Tema del Mes

OCTUBRE 2016

Las mentiras de los mapas en la era del fetichismo tecnológico

02 / 10 / 2016 - Por Carla Lois

Accidentes evitables, trastornos cognitivos y otras evidencias de que la masificación cartográfica avanza inhibiendo la capacidad de establecer vínculos inteligentes y sensibles con los espacios que habitamos.

Una mentira no tiene poder alguno por su mera enunciación, 

su poder surge cuando alguien más está dispuesto a creer en ella. 

Pamela Meyer (1)

Que la publicidad es engañosa, que sus fotos están retocadas, que los porcentajes de efectividad de los productos que promocionan están dibujados y que nada de lo que compremos va a lucir tal como nos lo están vendiendo está amplia y socialmente aceptado. No lo decimos así, pero sabemos que la publicidad miente.

En cambio, no le permitimos nada de eso a los mapas: una de las imágenes más incontestables, a las que el público general no se atreve a poner en cuestión, son los mapas. Probablemente, hasta hace pocos años, la fotografía también disputaba este trono, pero el desarrollo de las tecnologías digitales que permiten a un usuario medio intervenir y alterar las fotos con métodos caseros e intuitivos (es decir, no profesionales) le ha hecho perder un poco ese aura que tanto desveló a Walter Benjamin, Susan Sontag, John Berger, y varios otros.

En el caso de los mapas, ocurrió todo lo contrario: las nuevas tecnologías y la masificación del uso de herramientas tales como GoogleMaps o los GPS, en lugar de despertar consciencia sobre la capacidad de manipular las imágenes cartográficas, incrementaron potencialmente la confianza casi ciega que los usuarios depositan en esos dispositivos para moverse en el mundo porque se transformaron en herramientas de uso corriente que resuelven asuntos concretos tales cómo cuál es es la mejor opción para ir de un lugar a otro.

Hay algo peor: estuvimos a punto de empezar a pensar críticamente la representación del mundo que ofrecen los mapas cuando se inició la moda de criticar el llamado mapa Mercator afirmando que con ese planisferio se imponía una visión eurocéntrica del mundo. Lo curioso es que muchos de esos críticos son docentes que siguen pidiendo a sus alumnos ese mismo “mapa mundo proyección Mercator” para hacer las tareas escolares aunque en el mercado (y en internet, claro, también) hay muchos otros mapas con proyecciones diferentes. Esto demuestra la pereza intelectual de esas críticas y la incapacidad de repensar la cuestión cartográfica de nuestro tiempo. En fin: el pobre Mercator tuvo que pagar los platos rotos de esos adalides de la corrección política que, sin saber nada de proyecciones cartográficas (y las distorsiones que necesariamente generan), lo acusaron de cosas que el propio Mercator nunca intentó hacer.

Por ahora, pasemos eso por alto (en otro momento me dedicaré a reivindicar la figura de Mercator y su invaluable legado para la cartografía moderna). A lo que voy es que justo cuando, al menos para ser políticamente correctos, justo cuando todos salían a criticar a Mercator y a agradecer a Arno Peters, a Arthur Robinson y a otros que vinieron a hacer “justicia cartográfica” con mapas que (equivocadamente) eran considerados menos distorsionados, aparecieron las aplicaciones de GoogleMaps y GoogleEarth, y los dispositivos de geoposicionamiento como los GPS para automóviles y para teléfonos celulares. Y ahí retrocedimos veinte casilleros –sobre todo respectos de las revisiones críticas que pulularon desmontando los que “daban poder” a las fotografías y a otros métodos de producción mecánica de imágenes.

Mentiras piadosas: los mapas también son un negocio

Durante varios siglos, los mapas incluyeron lugares míticos, ficticios o inexistentes. Alberto Manguel y Gianni Guadalupi publicaron una Guía de lugares imaginarios, magníficamente ilustrada por Graham Greenfield, en la que recopilan casos célebres y otros menos conocidos en los que los mapas son el terreno donde convive lo inexistente con las geografías reales. Aun más: hubo islas que oscilaron entre ser consideradas ficticias y reales a lo largo del tiempo.

