Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2016

Estar al contacto, en contacto. Notas para un recorrido de lectura sobre la cicatriz

19 / 09 / 2016 - Por Alicia Vaggione

Leves o graves, las heridas y las marcas que dejan parecerían estar ahí para dar cuenta tanto de la vulnerabilidad que nos constituye como de la inmensa capacidad de la vida para generar nuevas formas cuando se siente amenazada.

La cicatriz como un motivo menor que cifra el contacto con el mundo o, más precisamente, el momento en que el mundo nos hirió. En las formulaciones de Jean Luc Nancy estar vivo significa estar expuesto al mundo. La exposición se liga con la vida y con la experiencia de vivir en una comunidad: “Existo en tanto estoy en relación con otros, con las otras existencias y con la alteridad de la existencia”. 

Me interesa la cicatriz como inscripción tangible y corpórea, en tanto expone, visualiza, hace patente –en estos tiempos de preeminencia del Photoshop- una apertura al mundo y a los otros que, claro está, no nos deja indemnes ni mucho menos intactos.

¿Qué se lee en una cicatriz? En primer lugar la persistencia, la huella de un evento o acontecimiento que se inscribió en la piel. La instancia en la que la superficie del cuerpo fue abierta, rasgada; pero también el pasaje, la plasticidad de lo orgánico en busca de nuevas formas. El espacio de resistencia de un cuerpo destinado a mantener su fuerza vital.

Ligada a la enfermedad, la cicatriz puede señalar el momento de un tránsito - la entrada a un territorio del que se volvió distinto, portando una marca-. Un signo que muestra la inmensa capacidad de un cuerpo que se repara o, por el contrario, la apertura a un tiempo finito que es el de la sobrevida. 

Indagar este tema supuso el encuentro con muchos materiales, películas que exploran la especificidad del cuerpo rasgado, muestras fotográficas que focalizan en las heridas producidas en las guerras, novelas o cuentos que se detienen en la singularidad de la piel. Entre idas y vueltas por esos materiales –con riesgo de no terminar nunca o de dar inicio quizá a un trabajo mayor que el que se presenta aquí- armé una serie, un recorrido por tres textos que hacen de la cicatriz un espacio de exploración en la que ésta alcanza relieves particulares, singulares.

Hay un escrito breve de Severo Sarduy, “El Cristo de la rue Jacob” que actúa como faro en este recorrido. Allí Severo esboza un relato de vida siguiendo las huellas de aquello que ha quedado cifrado en la piel. Este texto forma parte de un conjunto de escrituras en las que asediado por la enfermedad –muere a causa de sida en 1987- revisita el territorio de la vida y cierra de múltiples modos su obra. El tiempo que abre la posibilidad de la muerte le permite también ordenar su biblioteca, ese otro cuerpo.

Una escena abre este texto caracterizado por sus formas fragmentarias. Se trata de la evocación de una imagen que irrumpe y disloca el ritmo de la rutina urbana: “Tomaba una cerveza helada en el Pré-aux-clercs, en la esquina que forman las calles Jacob y Bonaparte, en París. De pronto, el tránsito se detuvo, para dejar pasar un camión descubierto y enorme. Transportaba, hacia alguna iglesia o hacia el cercano Louvre, un cuadro grande como una casa. […]Representaba a un Cristo flagelado, que contemplaba la rue Jacob, el bar y hasta quizá la cerveza helada. Comprendí en seguida que quería decirme algo. El Cristo, o más bien la Pintura, que siempre me ha hablado”.

Poder de interpelación de la imagen, intercambio de fuerzas entre el que ve y se siente visto. Esta escena que actúa con la fuerza de un toque, una afectación, propicia una escritura que traza su campo de fuerzas marcando las líneas de un cuerpo sufriente. Dibujo entonces de un cuerpo sobre el papel –sabemos que la otra pasión de Severo es la pintura- recorrido por las heridas, todas leves y menores al lado de las que en el presente se anuncian: “El cuerpo humano es una máquina. Lo sostiene vertical un sistema de bisagras. Las mías se abrieron, se desunieron”. En línea descendente, la escritura recorre el cuerpo desde la cabeza a los pies y evoca distintos momentos de la vida en los que fue herido.

