Tema del Mes

DICIEMBRE 2012

La producción de nociones de rebeldía juvenil en los años sesenta

04 / 12 / 2012 - Por Lucas Rubinich

A través de complejos fenómenos políticos y culturales, en menos de diez años la juventud -como sinónimo de una contestación que incluía desde manifestaciones culturales hasta formas de lucha política radical- se convirtió en motivo de íconos y de diversas formas simbólicas, en un elemento productivo de distintos paquetes culturales del mundo occidental. ¿Cómo fue ese proceso y qué queda hoy de aquel espíritu rebelde y libertario?

Durante la llamada década del sesenta (que flexiblemente puede incluir los últimos años de la década anterior y los primeros de la del setenta) se manifiesta un complejo proceso que se fue incubando en momentos anteriores y que puso en la escena al actor juvenil como un sujeto portador y promotor de un espíritu de cambios. Aunque este fenómeno se extendió a distintas zonas de la sociedad, en términos simbólicos, los referentes fundamentales de esta asociación entre cambio y juventud fueron franjas de las generaciones jóvenes de distintas zonas del campo cultural que, en América Latina, participaron y se convirtieron en constructores o dinamizadores de corrientes heterodoxas que irrumpieron en la vida política. Estas diversas experiencias le dieron una fuerza muy particular a una noción de juventud, ligada al inconformismo y a la contestación a través de elementos de extrema radicalidad, que se convirtió en predominante, sin lugar a dudas, en tanto relato y en tanto formas icónicas incorporadas a un nuevo momento de la cultura occidental.

La pregunta a contestar es porqué esas nociones de juventud que cuestionaban el orden adquirieron tanta legitimidad en la lógica de ese mismo orden, no solo en el momento en que se desprendieron de los movimientos sociales concretos que podían amenazar ese orden, sino también en esos mismo momentos en los que desplegaban su capacidad de contestación. Se ha escrito mucho sobre la capacidad de algunas formas dinámicas del capitalismo moderno para apropiarse y resignificar experiencias que nacieron como alternativas y luego fueron integradas a la cultura dominante. La sospecha de que pueda resultar, si no vano, redundante, insistir en esa dimensión, habilita el intento de dar cuenta de algunos aspectos de los muchos que permitieron darle tanta visibilidad y reconocimiento a esa noción de juventud contestataria, antes de que la misma se transformara en ícono de un momento cultural pasado.

Dos elementos significativos -aunque seguramente existen muchos otros- para intentar dar cuenta de este fenómeno, son la Revolución cubana y en, paralelo, un complejo proceso de modernización de costumbres del mundo urbano occidental, en el marco de transformaciones económicas y científico-tecnológicas. Por un lado, los jóvenes empuñando un arma, en el tipo de experiencia más radical de la contestación a un orden, que en este caso adquiere, bajo la amplia bandera de la lucha por la libertad, una gran legitimación a nivel internacional. Por otro lado, los jóvenes como actor principal de ese proceso complejo, que incluye cambios estéticos significativos en las formas de lo que el sociólogo Erving Goffman llama la "presentación de la persona"; movimientos artísticos que emulan en su radicalidad a las vanguardias de los años veinte; y, en el marco de una extensión extraordinaria de los medios de comunicación de masas, un movimiento de mundialización de nuevas formas de la música popular que reafirman y también son productores de estas transformaciones estéticas.

La Revolución cubana constituye un punto de referencia decisiva en la constitución del primero de los elementos mencionados, porque supuso la participación de jóvenes audaces en una acción de cambio que llamaba a tomar el toro por las astas. Esta experiencia exitosa, que implicó el mayor grado de contestación (que es el de alzarse en armas contra el orden establecido) logró una amplísima aceptación de los medios de comunicación de masas del mundo occidental, en tanto se trataba de una lucha por la libertad. La lucha por la libertad y la implicación directa de distintos países, con el consenso de los sectores dinámicos de grandes capitales del mundo occidental –lo que suele ser llamado opinión pública- tenía el antecedente inmediato de la lucha contra el fascismo. En décadas anteriores se había justificado la guerra –más aún después de conocerse la experiencia del Holocausto- aunque tuviera costos extraordinarios, como los millones de muertos del pueblo soviético, o la adopción de procedimientos criminales como el uso de armas nucleares contra la población civil.