La isla Brazil apareció en algunos planisferios en el siglo XIV y sobrevivió allí durante más de cuatro siglos. Cuando empezó a sospecharse de su inexistencia, en los mapas fue inscripta como “Imaginary Isle of O Brazil” -así aparece en “Chart of the Atlantic Ocean, with the British, French, & Spanish settlements in North America, and the West Indies” de Thomas Jefferys publicado en Londres en 1768.

Un ejemplo en el sentido contrario es el de la isla Pepys: en el mapa de Jean Baptiste Bourguignon d’Anville de 1775 (2) figura como “Pepys I. Imaginary”, pero en el mapa de Guillaume Delisle (Carte d'Amerique, ca. 1800) la isla Pepys ya no tiene el mote de imaginaria, lo que sugiere que es tomada por cierta. 

Aunque existe el convencimiento de que las nuevas tecnologías resolvieron todas esas dudas de los cartógrafos dieciochescos y creemos que los mapas ya no incluyen geografías imaginarias, descubrimos que los cartógrafos contemporáneos hacen otro uso de las geografías ficticias, ya no para reproducir leyendas fantásticas o para dar crédito a los relatos de algunos viajeros sino, ni más ni menos, que para preservar sus negocios.

En otras palabras: si los mapas no siempre dicen la “verdad”, es porque ciertos cartógrafos y/o los editores encuentran alguna ventaja en ello. La gran mayoría de los mapas producidos por firmas comerciales para la distribución en el mercado incluyen deliberadamente elementos inexistentes, equivocados o ficticios, con diferentes objetivos. Se sabe que las empresas que publican planos urbanos, mapas de rutas e incluso sistemas de orientación digitales (GPS) incluyen “pequeñas ficciones” o, en inglés “Copyright Easter Egg”: calles que no existen, algún riachuelo, puentes (o algún otro detalle menor) inexistentes pero incluidos en los mapas son usados como marcas que las empresas usan para detectar casos de plagio en los que esos mapas son copiados y reproducidos por otros comerciantes sin la debida autorización y, por supuesto, eludiendo el correspondiente pago de derechos de autor. 

Entre estos intentos por controlar la copia ilegal de mapas comerciales, se ha llegado a “crear” ciudades enteras: recientemente Google eliminó de sus mapas una pequeña localidad neoyorkina denominada Agloe que nunca existió pero figuraba en los mapas desde 1925, cuando fue inventada por un par de cartógrafos estadounidenses para chequear si sus mapas eran copiados por empresas de la competencia (3). Hoy en día, Argleton, en el Reino Unido (que según Google Maps se emplaza junto a la ruta M58), sigue apareciendo en muchos mapas aunque es de público conocimiento que es un poblado que jamás ha existido.

No se trata de errores, equivocaciones o imprecisiones que resultan de la falta de tecnología adecuada para registrar y cartografiar las geografías (4). Se trata de “mentiras piadosas” que forman parte de las políticas editoriales y que procuran proteger la rentabilidad del negocio. Por lo tanto, aunque suele asumirse que los mapas producidos con las tecnologías más modernas son los más precisos, hay que reflexionar sobre el uso que se hace de las tecnologías: evidentemente, el fetichismo de la tecnología a veces lleva a olvidar que hay actores que las producen y las usan con fines específicos, incluso para incluir imprecisiones deliberadas que decepcionarían a cualquier usuario… si las detectara.

Los mapas no sólo mienten: nos convencen

Los mapas formatean la mirada, nos hacen creer que vemos cosas que en realidad no vemos. Por eso decimos que son imágenes performativas que producen realidades (en este caso, la real sensación de percibir con los sentidos algo que no existe como tal en lo real)

Cuando el astronauta John Glenn regresaba de su primer vuelo orbital expresó con perplejidad: “I can see the whole state of Florida just laid out like on a map” (5). Pero si observamos la fotografía que Glenn tomó en el momento de expresar esta frase, veremos que allí se ven nubes, un gran mar y una silueta peninsular que parece ser efectivamente La Florida pero podría ser casi cualquier otra. Por otro lado, casi cualquier mapa de la península de Florida repite algunos elementos básicos: líneas de límites interestatales, topónimos, puntos que indican ciudades y colores, entre otros. Nada de eso aparece en la foto de John Glenn, y sin embargo, el astronauta asegura que está viendo casi lo mismo que en un mapa. 

