Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2016

Michel Houellebecq y el placer de odiar

25 / 09 / 2016 - Por Nicolás Mavrakis

Como parte del informe dedicado a los iconos culturales que están fuera del canon de lo políticamente correcto, Mavrakis propone una lectura de Houellebecq menos simplista que la condena moral.

Hay un libro del crítico literario y profeta romántico William Hazlitt ‒alguien sobre el que, para hacerse una idea, Wikipedia cuenta que “tuvo una aventura con una doncella de la casa donde se alojaba que le provocó una especie de apoplejía”‒ que se llama El placer de odiar. Pero a diferencia de lo que hoy ofrecería un libro cualquiera con un título parecido, lo que Hazlitt hace en El placer de odiar, que se publicó en Inglaterra en 1826, no es una lista tediosa ni cómica de situaciones, objetos o personas odiables, ni enumera los motivos por los que podría ser válido o atractivo odiar (aunque sí dice, por ejemplo, que “las viejas amistades son como las viandas servidas repetidamente: frías, tristes y desagradables”). Lo que en cambio le interesa a Hazlitt, y lo que motiva que algunos lo consideren a la par de Samuel Johnson, es más interesante. Hazlitt quiere hacer del odio un placer inteligible. Hazlitt no se conforma con odiar, Hazlitt quiere pulir el lente de su odio, afinarlo, sintonizarlo, convertir la onda expansiva de la rabia en un rayo láser. Puesto en términos “pop”, William Hazlitt no condesciende a un odio repentino y amateur de vedette al estilo de Intrusos en el espectáculo; William Hazlitt aspira a convertir su odio en la fuerza de un Lord Sith de La guerra de las galaxias. Y eso es lo que hace casi un año, en una mesa redonda en la Alianza Francesa de Buenos Aires dedicada al escritor Michel Houellebecq, no pasó. En esa oportunidad, la voz importante era del filósofo Tomás Abraham y la ocasión era prometedora. Houellebecq, de hecho, suele prestarse a las ocasiones para el castigo más espectacular ‒en un combo estándar que incluye acusaciones de misoginia, racismo, islamofobia, erotomanías múltiples, oportunismos comerciales y una mala prosa, como explica Julian Barnes en un gran artículo sobre “el odio y el hedonismo”‒ pero, aun así, y con todo eso a su favor, sin abandonar un manejo envidiable del público ‒que era sin dudas su público‒, lo que Abraham hizo fue invertir el tiempo ‒que era sin dudas su tiempo‒ en aclarar que su relación con Houellebecq como lector era distante y fallida (algo sobre lo que, es cierto, podría imaginarse una réplica idéntica por parte del escritor si fuera interrogado sobre el filósofo). Aun así, en principio, Abraham había leído algunos libros de Houellebecq. Pero apenas algunos. Y los títulos de lo que había leído se le confundían, o al menos él los recordaba casi fastidiado y como si fueran intercambiables.

De hecho, lo que Abraham se ocupó de aclarar era que eso que había leído, y que en ese momento le resultaba difícil recordar, le había resultado previsible, poco estilizado, una literatura irrebatible en el peor sentido. Sobre todo porque ‒y esto lo subrayó‒ el problema de Houellebecq, según sus lecturas fragmentarias y casi olvidadas, era que su única meta obvia como escritor era provocar, incomodar, hacer el comentario incorrecto en el instante más inoportuno (esto no es literal, pero el ejemplo que dio Abraham fue algo así como el de alguien que, digamos, estuviera siempre dispuesto a contar un chiste ominosamente obsceno en una fiesta de bautismo y sentirse satisfecho). La verdad es que como parte de esa audiencia en la Alianza Francesa de Buenos Aires, pero, sobre todo, como lector de Michel Houellebecq, mi sensación fue de decepción. No porque esperara una fiesta infantil dedicada al autor de Las partículas elementales ‒en París, ajeno a todo‒, sino porque aquel odio, para volver al asunto de Hazlitt, resultaba demasiado chirle, demasiado incompleto, excesivamente fallido. Al fin y al cabo, ¿por qué no exigirle más al placer de odiar? Sobre todo porque de eso se trata la literatura de Houellebecq (si no toda la buena literatura), y porque también es la trampa a través de la cual Houellebecq mismo suele terminar encasillado en una versión casi snob de un conservadurismo aparente que es más fácil condenar que entender. Por supuesto, la confusión entre lo que se ocupa de representar y decir como autor en sus entrevistas y lo que se ocupa de hacer como poeta y novelista en sus libros no es una de las cuestiones menos atractivas de la literatura de Michel Houellebecq. De hecho, no sería del todo incorrecto señalar que esa confusión es exactamente la cuestión houellebecquiana. Y lo que eso demanda, como problema literario, es una lectura cuidadosa (de ahí que si uno no se ocupa de examinar en serio los libros de Houellebecq, sea la versión mediática, la del misógino y el islamófobo, la del eficiente provocador, la que tiñe cualquier ánimo epistemológico con repudios light). Pero ese es un problema estrictamente literario, incluso en su definición menos aburrida. Lo crucial, lo que convierte a Houellebecq en un placer exigente, es que en esa confusión, y a través del pliegue entre lo que se dice en un lado y se escribe en otro, es el propio Houellebecq quien, en la tradición de William Hazlitt ‒y Howard Phillips Lovecraft, como Houellebecq señala desde 1991 en Contra el mundo, contra la vida‒ también enseña a odiar.

