte la de Eluana: Rossa (ese es su nombre) quiere quitarse la vida pero el médico que la cuida, el Dr. Pallido, se lo impide. “Siempre hay un imbécil que quiere salvarme”, afirma Rossa, una muerta en vida (a diferencia de Eluana que es una viva en muerte). “¡Estoy desahuciada, estoy muerta!”, grita también. Tenemos entonces, por lo menos, tres historias alrededor de la muerte y la voluntad: sobre la eutanasia o la muerte involuntaria, sobre la muerte digna o el pedido a los otros de morir, y sobre el suicidio o el intento de quitarse la vida uno mismo.

Rafael Bea: Creo que me corresponde a mí contar la película de Mungiu, que ganó la Palma de Oro en Cannes. La película es de 2007, es decir, cinco años anterior a la de Bellocchio. Transcurre en la Rumania comunista en los años ochenta y cuenta la historia de Gabita, una estudiante que se decide a hacerse un aborto (las razones específicas las desconocemos). Para esto la ayuda una amiga llamada Otilia, que se ocupa de conseguir el hotel y contactar al señor Bebe, un médico (se supone que es médico) bastante rudo que practica la operación cobrando una buena suma de dinero y exigiéndole a Otilia que se acueste con él. La historia lleva a las jóvenes a experimentar la dureza de la ilegalidad en un régimen policíaco, como era la Rumania de esos años. La película es conmovedora, como la de Bellocchio, porque Mungiu prefiere la observación al enjuiciamiento y el análisis antes que el panfleto. Lo que no me queda claro es por qué nos dieron estas dos películas para el dossier Potencias de la enfermedad y cómo vamos a hacer para relacionarlas.

Federica Torres: Antes de seguir con el diálogo debo hacer una confesión: fui yo la que pedí hacer ambas películas y no por una razón cinematográfica (¡perdón Rafael!) sino porque en sus temas se representan los dos extremos de la biopolítica actual en cuestiones médicas: la eutanasia y el aborto. Eutanasia y aborto ilegal son los dos extremos de la biopolítica: en el aborto ilegal el Estado muestra un supuesto cuidado extremo por el embrión (dentro de la esfera legal) y un desprecio por la vida de quien quiere interrumpir su embarazo a quien arroja a la ilegalidad convirtiendo a la mujer en lo que Agamben llamó un homo sacer –en este caso, mulier sacra. En la eutanasia, en cambio, el Estado encuentra su propio imperativo biopolítico: hacer vivir. Dejar morir y hacer vivir: en esa frontera móvil que no deja de redefinirse constantemente se juega un interior del Estado y una exterioridad relativa que se expresa en el abandono de la persona (en el sentido ambivalente que tiene esta expresión; se abandona su cuerpo y también su estatuto de persona). Lo interesante –y esto lo pone de relieve Bellocchio– es que en la eutanasia Estado e iglesia coinciden. Y en la Argentina, también en el caso del aborto.

Emanuel Rivero: Lo que se produjo con Eluana y con muchos otros casos parecidos (algunos de alcance global como Karen Ann Quinlan en los 70 o Ramón Sampedro en los 90) terminó siendo un caso de distanasia, es decir: prologar innecesariamente la vida del paciente. Y esto es un círculo en el que más de uno de nosotros ha entrado: el momento en que los médicos –por razones jurídicas o profesionales, nunca humanitarias– deciden prolongar la vida del paciente aunque la decisión resulte otra tragedia tanto para el paciente como para quienes lo rodean, que se suma a la de la muerte anunciada. El miedo a la ley y al Estado y no una concepción de la vida sostienen los cuidados del paciente. El dossier se llama Potencias de la enfermedad y me pregunto hasta qué punto entra el aborto: el embarazo no sería una enfermedad, y el aborto no sería una cura.

Federica Torres: Justamente. No es una enfermedad pero se la trata como tal. Las políticas de la salud no son siempre sobre la enfermedad, la sobrepasan y la exceden. La mujer es el paciente ideal. Una mujer embarazada es una paciente, una mujer que quiere interrumpir el embarazo se transforma en una criminal. En la última marcha de #niunamenos el pedido por la legalización del aborto fue una de las consignas más importantes, aunque con un Papa argentino parece difícil que la cuestión avance mucho. En la marcha se entonaron muchas canciones. Les recomiendo leer “Boca a boca”, un texto que escribió mi amiga Julia Kratje que es buenísimo (y muy divertido pese a la gravedad del tema). Creo que la cuestión central tanto en el caso de la eutanasia como en el del aborto es que ante Dios como dador de vida no hay sujeto que pueda decidir sobre sí. Es un choque muy antiguo entre la voluntad divina y la del hombre.