Esta experiencia de John Glenn no es excepcional ni única: muchos de nosotros, cuando viajamos en avión, hacemos el ejercicio de intentar reconocer los lugares según las formas que aprendimos en los mapas. Es decir: los mapas nos enseñan a mirar, y –más todavía- nos enseñan que reconocer formas es una forma de mirar. Tal vez por eso nos sentimos tan estafados cuando descubrimos que en los mapas que adoptan la proyección Mercator hay aberraciones tales como que América del Sur aparece tan grande como Groenlandia cuando esta última tiene apenas un octavo de la superficie del continente americano. Es que, desde pequeños, aprendemos que la geografía casi se reduce a mirar y a reconocer formas y tamaños que aparecen en los mapas. Si no las vemos tal como están en los mapas, desconfiamos de ellas.

La literatura confirma esta concepción social y cultural del mapa. En la novela de Mark Twain, Tom Sawyer en el extranjero (1894), Tom, Huck Finn, y su compañero Jim vuelan sobre los Estados Unidos en un globo aerostático hacia Europa:

-Si fuéramos tan rápido como parece, ya deberíamos estar más allá de Illinois, ¿no? -Sin duda

-Bien, pero no estamos

-¿Cómo sabes que aún no llegamos a Illinois?

-Lo sé por el color. Estamos todavía sobre Illinois. Y puedes comprobar por ti mismo que Indiana no está a la vista

-Huck, ¿lo sabes por el color?

-Sí, por supuesto.

-¿Qué tiene que ver el color con todo esto?

-El color lo dice todo. Illinois es verde, Indiana es de color rosa. Muestrame algo color de rosa por aquí, si se puede. No, señor; todo es verde. Así que no llegamos a Indiana.

-¿Indiana de color rosa? ¿Por qué? ¡Qué mentira!

-No es ninguna mentira. La he visto en el mapa y es rosa.

Nunca hubo una persona tan disgustada como Tom ante este argumento. Entonces pensó: “bueno, si yo estuviera tan seguro como Huck Finn, saltaría desde aquí, confiado en lo que he visto en el mapa”. 

-¿Crees que los estados tienen, desde el aire, el mismo color que el mapa?

-¿Para qué sirve un mapa? ¿Acaso no sirve para conocer los hechos?

-¡Por supuesto!

-Bueno, entonces, ¿cómo va a dar a conocer hechos si dice mentiras? Es lo que quiero saber

-Diablos, ¡tienes razón! Los mapas no dicen mentiras, ¿no?

-Claro que no.

Herman Melville, en Moby-Dick, lo dice de una manera más contundente: “si [un lugar] no está registrado en un mapa, no existe”. También en nuestros días se asume a rajatabla que lo que está en el mapa es, que lo que está en el mapa existe, sin cuestionarlo, a pesar de que ciertas experiencias empíricas deberían obligarnos a reconocer que las cosas no siempre están en el lugar que indica el mapa. Y las nuevas tecnologías refuerzan esa convicción. 

Pero no siempre es así. Y Melville no alcanzó a decirnos qué pasa con los lugares que sí están registrados en los mapas pero no existen ni cómo los integramos nosotros a nuestros mapas mentales ni qué ocurre cuando no encontramos las cosas en el lugar que nos indica el mapa. 

Cuando las cosas no están en su lugar: los riesgos de creer que los mapas nunca se equivocan

¿Qué sucede cuando los mapas no mienten y simplemente se equivocan? En 2013 se desató una polémica cuando investigadores de la Universidad de Sidney descubrieron que la isla Sandy, ubicada en el mar del Coral entre Australia y Macedonia, llevaba más de una década apareciendo en las imágenes de Google Earth, y en realidad no existía. Curiosamente, esto fue advertido cuando se compararon las imágenes de Google Earth con las tradicionales cartas náuticas (supuestamente antiguas y, por tanto, desactualizadas, inexactas e imprecisas) y en estas últimas no había ninguna isla. Ante esta situación se consultó al gobierno francés (ya que si la isla existiera, tendría jurisdicción sobre ella), pero ellos manifestaron desconocer la presencia de tal isla. Al parecer este es un caso más entre muchos otros en el que, por razones prácticas, ciertos datos fueron cartografiados una vez y luego, sin ser sometidos a revisiones, siguen siendo repetidos y reproducidos hasta que por alguna razón –en general aleatoria- quedan al descubierto.