¿Pero cómo se enseña el placer de odiar? Entre los ejemplos de Hazlitt, el primero es una araña. Hace un siglo, escribe Hazlitt en 1826, “un niño, una mujer, un patán o un moralista habrían aplastado a la bestezuela reptante hasta matarla”. Pero su filosofía del odio va más allá: “no deseo ningún mal a esta criatura, pero detesto el solo hecho de verla”. No hay duda de que Michel Houellebecq también entiende en su literatura que “el espíritu de malevolencia sobrevive a su aplicación práctica”, como propone Hazlitt. Y es por eso que el ingenio houellebecquiano para la injuria confunde casi sin esfuerzo, si no a “niños”, sin duda a mujeres, patanes y moralistas. Este, por ejemplo, es Houellebecq en Ampliación del campo de batalla, su primera novela, haciendo una pausa para describir a las mujeres que hacen terapia. “Una mujer que cae en manos de un psicoanalista se vuelve inadecuada para cualquier uso, lo he comprobado muchas veces. No hay que considerar este fenómeno un efecto secundario del psicoanálisis, sino simple y llanamente su efecto principal. Con la excusa de reconstruir el yo los psicoanalistas proceden, en realidad, a una escandalosa destrucción del ser humano. Inocencia, generosidad, pureza… trituran todas esas cosas entre sus manos groseras”. Si en el país de Jacques Lacan una frase por el estilo implica de por sí una daga profunda, leída en Buenos Aires, donde la demografía de divanes está entre las más altas del planeta, el efecto dista de perderse. Pero el error del amateur es confundir primero la voluntad de poder de los psicoanalistas con la maleabilidad de las mujeres ‒“chicas estupendas pero un poco perdidas”, aclara el narrador‒ y después confundir al psicoanálisis y las mujeres más allá de las páginas de Ampliación del campo de batalla con el psicoanálisis y las mujeres tal como Houellebecq las necesita en su novela, es decir, como artefactos suplementarios y en absoluta disposición de un déficit universal de amor y un superávit universal de sexo. La clave del placer de odiar, por supuesto, está en el dominio profesional de la mixtura, en lo “pringoso” ‒para usar palabras de cualquier traductor de Anagrama‒ entre la forma literaria y su relación con la sociedad de la que surge. La verdadera pregunta incidental, por lo tanto, sería esta: ¿cuántos otros escritores son capaces hoy de escribir una frase que se perciba primero como afrenta y después como arte? Pero para llevar la cuestión a su punto más inflamable conviene sacar al psicoanálisis del medio y concentrarse en las mujeres.

Este es Houellebecq en la voz de Daniel, el humorista que protagoniza La posibilidad de una isla, mientras hace un balance mental de su existencia y maneja un Mercedes 600 SL. “Yo le había dado demasiada importancia a la sexualidad, era indiscutible; pero el único lugar del mundo en el que me había sentido bien era acurrucado entre los brazos de una mujer, acurrucado en el fondo de su vagina; y, a mi edad, no veía ningún motivo para que aquello cambiase. La existencia de la concha ya era en sí una bendición, me decía; el mero hecho de poder estar ahí dentro y sentirme bien ya era suficiente motivo para seguir con aquel lamentable periplo. A otros no se les presentaba esa oportunidad”. La clave, de nuevo, es evitar los tentáculos simplistas de la corrección política (a la que nunca le faltarán oportunos defensores). Y es por eso que, ante el grito instantáneo e indignado de un feminismo deseoso de rastrear machismos y cosificaciones, conviene plantear con serenidad una pregunta de tenor casi bíblico: ¿qué hay detrás de esa idea de la mujer como auténtica casa del hombre? La trampa, otra vez, está en ese artificio ‒y “el fondo de su vagina” es uno elocuente‒ a través del cual lo que parece en principio un grito triunfal de posesión masculina es, si se lee con cuidado, el reclamo angustiado de un hombre cuyos pies solo pueden apoyarse sobre la realidad gracias a una mujer (y no es por azar que “una mujer”, con esa singularidad única, aparezca en lugar del más caótico y coyuntural plural de “las mujeres”). ¿Es entonces Michel Houellebecq un romántico? ¿O es un ordinario pornógrafo machista? No hace falta ser Harold Bloom para aproximarse a una respuesta: ahí están, envueltos en una aparente vulgaridad, el anhelo eterno, la alusión melancólica del recuerdo, incluso la descripción de un orden sublime que, a partir de lo más carnal, se eleva hacia lo trascendente (“ya era en sí una bendición”). ¿Es así como hablan y piensan los románticos que idealizan el amor o es así como hablan y piensan los pornógrafos que fetichizan el sexo? ¿Ayudaría añadir que La posibilidad de una isla es una novela que, entre otras cosas, se ubica en ese preciso conflicto? De hecho, son cuatrocientas treinta y nueve páginas que requieren todo el interés posible de aquellos interesados en el verdadero placer de odiar.