Jacques Derrida, en diálogo con Nancy, formula su ensayo sobre el tocar. Y dice: “… en el mundo, ningún viviente puede sobrevivir un instante sin tocar, es decir, sin ser tocado. No necesariamente por otro viviente, sino por algo =X. Se puede vivir sin ver, sin oír, saborear, oler, pero no se sobrevivirá un instante sin estar al contacto, en contacto. Es aquí donde, más acá o más allá de cualquier concepto de sensibilidad, el tocar significa `ser en el mundo’ para un viviente finito”.

Centrado en la piel como órgano del tacto, como superficie que a la vez conecta y separa, “El Cristo…” de Sarduy narra la exposición del cuerpo en sus múltiples formas. A un exterior que lo atraviesa, una espina que se incrusta en el cráneo y la intervención quirúrgica que adviene a continuación o a un golpe que requiere de cuatro puntos de sutura en la ceja izquierda y posibilita la continuación de la escritura de su novela Colibrí en un momento de detención. La primera operación realizada en la infancia, marca un momento exquisito del escrito, en tanto la herida produce un saber, el de que se tiene un cuerpo distinto de aquel encargado de protegerlo: “El contacto helado con el anestésico me ensimismó. Aquel dolor fue mío. No era el cuerpo de mi madre el que sufría (…) sino otra materia, otra extensión. Nos habíamos separado en el dolor, en el intersticio de esa herida mínima. Ahora sabía que era dueño de otra piel”. A un adentro del mismo cuerpo que se manifiesta, el relato de una operación de apendicitis. Nuevamente aquí la cicatriz produce un saber que se corresponde con la vulnerabilidad del cuerpo: “… paseando antes de la operación (…) mi propio cuerpo se me presentó como un continente, un envase opaco y frágil siempre presto a romperse: vaso rebosante de vísceras”. El recorrido por el cuerpo vivido también da lugar a la evocación de una escena primigenia, la de la escisión umbilical. La narración se detiene en la extracción de una verruga que como marca del presente ostenta el sida. Un diálogo con el médico que asiste entra al texto: 

- ¿Siente algo? –me dijo.

- Nada – le respondí con esa seguridad que el manejo de los micrófonos me ha enseñado a fingir.

- O más bien –añadí enseguida- si siento algo. Pero no es aquí. Algo se está quemando en el barrio.

- No es en el barrio –replicó. Ya le he extirpado la verruga y ahora le estoy cauterizando la piel. Huele a carne humana chamuscada.

- Los judíos –añadió sin inmutarse- conocemos muy bien ese olor.

 

La inflexión es clara, un orden del exterminio, una memoria de la muerte colectiva, ingresa a este relato de marcas dérmicas. La dimensión epidémica del sida en la instancia que despliega su mayor fuerza mortuoria. Para Sarduy “el sida es un acoso. ¿Quién será el próximo?...”, algo que viene a desbaratar el proyecto de una vida, de muchas, proyectando la amenaza de una próxima cancelación.

Las experiencias que se narran se enlazan en contacto con otros cuerpos, vivientes o no, por los que se es afectado. El cuerpo que acaricia (la indistinción primera entre el cuerpo de la madre y el niño), la mirada que retorna para proteger de la soledad actual (la del padre), las distintas formas de lo que se enuncia como el manoseo (aquellas donde el cuerpo queda abierto a “otra sed” que es la del placer o a otra manipulación como la que activan los médicos y los enfermeros). La escritura juega con aquellos elementos químicos que transforman al cuerpo, ya sea en el territorio hospitalario donde lo anestesian o adormecen o con aquellas sustancias que lo modifican para producir también distintos efectos de suspensión, alteración, estimulación de los sentidos. Hay una línea que atraviesa el escrito, en términos de lo que Sarduy llama “la prosa del cerveceo”. Ceremonia que invita a la distensión: “No hablo del etilismo ensimismante y crónico, que cuenta ya con las vastas literaturas complementarias de la Represión y de la Medicina, sino de esa celebración, aunque benigna compulsiva, que solo aspira al estado de alegría, a una pasajera irresponsabilidad, a un desasirse, por las horas del breve mediodía, del peso de sí mismo”.