La experiencia inmediata demostraba que la lucha por la libertad podía incluir la violencia, y por eso no es extraño que en las revistas prestigiosas de las grandes capitales pudiesen aparecer los jóvenes barbados de la Sierra Maestra. Así, en enero de 1959 la revista Life publicó en su tapa la foto del comandante de aquellos jóvenes cubanos, Fidel Castro, en su momento de triunfo en La Habana. Los diarios liberales de América Latina poblaron sus páginas con imágenes y crónicas de la experiencia de esos jóvenes. Pulularon relatos heroicos, más similares a las narraciones románticas que alguna literatura y periodismo aliado habían construido sobre los maquis franceses, que a los inconmensurables sufrimientos del pueblo cuyo ejército liberó Berlín.

En este caso se trataba de jóvenes cultos que podían contar con la destreza de organizar y conducir un ejército rebelde y que poseían ideas y planes acerca de cómo gobernar un país. Un reportaje realizado por el New York Times a Castro en 1957, cuando ya había iniciado sus acciones guerrilleras, creaba condiciones de simpatías por lo jóvenes rebeldes que habilitaba unos años después la vuelta al mundo de esa imagen del joven comandante, con una paloma blanca posada en su hombro durante todo el tiempo que llevó pronunciar su discurso inmediatamente después de haber entrado en La Habana. El éxito legitimado de esa revolución creaba condiciones para divulgar el sentimiento humanístico muy cristiano de un comandante triunfante en la batalla de Santa Clara -el joven médico argentino apodado “El Che”- y permitía la relectura, como triunfo de las ideas previo al triunfo militar, del alegato de la autodefensa del joven licenciado en Derecho Fidel Castro, cuando fue juzgado en 1953 por la toma el cuartel Moncada y pronunció la frase final “la historia me absolverá”, confirmadora de la asociación juventud-ideales superiores.

Jóvenes audaces, informales, con sensibilidad humanística, cultos e imaginativos, y sobre todo capaces de gobernar, conmueven y pasan a formar parte del sentido común de época. No solo no asustan a las jóvenes esposas de clases medias modernas y dinámicas de Nueva York, Chicago, San Pablo o Buenos Aires, sino que, por el contrario, pueden convertirlos en sus héroes románticos, cual el de algún folletín oriental, aunque con un exotismo atenuado por el presente, por alguna vecindad geográfica y cultural y por la piel blanca. Quizás esta capacidad de seducción sea solo un producto circunstancial del dinamismo de los medios de comunicación y su inclusión en las luchas políticas. No obstante, en ese momento, estos jóvenes emprendedores pueden, sin lugar a dudas, ser percibidos como más cercanos al modelo de aventurero inteligente americano, audaz y propositivo, que el héroe trágico de la película de Elia Kazan On the waterfront, interpretado por Marlon Brando; y, por supuesto, es un modelo superador de la decadencia moral del Rebelde sin causa, la película de 1955 que hizo de James Dean un símbolo de la época. Hollywood se reafirmaba en la posguerra como un poderoso productor de visiones del mundo y sus ideas de juventud se manifestaban o bien en los jóvenes integrados exitosos de un mundo que se modernizaba, o bien en el caso de los rebeldes, en los héroes trágicos citados que lograban fuertes empatías con sectores dinámicos del mundo cultural, quizás porque renegaban de, o simplemente no se plegaban a, la nueva fiebre del consumo.