A veces las consecuencias de la información errónea puede ser más tristemente lamentable. Se tiene registro de varios accidentes ocurridos en España entre 2010 y 2015 porque los softwares disponibles de GPS no registraban el pantano de La Serena, en Badajoz, y muchos conductores que manejaban de noche con visibilidad reducida no alcanzaban a ver que el pantano atravesaba la carretera y, como tampoco no había señalización vial, caían allí y se ahogaban. Las anécdotas de accidentes protagonizados por personas que prefirieron obedecer a sus mapas antes que a las señales viales, que a su propia visión y que a su propia intuición son también numerosísimas. Incluso son tomadas como asuntos graciosos, sin reparar en que, en realidad, son síntomas de la potencia del “efecto cartográfico” sobre nuestros modos de vivir el espacio.

Se conoce el caso de una inglesa de 28 años que desestimó todas las señales que le advertían que al final de la carretera había un río. Continuó su camino asumiendo que su GPS decía la verdad; sobre todo confiaba en que su dispositivo estaba bien actualizado y que las señales debían ser antiguas. Como decidió seguir acatando las instrucciones de su dispositivo, acabó en el fondo del río (aunque afortunadamente resultó ilesa). Otro joven californiano optó por seguir las indicaciones de su BlackBerry y comenzó a caminar por el medio de una autopista de Utah que no tenía senda peatonal ni espacio alguno reservado para peatones. Aunque era evidente que allí no debían circular transeúntes y que, si lo hicieran, eso implicaría grandes riesgos para tales personas, él siguió caminando durante más de un kilómetro. Cuando, como era previsible, tuvo un accidente, no sólo no se avergonzó de su “ingenuidad” ni agradeció lo afortunado que era por haber sobrevivido para contarlo, sino que demandó al conductor que lo atropelló y a Google por considerarlos responsables de lo sucedido. Dicho de otro modo, los usuarios no sospechan y ni siquiera aceptan que los dispositivos fallan y delegan el compromiso del acto de decidir (y sus consecuencias) a un aparato, como si el propio sujeto ya no tuviera esa capacidad o esa responsabilidad.

Error y mentira no son lo mismo: el primero es involuntario; la segunda es deliberada. Sin embargo, aunque es cierto que al mapa no se le perdonan errores técnicos, todavía pocos se atreven a acusarlos de mentirosos (aunque Mark Monmonier lleva casi 20 años explicándolo en su libro How to lie with maps) y a menudo las mentiras son indulgentemente interpretadas como errores por los usuarios. 

Las nuevas tecnologías y los mapas: ¿usuarios más desorientados?

Una de las innovaciones tecnológicas más radicales para la producción cartográfica fue la adopción generalizada de la fotografía aérea como método de relevamiento topográfico a mediados del siglo XX: redujo los tiempos del reconocimiento y registro del terreno, abarató costos, hizo posible el mapeo de áreas que eran inaccesibles por tierra y, combinada con otros instrumentos, permitió precisar algunas mediciones y representar con mayor detalle las formas del terreno. Pero esas innovaciones tecnológicas quedaban fuera de la vista del usuario, quien sólo accedía al mapa, es decir, el resultado final de todo ese proceso.

Y, francamente, aunque los métodos de recopilación de datos y de producción de registros visuales que servían de insumo para la producción de hojas topográficas se habían visto radicalmente afectados con la introducción del relevamiento fotográfico, las hojas topográficas producidas en la postguerra no diferían tanto de aquellas confeccionadas en las primeras décadas del siglo XX (ni en sus lenguajes gráficos ni en su aspecto). Pero hacia finales del siglo XX, esa producción cartográfica que había quedado relegada a oficinas estatales y a algunas empresas comerciales, amplió notablemente su número y su rango de usuarios cuando las nuevas tecnologías crearon entornos amigables y pusieron al alcance del público general diversos tipos de mapas que, aparentemente, resuelven cuestiones cotidianas de posicionamiento y desplazamiento para un usuario medio. Estos dispositivos cartográficos interactivos parecían responder todas las preguntas prácticas que se hacían los usuarios: ¿cómo puedo llegar desde aquí hasta ahí?, ¿cuál es el camino más corto?, ¿qué camino debo tomar si necesito encontrar una gasolinera? En pocas palabras: parecían una solución mágica. Y cuando desde principios del siglo XXI se volvieron aparatos económicamente accesibles, se volvieron parte de la práctica misma de los desplazamientos.