Esbozado en el tiempo de una muerte que se presiente cercana, la escritura de “El Cristo…” bordea la frontera imprecisa de dos espacios de silencio: el que precede al nacimiento y el que continúa a la muerte. La viñeta –como llama el texto a estos fragmentos que componen esta arqueología de la piel- nominada “Onfalos” (ombligo en griego), incluye la lectura de François Wahl –compañero de Sarduy- quien afirma que “Todas las cicatrices remiten a una sola: la escisión umbilical, la única invisible”. El relato se resiste con fuerza a evocarla en tanto implica adentrarse en la dificultad de narrar una historia recibida, que hace hincapié en la dificultad por venir al mundo: “Nací ahogado. […] De allí que su roce me estremezca, como la amenaza de un ahogo, como el regreso de un silencio, antes del grito y del aire, silencio que debe ser idéntico al otro: a ése, final que sucede al nacimiento al revés”. En otros escritos de Sarduy sobre la enfermedad, el sida se liga a una especie de asfixia, a un aire viciado, contaminado, seco.

Detengo este recorrido, en un momento en que se lee: “cada uno podría, leyendo sus cicatrices, escribir su arqueología, descifrar sus tatuajes en otra tinta azul”. Sigo este enunciado como si fuera una invitación para considerar otros textos que hacen de la herida, fantaseada o encarnada, su objeto.

II

Cambiamos de paisaje. En “Palabras para una fábula” del libro Zona de derrumbe de Margo Glantz el relato se centra en la experiencia de una mujer, Nora García, que entra en una sala hospitalaria para hacerse un examen de mamas tras descubrir una protuberancia en su pecho. La fuerza de este cuento parece condensar tanto la ligereza de un examen de rutina como el peso de los miedos que produce.

La escritura de Glantz funciona con la precisión de un bisturí para desentrañar sentidos y temores, sondear registros superpuestos en esa zona del cuerpo femenino: “El seno, especie de esfera de tejido graso, con venas, a veces consistente y con el tiempo blando, fofo, ridículo, caído (…) sujeto a las lesiones, a las herencias, a los genes, a la devastación, a la naúsea y, por fin, a la muerte”.

El relato alterna el ingreso a la sala de estudios –en que la máquina prensa los senos mientras las enfermeras, entre protocolares, melosas y autoritarias, asisten – con las lecturas que el personaje realiza y los pensamientos que su temor produce. La escena de lectura que se construye trae al cuento una revista femenina que da cuenta de nuevas técnicas para detectar el cáncer de mama y una novela en la que uno de los personajes acaba de parir, ha sufrido una cesárea y una histerectomía. Luego del parto, sus pechos devienen fuente de alimentación. Sigilosamente entran en la narración las marcas que, ligadas a los cuerpos femeninos, recogen las huellas que suele dejar el nacimiento o la extracción de los órganos ligados a la reproducción.

El relato se inicia con una cita de Octavio Paz que el personaje trae al cuento: “las palabras chillan como putas”. Es este chillido el que ingresa a la historia que se narra, un chillido lleno de los ecos que sobre las representaciones de esta enfermedad se cifran. Un ruido, una activación delirante de sentidos que tal vez alcance su punto mayor cuando Nora García imagine, sin diagnóstico preciso, movida por su angustia, una intervención en la que el seno será extraído. Al mismo tiempo, Nora recuerda otra escena de mutilación –una operación de extirpación sin anestesia a comienzos del siglo XIX- la historia de Fanny Burney, intervenida en París en 1811. Las palabras chirrían y Nora se deja atravesar por el fantasma y la fabulación de su propia operación.