Los rebeldes en fin, no podían no ser héroes trágicos. Ellos solos emprenderían una lucha individual, conciente o inconciente, que culminaría en derrota contra un estilo de vida que los excluía, o, desesperados, se largarían a los caminos como Jack Kerouac tratando de encontrar un sentido a la vida que no era posible de ser hallado en el mundo convencional de una sociedad que se transformaba arrolladoramente y que colocaba al ciudadano consumidor en el centro de la escena. La imagen de los jóvenes rebeldes cubanos, por el contrario, a la par que podía encontrar alguna empatía en esas zonas de rebeldías nihilistas por su aventurerismo y audacia, seguramente también la provocaba en mundos más convencionales en los que esa épica, con el antecedente inmediato de la lucha contra el fascismo, posibilitaba sin demasiado esfuerzo la asociación entre la Sierra Maestra e Iwo Jima.

Claro que esta situación de afinidades electivas entre esas zonas convencionales del mundo urbano moderno y los jóvenes cubanos llegará a su fin cuando aparezca la alianza con el comunismo soviético, pero la experiencia de ese ideal de juventud marcará a las generaciones más jóvenes que habían podido acceder a esa experiencia, como se accede a una película famosa de Hollywood. Y quedará entonces como un potente elemento de la cultura de época ligado a la noción de juventud rebelde que se incorporará de distintas maneras a franjas de las generaciones inmediatamente posteriores y con una fuerza particular en la juventud del campo cultural latinoamericano.

Estados Unidos, al consolidar su liderazgo de posguerra en el marco de la competencia de la Guerra Fría, se transformará en una potencia dinamizadora de un complejo proceso político, socioeconómico y cultural, en el que se despliegan cambios arrolladores -producto de la implementación de recursos científico-tecnológicos- que tiñen los estilos de vida de modernas franjas de población urbana del mundo occidental. Con las variantes de cada caso, tanto en Europa como en América Latina, las universidades duplican o triplican su población de estudiantes, los niveles secundarios se masifican, la información llega casi inmediatamente a las salas de los hogares urbanos de las nuevas clases medias, cuyos miembros acceden a recursos de confort inimaginables para sus padres. En los estados sureños de los EE.UU. se producen los últimos linchamientos de personas negras y, de a poco y no sin conflictos y bajas de líderes significativos, se abandona jurídicamente la segregación. Una alta tasa de empleo y una estrategia económica en la que el ciudadano común en tanto consumidor se convierte en un recurso fundamental para su reproducción y crecimiento, hacen que una idea de bienestar asociado un par de décadas atrás a sectores medios altos de la sociedad pueda realizarse en nuevos sectores urbanos en los que aparecen hijos de campesinos y de obreros no calificados y también obreros de las industrias modernas de la época.

Y es esta misma situación la que despierta legítimas ambiciones empresariales creando multiplicidad de objetos de consumo desarrollados en base a nuevas tecnologías que serán masivos y afectarán, por ejemplo, el modo de vestir, el diseño de los automóviles y de los hogares. La masividad de este mercado de recién llegados con afán de consumo de elementos de bajo costo como parte de una épica de la integración incentivará la imaginación de ingenieros, publicistas y diseñadores, habilitándolos a experimentar -sin inhibiciones y con la aspiración de conquistar otras franjas de ese mercado- tanto con formas y colores, como con la misma invención o mejoramiento técnico. La innovación científica transformada en objeto de consumo de grandes masas de población moderna producirá la píldora anticonceptiva, que provocará una verdadera revolución en las costumbres, en principio de sectores dinámicos de las grandes ciudades, posibilitando hacer explícita y práctica la separación entre el placer sexual y la reproducción.

La disputa de la Guerra Fría hará de EE. UU. un activo implementador de políticas culturales modernizadoras en su propio territorio y también en Europa y América Latina. Se incentivará un estilo de arte que confronte con el llamado realismo socialista, y experiencias como las de Jackson Pollock y las de Allan Kaprow en artes visuales, las de John Cage y las formas experimentales del free jazz, se incorporarán como parte de una nueva identidad norteamericana ligada al arte experimental. Becas y subsidios de las grandes fundaciones norteamericanos para distintos agentes culturales del mundo no soviético cubrirán distintas zonas del arte y la cultura, y también, muy particularmente, estas zonas dinámicas valorizadas por la confrontación que necesita asociar este modelo a libertad artística y científica.