En un artículo del escritor bielorruso Evgeny Morozov -dedicado al estudio del impacto social y político de las nuevas tecnologías- publicado el 9 de junio de 2013 en El País, se mencionaban dos cuestiones que a menudo son pasadas por alto. Por un lado, la aparente practicidad de la visión que ofrecen los mapas de Google no tiene en cuenta el desorden, el caos y la improvisación que reinan en el espacio público de las ciudades, donde no todo es previsible ni funciona siempre según las normas. Esto, sin duda, afecta la eficacia operativa de los mapas. Pero, llamativamente, en lugar de reparar en esto como una limitación de los sistemas de software que omiten variables cruciales de las realidades urbanas, se reniega del caos “natural” de las urbes y a él se le atribuye (y se le reprocha) que obstaculiza el correcto funcionamiento del dispositivo cartográfico digital.

Por otro lado, Morozov recala en la doble cara o en las dos facetas que tiene la polémica “personalización” de los dispositivos: los radares “inteligentes” que rastrean nuestras búsquedas y nuestras visitas en la web, registran los sitios ya visitados y luego tienden a recomendarnos los mismos lugares en nuestras próximas búsquedas (si googleamos “sushi” es altamente probable que en los primeros lugares aparezcan opciones que ya hemos buscado o probado), lo cual reduce notablemente el impulso a buscar nuevas experiencias, nuevos lugares o nuevas opciones. Es lo que llaman el “carácter conservador de Google”.

Entonces, las nuevas tecnologías ¿nos conectan con nuestro mundo o con un mundo ideal e irreal creado artificialmente en mapas prolijamente diseñados?, ¿multiplican o recortan nuestras opciones de búsqueda, decisión y experimentación?

Está comprobado que la masificación del uso de este tipo de mapas está restringiendo severamente nuestra capacidad de orientación, principalmente porque los usuarios se limitan a seguir las indicaciones propuestas por los dispositivos y prestan cada vez menos atención al entorno. En estudios recientes, los neurocientíficos afirman que esa desconexión entre el sujeto que se desplaza y el espacio en el que se mueve reduce progresivamente las habilidades para figurarse mapas mentales propios. La neurocientífica Veronique Bohbot (McGill University and Douglas Institute) remarcó que la falta de entrenamiento del pensamiento espacial lleva a la pérdida de las capacidades de los sujetos para producir sus propios mapas mentales tiene consecuencias que van más allá de la habilidad de la orientación en el espacio y que, por ejemplo, lleva a que las personas que se vuelven dependientes de los mapas digitales pierdan la habilidad de improvisar en sus desplazamientos si el dispositivo falla (o si momentáneamente no dispone de él), de tomar decisiones propias y de establecer vínculos con el entorno físico, y que incluso lleva a que la gente no pueda realizar trayectos cortos a pie sin perderse o sentirse extremadamente insegura, como si caminara literalmente a ciegas. En otras palabras, ante una situación inesperada, el sujeto pierde la habilidad de “recalcular”. Además, la falta de entrenamiento en mapas que facilitan el desarrollo del pensamiento espacial también afecta la posibilidad de producir otros tipos de mapas mentales que usamos a diario: desde el mesero que se forma su mapa mental de la mesa para entregar los platos solicitados por los comensales hasta el docente que identifica a sus alumnos según la posición en que se sientan en la clase.

