Tema del Mes

OCTUBRE 2016

Amor a la turca

17 / 10 / 2016 - Por Hernán Ferreirós

¿Qué hay detrás del éxito de “Las mil y una noches” y otras telenovelas turcas? Es necesario trazar diferenciales culturales en la vasta geografía de este consumo mediático, pues si en el mundo árabe sus tipologías narrativas pueden confrontar o movilizar algunos hábitos, en nuestro ámbito sus fórmulas conservadoras “atrasan 40 o 50 años”.

En 2015, el fenómeno de Las mil y una noches fue imposible de escapar, al punto de que uno de los actores secundarios de esta telenovela producida en Estambul hace ya diez años, el inexplicable Ergun Demir, fue efímeramente asimilado al paisaje mediático local. Como testimonio duradero de la seducción de la novela quedarán los argentinos bautizados Onur o Scherazade, los nombres de los protagonistas. A pesar de estos despistes, debemos decir que no fuimos los únicos, los primeros, ni los más fanáticos seguidores de esta historia: en Chile hubo niños con nombres árabes antes que aquí y Estambul se volvió un polo turístico que recibió a miles devotos de todo el mundo que querían visitar esta Meca, tras haberla visto en la novela.

El éxito de Las mil y una noches disparó la invasión de ficciones del mismo origen. ¿Qué culpa tiene Fatmagul? Sila, Ezel, Secretos, El precio del amor o Esposa Joven son otros de los títulos que recalaron en nuestra pantalla y que llegaron a sumar diariamente muchas más horas de aire que las ficciones locales. ¿Por qué historias imaginadas para un público tan lejano resultan cautivantes para los argentinos?

En primer lugar, hay que aclarar que la programación en la tv local de Las mil y una noches, no fue una intuición genial o una consecuencia calculada de un estudio de la audiencia. Ni siquiera fue una peculiaridad argentina. La historia de Onur y Sherazade (cuyo punto de partida es un plagio desvergonzado al planteo del film Propuesta indecente) llegó a Latinoamérica por una mezcla de necesidad y suerte (de los canales), a través de Chile. Un ejecutivo del canal Mega en busca de productos para levantar un rating menguante descubrió el programa en una feria internacional de televisión, donde se ofrecía como uno de los más grandes éxitos de Turquía. En primer lugar pensó en comprar los derechos para realizar una versión local pero el directorio del canal, con la lógica de su parte, opinó que una historia que transcurría en un lejano país islámico no podría tener predicamento alguno en el público chileno y rechazó la propuesta. Sin otra alternativa para renovar la programación, se impuso una otra idea: comprar el enlatado, que se vendía barato, y probar la novela en un horario marginal. Desde la medianoche, este drama romántico comenzó a capturar espectadores y, en apenas cuatro meses, saltó al prime time para convertirse en el mayor éxito televisivo de Chile del 2014. Con ese antecedente, programadores de Argentina y otra media docena de países de habla hispana simplemente imitaron a los chilenos, con resultado similar. Esto explica cómo llegó a nosotros. 

El porqué de su éxito es un poco más enigmático.

Para alguien no acostumbrado a ver telenovelas, los programas turcos son duros de tragar. Su musicalización incesante, porfiada, el doblaje ridículo, las actuaciones excesivas, la lógica intermitente de sus conflictos y el ritmo cansino (sin siquiera entrar en el contenido ideológico) hacen que sobrellevar un episodio se vuelva un ejercicio de tolerancia. Para el público acostumbrado a ver series en Netflix no funcionan ni siquiera bajo el régimen del consumo irónico: no son malas-buenas; son, sencillamente, anormales. Pero este no es el público que las consume y que las volvió un éxito. Su público es el de la tarde de la televisión de aire, es decir, mujeres de mediana edad o más, que ya tienen horas de vuelo en el afiebrado mundo de telenovela y cuya competencia en sus excentricidades fue ejercitada por años de títulos colombianos, mexicanos o brasileños que presentan, con diferente grado de rigor, varios de estos escollos. Igual hay diferencias, se entiende que alguien se enganche con una novela de Brasil pero ¿qué le ven a una novela turca?