En tinta azul, el cuento escribe la invención de una cicatriz. Y en esa invención traza un devenir que va desde la herida –el corte, el tajo- hasta y hacia su cicatrización: “¿Ablación de mama? pronuncio en voz alta las palabras, me queman los labios, resplandor y puñal, ¿tendré que sufrir una mutilación?, pues es eso, una mutilación, espejo y resplandor, ¿no significa eso la palabra ablación?, separación o extirpación de cualquier parte del cuerpo (…) Sí, la ablación de mamas, una herida oscura y luminosa, un dolor mitigado por la anestesia: deja una cicatriz, un corte irregular practicado en una esfera de carne globulosa” (…) “A veces, la cicatriz sigue doliendo por un tiempo indefinido, se dan sesiones de radioterapia después de la cirugía, se ponen inyecciones con medicamentos especiales para ayudar a sanar la herida y más tarde se dan masajes que combaten la inflamación”(…) “Más adelante cuando la piel cicatrice (…) las arrugas comenzarán a insinuarse, se formarán y se alterarán …”.

Como se lee en las citas, hay un proceso de transformación del cuerpo que se secuencia. Un primer momento que señala la dureza del corte cifrada en la etimología –más el ingreso oblicuo de una información, la anestesia como un logro del campo de la técnica que aquí se contrapone al relato de la intervención de principios del XIX-. Un segundo que hace ingresar diferentes formas del cuidado que requiere y solicita una herida. Y un tercero que se asoma al devenir, a la mutación de un cuerpo que traza de nuevo su área y se recompone. El cuento termina con el personaje vistiéndose para continuar con su rutina, a la espera de un diagnóstico.

Los temores cifrados en el texto de Glantz y la fabulación en torno a la cicatriz son objeto de otras torsiones en el trabajo de la escritora y fotógrafa Gabriela Liffschitz ya entrevisto en este dossier.

Un cambio de registro sustancial marca el pasaje desde el terreno de la ficción al de la experiencia. La producción de Liffschitz se efectúa en el marco de un transitar la enfermedad. Leído desde el presente, su trabajo revela una capacidad inmensa de reinvención, transformando –para usar sus palabras- la circunstancia en un recurso. Algo del orden de la efectuación del acontecimiento –según señala Deleuze- se esboza en el gesto de experimentar no exactamente “lo que sucede (como una resignación) sino algo en lo que sucede”. Ese registro, ese darle voz e imágenes a lo que acontece, es lo que atraviesa la apuesta estético política de las producciones de Liffschitz sobre la enfermedad cuya fuerza de irradiación no disminuye con el paso de los años.

Recordemos que Efectos Colaterales, en el ensamble de textos y autorretratos, muestra un cuerpo que ha sufrido una mastectomía. En el cuerpo que vemos en las fotografías se pone en evidencia la falta, la mutilación sufrida. Pero el seno ausente, lejos de ocupar el centro de la escena, parece jugar en la composición fotográfica como límite inicial que determina el momento en que el ojo comienza a leer. Una vez que el ojo comienza el recorrido, la presencia del seno ausente se difumina y el cuerpo muta para dar lugar a otras formas que no tienen que ver con la mutilación o la presentación de un estado agónico. Lo que vemos es el devenir de un cuerpo que se transforma, atraviesa fronteras, deviene andrógino, mujer fatal, mujer niña. Una potencia del devenir se actualiza en este material mostrando, como señala Paola Cortés Rocca, que “la enfermedad no es un camino de dirección única”.

En esta transformación la piel adquiere una presencia inusitada. La piel y la cicatriz que atraviesa el pecho son objeto de atención. No se trata de una lectura de las marcas de un pasado que se inscribió en el cuerpo como en “El Cristo…” de Sarduy, es la piel en el registro de lo que acontece. Es eso que está sucediendo, lo que la mirada de Liffschitz capta y lo que le interesa captar: “La piel esta ahora al descubierto como nunca lo ha estado antes. De una realidad abundante y suave, la piel está ahora expuesta (…) No hay vello, no hay sombra (…) Descabellado, el cuerpo es algo distinto, terso, una textura de niña, olvidada”. La piel también deviene otra bajo las líneas coloridas del tatuaje que adquiere su esplendor decorando el cuerpo: “Algo de la serpiente se constituye ahora en mi cuerpo (…) Recorro como podría hacerlo ella, las texturas, el aliento, en un cuerpo a tierra constante (…) me rozo, lo que toco me toca, como nunca”.