Entre las bases científicas que buscan explicar esto, predomina la convicción de que nuestra posición en el espacio (por ejemplo, en nuestra casa o en una cancha de fútbol) está representada en una especie de mapa mental que se produce en el hipocampo cerebral a partir del funcionamiento de grupos de neuronas llamadas células de lugar. Los neurocientíficos Brad Pfeiffer y David Foster (Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, Baltimore), afirman que el plan de seguir cierto trayecto de desplazamiento cotidiano (del baño a la sala o de casa al trabajo) consiste en la activación secuencial de esas células de lugar que representan el trayecto en ese mapa mental. La teoría de que el cerebro de los mamíferos contiene un mapa interior que representa la posición del individuo en el espacio ya había sido propuesta en los años cuarenta por el psicólogo Edgard Tolman, de la Universidad de California en Berkeley. Y ya en los años setenta se aceptaba que ese mapa está relacionado con el hipocampo cerebral. Pero lo novedoso es que el diseño experimental de Brad Pfeiffer y David Foster ha permitido por primera vez registrar la actividad de 250 células de lugar simultáneamente y de forma continua –con una resolución temporal cercana a los 20 milisegundos— y con ello se ha llegado a la conclusión de que los mecanismos hipotalámicos que activa la rata mientras resuelve problemas son similares a los se activan en un taxista que debe optar por un itinerario para ir de un lugar a otro.

 

*  *  *

Aquí conviene volver al epígrafe de Pamela Meyer porque sus palabras nos interpelan sin piedad: si los mapas mienten, es porque nosotros estamos dispuestos a creer sus mentiras. Y eso tiene que ver con nuestra mirada: nuestros modos de mirar tienen cierta responsabilidad en la eficacia de las “mentiras cartográficas”.

Matthew Edney (2007) propone una comparación original y arriesgada entre cartografía y pornografía justamente haciendo hincapié en el uso desigual (asimétrico, diríamos) de poder que se puede ejercer desde los modos de mirar. Pone el énfasis en la relación que se establece entre el que mira y el que es mirado (persona o mapa), básicamente a partir de tres mecanismos: 1) la sujeción a la mirada asimétrica y dominante del que mira; 2) la objetivación del individuo a partir de ciertos partes físicas que terminan definiendo a todo el individuo y 3) la imposición del deseo del que mira sobre el cuerpo mirado. Dice particularmente que esto se verifica en los mapas imperiales, en la objetivación de la otredad, de otros paisajes y de otras culturas y su subyugación bajo la visión imperial. Y, lo que más me interesa aquí, afirma que “no hay nada intrínseco a las imágenes o a los textos que sea pornográfico; más bien, lo pornográfico reside en el ojo del observador y está sujeto a todo tipo de calificaciones sociales y circunstanciales” y que la “mapidad” o lo que es un mapa no está definido por el que lo hace sino por el que lo usa y por el contexto de esos usos. La mapidad no es inherente a una imagen sino a un lector.

Este diálogo que Edney establece entre los mapas y otras imágenes permite inscribir a los primeros dentro de un conjunto más amplio de prácticas de consumo y de producción de sentidos en el acto de mirar. A pesar del título de este artículo, tal vez tengamos que reconocer que los mapas no mienten sino que los hacemos mentir. Tal vez sea ahora el momento de preguntarnos por qué, mientras desconfiamos de todas las imágenes, seguimos esperando que los mapas siempre nos traigan la Verdad.

NOTAS

1.Pamela Meyer es autora del libro Liespotting. Es investigadora de Association of Certified Fraud Examiners y MBA de Harvard. Meyer habló en la conferencia TED Global en Edimburgo, Gran Bretaña, en julio. TED es una organización sin fines de lucro dedicada a "las ideas que vale la pena difundir", y que se distribuye a través de conferencias publicadas en su página web [www.ted.com]

2.«A map of South America containing Tierra-Firma, Guayana, New Granada, Amazonia, Brasil, Peru, Paraguay, Chaco, Tucuman, Chili and Patagonia. 20 september 1775»

3.También existen listas de “Copyright Easter Eggs” detectados por empresas y amateurs que se dedican especialmente a estas búsquedas. Véase: http://wiki.openstreetmap.org/wiki/Copyright_Easter_Eggs

4.En Wikipedia existe una lista interesante de errores cartográficos, que difieren notablemente de lo que aquí estamos tratando como “trampas” para la verificación de la originalidad del mapa. Véase: http://wiki.openstreetmap.org/wiki/Catalog_of_Errors

5. Citado en Wilford, 1981: ix.