Emanuel Rivero: Pero esa lucha en los tiempos actuales es aparente. Al defender la vida de Eluana la iglesia llega a una paradoja porque lo que hace no es defender el cuerpo creado por Dios sino el inventado por la tecnología. El cuerpo de la bella durmiente no se cubre de polvo (como quería Bataille) sino que está en un cuarto blanco, inmunizado y asistido por tubos, aparatos y todo tipo de instrumental médico (la medicina fue pionera en esto y con el estetoscopio, el oftalmoscopio, el laringoscopio, el speculum y los rayos X destruyó la sacralidad del cuerpo, lo tornó un medio que podía ser recorrido, transformado e intervenido). El cuerpo de Eluana es también el nuestro: un cuerpo lleno de prótesis –desde el celular hasta el marcapasos– que extiende su vida, sus sensaciones, sus percepciones y sus experiencias gracias a la técnica. Dios supuestamente nos da la vida, pero la sobrevida es un poder de la técnica. El caso de Eluana tiene una característica que lo hace excepcional: carece de voluntad y, por lo tanto, la voluntad de vivir se la debe proveer la Iglesia o el Estado (la familia, en este caso, preferiría “desconectarla”, palabra técnica que se usa en estos casos). La Iglesia invoca todo tipo de rezos (“Eluana despierta, quieren matarte”) y recuerda el talita cum (el episodio bíblico en el que Jesús dice “no está muerta, está durmiendo” y resucita a una niña). El Estado, con Berlusconi a la cabeza, recuerda que su cuerpo todavía es útil, productivo. “Puede menstruar –dice Berlusconi– por lo tanto puede tener hijos”. Religión y capitalismo, milagro religioso y económico para el pueblo televisivo. La salud es un lugar en el que se juega la soberanía política porque, como dice Espósito en Immunitas, “el Estado no existe por fuera del cuerpo de los individuos que lo integran. Esos cuerpos –todos y cada uno– son los que deben ser cuidados, estimulados, multiplicados como el bien absoluto del cual el Estado deriva su propia legitimación”. Berlusconi da en el clavo: si tiene menstruación, es un cuerpo productivo. La mujer –en esta visión de la Iglesia y del Estado– no se produce como tal, en su subjetividad, sino que se produce (y reproduce) justamente donde la subjetividad no tiene lugar. La mujer nunca puede saber lo que nosotros –los otros– sabemos sobre ella.

Rafael Bea: La mención de Berlusconi no es menor, así como la multiplicación de las pantallas de televisión a lo largo de toda la película de Bellocchio. Es más, el título de la película está tomado de Berlusconi, quien dijo que Eluana tenía "un bell'aspetto". Tampoco es menor la ambientación de la historia de 4 meses, 3 semanas, 2 días en la Rumania de Ceausescu. Hay acá una cuestión que vincula a ambos filmes y a buena parte del cine contemporáneo: si los gobernantes son metteurs en scène o directores por derecho propio, les toca a los directores de cine competir con ellos en la circulación de las imágenes. Bellocchio lo hace con Berlusconi y Mungiu con Ceausescu. Y ambos a partir de la misma pregunta: ¿qué hace el Estado con la vida de sus habitantes? Y si el terreno es la salud, es porque se trata de cuestionar la vida biológica como fin último del Estado para oponerle la vida vivida, la vida en común, la amistad (como la de Otilia por Gabita), el cuidado del otro (como el médico con la drogadicta). La defensa de la vida que hacen el Estado y la Iglesia no hace más que devastarla.

Federica Torres: Estoy pensando cómo la penalización del aborto hace a la subjetividad de la mujer y a su límite permanente: el castigo no por su descuido sino por ser mujer y su poder de dar vida. La despenalización del aborto, entonces, significa abolir el poder de castigo sobre el cuerpo de las mujeres. Paradójicamente cuando la mujer se embaraza pierde su cuerpo que ya se convierte en una cuestión de Estado. Y eso no solo si quiere abortar; también los partos están condicionados por un aparato médico que considera qué es lo normal, qué forma de parir es la adecuada y cómo la mujer debe adoptar cierta posición (acostada y nunca vertical). Albertina Carri hizo una película sobre el tema, uno de los documentales más políticos e intensos de los últimos tiempos: La bella tarea.

Rafael Bea: Hay que ver los procedimientos que utiliza cada uno para desmontar esas puestas en escena. Bellocchio vuelve a contar esas historias independientes que se entreveran y se relacionan por una tonalidad sombría que caracteriza todas sus últimas obras. De los directores actuales es el que encara las cuestiones más contemporáneas y cruciales: la violencia política en Buenos días, noche, el populismo mediático en Vincere y la eutanasia en esta película. Lo hace siempre de un modo coral y con pequeñas escenas que van construyendo diversos puntos de vista. Me interesó en esta película el papel que hace Isabelle Huppert, una creyente fanática que espera el milagro. Se la muestra rezando fervientemente pero también se reproduce en un televisor una escena de La verdadera historia de la Dama de las Camelias (1981) de Mauro Bolognini en la que el personaje de Huppert (obviamente Margarita Gautier) bebe sangre de vaca en un matadero. Una imagen que por sí sola cuestiona la relación antagónica y de separación absoluta entre vida y muerte, humano y animal, que plantea el personaje de Huppert y sus aliados católicos. Si la estrategia de Bellocchio consiste en la pluralidad y el antagonismo entre las imágenes, en Mungiu todo descansa en planos secuencias con una cámara que sutilmente hace sentir su presencia con pequeños movimientos y que nos ponen en una situación de observar todo lo que sucede en la pantalla.