Por último, la cicatriz que se dibuja sobre la piel en lugar de la herida también es objeto de lectura: “En el medio del pecho me nace un signo, no es una línea como pensaba, no es un tajo duro y firme como un rasgo de carácter, es un signo, como una `z’ demasiado horizontal, tal vez la tilde de una ñ. Miro con detenimiento, miro ahora que puedo las transformaciones casi imperceptibles de la carne. Tal vez lo logre, tal vez un día sus mutaciones la lleven de la simple herida a la perpetuación de alocados arabescos, o tal vez incluso –otra vez- hasta la turgencia del pecho”.

La marca dejada por la operación funciona aquí como un inicio, un signo de nacimiento. La mirada registra las transformaciones de la carne, una materia en estado de variación que en un cruce en el que los tiempos se suceden tanto como se superponen, podría llegar otra vez a la turgencia del pecho porque tal vez, encarnar la herida sea también la forma de imaginarla.

 

En cada uno de los materiales indagados, el tema de la cicatriz –en tanto motivo que exige una mirada micro de quien intente considerarla- alcanza sus propios contornos, da cuenta de una singularidad que, no obstante, ilumina una zona común. Lo que los una quizá sea la puesta en conjunto de una precariedad que nos alcanza a todos en tanto sujetos expuestos al mundo. Leves o graves, las heridas y las marcas que dejan parecerían estar ahí para dar cuenta tanto de la vulnerabilidad que nos constituye como de la inmensa capacidad de la vida para generar nuevas formas cuando se siente amenazada.

Lo femenino, la presencia de lo femenino, me parece se hace muy presente en los tres textos considerados. En el trabajo de Sarduy con la referencia a esa relación inicial con la madre, en la que asistimos a una escena de indistinción primera entre los cuerpos. En el trabajo de las escritoras que orientan nuestra atención a esa dolencia propia de las mujeres situada en los pechos. Los temores que se actualizan en el texto de Glantz –que son un poco los de todas-, la configuración de los senos como lugar saturado de significaciones –la sexualidad, la maternidad y el alimento, entre otras-, sus recorridos en torno a un cuerpo femenino marcado por los signos del nacimiento. La inmensa potencia de la propuesta de Liffschitz, su capacidad para sacudir nuestra forma de mirar y generar otros modos de apreciar, entender, padecer, acompañar.

Como sea, quise escribir sobre la cicatriz en su instancia corpórea, en el punto que nos atraviesa y se inscribe en la piel. Siempre como signo plural que remite al evento que la inscribió, que revela el momento de un derrumbamiento o el de una emergencia, en la que la piel desollada traza otra posibilidad.

La herida y la cicatriz –que no es la llaga, en tanto esta permanece en carne viva- como espacio de una revelación.

 

Bibliografía

Cortés Rocca, Paola. “Gabriela Liffschitz: intervenciones y contagios”, en el informe Potencias de la Enfermedad, Informe Escaleno, julio 2016.  

Deleuze, Gilles. Lógica del sentido. Barcelona: Paidós, 1989. 

Derrida, Jacques. El tocar, Jean Luc Nancy. Buenos Aires: Amorrortu, 2011.

Glantz, Margo. Zona de derrumbe. Rosario: Beatriz Viterbo, 2006.

Liffschitz, Gabriela. Efectos Colaterales. Autorretratos y textos. Buenos Aires: Norma, 2003.

Nancy, Jean Luc. La comunidad desobrada. Madrid: Arena libros, 2001 

Sarduy, Severo. El Cristo de la rue Jacob. Barcelona: Ediciones del Mall, 1987.