La gran habilitación, que se hace experiencia en las nuevas generaciones, en relación a la libertad de elección en un mercado poblado de objetos de consumo, a la mayor libertad sexual que promueve el uso de la píldora, y a la reivindicación de la experimentación artística, todo esto asociado a su realización en un sistema democrático republicano como espacio de concreción del ideal de libertad, encontrará límites, por supuesto culturales, pero también políticos. La habilitación de este ideal democrático para las nuevas generaciones que apuestan por cumplirlo y profundizarlo confrontará con límites que reforzarán la rebeldía: en EE.UU. los del racismo y la violencia estatal y paraestatal y la decisión del Estado por la implicación en Vietnam; en Europa, las formas institucionales y culturales arcaicas; y en América Latina, la imposibilidad de implementar un modelo modernizador desarrollista en el marco de un sistema democrático.

Si como afirma Pierre Bourdieu, “muchos de los conflictos entre generaciones son conflictos entre sistemas de aspiraciones construidos en edades diferentes”, la disonancia entre sistemas de aspiraciones que produce un cambio de estas dimensiones es abismal en términos culturales. Si esta distancia abismal ya permite imaginar situaciones de fuerte conflictividad, no solo por una necesidad de diferenciación (la necesidad de ser otro) común en las luchas generacionales, sino porque la reafirmación de la identidad rebelde supone la realización de ideales de libertad recibidos, a ella deben agregársele los límites estructurales de la visiones políticas predominantes. Estas visiones, en tanto formas concretas de realización política y económica de distintos sectores dominantes con influencia fuerte y a veces directa del Estado norteamericano, no permiten procesar los intentos estrictos de realizar esas aspiraciones, que suponen crecientes grados de participación de grandes masas de población educada y con expectativas crecientes, paradójicamente ellas mismas promovidas por ese clima modernizador democrático ligado a las visiones predominantes. Los jóvenes como sujetos de cambios en las relaciones sexuales, en el cuestionamiento de las jerarquías de instituciones tradicionales valiéndose de otros comportamientos, portadores de otras maneras de vestir, de nombrar, de organizar su propia vida; como agentes de la experimentación artística, encontrando, no sin conflictos, alguna que otra forma de reconocimiento. Y también, los jóvenes como sujetos de acción política en América Latina, como parte de un enfrentamiento más radicalizado que adquirirá, a través de la respuesta de los terrorismos de Estado, formas dramáticas.

La necesidad de confrontación con un orden anterior, de actualización de la rebeldía, que se armaba desde el alto piso de radicalización en el que confluían la violencia legitimada como herramienta de cambio y la modernización cultural desarrollista, al encontrarse frente a ordenes políticos negadores de libertades mínimas, tomaría la forma contundente de asociación entre juventud y contestación radical. Ese alto grado de habilitación previo hacia los cambios había posibilitado que, en algunos casos (claramente en América Latina), franjas dinámicas con potencialidad dirigencial de las generaciones jóvenes conformaran verdaderas antielites con capacidad de organizar fuerzas  desestabilizadoras del orden político predominante.

La juventud -como sinónimo de una contestación que incluía desde manifestaciones culturales capaces de conquistar una importante legitimidad, hasta formas de lucha política radical que en su realización concreta fueron reprimidas con un extraordinario despliegue militar- se convirtió en tanto motivo de relato, de íconos y de diversas formas simbólicas, en un elemento productivo de distintos paquetes culturales del mundo occidental que refieren a ese período que se extiende entre los años 60 y parte de los 70.

Hoy, desprendidas de los movimientos sociales y culturales de los que formaron parte, esas formas culturales circulan como fetiches nostálgicos, como discursos residuales sin carnadura social, como retórica superficial acoplada a unas prácticas disonantes con el espíritu del movimiento cultural que invocan. Sin embargo, quizás también pueda haber algo de ese espíritu en la ironía que descalifica a tales prácticas del revival de los 70 y se niega a postrarse ante ellas.