Federica Torres: La escena que más me conmovió de 4 meses, 3 semanas, 2 días es el momento en que las dos amigas hacen entrar al señor Bebe al cuarto de hotel y comienzan a discutir el precio de la operación. El hombre, que parece tener una gran experiencia en este tipo de intervenciones, las maltrata y las asusta. En principio parece que se va a negar a hacer el aborto, pero después lo hace, tanto por el dinero que le ofrecen como porque Otilia accede a acostarse con él. El círculo se cierra: la mujer debe pasar por el dinero y por la violencia sexual para recuperar su cuerpo. Claro que cuando lo recupera ya es un cuerpo humillado, no sólo el de Gabita que debió entrar en la ilegalidad para interrumpir su embarazo, sino también el de su amiga, que debió prostituirse porque su cuerpo puede saldar deudas. Cualquiera que estuvo cerca de un aborto, sabe que además de la angustia de quien debe hacérselo, lo más siniestro es la desprotección, la incertidumbre sanitaria, la inclusión del dinero y la humillación del cuerpo. Además, está probado que las parejas masculinas o se borran o culpabilizan de modos muy sutiles a la mujer. Pese a que aparecen métodos cada vez menos traumáticos, como el misoprostol que hace que el embrión se desprenda y que reduce la intervención quirúrgica, la información se oculta y el peligro de quienes enfrentan un aborto –sobre todo si son pobres– es de riesgo de muerte.

Emanuel Rivero: Hay entonces según tu punto de vista una necesidad de ejercer y actualizar el dominio sobre la mujer y la ilegalidad del aborto es uno de esos momentos que, además, tiene semejanzas con la prostitución, la violencia de género y la apropiación del cuerpo femenino. El deseo de abortar aunque producido por una situación imprevista, marca, paradójicamente, una decisión de libertad y de rechazo del mandato de ser madre para ser mujer (este tono paradójico sobre ese deseo incorrecto e inconfesable se ve en la película de la pionera Agnès Varda, L’une chante, l’autre pas). La idea del cuerpo de la mujer como objeto de intercambio (deseo y mercancía) aparece en la película de Bellocchio cuando la drogadicta le ofrece sexo al médico y este se niega: ella descubre ahí algo sobre sí misma, o sobre las relaciones posibles, que hasta entonces le había estado vedado. Mungiu extiende la cuestión del cuerpo de la mujer como mercancía y muestra toda una sociedad (la rumana de Ceausescu) que funciona con un mercado negro, es decir un sistema en el que las cosas deben circular clandestinamente (como la prostitución). Casi todo debe comprarse a traficantes que no son criminales sino que son los que sostienen una sociedad de consumo de baja densidad. Es curioso que uno de los bienes más preciados de este tráfico –en la visión del filme– sean los cigarrillos que los personajes fuman en cualquier situación (es lo primero que pide Gabita después de abortar). La sociedad diseñada por Ceausescu produce, antes que bienes, angustia.

Federica Torres: Tenemos que esperar el milagro, aun los que no creemos en él. El Estado asume un rol mesiánico y sostiene una sacralidad de la vida que, en la práctica, no garantiza. Ya a principios del siglo XX el movimiento de antropofagia brasileño sostenía que la lucha en la tierra había sustituido la esperanza en el cielo. Oswald de Andrade, fundador de la vanguardia antropófaga, escribió: “Estamos frente a nuevos tiempos, en el umbral de lo que yo llamo la cultura de la libertad. Quien se asombra con un avión sin piloto no entiende que a él y al progreso técnico que representa corresponden la erótica moderna, traída por el desnudo y el deporte, la rapiña y el pronunciamiento político, el celibato y la gloria de Tarzán […] La mujer anda desnuda, con tres colores de cabello por año. Emancipada como el hombre, celibataria o divorcista. La comunicación por la radio, por el cine y por avión hizo de la humanidad una tribu tecnizada. Y del individuo, el parásito y el especulador novelesco. La propia muerte se descristianizó. Nos habituamos a la fatalidad y al peligro, como en la selva. El luto desapareció. Aceptamos con la frente alta la eutanasia y la cremación”. Lo dijo en una entrevista que le hicieron en los años cuarenta. Pobre Oswald, ¡no sabía los años que se venían!