Desde hace unos 15 años, Turquía viene experimentando un crecimiento económico sostenido a pesar de sus convulsiones políticas como la asonada militar contra el presidente Erdogan (o el autogolpe para eliminar opositores, según otra versión de lo mismo) de julio de este año. A pesar de las dificultades de la región, en la primera década del siglo la economía turca se cuadruplicó. Esto llevó a un boom de consumo y a la expansión de las industrias, entre ellas, la industria de la televisión. En la última década, las ventas de programas turcos al exterior pasaron de menos de un millón de dólares al año a superar los 150 millones, sólo entre las diez productoras más grandes. Después de Estados Unidos, Turquía se convirtió en el más importante exportador de televisión del mundo. Según la revista Forbes, en el país hay unas 85 productoras que generan programas a un costo que va de los 50.000 a los 700.000 dólares por episodio. Las novelas turcas más populares llegan a más de 40 países. Si hasta hace poco nunca habíamos oído hablar de ellas, es porque la mayor parte de esos países está en el mundo árabe. 

Sus amores prohibidos que atraviesan clases o familias enemistadas, sus traiciones imperdonables, sus parentescos cruzados, sus identidades secretas, sus ricos perversos y sus pobres sufridos son conflictos familiares para nosotros, iniciadores de la telenovela, solo que reciben un lavado de cara para que no desentonen en la tradición musulmana. Quizás ese sea precisamente el secreto de su éxito: que en la extrañeza de las costumbres del mundo musulmán nos reencontremos con escenas familiares. Pero no es sólo eso. Desde la era dorada de las telenovelas y productos emblemáticos como “Los ricos también lloran”, que fue la primera novela que atravesó todo tipo de fronteras, el rubro fue lentamente evolucionando y despegándose de los lugares comunes del romance entre la chica pobre y el chico rico o de las familias poderosas que se oponen al vínculo hasta llegar a las narco-novelas, pensadas para capturar también al público masculino. Esta transformación del género quizá creó una nostalgia por el formato original. Las novelas turcas retoman abiertamente estos viejos tropos en un marco moral que también atrasa 40 o 50 años: no son apenas un regreso al romanticismo a la antigua sino también a un mundo que, para nosotros, ya quedó atrás. Si esto resulta atractivo en lugar de alienante es porque el público de mediana edad que mira la televisión de aire tiende a ser sexista y conservador, en ambos géneros.  

Si bien las protagonistas de las novelas turcas (siempre escritas por mujeres) no suelen ser heroínas románticas en busca de amor sino mujeres fuertes que intentan alcanzar o recuperar el control de sus vidas (y en el camino encuentran el amor), su rebelión o búsqueda de independencia se realiza siempre con el consentimiento de una figura patriarcal: la suya es una sedición aprobada por la autoridad familiar. Estas novelas hablan de los derechos de las mujeres y a la vez refuerzan el statu quo, manteniéndolas siempre bajo la supervisión de un hombre. Para el occidente secularizado esto es exactamente lo opuesto de una rebelión feminista, pero el principal mercado de estas novelas no está aquí sino entre las amas de casa del mundo islámico, donde la aparición de una mujer que pretende llevar a juicio y encarcelar a su violador -tal es el argumento de Fatmagul- o de un hombre que defiende los derechos de una hija o esposa resulta confrontativa y polémica.

Aunque Turquía es un país musulmán también tiene una tradición laicista que exige un grado de separación entre la religión y el Estado, en consecuencia, el rol de la mujer en la sociedad es más cercano al de los países europeos que a los del mundo árabe. Estas novelas para nosotros pueden parecer irremediablemente retrogradas, pero para una ama de casa saudita o iraní abre a la puerta a discusiones que damos por descontadas acerca del trabajo, el divorcio, el rol de la mujer en el hogar o en la sociedad. Los productos globalizados de la televisión norteamericana son demasiado ajenos a algunos sectores del mundo árabe. Las novelas turcas, en cambio, proveen un punto de encuentro tolerable entre el mundo occidental y las tradición islámica: sus mujeres trabajan, toman alcohol en la cena y, a la vez, observan el ramadán. Es decir que estos curiosos productos de la globalización funcionan de dos modos diferentes: entre nosotros, guardan el atractivo nostálgico de un mundo de romanticismo perdido (mientras que sólo una parte minoritaria del público es distanciado por la normalización bochornosa de la sumisión de la mujer a la autoridad masculina). Pero para otros de sus mercados, radicalizados en la tradición islámica, son otra cosa muy distinta: tienen el atractivo de lo prohibido, la presentación de la idea subversiva de una mujer que lucha por su independencia en un mundo de hombres, de un modo tal que puede ser aceptado. Son conservadoras y revolucionarias a la vez. Pero no es esto por lo que funcionan. Funcionan porque usan de modo eficaz una formula probada desde hace más de medio siglo: no son otra que nuestras viejas telenovelas, apenas transmutadas.